El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Treinta y seis
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Capítulo Treinta y seis

Bhumika

U n solo día en el pueblo se convirtió en dos, luego en tres, luego en cuatro. Después, Bhumika dejó de contar.

—No iréis a ninguna parte hasta que baje la crecida —había dicho una aldeana cuando llegaron, empapados por la lluvia y el río y tiritando. Pronto se demostró que aquella mujer tenía razón. El agua subió hasta rodear el pueblo y nadie pudo salir sin ponerse en peligro.

Bhumika hizo lo que pudo cuando llegaron; ordenó a los dos niños que ayudaran a Gulnar a buscar refugio, mientras Jeevan reunía a los aldeanos más fuertes para construir un dique improvisado con troncos de árboles.

Bhumika puso manos a la obra con el paso de los días: encendió fogatas y lavó la ropa manchada por el fango de la inundación.

Se sentó con Gulnar y le dio de comer un poco de kichadi para que recuperara fuerzas.

Cuando los niños que había conocido el primer día de la inundación la visitaron y le dieron tímidamente las gracias por ayudarlos, los puso a ordenar, barrer y cuidar de Gulnar cuando ella tenía otras tareas que atender.

El pueblo era pequeño: un conjunto de edificios destartalados, de tejados planos, situado en lo alto de una colina.

Casi todos sus habitantes eran mujeres o niños pequeños, muchos de ellos enfermos de podredumbre.

La jefa de la aldea, Manjeet, les había contado con sus propias palabras, escuetas, pero amables, que los hombres de la aldea habían ido a la guerra, se habían marchado en busca de trabajo o habían enfermado de podredumbre y se habían ido en busca de una cura. Ninguno había regresado.

La casa de Gulnar era la más alejada del centro de la aldea. Cuando Bhumika preguntó por qué, uno de sus nuevos ayudantes le dijo que las viudas daban mala suerte.

—Normalmente no permitiríamos que se quedara en la aldea, pero no podíamos dejar que se ahogara —dijo el chico, moviéndose incómodo sobre sus pies—.

La verdad, señora, si tú no la alimentaras, no estoy seguro de que las demás mujeres se arriesgarían, pero quizá para los forasteros no haya mala suerte.

—Estoy segura —asintió Bhumika—, hicisteis bien en ayudarla —le dijo, lo que hizo que el chico se relajara.

Pero mucho después de que él se hubiera ido, reflexionó sobre la información que le había dado.

Gulnar se agitaba intranquila en sueños en su catre, envuelta su colcha de bodas como en un sudario enredado.

Jeevan había vuelto a decir que él y Bhumika estaban casados, y así había conseguido que les cedieran una parte de una casa para compartir, que ofrecía privacidad mediante una cortina.

Era más cálida que la nueva morada de Gulnar.

Demasiado cálida tal vez; el cuerpo de Jeevan junto al suyo irradiaba su propio calor.

Bhumika esperaba haber aprendido la lección de su desastroso encuentro con los sacerdotes de la fe sin nombre.

Hablaría en nombre de Gulnar, pero en voz baja, en la intimidad de la morada de la jefa del pueblo.

Manjeet había demostrado ser aguda hasta el momento pero no irrazonable. Había esperanza.

Bhumika pasó junto a Jeevan y un grupo de mujeres jóvenes y niños que cortaban leña. Él la miró al pasar; la saludó con una inclinación de cabeza y una mirada suave. Ella le devolvió el saludo.

La jefa no estaba sola. Otras mujeres la rodeaban; arrodilladas en el suelo, molían el grano hasta convertirlo en harina.

Levantaron la vista cuando entró Bhumika; algunas la saludaron en voz alta y otras se limitaron a asentir con la cabeza, todavía recelosas de esa desconocida que ahora habitaba entre ellas.

—No deberías estar aquí —dijo una mujer. Tenía el pelo rizado y una visible podredumbre en el brazo derecho—. Traes mala suerte.

—Nuestras costumbres no son las mismas que en el resto de Alor, Bidisha —dijo la jefa mientras molía con largos movimientos de barrido de sus brazos—. Ella no sabe que se debe dejar solas a las viudas. No la regañes.

—Ella no es de Alor —replicó Bidisha—. No sé de dónde es, pero puedo adivinarlo. ¿Crees que no tenemos suficientes problemas sin ti aquí? —Se señaló el brazo.

Manjeet bajó el mortero con un ruido sordo y un suspiro.

—¿Tanto te molesta? Ah, bien, bien. Marchaos, todas vosotras —le dijo a Bidisha agitando una mano con irritación—. Hablaré con la forastera a solas.

Bidisha frunció el ceño, pero no discutió. Las otras mujeres salieron rápidamente, sin duda contentas de poder descansar de su trabajo.

—Siéntate —dijo Manjeet. Bhumika obedeció.

La jefa de la aldea guardó silencio durante un largo rato. Bhumika juntó las manos sobre el regazo y esperó.

—Estás acostumbrada a dar órdenes a la gente —observó finalmente Manjeet—. Esperas que te hagan caso. Decir a los niños que guarden la ropa de cama de la viuda, hacer que tu marido ordene a mi gente cortar troncos para contener el río, por lo poco que durará… es extraño.

—Preguntaste a los niños por mí —observó Bhumika.

