Capítulo Treinta y siete
Malini
—M alini. No lo hagas.
Se le congeló la mano en el brazo de Priya. La piel soñada de Priya estaba fría bajo sus dedos, sucia, y las venas brillaban tenuemente bajo su carne oscura con la iridiscencia de las hojas cuando la luz se refleja en ellas.
El agua se agitaba alrededor de ambas. Algo recorría exultante la sangre de Malini: un brillo cantarín. Priya estaba cerca, En carne y hueso, en sueños. Pero el dolor de su voz la hizo detenerse.
—¿Qué temes, Priya? —preguntó Malini. Bajó el brazo lentamente, curvando las yemas de los dedos hacia la palma, resistiendo la compulsión de tocarla—. ¿Crees que te devolveré tu gentileza y te haré lo mismo que me hiciste?
Priya se volvió hacia ella; el agua se arremolinó.
—Sé de lo que eres capaz —dijo. Sonrió pero estaba llorando, con la cara húmeda. Le temblaba el labio—. Sé de lo que soy capaz, Hazme daño si quieres, Malini, No importa. Te soñaré y te soñaré, y no volveré a verte en carne y hueso en toda mi vida.
—También lloraste cuando me apuñalaste —observó Malini, incapaz de apartar la mirada del rostro de Priya. Quería apartar esas lágrimas con la punta de los dedos. Quería matar ese tierno instinto dentro de ella, ese suave deseo. Le dolían los ojos.
—Así es —dijo Priya—. Lo hice, por supuesto que sí.
Se cubrió la cara con las manos.
—No entiendes lo sola que estoy —continuó con voz ahogada.
Sola. Malini en su trono, sus hermanas del corazón muertas, su hermano quemado y Rao herido, desaparecido en algún lugar de Dwarali; Malini, con su imperio y la promesa de una pira siempre a sus pies, con muchos aliados pero nadie en quien pudiera confiar por completo.
—No estarías sola si no me hubieras traicionado —dijo Malini, enfadada de nuevo. “Yo tampoco estaría sola”, pensó.
—Lo hice para salvarte. Te dije que no me arrepiento, lo hice por ti. —Priya se secó las lágrimas y levantó la cara, con los ojos inyectados en sangre—. Es horrible pero es la verdad Malini. Lo único que he hecho con estas manos es amarte.
—No me habrías quitado todas mis opciones si hubieras actuado por amor —dijo Malini con la voz temblorosa—.No me habrías robado tu presencia si me hubieras amado. No me habrías hecho daño.
—No me arrepiento —repitió Priya como había dicho tantas veces antes. Pero esta vez...
Esta vez Malini dio un paso adelante. Suavizó el tono de su voz.
—¿Por qué lo hiciste, Priya? ¿Por qué me traicionaste?
Priya la miró y levantó la cabeza.
—Para que vivieras —respondió.
“Explícate”, quiso ordenarle Malini. “Cuéntamelo todo”.
Pero Priya se estaba acercando a ella. Malini se puso tensa, esperando sentir el cuchillo en las costillas, ese dolor con el que había soñado una y otra vez, como una rueda que no dejaba de girar.
Pero Priya se limitó a rodear los brazos de Malini con las manos y acercar su rostro al pliegue de su cuello.
Se inclinó hacia ella como una mujer que reza ante una efigie, como una criatura que se refugia de la tormenta.
Malini debería haberla apartado pero, en lugar de eso, apretó la frente contra el pelo de Priya. Cerró los ojos y dejó que sus labios le rozaran la frente.
—Esto no es real —mintió Malini. A sí misma, a Priya. Si no era real, podía permitirse tenerla en sus brazos, amarla.
—Dije que nunca te volvería a ver en carne y hueso, pero sé que esto es real —dijo Priya—. Todos nuestros sueños son reales, no dolerían tanto si no lo fueran.
Priya se levantó y acercó la boca a la de Malini.
Insoportablemente suave, insoportablemente tierna.
Su boca sabía a sal, a vida. Estaba fría como si hubiera estado nadando, vadeando el agua, riendo con el sari anudado a las rodillas, y luego hubiera trepado a la orilla para besarla en la boca.
Era como una imagen arrancada de otra vida que nunca vivirían, dulce y amarga a la vez.
Malini apoyó las manos abiertas en la espalda de Priya y la atrajo hacia sí.
Priya era delgada, puro músculo bajo la piel suave, y se acercó a las manos de Malini con facilidad, rodeando sus hombros con los brazos.
Hizo un leve sonido —un jadeo casi insonoro— cuando las manos de Malini recorrieron su cuerpo.
Sus caderas, sus nalgas, su cintura, la suavidad de su vientre.
El hueco entre los muslos, cálido bajo la tela enredada.
Clavó las uñas en los hombros de Malini.
Inclinó la cabeza hacia atrás y sus ojos brillaron con un resplandor pardo bajo las pestañas doradas, llenos de deseo y asombro.
—Malini —jadeó. Ya no había lágrimas—. Malini.
