El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Cuarenta #2
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Capítulo Cuarenta #2

—No te acerques —dijo alguien, una voz como un ladrido ronco en idioma zaban.

Tardó un momento en reconocer el acento saketano y un momento más en ver a la figura vestida del verde tradicional saketano avanzar a grandes zancadas y apoyar un sable en la garganta de Ganam, con un brazo tembloroso.

Detrás de ellos dos surgió una docena de soldados saketanos que desenrollaron sus espadas-látigo como carretes de plata líquida contra las sombras.

Saber que estaban allí no amortiguó el golpe de verlos. A Priya aún se le revolvía el estómago. Su cuerpo seguía ardiendo de miedo cuando se obligó a quedarse completamente quieta y dijo:

—Devuélvemelo.

—Se queda donde está —dijo el soldado con voz entrecortada. Su boca era una línea sombría. No parecía tan asustado como debería—. Y tú también, quédate donde estás. Si mueves los pies, si mueves las manos, te prometo que morirá.

Se quedó quieta, los pies firmemente apoyados en el suelo, el cuerpo erguido y enraizado como un árbol milenario. La tierra la sostenía y la esperaba, como si contuviera el aliento por lo que Priya haría a continuación.

Los soldados saketanos se alejaron poco a poco formando un semicírculo de látigos y miradas cautelosas.

Los demás soldados no parecían tan sombríos y forzadamente tranquilos como el hombre que tenía el sable en la garganta de Ganam.

Tenían un miedo tan palpable que Priya casi podía paladearlo.

Sería tan fácil destruirlos… La tierra podría derrumbarse a su alrededor y arrastrarlos, podrían surgir espinas del suelo y atravesarlos, sería un trabajo fácil para ella.

Como si el soldado que sostenía el sable hubiera percibido el tono de sus pensamientos, tomó la palabra.

—Sabemos lo rápida que eres, mayor —dijo—. Luché en el río Veri, así que sé exactamente lo que puedes hacer cuando te lo propones. Pero mi mano y esta hoja son aún más rápidas que tú. Intenta usar tu brujería y él morirá bajo mi espada en menos de lo que tarda un parpadeo. Nada lo salvará.

Priya observó y sintió que los hombres seguían moviéndose a su alrededor. Lentos, muy lentos, como si ella fuera un tigre y ellos cazadores.

—No estás planeando matarlo —se obligó a decir. Se obligó a calmar el tono de su voz—. Si quisieras matarlo ya estaría muerto.

—Pero lo haremos si no te comportas —recalcó el hombre.

—No tienes ninguna razón para pensar que me importa lo que hagáis con él.

Vio a uno de los soldados tragar saliva con una oscilación visible en la garganta. El del sable dijo, con una calma que coincidía con la suya:

—Si no te importara una mierda, bruja del templo, ya estaríamos todos muertos. Ya te lo he dicho, sé lo que eres capaz de hacer.

—Entonces, ¿qué quieres de mí? —exigió saber Priya.

—Negociar. Ven con nosotros en silencio y no vamos a acabar con su vida —dijo.

¿Por qué la querían viva? ¿Por qué querían a Ganam vivo? ¿Y qué le habían hecho para que quedara tan quieto, tan sumiso, a pesar del cuchillo que le atravesaba el pecho?

Era difícil pensar entre los aullidos de los yaksas .

—Devuélvemelo —repitió Priya lentamente— y os dejaré salir de aquí con vida.

—No.

—Si me conoces sabes que no sé nada de política —dijo Priya sin rodeos—. Así que seré clara: me lo entregáis o morís todos.

Se oyó la risa fea de uno de ellos.

—No lo creo —dijo.

—Déjala en paz —dijo otra voz firme—. Déjame hablar con ella.

Se adelantó una figura, un hombre más viejo. Tenía un comienzo de podredumbre en la línea del cabello. Ella lo conocía.

—Mayor Priya —dijo Romesh. Tenía el escudo de armas del príncipe inferior Ashutosh grabado en la túnica y los ojos familiares y firmes fijos en ella—. Ha pasado mucho tiempo.

—Romesh —dijo ella—. ¿Todos vosotros sois hombres del príncipe Ashutosh?

—No conoces las caras más nuevas pero conoces la mía —dijo él.

Se movió alrededor de la línea curva de hombres con pasos firmes. Llevaba la espada-látigo enrollada en la cintura. A su alcance pero no en sus manos.

—Salvaste mi vida y la de mi señor en la guerra por el trono de la emperatriz —recordó Romesh—. Lo que le hiciste a la emperatriz es un crimen por el que debes pagar pero no quiero hacerte daño.

Se acercó lentamente.

—Sima, tu consejera, está a salvo —agregó.

Sima. El corazón de Priya latía con fuerza.

—¿De verdad está a salvo? ¿Está bien?

—El príncipe Rao se hizo responsable de ella —dijo Romesh. Avanzó otro paso—. Ven con nosotros —dijo en voz baja—. Podrás verla tú misma y me aseguraré de que no te hagan daño. La emperatriz no te quiere muerta.

—¿Para qué me quiere, entonces?

