El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Cuarenta y uno
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Capítulo Cuarenta y uno

Priya

P riya aferró parte de la túnica desgarrada de Ganam y la apretó con fuerza con una mano contra la herida para contener la sangre.

—Mierda —dijo él con voz temblorosa. La luz volvía a sus ojos pero seguía muy pálido—. Creí que estaba muerto.

—Yo también. —Priya tragó saliva. No temblaba pero tenía la sensación de que debería hacerlo.

—Esa arma me hizo algo —carraspeó Ganam.

—Sería mejor no hablar de ello con nadie —dijo Priya—. Tenemos que irnos. ¿Puedes ponerte de pie?

—No estoy seguro.

Ella lo levantó un poco y él gimió. Le pesaba en los brazos.

Estaba solo cuando ella lo había encontrado y no debería haber estado solo.

La inmensidad del nuevo poder de Priya se abrió ante ella. Lo buscó.

Encontró a sus guerreros —sintió a través del verdor sus latidos y pisadas— y abrió un sendero para llevarlos hasta ella. “Venid” los llamó, y la vegetación les hizo señas: las plantas podridas volvieron con sus lianas y sus hojas, los árboles se doblaron bajo la presión de sus órdenes.

No tendría que haber sido tan fácil. Se había maravillado ante los senderos que Mani Ara había creado a través de ella, aquel laberinto que recorría Parijatdvipa en espiral desde la enramada de los huesos.

Pero esto le llegó con una facilidad salvaje: ella quiso el camino y el camino apareció.

Era sencillo ahora que su mente comprendía lo que era ser una yaksa .

Pasó un momento y los guerreros ahiranyis aparecieron en grupo.

Ella giró la cabeza para mirarlos. No sabía qué expresión había puesto, pero los guerreros se quedaron muy quietos.

—¿Dónde estabais todos? —les preguntó. Se hizo un largo silencio—. ¡Hablad! —exigió. El suelo tembló débilmente.

Shyam dio un paso adelante, erguido, con los brazos detrás de la espalda, listo para recibir un golpe.

—Estábamos luchando contra los soldados parijatdvipanos —dijo Shyam—. Cuando Ganam les llamó la atención y los hizo alejarse no pudimos seguirlos.

—Te sorprendería lo que unos arbustos de espinas pueden hacer para frenarlos —dijo Ganam con dificultad, con una mueca parecida a una sonrisa.

—Tendré que entrenarlos más —comentó Priya.

—Alejé a los saketanos cuando me di cuenta de lo que podían hacer sus armas —continuó Ganam respirando con dificultad.

Priya volvió a mirar a sus guerreros. Ruchi sangraba por una herida en el brazo y tenía los ojos vidriosos por el dolor. Las aguas que había bebido deberían haberla curado pero no había sido así.

Priya adivinó qué clase de cuchillo había provocado esa herida.

Posó la mirada en la daga que había arrancado de la piel de Ganam y que yacía en el suelo cerca de ellos.

La hoja estaba empapada de la sangre de Ganam, pero Priya alcanzó a ver que estaba hecha de piedra negra incluso a través del brillo de las vísceras.

Se acuclilló apoyada sobre las palmas de las manos y la observó de cerca, parecía como si la piedra se tragase la luz. Apartó la mirada.

—Volvemos a Ahiranya.

—No hemos encontrado aún a la yaksa durmiente —dijo Ruchi con voz débil y mirada ferviente a pesar de la pérdida de sangre, o tal vez debido a ella—. No podemos irnos así como así.

—Sí podemos —respondió Priya—. Ganam está herido.

“Y yo tengo un poder que nunca antes había tenido. Y el imperio tiene un arma contra la que no podemos luchar. Han cambiado demasiadas cosas y no voy a arriesgaros a todos”.

—Ayúdame con Ganam. Debo ver a los yaksas .

Se apresuraron a alzarlo y llevaron a Ganam hacia el nuevo sendero sin mirar a Priya.

Ella aún tenía la mano envuelta en la túnica desgarrada de Ganam, húmeda de sangre. Se mordió la lengua, se envolvió la mano con más fuerza y levantó la daga con que lo habían apuñalado y que le había quitado las fuerzas.

En cierto modo se parecía a manipular madera sagrada.

Aunque no quemaba como la madera sagrada, su frialdad era un tipo diferente de fuego: un entumecimiento contra la piel.

La tela servía de barrera contra ese poder pero no era suficiente.

Incluso a través de la tela le borró los recuerdos de Mani Ara de su cabeza como si disipara humo y la dejó débil y temblorosa en el suelo, más humana de lo que había sido en mucho tiempo.

Pero el nuevo camino los llevaría a casa. Ahora no necesitaba su fuerza; necesitaba tener cerca esa arma que podía anular el poder de un yaksa , hasta descubrir cómo utilizarla para sus propios fines.

Se guardó el arma en el kameez ; después, se levantó y los siguió.

Sintió que los yaksas la esperaban en el Hirana. Al final del sendero del buscador, bajo la enramada de los huesos, Priya miró a sus guerreros y decidió que los yaksas podía esperar un poco más.

—Id —dijo a los guerreros—. Llevad a Ganam y a Ruchi a la enfermería. Estaré allí pronto.

—¿Dónde vas? —preguntó Ganam.

—Al Hirana —respondió—. Hablaré con los yaksas a solas.

Enterró la daga cuando los guerreros se marcharon. Aún no sabía para qué le serviría; no sabía si hablaría de ella con los yaksas . Ellos habían despreciado el fuego de las Madres pero esto era una incógnita.

