El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Treinta y tres
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Capítulo Treinta y tres

Priya

N o había nadie que hostigara a Priya para que tomara un palanquín ahora que Bhumika se había ido.

A los yaksas , por cierto, no les importaba.

Anduvo por la ciudad de Hiranaprastha vestida con su sari más sencillo.

Después de todo no necesitaba un palanquín, ni oro, ni el atuendo de una mayor del templo para demostrar su autoridad: las flores crecían por donde ella caminaba. Estaba segura de que con eso bastaba.

La ciudad seguía bullendo. Parecía que nada, ni siquiera el regreso de sus dioses, podía hacer que los habitantes de Ahiranya dejaran la difícil tarea de sobrevivir.

Priya pasó junto a puestos de comida y casas conocidas, edificios con lámparas rosadas y familias sentadas en las galerías, a la sombra del creciente calor del sol.

La multitud se apartaba a su alrededor, con rostros inquietos. Algunos se inclinaban.

Había muchísima más gente con podredumbre que antes. Había efigies de los yaksas por todas partes, rodeadas de ofrendas. Destellos de oro y frutas tan cubiertas de hormigas que se veían negras. Ella también inclinó la cabeza al pasar. Le habían dicho que mostrara reverencia y así lo haría.

Llegó a su destino. Los guardias que estaban a las puertas del haveli la reconocieron claramente, porque uno palideció y tanteó su sable, bajándolo mientras se arrodillaba.

—Vengo a hablar con el Señor Chetan —dijo ella—. Tráiganmelo.

Así lo hicieron. El primer guardia se adelantó para avisar a la familia.

Cuando Priya cruzó el patio y entró en el salón abierto de la casa, donde había un estanque de flores bajo columnatas abiertas al cielo, ya había sirvientas haciendo reverencias y ofreciendo sherbet o vino.

El noble señor de la casa salió a su encuentro, acomodándose la chaqueta.

Priya debía de haberlo despertado de su descanso.

No tenía buen aspecto. Tenía grandes ojeras y los brazos, parcialmente ocultos bajo la chaqueta, estaban tan podridos que parecían más helechos y enredaderas que carne. Tragó saliva, visiblemente asustado, con las pupilas dilatadas.

—Mayor suprema —dijo haciendo una reverencia—. ¿En qué puedo ayudarte?

Priya se sintió sumamente incómoda. Intentó que no se le notara.

—Señor Chetan —dijo—. Necesito su ayuda.

Él la escoltó hasta un asiento. Ella le dijo lo que necesitaba: más guerreros y guardias. Cualquier cosa de la que su casa pudiera prescindir. Armas, dinero, ayuda para mantener una apariencia de gobierno. Él le sirvió una copa de sherbet y un vaso pequeño para él. Ninguno de los dos bebió.

—Mayor, te daré cualquier cosa que necesites.

Todo lo que los yaksas necesiten, se lo daré de todo corazón.

Los yaksas me permitieron vivir aun cuando mi lealtad era voluble.

No volveré a fallarles. —Le temblaban las manos en el regazo—.

Todos mis compatriotas de alta cuna sentirán lo mismo, te lo aseguro.

Si deseas que hable con ellos en tu nombre…

—Te lo agradecería —dijo Priya; sintió una oleada de alivio. Bhumika le había hablado, una vez, de las conexiones que tenía el Señor Chetan. Eso era exactamente lo que Priya había estado esperando.

—Me alegro, Señor Chetan —le dijo con seriedad—. Sé que los yaksas también se alegrarán y no permitirán que tu podredumbre siga avanzando. De hecho… ¿me darías tu mano?

Él se la tendió y ella la tomó. Cerró los ojos. Sintió la podredumbre dentro de él, ese núcleo floreciente.

Abrió los ojos.

—Los yaksas han congelado el curso de tu enfermedad —dijo—. No crecerá nada nuevo.

—Gracias, mayor —dijo y retiró el brazo. Vaciló y, luego, agregó—. Hay un niño a tu cuidado, un niño del templo. Es mi hijo, Ashish.

Priya sintió que la recorría un oscuro sentimiento. Oh.

