El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Treinta y cuatro
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Capítulo Treinta y cuatro

Aravind

—E s un trabajo ingrato —dijo el comandante a Aravind antes de que su fuerza partiera hacia la frontera entre Srugna y Ahiranya, donde se alzaban los árboles y ahora caminaban antiguos monstruos—.

Pero tienes que hacerlo, muchacho. Será bueno para ti.

—Le dio una palmada en la espalda, extrañamente afectuosa.

El comandante era amable con él porque era el guerrero más joven de la patrulla.

Habían muerto demasiados hombres en la guerra por el trono imperial o a causa de la podredumbre, lo que significaba que incluso los chicos tenían que luchar.

Pero Aravind se alegraba de estar en el ejército.

No era tan niño como todos creían que era.

No había discutido porque no parecía que a nadie le importara si él quería ir a la frontera o no.

Ser un guerrero srugani no era eso. Él no había forjado su fuerza levantando piedras de río y, más tarde, pesadas mazas talladas para quedarse en casa y estar cómodo.

Su trabajo era ser un soldado leal y eso era lo que sería.

Tenía quince años, edad suficiente para la guerra.

Patrullar la frontera con Ahiranya no era un trabajo que quisiera hacer por mucho tiempo.

El bosque era añoso y estaba oscuro, silencioso y podrido.

A veces, por la noche, algunos de los otros hombres juraban que cantaba tratando de llamarlos.

Su madre le había advertido sobre el bosque cuando era niño, lo había alimentado con esas historias antes de dormir junto con la leche dulce.

La última vez que los yaksas habían recorrido el subcontinente, habían llegado a Srugna con festines y promesas.

A veces tentaban a la gente con regalos: frutas que se abrían en forma de flores, oro y joyas que solo podían obtenerse mediante el combate o el matrimonio.

A veces la gente aceptaba lo que le ofrecían.

Los que se iban con ellos nunca volvían.

Aravind se estremeció. Su armadura no era pesada; parte de él deseaba que tuviera un poco más de peso y tela.

Los árboles tapaban la luz del sol y enfriaban el aire, lo que le resultaba incómodo.

Lo único que oía era el crujido del cuero y los murmullos de sus compañeros, que compartían más de esas historias que se asentaban como piedras en las entrañas de Aravind.

Ni siquiera los pájaros cantaban tan cerca de Ahiranya. No había nada que lo distrajera.

Como no estaba contando historias, como estaba mirando los árboles sin pájaros, fue el primero en ver a la mujer que salió a trompicones del bosque de Ahiranya.

Llevaba un salwar kameez de color claro, manchado de tierra del bosque hasta las pantorrillas.

Estaba enferma de podredumbre, lo que no era una sorpresa.

Sabía que en los pueblos locales se perseguía a los enfermos y se los enviaba al exilio.

Se resistió a acercarse a ella. Como la mayoría de la gente, temía contagiarse.

—¡Tú! —gritó—. ¡Muévete!

Ella avanzó tambaleante. Aravind aferró la maza con más fuerza, pero luego aflojó el puño. Solo era una chica.

Ella se puso de rodillas. No era tan joven como le había parecido pero tampoco vieja. Era bajita, de contextura delgada y rostro visiblemente tenso, incluso en la penumbra.

—Necesito vuestra ayuda —respondió. Su voz era grave, casi ronca—. ¿Me ayudáis hermanos?

—¿Qué tipo de ayuda? —preguntó el comandante de Aravind. Tenía el ceño fruncido y se llevó la mano al cinturón—. Aquí tengo una botella de agua hermanita. Puedes beber.

Ella susurró su agradecimiento y los miró a ambos. Extendió la mano y el comandante la aferró con fuerza por la muñeca y la empujó hacia delante.

—Tú no eres srugani —dijo rotundamente—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has salido?

A la mujer le cambió la expresión. Desapareció su mirada suave, se endureció el gesto de la boca.

—Bueno —dijo—. Nunca se me han dado bien este tipo de cosas.

El mundo estalló a su alrededor.

Árboles, tierra, verdor… todo retorcido, extraño.

El mundo sólido que los rodeaba era como el agua en sus manos. Cada vez que ella se movía, el mundo se movía con ella: ramas que se astillaban y tierra que se agitaba. Él solo pudo pensar, enloquecido: “Así que esto es una yaksa ”.