Malini vio la luz ondular sobre sus brazos: un entramado verde que brillaba bajo su piel, un florecimiento de deseo en su pecho, en su vientre. Se sentía como la devoción. Era como volver a casa.
Se inclinó hacia delante y volvió a posar su boca sobre la de Priya.
Se despertó. Dolorida entre los muslos de puro deseo. Tenía lágrimas en los ojos.
Un instinto se apoderó de ella. Luchó por quitarse la ropa: el algodón suave como el sueño se abría con facilidad y así descubrió su torso desnudo. Su estómago, sus senos, el nudo de la cicatriz. Se llevó la mano al pecho en la penumbra de su sueño.
Sintió el escozor cuando sus dedos encontraron la piel desgarrada sobre su corazón. No era la cicatriz, que permanecía intacta, completa, sino una nueva herida. Y de ella brotaba…
Una flor. Una sola flor, negra en la penumbra, lustrosa y viva , que crecía de su propia carne.
El corazón le dio un vuelco. Escuchó un ruido lejano y vio una luz sobre el torrente de su propia sangre dentro del cráneo.
—Emperatriz —dijo Swati tras apoyar la lámpara que llevaba—. Es hora de despertar.
Malini la vio moverse a través de las cortinas que rodeaban la cama. Swati descorrería la cortina en cualquier momento y, entonces, la vería.
No debía permitir que la viera así.
—Déjame sola un momento —ordenó, forzando la voz para que no le temblara. Se sentía como un animal, como si careciera de habla; su boca estaba más dispuesta a soltar el grito que pugnaba por salir de la garganta—. Me levantaré sin ayuda.
Era una petición inusual, pero, tras un instante de vacilación, Swati obedeció.
—Te traeré el desayuno, mi señora —dijo. Malini oyó el movimiento de la cortina de la tienda, un fragmento del canto de los pájaros y después el silencio.
Se tapó la boca con la mano; le costaba respirar.
Adentro, afuera. Inhalar. Exhalar.
No había tiempo ni nadie a quien recurrir. Sola se puso la blusa, terminó de vestirse y se preparó para enfrentarse al mundo.
El mahal del rey Lakshan, soberano de Srugna, era un conjunto de edificios cuadrados con columnas, situados en diferentes niveles tallados en la pared de un acantilado.
Un hogar justificado para un rey. Cada nivel del palacio estaba decorado con flores antiguamente, según contó Prakash a Malini mientras se acercaban a la entrada.
Pero la rápida propagación de la podredumbre había vuelto precavido al rey, que había ordenado cortar toda la vegetación.
El mahal presentaba un aspecto frío y severo sin ella, con la piedra desnuda sin marcas y carente de belleza.
La corte no estaba mucho mejor dentro del mahal.
Los cortesanos se mostraban cansados y asustados, y el rey Lakshan tenía el aspecto exhausto de un hombre que no había dormido en meses y no confiaba en que llegara nunca el momento de descansar.
El tiempo que duró el banquete de bienvenida bastó a Malini para confirmar que la podredumbre, los nuevos caminos que se habían abierto paso de manera antinatural a través de las tierras sruganas y la amenaza constante de los yaksas habían agotado los recursos y la voluntad del rey. Le habló con ansiedad de su ejército.
—No es que nos falten hombres, emperatriz —dijo—. Es que son cobardes y huyen de su deber, temen la podredumbre y temen morir.
—He traído soldados para ayudaros —dijo ella en tono tranquilizador—. No os hemos abandonado. El imperio no olvida vuestra ayuda en la guerra contra mi hermano.
Eso alivió un poco la tensión del rey pero volvió con fuerza cuando ella mojó delicadamente sus manos en attar , se las limpió, dejó a un lado su plato de appam y dijo:
—Tengo algunas preguntas sobre el trato que reciben los enfermos de podredumbre en tus tierras. He recibido noticias preocupantes.
Le dolía el pecho. Una herida dolorosa.
Cuando volvió a quedarse sola en sus habitaciones, rechazó la oferta de un baño o la ayuda de su doncella y abrió uno de sus baúles. Sacó de él todo lo que pensó que necesitaría: vendas, hilo, licor lo suficientemente fuerte como para usarlo en una herida.
Después encendió su lámpara de aceite, se sentó en la cama y se quitó la blusa.
La flor seguía allí.
Malini cerró los ojos. Respiró hondo con la boca abierta, tenía los pulmones tensos y sentía el frío del horror.
Cerró la boca, apretó los dientes, rodeó la flor con los dedos y la arrancó de un tirón.
Sintió la sangre bajo sus dedos y un dolor nítido, liberador.
Sin pensar ni sentir, buscó el licor y las vendas. Se limpió y se vendó el pecho con torpeza, aliviada por no haber tenido que coserse la piel. Estaba segura, en lo más profundo de sus huesos, de que por la mañana la herida se habría cerrado de nuevo, sin dejar nada tras de sí.
Besar a Priya había sido un error, pero…
Podía usar esto, tendría que usar esto. Encontraría una manera.