Capítulo Treinta y dos
Rao
R ao se despertó, cayó inconsciente y volvió a despertarse.
Lo arrastraban por la nieve; estaba en una tienda de campaña, rodeado del olor de los cuerpos calientes y el humo; lo obligaban a beber algo cálido y dulce que hacía que los escalofríos se desvanecieran y su consciencia también.
Cuando despertó, después de más tiempo del que le importaba pensar, vio destellos de otras imágenes: un círculo abierto al cielo, nieve arremolinada y humo que se elevaba; figuras borrosas con largas túnicas de lana; paredes hechas de lona oscura.
Después, sintió el calor de un cuerpo cerca del suyo. El cuerpo se arrodilló.
—Levanta la cabeza hacia la luz del fuego —le ordenó una voz grave. Había un dedo bajo su barbilla que le empujaba suavemente la cabeza hacia arriba. Delante de él había un hombre de ojos muy claros, penetrantes como los de los halcones. Detrás, en la tienda, ardía una hoguera.
—Tal vez me lo haya imaginado —murmuró el hombre.
Posó el pulgar bajo el ojo izquierdo de Rao—.
Vi a dos tontos en medio de una tormenta.
Unos desconocidos con ropas de dwaralis.
Pensé en dejar que mis soldados les apuntaran…
y entonces vi tus ojos. Pensé que brillaban como llamas.
¿Fue un truco de la luz de la luna sobre la nieve, príncipe Rao?
— Kai Ehsan —dijo Rao entre dientes, recuperando el nombre de algún modo de su cabeza, de un recuerdo fresco de la nieve, de la luz de la luna, de un arco que bajaba y dejaba de apuntarle—. No te equivocas. El dios sin nombre me guio hasta aquí.
—¿Y por qué tu dios te guio hasta aquí?
—Para buscar un rubí —respondió Rao. No parecía que valiera la pena ocultar la verdad. Gritar sobre su visión le había salvado la vida, después de todo—. Pero puede que no sea un rubí. La fe sin nombre me mostró nieve y sangre que brotaba de ella.
Por el rostro del hombre pasó una mirada extraña. Por un momento no habló.
—Te creo —dijo finalmente—. Solo un tonto que sigue a un dios se arriesgaría a morir caminando en la nieve. —Le soltó la cara—. Ya no parece que vayas a morir, príncipe Rao. Eso es bueno.
—La mujer que estaba conmigo…
—Se está recuperando —dijo el Kai Ehsan—. Puedes hablar con ella tú mismo si logras mantenerte en pie sin ayuda.
No fue fácil pero Rao se puso de pie. Se tomó un momento para recuperar el equilibrio y observar su entorno.
Sus armas habían desaparecido, no tenía chakram s en las muñecas ni dagas en la cintura; estaba envuelto en una manta de pieles y lana bordada.
Avanzó tambaleándose un paso, luego otro, y por fin vio a Sima al otro lado del fuego, con el rostro demacrado y arropada en un montón de mantas tan gruesas que parecía un bebé fajado.
Al verla tuvo fuerzas para llegar a trompicones hasta su lado.
Ella pronunció su nombre y luego un insulto tan asqueroso que lo hizo reír sorprendido y luego volvió a reír con alivio mientras se arrodillaba frente a ella.
—Sima —dijo, con voz áspera. Le tomó las manos y las sacó de su capullo de mantas. Estaban muy frías—. Lo siento mucho.
—N-no hace falta —se las arregló para decir Sima—. Lo-los dos somos unos idiotas.
Una de las mujeres le apartó la mano a Rao y lo regañó.
—Acerca las manos al fuego —le dijo a Sima, que obedeció.
—Mis hermanas—, dijo el kai, señalando con la cabeza a las mujeres—. Bahar, Qutlugh.
—Eres bienvenido, príncipe Rao de Alor —dijo la más joven de las dos mujeres. La mayor asintió con la cabeza.
El líder de los jagatay —eso era lo que significaba el título kai, o al menos eso le habían dicho los conocimientos que Rao había adquirido en la biblioteca de Lal Qila— le puso una mano en el hombro.
—Descansa —le dijo—. Mis hermanas velarán por ti.
—Gracias por vuestra amabilidad y compasión —respondió Rao con una mirada que fue de las dos mujeres a su hermano—. Estoy en deuda con vosotros.
—No necesito que me agradezcas —dijo el Kai Ehsan—. Pero aceptaré tu deuda. Cuando la tormenta amaine y te recuperes, príncipe Rao de Alor, voy a pedirte conocimientos. Y me responderás con sinceridad.
Por fin amainó la tormenta. Ya no entraba nieve por el tejado y Rao ya no tenía escalofríos. Él y Sima no hablaron en las horas que siguieron, mientras los ojos de todos estuvieron sobre ellos. Pero en un momento Sima sacó la mano de la manta y le tocó el brazo con los nudillos. Eso lo reconfortó.
Una de las hermanas del kai, Qutlugh, se agitó y se volvió hacia la entrada de la tienda con los ojos entornados cuando se cerró la tela que hacía las veces de puerta.
El Kai Ehsan estaba de pie en la entrada, con el cielo y el suelo blancoazulados a sus espaldas.
—Quiero que vengas conmigo —dijo el Kai Ehsan—. Es hora de que hablemos.
Rao miró a Sima. Ella le devolvió la mirada.
—Ella estará a salvo con mis hermanas —dijo el kai —. Ven.
