Capítulo Treinta y nueve
Bhumika
L a lluvia cesó bruscamente tras una jornada que en la que el cielo se agrietó de luz amarilla. Bhumika supo que era hora de marcharse y enfrentarse otra vez al monasterio cuando las aguas de la inundación empezaron a retirarse.
La despidieron amablemente. Gulnar le besó las mejillas y los niños la abrazaron y les ofrecieron a ella y a Jeevan un poco de comida para que se llevaran.
No les sobraba y Bhumika hubiera querido negarse.
Les dio las gracias en lugar de eso y se mostró encantada con los pequeños regalos de frutos secos y semillas.
Dejo que se enorgullecieran: se lo merecían.
El bosque se sentía diferente después de la inundación, más extraño y desconocido. Habían caído muchos árboles y dejado el suelo húmedo al descubierto. Los pájaros y los insectos, tan ruidosos antes, estaban en silencio.
Cruzaron el puente y caminaron entre los árboles.
El tiempo que había pasado atrapada en el pueblo por la inundación le había parecido a Bhumika un respiro: de sus fantasmas, de su conocimiento, del peso de su tarea.
Pero ese tiempo había terminado, así que no le sorprendió que, una vez cruzado el puente, sus centinelas aparecieran de nuevo.
Los sintió antes de verlos: un remolino de agua en el corazón y en el cráneo que le hizo bajar la cabeza por el peso de su presencia.
Allí estaban cuando la levantó: una docena de figuras jóvenes y viejas, moteadas de agua. Sus contornos eran difusos y suaves a la luz del sol.
Se sintió como si ella también estuviera bajo el agua, flotando, incapaz de controlar sus extremidades. Oyó de lejos que Jeevan la llamaba mientras uno de los centinelas caminaba hacia ella. Era delgado y pequeño, tal vez un niño.
—¿Quieres beber?
Se adelantó un poco más.
—Debes beber —insistió el centinela—. Solo pruébala.
Las yemas de los dedos le tocaron los labios. Una sola gota de agua, verde como las hojas. No más que eso.
Sintió esquirlas de nuevos conocimientos.
Un calor en el vientre que se retorcía; el cascarón de un huevo de oro que se astillaba y rompía; vida, vida, vida que florecía y nacía; y algo antiguo y nuevo que se removía bajo el suelo, de cuya carne cubierta de raíces se filtraba savia a medida que abría lenta e inexorablemente los ojos.
—Bhumika.
Volvió en sí. El mundo se empañó por un momento a su alrededor hasta que su visión se estabilizó y reconoció su propio cuerpo. Jeevan la sostenía con firmeza con sus manos cálidas; en sus ojos se veía la preocupación.
—Algo va mal —dijo ella—. Suéltame Jeevan.
Él la soltó, casi vibrando de tensión, y ella se arrodilló en el suelo y apretó una mano contra la tierra.
Sus fantasmas la observaban; el agua salía de ellos en remolinos.
Volvió a golpearla una esquirla.
El dolor se apoderó de ella, como cuando había oído llorar a un niño hacía mucho tiempo. Pero ahora su dolor no era ajeno ni informe. Aquella gota de agua extraña contenía algo: una risa, una vida dentro de ella y la desolación que la pérdida había dejado tras de sí.
Escuchaba la respiración de Jeevan y, de algún modo, eso acrecentó su dolor. No pudo evitar hablar.
—El bebé que di a luz —dijo Bhumika—. ¿Era tuyo?
Él se quedó inmóvil.
—¿El bebé? —repitió.
—He visto mi propio cuerpo, una o dos veces —dijo ella.
Tenía la mano que no estaba apoyada en el suelo apretada contra el estómago.
Había trazado las marcas de su piel con las manos; eran plateadas donde su cuerpo había adquirido una forma nueva, no ahuecada, sino moldeada para albergar otro latido, otra vida.
El agua que había bebido solo le había aclarado lo que ya sabía.
—No —dijo él finalmente—. No es hija mía.