Los niños del templo no debían tener más familia que el templo, pero ella no se lo dijo; solo asintió con la cabeza y juntó las manos.

—¿Él está… está bien, mayor? Su madre se preocupa por él. —Vaciló—. Sé que los yaksas pueden utilizarlo como les parezca…

—Está bien —dijo Priya suavemente—. Es un chico listo, testarudo, se lleva bien con los niños más pequeños. Está bien cuidado, Señor Chetan.

El hombre parpadeó rápidamente, con los ojos húmedos.

—Gracias —dijo y luego carraspeó—. Si me permites, mayor, te ruego un pequeño favor.

Rukh la encontró. Estaba sentada en el almacén vacío que había utilizado cuando estuvo enferma. Había dejado allí su ropa de cama. A veces sus habitaciones estaban demasiado llenas de gente y le gustaba ir allí y estar sola. Pero Rukh siempre sabía dónde encontrarla y no tardó en aparecer.

—Tienes mal aspecto —le dijo—. Muy sombrío, como una auténtica líder de guerra.

—Cállate —lo reprendió ella—. ¿Cómo me has encontrado?

—La gente siempre te está observando —dijo encogiéndose de hombros—. Simplemente pregunté. ¿Qué te pasa?

Lo miró; tenía el ceño fruncido y el rostro serio. Aún era tan joven que no estaba bien que le confiara sus preocupaciones. Deseó que Sima estuviera allí. La echaba tanto de menos que le dolía.

—Son problemas de adultos —le dijo—. Nada de lo que debas preocuparte.

—¿Por qué no bebes algo?

—¡No me digas que me tome una copa! —Ella alargó la mano para jugar a atraparle la oreja y dejó que él la esquivara de un salto. Rukh le sonrió.

—¿Y un poco del hachís de Billu?

—Shhh. No puedo tomar eso, ya lo sabes.

—¿Por qué no?

—Puede que me necesiten, Rukh. —Priya suspiró y levantó las rodillas para apoyar la frente en ellas y suspirar de una forma dramática apropiada—. Siempre me necesitan.

Oyó el ruido de sus pasos. El chico se sentó en el suelo a su lado, imitándola. Cuando ella levantó la cabeza, él tenía las rodillas levantadas y la barbilla apoyada en las manos.

—¿Qué llevas en la mano? —le preguntó Rukh.

Priya abrió el puño que sentía rígido. Había estado apretando los dedos todo el camino desde el haveli a través de Hiranaprastha.

En la palma de la mano tenía una pequeña cinta, un nudo de tela roja y naranja atada con una cuenta en forma de ojo. Era lo suficientemente grande como para engancharla en la muñeca y atarla con fuerza.

—Es un amuleto de la buena suerte —dijo— hecho por la madre de un niño para mantenerlo a salvo.

También era del padre. Tal vez lo había hecho él y le había mentido, ella no lo sabía. Pero había visto la pena y el miedo en sus ojos.

—Es bonito —observó Rukh.

—Lo es. —Le pasó el pulgar por encima: la tela suave, los nudos—. Tal vez sería mejor no dárselo, tal vez sería mejor… dejar que se concentre en fortalecerse. Esto podría hacerle daño, podría recordarle la familia a la que no puede volver.

Rukh le apretó una mano. Las raíces que el chico tenía bajo la piel le dieron a Priya un agudo pinchazo que la hizo respirar más hondo y sentir el calor del aire en los pulmones. Levantó bien la cabeza y lo miró.

—Tienes que dárselo —dijo—. Sea cual sea el dolor que sienta ese niño, tendrá que ser lo bastante fuerte para soportarlo, ¿no? Si es un niño del templo…

—¿Y si no es lo suficientemente fuerte? —susurró Priya.

—Entonces tú lo protegerás —dijo Rukh—. Como me has protegido a mí.

Priya soltó una carcajada.

—¿Cuándo creciste tanto?

—Cuando estabas lejos —respondió con la sonrisa un poco ladeada—. Y quizá también un poco cuando volviste. —Apartó la mano y se estiró contra la pared—. Me alegro mucho de que hayas vuelto Priya.

Le pasó una mano por el pelo. Él la dejó.

—Yo también —dijo ella.