Subió al Hirana; la piedra se fundía bajo sus pies; todas las asperezas y las marcas talladas se convertían en peldaños que la ayudaban en el ascenso.

La esperaban los yaksas En el triveni abierto al cielo. Priya se arrodilló suavemente ante ellos.

—Luchamos contra los parijatdvipanos —dijo con la cabeza gacha—.

Nos tendieron una emboscada en la que Ganam, vuestro único mayor nacido dos veces, resultó herido.

También fue herida una guerrera que bebió las aguas inmortales extraídas de la fuente.

Pero los parijatdvipanos han muerto y yo volveré a Srugna para salvar a vuestra familiar dormida; Estaré allí cuando despierte.

La culpa fue mía pero puedo arreglarlo y lo haré.

Si alguien tiene que ser castigado soy yo.

—Levantó la cabeza, preparándose para la crueldad y la desaprobación de los yaksas .

Fue entonces cuando los vio sonreír.

—Oh, mírate —suspiró Sanjana. Atrajo a Priya hacia ella con las uñas afiladas—. Te has trazado un sendero y has vuelto a casa.

—Has matado a tantos hombres y tan rápidamente —dijo Bhisa Ara. Sonaba orgullosa, complacida—. Por fin te vuelves más fuerte.

—Por supuesto que la guerra es una buena medicina —agregó Avan Ara—. La guerra y la crueldad.

—Mani Ara te querrá —dijo Bhisa Ara. Hablaban con rapidez, interrumpiéndose unos a otros; era un canto como el de los pájaros—. Debes ir a buscarla.

—La buscaré en el sangam —dijo Priya esperando poder robar un poco de tiempo antes de volver a buscar a la primera yaksa .

—Debes buscarla cerca de las aguas inmortales —instó Vata Ara—. Allí estarás más cerca de ella en cuerpo y alma.

¿Qué podía hacer? La miraban con tanto anhelo…

—Sí, yaksa —dijo—. Por supuesto.

Entró sola en un oratorio. Se arrodilló y se cubrió la cara con una mano. Todavía estaba manchada de sangre y suciedad, tan cansada que podría haber llorado pero su vida no era suya. Tenía órdenes que cumplir.

Abrió el camino hacia las aguas inmortales.

La luz era extrañamente relajante. El azul se reflejaba en las paredes con un brillo profundo que emanaba de las propias aguas. Respiró el aroma de las aguas: flores dulces, tierra mojada, sal.

Entró en el sangam con un suspiro. En su interior vio la misma luz pero más fuerte, más fría: la de las estrellas lejanas, bordada en el agua y en el ondulante espejo del cielo.

—Pequeña.

Priya no vio a Mani Ara en el agua hasta que Mani Ara salió de ella y le apoyó las manos frías, como cuernos de madera, contra la mandíbula.

Priya vio, por un instante vertiginoso, a través de los ojos de Mani Ara su propia sombra de carne y hueso moteada por la luz de las estrellas, su propia mortalidad. Por un momento no fue simplemente Priya. Era algo más, inmenso, era Mani Ara.

—¿Qué…? —jadeó Priya, incapaz de formular la pregunta.

—Nos estamos convirtiendo en una sola, retoño —dijo la yaksa con gran alegría en su voz—.

Mi magia con tu vacío. Tu corazón con mi antigua crueldad.

Tu pertenencia natural al mundo y a la carne, con mi naturaleza cósmica, mis raíces y mi verdor.

—Aún sostenía a Priya—. Has luchado y crecido —agregó—.

Pronto serás lo bastante fuerte para sostenerme.

—Me dijiste que no me borrarías —dijo Priya, temblorosa, esforzándose por comprenderlo—. Que no me convertirías en una cáscara.

—Hay muchas cosas verdes y vivas que pertenecen a tu mundo, que solo pueden existir porque su vida está entrelazada con otra vida —dijo Mani Ara—. Piensa en los banyans de tu bosque, pequeña. Un ser crece sobre otro y juntos forman una sola gran vida.

“Pequeña”. Ella era una planta, una semilla, un árbol que podía alojar a Mani Ara: los huesos vivos que le permitirían deslizarse dentro del mundo y crecer desde la piel de Priya.

¿Era eso lo que contenía el cuerpo de Priya y no se pudría? Su sangre cargada de savia, las flores que le nacían de las clavículas y las motas verdes de sus ojos. ¿Todo eso era Mani Ara, que iba ocupando lentamente su espacio, su presencia en la carne de Priya?

—No has sido destruida —dijo Mani Ara, abrazándole con ternura la cara, el pelo y el cráneo, como si pudiera moldearla y darle una forma nueva.

Como si ya lo hubiera hecho—. Nunca te destruiré.

Eres algo preciado. Eres mi amada, fuiste tallada y vaciada para mí.

Has crecido muy despacio, pero ahora estás cerca. Tan cerca…

—¿Tan difícil de crear fui? —preguntó Priya—. ¿Tan rara soy?

—Ardisteis tantos de vosotros… —murmuró Mani Ara—. Pobres niños. Nada más que cáscaras. —Las manos la soltaron—. El último que fue algo parecido a lo que tú eres para mí también se quemó en el fuego de las Madres —agregó.

—Me sorprende que no me encierres si soy algo tan preciado —dijo Priya.

—¿Cómo te fortalecerás si lo hago? Solo la lucha y el sufrimiento que viviste en Srugna te permitieron ser mucho más mía, estar mucho más completa.

El pánico se apoderó de Priya.

—¿Cuánto tiempo falta para que esté lista? —preguntó.