Capítulo Treinta y cinco
Priya
D espués, con la piel húmeda y fría por la sangre y el hedor metálico que le llenaba la nariz, acudió a una mujer que había bebido las aguas inmortales.
No la había visto hacerlo pero eso no importaba. Priya sentía el poder que se retorcía dentro de ella, una cosa verde y viva separada de su fuente. Tomó las manos de la mujer.
—Ruchi —dijo—. ¿Cómo te sientes?
Había una mancha de sangre en la mejilla de Ruchi. Sus pupilas eran enormes discos negros. Se rio, con un poco de hipo, y dijo:
—Increíble. Nunca me había sentido tan fuerte. Ya veo por qué las probaron los guardamáscaras. —Aún tenía la boca brillante de agua. Centelleaba—. Se siente como si valiera la pena arriesgarse a morir.
El tacto de su mano en la de Priya era fuerte. Priya la aferró con la misma fuerza para bajarla a tierra.
—Esa sensación va a pasar —le dijo—. Cuando empieces a sentirte débil o enferma, háblame, ¿de acuerdo? Me aseguraré de que tengas las aguas extraídas de la fuente todo el tiempo que necesites. Pero, de todas maneras, solo te darán poder durante un tiempo. ¿Entiendes?
—¿Cuándo entraré en las aguas inmortales? —preguntó Ruchi con impaciencia—. ¿Cuándo podré probarme a mí misma?
Priya tragó saliva.
—Cuando sea la voluntad de los yaksas —dijo.
Ruchi casi no se daba cuenta de lo que Priya decía y no decía.
La muerte se cernía sobre ella, pero solo se limitó a asentir frenéticamente con la cabeza, sonreír y volver la cabeza hacia los demás guerreros, que la observaban con miedo y un poco de asombro, y la atrajeron rápidamente a su círculo.
Algunos temblaban; uno de ellos vomitaba ruidosamente contra un arbusto.
Ganam no estaba en su círculo. Priya respiró hondo, cuadró los hombros como una mujer que va a la guerra y se volvió hacia él.
Se acercó, le puso la mano en la espalda y la frotó en círculos. Él estaba acuclillado, con la cabeza gacha, junto al cuerpo del hombre que había matado.
—Levántate —le dijo en voz baja—. Los demás están asustados. Tenemos que parecer fuertes por ellos.
Él la miró.
—Hemos utilizado niños en la guerra —dijo en voz baja—. Con Ashok y los rebeldes, hicimos lo que teníamos que hacer; no me importó entonces. Me he ablandado.
—No —dijo ella.
Un suspiro tembloroso de Ganam.
—Esos niños del templo, Rukh, la pequeña Padma. —Apretó los puños—. He aceptado que no conseguiremos un mundo mejor para ellos —dijo—. Pero esto… No volveré a esto.
Un día ella tendría que guiar a esos niños del templo a través de las aguas inmortales. Un día algunos de ellos no sobrevivirían y ella tendría que sepultarlos en la tierra, sabiendo que un yaksa podría emerger y adoptar el rostro de cualquiera de ellos. Un día y otro día y otro.
Sintió que la recorría una oleada de náuseas.
—Estoy de acuerdo —dijo, también en voz baja. Levantó la mirada y vio a la gente que estaba a su alrededor—. Levántate —volvió a decir con suavidad—. Tenemos un largo camino por recorrer.
Ahora los sruganis sabían que estaban allí. Tendrían que moverse con rapidez.
Se adentraron en la noche, hasta que pudo oír los bostezos detrás de ella.
—Puedo escondernos —dijo Priya—. Ganam, ayúdame.
—Como ordene la mayor suprema. —Ganam se puso en pie.
Recurrió a su fuerza de dos veces nacido con un poco de insistencia.
Tejieron juntos un camuflaje para su grupo: un hueco de tierra oculto bajo un dosel de hojas.
Desde lejos, los soldados sruganis no los verían.
Y de cerca Priya dispondría un arsenal. Afiló una rama para construir varios cuchillos espinosos que ocultó bajo las hojas, listos para usarlos, y luego se tumbó en el suelo para vigilar.
Los guerreros se durmieron a su alrededor. Las botellas de agua que llevaban a la cintura desprendían una tenue luz.
Ganam se acomodó a su lado.
—Duerme —le dijo Priya—, lo vas a necesitar.
Él negó con la cabeza.
—No. Yo vigilaré.
—El dolor es como un peso extra que tienes que llevar siempre contigo —dijo Priya apoyando la cabeza en las rodillas—. Duerme, deja que se vaya ese peso.
—No tengo derecho a afligirme —dijo Ganam con desdicha—. Los yaksas me eligieron. Dejaron morir al resto de los rebeldes, a mi familia.
Los yaksas no habían tomado tal decisión. Priya había visto su pánico.
“Tal vez, después de todo, a las aguas inmortales no les importe la fuerza”, pensó Priya con inquietud.
Kritika había sido fuerte. Muchos de los guardamáscaras habían sido fuertes.
Quizá todo fuera casualidad. Quizá Ganam y ella estuvieran allí y todos los demás se hubieran ido solo por pura suerte.
Pensar así no la hacía sentirse mejor y tampoco creía que ayudara a Ganam.
—Cierra los ojos un rato —le dijo—. Mira, yo también cerraré los míos.
—Alguien debería vigilar.
—Sentiré si viene alguien —lo tranquilizó Priya—. La vegetación me habla. No hay nada que temer, ¿de acuerdo? Ahora, duerme.
Ganam tardó mucho en dormirse pero al final lo hizo.
Priya escuchó sus respiraciones graves y uniformes, y enterró la cara contra las rodillas.
Lloró en silencio; la amargura manaba de ella como sangre, como veneno.
Bhumika se había ido y Sima también; los guardamáscaras habían muerto.
Todos los que la rodeaban acabarían bebiendo el agua de sus botellas y también morirían.
Incluso Ganam entraría en las aguas inmortales por tercera vez y, en el fondo de su corazón, Priya no creía que fuera a volver.
Ese día no había sufrido ningún daño pero se sentía hueca, despojada. Sin órganos, sin huesos que la mantuvieran entera, sin alegría, sin fuerza. Un simple contacto bastaría para romperla.
Se durmió.
El tribunal imperial estaba destrozado.
La piedra se había desmoronado. La arrastraba una corriente rápida y fuerte de agua.
Tres ríos rugían, se arremolinaban y se fusionaban alrededor de las rodillas de Priya.
Sin saber cómo, aún se mantenía erguida.
No era el sangam aunque se le parecía mucho.
Sobre ella estaban los arcos del techo del tribunal que brillaban desde dentro con la luz dorada del fuego; a su alrededor había árboles inmensos, curvados por un viento feroz que Priya no podía sentir.
Había caminos a su alrededor que respiraban, que la llamaban.
Pero la canción más fuerte provenía de las aguas que la rodeaban.
Era como el pulso de un instrumento de cuerda, una resonancia. “Aquí estás”.
Oyó una inhalación aguda detrás de ella y el movimiento de un cuerpo en el agua.
Sintió las yemas de los dedos contra su brazo. La resonancia la atravesó y lo supo.
No eran los dedos de Mani Ara. Reconocería esas manos en cualquier parte. La habían sostenido y habían trazado la forma de su cuerpo, habían estado dentro de ella. Se habían cerrado alrededor de una flor oscura tallada en su propio corazón.
Eran manos que la querían muerta.
Cerró los ojos con fuerza. No podía soñar con ella esta noche.
No podía.
—Malini —dijo, con la voz entrecortada—. No lo hagas.