Priya le entregó a Ashish la cinta trenzada. Después dio un beso a Padma y ordenó a los otros niños que le hicieran caso a Khalida.

—U os haré algo horrible para castigaros, como afeitaros las cejas —dijo.

—No serías capaz —dijo Pallavi con firmeza. A la niña se le había pasado enseguida el miedo. Detrás de ella, todavía sentado en su cama, Ashish la miraba con fijeza, mientras se ataba la trenza de cinta alrededor de la muñeca.

Priya hizo un gesto de fastidio.

—Solo comportaos bien.

Priya se había vestido con un salwar kameez y se había recogido el pelo en un moño tan apretado que le dolía un poco la cabeza. Sin embargo apreció el dolor; la mantenía con los pies en la tierra.

Una yaksa estaba a punto de renacer en Srugna. Era hora de que Priya la encontrara como le había ordenado Mani Ara.

Caminó junto con Ganam hacia la enramada de huesos; los siguió un grupo de soldados.

Uno de ellos llevaba una caja con botellas, cada una de las cuales brillaba con el azul de las aguas inmortales extraídas de la fuente.

Muchos de los hombres que la acompañaban eran guardias y guerreros entrenados por Jeevan y ex sirvientas con flechas y guadañas.

Y allí, al final de la fila, había algunos de los forasteros enfermos de podredumbre que ahora vivían en el mahal.

—Hemos perdido a casi todos nuestros guardamáscaras —dijo Priya—. Solo queda Ganam y yo soy la única mayor del templo que queda; necesitamos más fuerza, más poder. Y esta es el arma que tenemos. —Levantó una botella de aguas inmortales.

Les explicó sobre las aguas inmortales y lo que significaría beberlas extraídas de la fuente.

—Cuando se es un hijo del templo, como yo, y se sobrevive al paso por las aguas, se obtiene fuerza y magia —dijo Priya—. Pero no hay garantías de sobrevivir.

Hubo murmullos y cabezas bajas del grupo que la escuchaba. Todos sabían cuántos habían muerto intentando atravesar las aguas y emerger.

—Obtenéis un poco de esa fuerza cuando bebéis agua extraída de la fuente durante un tiempo —continuó Priya—.

Pero es venenosa; en algún momento os mata.

A menos que seáis renacidos, no hay posibilidad de que lleguéis al final de vuestra vida.

No os obligaré a beber, pero si estáis dispuestos a hacerlo tenéis la oportunidad de llevar esta agua con vosotros y beberla cuando necesitéis fuerzas.

—Respiró hondo—. Y si debéis beber… es vuestra oportunidad de haceros fuertes y atravesar las aguas inmortales para, quizás, convertiros algún día en tres veces nacidos como yo.

Os prometo esa oportunidad aunque no pueda prometeros la vida.

Les mostró la botella.

—No es necesario que lo decidáis ahora pero podéis llevar las aguas con vosotros.

—Mayor —la llamó una voz áspera. Era uno de los forasteros, un hombre llamado Shyam—. ¿Confiarías este secreto a los que venimos de más allá de Ahiranya?

Se oyó un rumor de inquietud entre la multitud. Priya lo miró a los ojos.

—Quiero hacerlo —dijo—. Pero dime por qué debería.

—Luché en la guerra —respondió Shyam—, vi lo que hiciste. Eres más fuerte que el imperio. —Lo dijo sin rodeos, ferozmente, como si lo creyera—. Prefiero arriesgar mi vida por el hogar que has dado a mi familia antes que ponerme del lado de un imperio que nos dejó morir.

—Eso es suficiente para mí —dijo Priya.

—Si te vuelves contra nosotros te mataremos, por supuesto —añadió Ganam.

Priya tuvo que esforzarse mucho para no hacer un gesto de fastidio.

Se llevaron las botellas.

Ella los condujo hasta el sendero del buscador. Los huesos colgados de sus cintas se agitaban y giraban por encima de ellos. De algunos, absurdamente, habían brotado flores. Era como estar en el jardín de una macabra dama de alcurnia.

Priya se encontró con la mirada de Ganam.

—¿Cómo te sientes al haber nacido dos veces? —preguntó Priya.