Intentó aferrar su maza pero se le cayó de las manos. Una mano le sujetó la espalda.

—Yo tengo una —dijo alguien. Una voz de hombre.

Aravind lanzó un puñetazo salvaje. Pero a pesar de todo su entrenamiento —y realmente había hecho todo lo posible—, el hombre que lo sostenía era aún más fuerte. Aravind cayó de golpe al suelo. Una mano le aferraba la garganta.

A lo lejos, oyó gritos. El sonido de huesos que se rompían.

Un rostro enmascarado, con vetas crueles de madera y unos ojos negros ocultos detrás, se abalanzó sobre él.

El rostro enmascarado habló.

—No eres más que un niño, ¿verdad?

El aliento del enmascarado era caliente.

La piel de su garganta brillaba por el sudor.

Parecía despiadado y salvaje, y Aravind quiso cerrar los ojos de puro terror, quiso morir sin ver aquella máscara sobre él.

Pero cuando volvió el rostro, el hombre ahiranyi le golpeó la mejilla con una mano, lo bastante fuerte como para causarle dolor.

—¡Mírame! —exclamó el hombre—. Dime quién más nos espera en tus tierras. ¿Está allí el ejército de la emperatriz con fuego?

—Sí —jadeó Aravind; sostuvo la mentira—. Sí, vienen más soldados y tienen fuego. Os destruirán.

Cayó una sombra sobre él. La mujer de antes se acuclilló. Una hilera de pequeñas flores le delineaba la garganta.

—Miente —dijo la mujer—. Si la emperatriz hubiera enviado fuerzas ya estarían aquí. —Tenía la mirada perdida, sombría. Aravind no entendía cómo antes le había parecido frágil o pequeña. En cuclillas, era puro músculo enroscado.

Miró más allá de ella. Lo único que veía de su patrulla eran cadáveres, todos estaban muertos.

—¡Ganam! —llamó otra voz.

—¡Mayor Priya! He atrapado al comandante, aún está vivo.

—Tráelo aquí —ordenó la mujer.

Aravind vio cómo arrastraban a su comandante. El hombre tenía el labio partido y una herida sangrienta le goteaba del lado izquierdo.

Lo obligaron a tumbarse en el suelo junto a Aravind. El enmascarado se irguió y dijo a Aravind con voz letal:

—Ponte de rodillas. Espera ahí.

Sin su maza y con sus amigos muertos, ¿qué otra cosa podía hacer sino obedecer? Mejor morir de rodillas, supuso, que caído en el suelo.

El enmascarado hizo al comandante la misma pregunta que le había hecho a Aravind. El comandante entornó los ojos y escupió en la tierra.

—La emperatriz os destruirá. Te lo prometo.

—No saben nada —dijo el enmascarado, volviéndose hacia la mujer.

La mujer permaneció en silencio. Solo se oía el susurro de los pasos de las figuras que los rodeaban.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó el enmascarado. Aravind tardó un momento en darse cuenta de que le estaba preguntando a él.

—Quince —respondió.

El enmascarado no dijo nada.

—Yo lo haré —dijo la mujer pequeña.

—No deberías —dijo el hombre—. Y yo tampoco. —Le temblaba la mano que sostenía la guadaña—. Que se jodan los yaksas —dijo—. No mataré niños por ellos.

—Déjalo ir, entonces —dijo la mujer con voz suave—. ¡Por los espíritus, Ganam! No te pido que lo hagas.

—Le dirá a alguien que estamos aquí —dijo el hombre—. Enviarán más guerreros.

—¿Crees que no puedo luchar contra ellos?

—Creo que, si tienen su fuego mágico, ninguno de nosotros podrá. Tu emperatriz vendrá corriendo cuando sepa que estás aquí.

La mujer cerró los ojos.

—Si alguien debe morir, que sea yo —dijo pesadamente el comandante de Aravind—. Deja ir al chico.

—Levántate, muchacho —dijo la mujer a Aravind. Él se levantó tambaleante. La miró a los ojos. La mirada que ella le dirigió podría haberle cortado el alma.

—Corre —dijo ella.

—Hazle caso, hijo —dijo en voz baja su comandante.

Aravind se odió por su cobardía. Se dio la vuelta y huyó.

Aravind corrió. No miró atrás. Oyó un ruido, un ruido agudo y terrible. El chasquido del metal, el derramamiento de sangre. Corrió. Y corrió, corrió, y corrió.