Ella. Una hija.
—¿Sigue viva?
—Sí —respondió Jeevan enseguida con una mirada repentinamente suave—. Sí, Bhumika.
Ella asintió. Un movimiento brusco, sin palabras.
—Bien —dijo. Tragó saliva y sintió en la garganta un rasguño como de cristal afilado—. Muy bien.
Apoyó la mano más firmemente en el suelo.
La vida que circulaba en el suelo retumbaba como un latido bajo la palma.
Debió de moverse, porque Jeevan la llamó por su nombre, en voz baja y alarmada.
—Me siente —dijo ella en voz baja—. Cree que lo estoy llamando.
Jeevan se arrodilló junto a ella. Se miraron a los ojos.
—Hay un yaksa dormido bajo este bosque —le dijo—, puedo sentir cómo despierta. Todo el bosque se llenará de podredumbre cuando lo haga y la gente… —Hizo una pausa, intentando expresar su horror con palabras más serenas.
—Morirá —completó él—. Comprendo. ¿Puedes impedirlo?
Ella negó con la cabeza. Tal vez había tenido ese poder alguna vez pero ahora no.
Jeevan se levantó y le ofreció la mano.
—Iremos al pueblo y les avisaremos. Podemos sacarlos del bosque y ponerlos a salvo.
—Eso solo salvará una aldea —dijo Bhumika. Ella sabía la enormidad de lo que un yaksa era capaz de hacer. Ella sabía—. ¿Y si no escuchan Jeevan?
—Los convenceremos Bhumika —respondió él. Como si fuera tan sencillo.
Lo tomó de la mano y se levantó.
Manjeet ya los estaba esperando entre los árboles caídos en la base de la colina donde se alzaba la aldea.
—No pretendo traeros problemas —dijo Bhumika—. Pero me temo que vuestra aldea está en peligro.
Manjeet caminó hacia ella y Bhumika se dio cuenta de que no necesitaba convencerse. El rostro de la jefa tenía una palidez gris.
—Ha llegado de golpe —dijo Manjeet. Le temblaba la voz—. No sabemos qué hacer.
Condujo a Bhumika y a Jeevan colina arriba hasta la aldea. La gente estaba apiñada en el centro del grupo de casas, susurrando. Vieron pasar a Jeevan y Bhumika y no les dedicaron ni una sonrisa.
La vieja choza situada en las afueras de la aldea, donde Jeevan y Bhumika habían dormido juntos, había desaparecido.
En su lugar había un grupo de árboles que formaban un arco, como un rictus.
Bhumika avanzó un paso, luego dos y se detuvo.
Sentía frío en cada centímetro de su cuerpo.
Sabía lo que era ese arco y lo que había más allá, aunque no supiera adónde la conduciría.
“Un sendero del buscador”.
Las palabras le llegaron en un susurro. Bhumika se mordió la mejilla con tanta fuerza que saboreó la sangre que le floreció en la boca, dulce como el metal.
—No te acerques más —dijo Manjeet—. Hay podredumbre en esos árboles y en el suelo. Te puedes contagiar.
Bhumika no podía contagiarse: era inmune. Pero no parecía prudente decirlo.
—No podéis quedaros aquí —dijo. Si existía un sendero, cualquier persona y cualquier cosa podía atravesarlo y seguramente lo harían.
Un yaksa dormía bajo tierra. Alguien vendría a por él.
Los yaksas querían demasiado a sus parientes como para no hacerlo—.
Tenemos que escondernos en un lugar seguro.
—Se volvió para mirar a Manjeet a los ojos—. El monasterio.
—No nos ayudarán —dijo Manjeet con desdicha. Luego maldijo, frotándose los nudillos con rudeza contra la frente—. Esos bastardos religiosos no se preocupan por nosotros. Lo entiendes, ¿verdad?
—No importa —respondió Bhumika—. El peligro llegará hasta ellos también y solo podremos sobrevivir si estamos juntos.