—Terrible —respondió Ganam en voz baja—. El precio fue demasiado alto.

—Ganam —dijo ella. Él se detuvo y se volvió con una mirada interrogante—. No es necesario que intentes convertirte en tres veces nacido.

—Lo haré —respondió él—. Por Kritika, por todos ellos, tengo que intentarlo. Ellos querrían que lo hiciera.

—¿Y qué quieres tú?

Él meneó la cabeza.

—¿De qué nos va a servir lo que queramos? Vamos, Priya, camina conmigo, hablemos de otras cosas hasta que lleguemos a Srugna.

Ellos estaban siguiendo el más antiguo entre todos esos nuevos caminos.

—¿Puedes sentir a algún srugani? —preguntó Priya a Ganam después de un tiempo. Parijatdvipa había dejado fuerzas armadas en las fronteras de Ahiranya. También había muchos en los bosques de Srugna.

Ella los sentía pero quería darle a Ganam la oportunidad de probar su propia habilidad.

—Siento que me pican los mosquitos. Eso es lo que puedo sentir —respondió él abriéndose paso entre la maraña de ramas que obstaculizaban el camino.

Antes habría necesitado una guadaña de mano para ese trabajo; ahora solo bastaba con el movimiento de su mano.

Su magia de dos veces nacido hizo que las ramas se marchitaran y se quebraran a su alrededor, separándose para permitirles el paso.

Priya hizo un gesto de fastidio. Él no podía verla pero esa no era la cuestión. Con tono burlón, dijo:

—¿Sientes a los guerreros que nos esperan?

—No como tú —respondió él—. Así que tal vez sea mejor que tú percibas por los dos y yo me concentraré en despejar el camino.

Priya podría haber apartado el follaje con un suspiro, con un simple roce de su mente, doblegando mediante su voluntad el verdor del sendero que los rodeaba.

Pero los hombros de Ganam estaban tensos y ella estaba segura de que él necesitaba eso: un desahogo, un motivo de concentración.

Algo en lo que enfocarse que no fuera la guerra que tenían por delante.

—Bien —dijo—. Pero no te agotes, ¿de acuerdo? Se necesitará de tu fuerza.

Hubo un choque. Un estruendo. Un árbol cayó a un lado y desapareció entre la bruma que bordeaba el sendero del buscador, donde el tiempo se fundía y cambiaba antes de volver a su forma normal.

—Estarás bien —dijo Ganam—. No necesitas de mi fuerza, te he visto luchar Priya.

—No me preocupo por mí.

Alcanzaba a oír a los guerreros que iban detrás de ella, aferrados a sus guadañas y sables. Algunos temblaban de miedo, otros parecían decididos, ninguno había bebido aún de sus botellas.

Cerró los ojos y suspiró, sintió el canto y el oleaje de la vegetación.

—Hay todo un contingente de guerreros sruganis —murmuró—. Armados con mazas en su mayoría, pero algunos tienen sables, otros flechas y otros… fuego. Pero no es fuego de las Madres.

—Fuego es fuego —murmuró Ganam—. Podríamos esperar aquí hasta que pase la patrulla.

Priya negó con la cabeza.

—No se mueven —aclaró—. Tienen su campamento al final del sendero del buscador. Tendremos que pasar por allí.

Se acercaban al final del sendero, cerca de Srugna, donde el bosque retrocedía y su poder comenzaba a disminuir suavemente. Priya sentía a los guerreros preparados, esperándolos.

Una de sus soldados dio un paso adelante detrás de ella; era tímida, cuadrada y fuerte, pero temblaba.

—Mayor —susurró la mujer, casi una niña—. ¿Qué hacemos ahora?

Priya podía oírlo todo, sentirlo todo. El inquieto ir y venir de sus propios soldados; el crujido de las manos sobre las empuñaduras de guadañas y de arcos; el arrastre de pesadas botas más allá del bosque.

El gruñido de una garganta cuando alguien levantaba una maza.

Los ojos que observaban con atención el bosque y esperaban.

Se dirigió a la gente apiñada a su alrededor e intentó sonar autoritaria y parecer preparada.

—Empecemos por fingir que somos una presa fácil.