—Para lo que tal vez sabes —dijo Romesh suavemente—. O para sacarte del campo de batalla, pero ¿qué sabe un soldado como yo de lo que piensa una emperatriz?

Priya soltó un suspiro tembloroso. Sentía los ojos de esos hombres clavados en ella.

—No me importa mi seguridad pero no puedes retenerlo a él —dijo.

Romesh negó con la cabeza.

—Eso no lo decido yo Priya —respondió.

—No soy una rehén de la emperatriz —dijo ella en voz igual de baja—. Deja ir a mi amigo y nos iremos.

Él tensó la mandíbula.

—Lo siento muchacha —dijo. Sacó una daga de la manga. Estaba hecha de piedra negra.

La cortó en el brazo antes de que pudiera moverse, con un mínimo roce contra la carne. Priya sintió una extraña y horrible sacudida, y retrocedió dando tumbos.

Por un segundo, cuando la hoja la tocó, había quedado aislada del sangam . Durante un segundo —quizá ni siquiera un segundo entero, tal vez solo la hebra más delgada y hendida de tiempo—, no se había sentido más que humana.

Le lanzó enredaderas, le rompió la muñeca y lo arrastró mientras él emitía un ruido sordo de dolor, utilizándolo como escudo.

—Entregadme a mi amigo o le quitaré la vida —dijo bruscamente—. No necesito una espada solo mi magia.

Se hizo un silencio sepulcral. Entonces otro hombre dijo, enseñando los dientes:

—Podemos quitarte tu magia.

Disparó una flecha. Priya se movió y la esquivó. Escuchó un golpe repugnante y un grito ahogado.

—Romesh —dijo con voz entrecortada.

La flecha le había atravesado el pecho.

Priya lo palpó con la mano. Le tocó la garganta con dedos temblorosos en busca del pulso y no sintió nada.

Él murió en sus brazos.

El sable seguía apuntando a la garganta de Ganam. Uno de los hombres gritaba. Otro volvía a tensar el arco. A Priya se le llenaron los oídos del sonido de su propia sangre, que rugía como un río caudaloso, como aguas profundas en corrientes aún más profundas.

Una extraña reverberación le llenaba la voz, algo antiguo, algo poderoso.

—Pequeña.

La voz de Mani Ara, un susurro y un sueño en sus oídos.

Solo había podido llegar hasta Mani Ara en sueños durante mucho tiempo.

Había retrocedido ante ella: ante su boca de espinas, las flores de sus ojos, la ferocidad de su amor.

“Mi amada”, la había llamado Mani Ara, pero Priya nunca había querido ser su amada.

Ella quería que su corazón estuviera en otras manos o, al menos, a salvo en su propio pecho.

Pero esta vez, mientras Romesh se desangraba en el suelo y Ganam la miraba con los ojos en blanco, ya no le importaba la repugnancia que sentía.

—Sí —respondió Priya y le dio la bienvenida. Sus costillas eran una puerta abierta.

No era como en la guerra, en el fuego y el río Veri, en las fronteras de Harsinghar, cuando su carruaje había volcado y Mani Ara había llegado a por ella en aquel momento de oscuridad y desesperación.

Era como si el agua se precipitara donde debía.

Priya estaba vacía, estaba destinada a llenarse hasta el borde.

Se movía pero no era solo ella. Era más grande que su propia piel.

Recuerdos que no eran suyos saltaban en los bordes de su mente consciente.

Recordaba correr, arrastrarse. La desesperación y la luz azul de una costa lejana, el borde curvo de un mundo, saber que haría cualquier cosa para asegurarse de que los suyos sobrevivieran…

Los hombres que estaban ante ella eran tan pequeños… Arrodillado entre ellos, el hijo del templo brillaba atravesado por las aguas inmortales.

Familia.

Priya levantó la mano izquierda con negligencia.

El suelo se movió con ella y arrojó a los hombres lejos de sus pies.

Como flechas en pleno vuelo, florecieron y se desplomaron, marchitándose contra la tierra.

Ella se había sacrificado para formar parte del verdor, se sacrificó y sangró luz de estrellas como agua, como sangre. El verdor siguió sus órdenes.

Enterró a los hombres. Ahogó con raíces a los que estaban en la capa superior del suelo. Fue fácil. Toda carne mortal estaba destinada a morir en algún momento.

El único que quedaba era el hijo del templo cuando terminó.

Ella respiró y respiró, y dejó de ser lo que había sido, por un momento. Volvió a ser Priya.

Se dobló hacia adelante temblorosa. Se obligó a enderezarse y se acercó tropezando hasta arrodillarse frente a Ganam, mientras volvía a inundarla la oleada de otredad. En medio, respiró y recordó que debía ocuparse de la herida, del cuchillo, de la supervivencia de su amigo.

—Ganam —llamó—. Ganam, respóndeme.

Movió la boca. Un movimiento silencioso.

—Quédate quieto —dijo ella. Envolvió su propia mano en una tela y le sacó la daga lentamente, temiendo matarlo en el proceso; la dejó caer al suelo y le siguió la sangre de color rubí, oscura.