—También pregunté a la vieja Gulnar —dijo Manjeet—. Aunque algunos dirían que incluso una palabra suya podría maldecirme. También pregunté por tu esposo pero los niños tenían menos que contarme sobre él. Gulnar me dijo que tiene lindos brazos, muy fuertes. ¿Por qué estáis aquí, hermanita?

—La inundación…

Manjeet chasqueó la lengua.

—No me importa la inundación. ¿Por qué estáis en Alor, en este bosque?

No eres alorana. Vienes con tu acento de extranjera de alta cuna y tus ropas andrajosas, tu hombre con su sable y la forma en que te mira, como si el dios sin nombre hubiera escrito en su destino amarte; das órdenes a los niños de mi aldea y, más extraño aún, ellos te hacen caso.

Eso es lo que no entiendo, la obediencia.

¿Por qué lo hacen? ¿Qué te hace a ti, una pizca de nada, digna de su confianza?

Si no lo supiera bien, diría que eres una bruja o algún ser antiguo enviado para jugar con nuestras mentes.

—No soy nada de eso —dijo Bhumika.

—He dicho “si no lo supiera bien”, ¿no? Viajé en mi juventud, sé lo que eres. —Manjeet se inclinó hacia delante—. No tienes podredumbre —dijo—. ¿Cómo la esquivaste en Ahiranya?

Ya no servía de nada mentir sobre sus orígenes.

—Tuve suerte —dijo Bhumika, que no sabía por qué no se había enfermado—. Pero no se contagia de una persona a otra. Si alguien de tu pueblo toca una cosecha podrida, dile que se lave con agua salada. Es lo único que los ahiranyis creen que sirve.

Manjeet asintió, satisfecha de que sus sospechas fueran ciertas.

—Podemos probar con agua salada —dijo—. Ahora dime, sinceramente, por qué estás aquí. Adelante.

Había algo en los ojos de Manjeet que hizo que Bhumika hiciera una pausa: una astucia que no era la ensoñación lejana y profunda del joven sacerdote del monasterio, pero que se le emparentaba.

—Vine por el monasterio —dijo Bhumika. Bastaría con decir una verdad a medias—.

Había oído que el monasterio encierra una magia especial.

Una forma de llegar a la fe sin nombre, no solo por unos instantes en un charco de agua, sino profunda y poderosamente.

Esperaba encontrar allí a una persona sabia que me escuchara.

—Bhumika hizo otra pausa y, luego, dijo con cuidado—: Temo que el mundo esté en grave peligro.

Aunque soy insignificante espero hacer algún bien.

—¿Qué esperabas decirle a un sacerdote sabio que pudiera servir de algo?

—preguntó Manjeet—. Bueno, en ese lugar no encontrarás oyentes, hermana, ni tampoco quien te aconseje.

Incluso cuando recibían visitantes, les gustaban los que tenían más dinero que tú.

Hay monasterios más pequeños y acogedores donde te recibirán y rezarán contigo si quieres.

Pero ese lugar es demasiado grande para los forasteros. No te molestes en intentarlo.

Aquella advertencia llegaba demasiado tarde pero no había razón para que la líder de la aldea lo supiera. Bhumika asintió.

—Gracias —dijo.

Se oía jugar a los niños; el siseo y el ruido sordo de un hacha que cortaba madera.

Pensó en Jeevan ahí fuera, con las manos callosas sobre el hacha; pensó en que sabía —como sabía que el sol saldría mañana y pasado mañana— que cuando, saliera de esa casa, él la miraría de nuevo con su rostro solemne, con esos ojos escrutadores. “La forma en que te mira…”.

Ocultó ese pensamiento.

—Jefa, tus hombres se han ido —dijo, tranquila y ecuánime—. Es probable que muchas de vosotras seáis viudas como Gulnar aunque no lo sepáis. ¿Por qué obedecer viejas tradiciones que ya no os sirven?

—Qué tonta eres al venir y juzgarnos así —respondió la jefa. Pero no había ira en su voz; estaba escuchando.

—No quiero hacer daño a nadie —dijo Bhumika—.

Solo quiero ayudar. No quiero causaros problemas, ni a ti ni a tu gente.

Pero me he visto obligada a cambiar para sobrevivir.

Lo dejé todo para huir de mi antiguo hogar.

He cambiado tanto que mi antiguo yo me desconocería, pero mis elecciones me han permitido vivir, mientras que otros han muerto.

”Vuestro antiguo pueblo ha desaparecido —continuó Bhumika—.

Pero todos vosotros estáis aquí. Dejad que mi esposo y yo tomemos la cabaña de Gulnar y le demos a ella una cama segura cerca del corazón de vuestro pueblo.

Somos forasteros y ella es una de los vuestros.

Tendréis que manteneros unidos para sobrevivir a lo que está por venir.

—Le sonrió a Manjeet—. Creo que los niños de tu aldea te apoyarían. Le tienen cariño.

La mirada de la jefa era penetrante.

—Lo consideraré —dijo—. Sería mejor que esperáramos lo suficiente para que la decisión fuera solo mía. No quiero que Bidisha me dé la lata. —Levantó de nuevo su piedra de moler y se volvió hacia su grano a modo de despedida—. Tú y tu hombre querréis marcharos cuando acabe la inundación, supongo.

—Sí —dijo Bhumika. Era cortés, pero al mismo tiempo les cerraba las puertas—. Jeevan y yo agradecemos tu amabilidad. Prometo que cuando las aguas bajen y se vayan, nosotros también nos iremos.