—Ve con él —dijo Sima entre dientes—. Estaré bien.
Entonces, Rao se levantó y lo siguió.
—Te gustará este vino —comentó Ehsan mientras Rao se sentaba frente a él en la mesa baja de la tienda del kai.
El fuego era débil, pero la tienda cerrada y las pieles y mantas que los rodeaban mantenían el frío a raya—.
Esta es mi última botella —dijo Ehsan mientras servía—.
Mi abuelo perdió las tierras de sus ancestros del este, donde crecían nuestras vides, en la guerra con su primo.
Ahora mi herencia se reduce a esto: dos copas de licor dulce.
—La botella golpeó la mesa con un suave ruido sordo—.
Tiempo después, mi padre perdió sus huertos frutales a manos de un kai de la tribu babure —continuó Ehsan; acercó la copa a Rao, que la sostuvo obediente—.
Pero nunca me interesaron los melocotones, así que no fue una gran pérdida para mí, más allá de mi orgullo.
—Hizo una pausa y, luego, murmuró—: Las pérdidas posteriores fueron más duras.
Rao se llevó la copa a los labios. No bebió un gran trago, pero lo poco que probó tenía un sabor profundo, cálido. No se parecía a nada que hubiera bebido antes.
—¿Qué conocimiento quieres de mí? —preguntó tras apoyar la copa en la mesa.
El kai sonrió con los labios apretados y apoyó su propia copa.
—Quiero saber del imperio —dijo—. De Parijatdvipa.
Había muchos tipos de conocimiento. Cotilleos, secretos. Y Rao sabía más sobre la corte de Malini, su ejército y sus secretos de lo que jamás compartiría con un desconocido.
—Sé que comercias con la gente de Lal Qila —dijo Rao—. Hablas la lengua zaban, sabes tanto como yo, quizá más.
—Unas pocas tribus babure comercian con la fortaleza —corrigió el Kai Ehsan—.
Y solo esporádicamente, cuando requieren más armas para luchar contra nosotros.
—Volvió a sonreír—. Tal vez me entiendas.
En Lal Qila provocan que una tribu fronteriza empobrecida se levante en armas contra otra, y así se aseguran de que estemos demasiado ocupados matándonos entre nosotros como para luchar contra los dwaralis o rebelarnos ante el imperio.
Una estrategia de defensa inteligente pero que no me ha beneficiado ni a mi familia.
Conozco muchas de vuestras lenguas porque mi pueblo, como el vuestro, cree en el valor del aprendizaje.
—Se encogió levemente de hombros—. Un soldado raso podría aportarme los conocimientos que no tengo.
Pero estoy seguro de que tú, como príncipe, puedes darme una verdad tan preciosa como el oro.
—Debo disculparme —dijo Rao con voz firme a pesar de las palpitaciones de su corazón.
Era dolorosamente consciente de lo vulnerables que eran él y Sima en ese campamento al que no pertenecían—.
Pero no compartiré ningún conocimiento que ponga en peligro mi imperio o vaya en contra del señor y la señora de Lal Qila.
Si eso es lo que buscas, no puedo pagar mi deuda.
—¿El señor y la señora de Lal Qila te han permitido venir?
Seguramente no o te habrías acercado a mi campamento con un ejército.
Ya estás obrando en contra de ellos. —Ehsan se inclinó hacia delante, con los ojos de halcón muy abiertos, sin pestañear—.
Nada de lo que te pida que compartas conmigo perjudicará a tu imperio.
No voy a torturarte para que me des información; no hay necesidad de que te sientas tan perseguido, príncipe Rao; tampoco hay necesidad de que me ocultes nada.
Tengo algo que quieres y lo único que pido a cambio es saber cómo le va al imperio más allá de la frontera de las montañas y la fortaleza.
Háblame de tu nueva emperatriz. Dime qué peligro te hace correr para seguir la voz de un dios.
Era peligrosamente convincente.
—¿Qué tienes que yo quiera? —preguntó Rao tratando de ganar tiempo.
—El final de tu búsqueda por supuesto —dijo Ehsan—. La verdad de tu rubí, aunque nosotros lo llamamos la cáscara de corazón.
A Rao se le cortó la respiración como si una garra le apretara la garganta. Por un momento ardió una visión de fuego, una llama insistente detrás de sus ojos; luego, se desvaneció en humo.
—Eres un hombre desesperado —continuó Ehsan en voz baja—. Veo en ti un eco de mí mismo. Soy un hombre que casi no tiene comida para alimentar a sus soldados. Mi pueblo está diezmado. Sé cómo es la desesperación. ¿Qué es lo que está al acecho de tu pueblo? ¿Qué bestia acosa a Parijatdvipa? Dímelo.
Rao sostuvo su copa de vino para tranquilizarse. Sintió el metal frío bajo sus manos. Su propia sangre le retumbaba en los oídos.
—Hay un peligro en Parijatdvipa —dijo. Se hizo el silencio en la tienda.
Nada más que el crepitar del fuego débil y la luz que se reflejaba en el rostro atento de Ehsan, en sus ojos entornados—.
Los yaksas , unos seres antiguos, han regresado.
Y una extraña podredumbre destruye nuestras cosechas y a nuestra gente.
Esos seres quieren destruirnos y destruir nuestro imperio.
Y es mi deber encontrar la forma de salvarnos a todos.
Tenía la esperanza de que mi visión fuera la respuesta.