Capítulo Treinta y ocho
Malini
L a llegada de Rao fue un alivio y la primera sorpresa que la alegró en mucho, mucho tiempo.
Lo saludó en el gran puente de mármol del mahal, de pie bajo una sombrilla sostenida por una asistenta, y le sonrió cuando él bajó de su carruaje y se inclinó ante ella.
Ni siquiera le molestó tanto ver a Sima sentada en el mismo carruaje del que él había bajado y haciendo todo lo posible por no llamar la atención.
—Me alegro de verte príncipe Rao.
—Lo mismo digo emperatriz. Por favor, perdóname la descortesía, pero debo verte a solas. —En sus ojos había una luz que ella no había visto antes. Cierta ferocidad—. Es muy, muy urgente.
Malini examinó la piedra y la hizo girar en sus manos. Era solo una piedra negra pero no se parecía a ninguna otra que hubiera tocado antes, estaba extrañamente fría, como el hielo, aunque sabía que no era hielo.
Hizo una mueca al volver a apoyarla sobre la mesa. Sintió un extraño dolor en el pecho, una punzada a lo largo del nudo de la cicatriz.
—¿No viste el camino a la mina?
—No —dijo Rao—. Tenía los ojos vendados. Estoy seguro de que, además, me llevó por un camino sinuoso, de manera que no pudiera recordar el trayecto de memoria.
Ella asintió, pensativa.
—Así que ese kai quiere tierras. Un hombre ambicioso, ¿verdad?
—Al principio pretendía obtener Lal Qila, pero aceptará una porción de tierra de Dwarali en su lugar —dijo Rao.
—Aún así exige mucho. Pero si esta piedra hace lo que él asegura, por supuesto que la tendrá.
—Envió a una de sus hermanas a negociar en su nombre. Ella está con algunos de mis hombres, más allá de las fronteras de Srugna, y puede establecer acuerdos por él. Ha prometido que la palabra de su hermana será su compromiso.
Malini sintió, demasiado pronto, que la recorría una corriente de alivio.
—¿Esta cáscara de corazón sirve para combatir la podredumbre? —preguntó.
—Ellos no lo sabían —dijo Rao—. No había podredumbre en su tierra. Todavía.
—Entonces la llevaremos a los campos sruganis y veremos qué les hace. Si sirve en los campos y en la batalla, entonces el kai tendrá todo lo que quiera —dijo Malini—. Lo has hecho bien Rao.
—Me alegro —dijo—. Viajamos mucho Malini. Me… Me haría bien descansar, si me lo permites.
Ella quería preguntarle si ahora se sentía mejor, si había sanado, pero la pregunta no le salía de los labios. Después de todo era absurda, por supuesto que no había sanado. Ella tampoco.
—Sí, descansa. Probaremos esta cáscara de corazón —dijo—. Comenzaré a negociar con la hermana del kai si es de utilidad.
Malini tuvo su oportunidad casi de inmediato.
Existían rituales que debían cumplirse durante una visita imperial a una corte parijatdvipana, pero no eran tiempos normales y Malini había elegido no permitírselos.
Había ido a apoyar al rey Lakshan en un momento de crisis, le aseguró.
No se necesitaban ni se deseaban banquetes, bailes ni partidas de caza.
Cuando él presidía la corte, ella no ocupaba el trono del rey ni elevaba su sitio por encima del de él.
En cambio, cuando él se sentaba sobre un cojín tejido de seda en la plataforma elevada de su trono, delante de los nichos en los que se quemaba incienso de sal rosada, ella se sentaba en otro cojín a la izquierda, rodeada de su guardia personal y de sus generales.
Se alegró de haber asistido a la audiencia del rey con sus cortesanos.
Le sirvió para informarse con más profundidad acerca de los males de Srugna: se pusieron de manifiesto el pánico creciente y el estado cada vez más precario de sus arcas.
También estar allí la ayudó a comprender cómo les podía ayudar: qué suministros de alimentos y armas habría que desviar hacia ellos, cuántos soldados tendrían que enviarse hacia la frontera con Ahiranya.
Era un gran número; los que había traído con ella no serían suficientes.
Tendría que dejar a Prakash allí para organizar lo necesario.
Estaba escuchando atentamente un informe sobre las aldeas agrícolas del este de Srugna cuando se oyó un tumulto en la gran arcada por donde se entraba a la sala.
No había portones, puertas ni cortinas, así que nada obstaculizó la visión de Malini.
Giró la cabeza y observó a un puñado de guerreros sruganis que exigían entrar; uno de ellos, a pesar de que cargaba una maza en la mano, era casi un niño.
Dos de los cortesanos del rey Lakshan intentaban disuadirlos.
Los guerreros alzaron la voz, pero solo el chico guardó silencio.
Los demás lo rodeaban formando un círculo protector.
—Traedme al chico más tarde si no se les permite entrar —dijo Malini en voz baja, girándose ligeramente para hablar al oído de Prakash. Él murmuró en señal de asentimiento.
El ruido no cesó sino que aumentó. Lakshan miró a Malini y finalmente levantó una mano con la palma extendida. Se hizo silencio.
—Que se acerquen mis guerreros —dijo con su voz retumbante—. Se les permitirá hablar.
Todos caminaron hacia el círculo de mármol salpicado de cornalina donde siempre se situaban quienes llegaban con una petición a la corte.
Hicieron una reverencia juntos, hasta el suelo, y se pusieron en pie. Uno de los guerreros de más edad empujó al chico hacia delante.
—Habla muchacho —lo instó.
—Mi rey —alcanzó a decir el joven con voz débil. Recorrió la corte con la mirada y se fijó brevemente en Malini. Estaba claramente abrumado, poco familiarizado con la grandeza de una corte de alta alcurnia—. Yo…
—Este chico es el único que sobrevivió de una patrulla que vigilaba la frontera con Ahiranya —intervino uno de los otros guerreros cuando la voz del muchacho se sumió en un silencio abrumador.
Era muy joven para ser guerrero y para un deber tan peligroso. Las circunstancias eran más terribles de lo que Malini había creído en un principio.
—Vi algo en la frontera —dijo el chico. Al principio susurraba, luego habló más fuerte, apretó los puños, levantó la cabeza y se armó de valor—. Había otros con ella. Eran gente como ella, con magia y… entraron en Srugna. Intentamos detenerlos pero no pudimos; están en nuestro territorio.
Un creciente murmullo de descontento se apoderó de la sala.
Malini se inclinó hacia delante. Con voz clara y cortante, que atravesó el ruido como un cuchillo, dijo:
—Descríbela.
El chico la miró sorprendido. Pero hizo lo que ella le había pedido.
—No es alta —dijo—. Pensé que era una niña pero no lo era. Y llevaba flores encima.
No era mucha información pero Malini no necesitó más. Supo la verdad en sus huesos. Había visto a Priya.
—Rey Lakshan —dijo Malini—. He traído a mi gente para ayudarte. Deja que mis generales hablen con tus guerreros y te ayuden a enfrentar esta terrible amenaza.
El rey Lakshan asintió y mostró su agradecimiento.
Narayan se inclinó para hablar al oído de Malini mientras Prakash avanzaba para reunir a los guerreros.
—El príncipe inferior Ashutosh ha ofrecido a sus vasallos —dijo—. Son guerreros de mar, bien entrenados, hombres de confianza. Los enviaré a probar su piedra contra esta amenaza si me lo permites emperatriz.
—Sí. —Mientras él se levantaba lo llamó otra vez—. Narayan.
Él se detuvo y se volvió para escucharla.
—Transmíteles con el mayor énfasis mis órdenes —dijo ella—. Si capturan a alguien con la magia de Ahiranya, sea yaksa o mortal, lo quiero vivo. Si la piedra funciona, un cuchillo clavado en un brazo o una pierna debería bastar para retener a los prisioneros.
—Vivo —repitió casi incrédulo. No le preguntó por qué, pero ella leyó la pregunta en sus ojos.
—Los muertos no pueden decirnos qué hay en el corazón de Ahiranya ni qué alimenta su fuerza —explicó en voz baja. —Y cada vez me parece más necesario saber de qué son capaces los ahiranyis y cómo detenerlos.