Capítulo Treinta y uno
Malini
M alini vio bosques y campos llenos de podredumbre en el viaje a Srugna. La enfermedad se extendía a pesar del trabajo de su ejército.
Una de sus guardianas le aseguró que por la noche, con el viento, los árboles cantaban como si tuvieran cuerdas vocales y nervios de gargantas humanas ensartados en las ramas.
Malini se quedó despierta una noche hasta el amanecer y no oyó nada, ni siquiera el gemido natural de los árboles; se alegró.
Sahar le enseñó un nuevo juego de dados; otras dos guardianas, Sanvi y Shri, ayudaron a Malini a practicar con el sable y, más tarde, con el arco.
Su fuerza crecía cada vez más.
Había noches en las que no soñaba con Priya pero había más en las que sí. Priya aureolada por las llamas; Priya tumbada sobre el mármol tallado por riachuelos de agua que corría sin cesar. Cuando despertaba sentía una certeza en los huesos: se estaban aproximando la una a la otra.
El Señor Prakash tenía un haveli en las afueras de Srugna y ofreció sus tierras como lugar de descanso para el ejército de Malini.
Ella le agradeció por ese alivio. Tuvo suerte de que su tienda fuese cómoda y su doncella, Swati, atenta, pero viajar día tras día era agotador, e incluso rodeada de soldados armados y de su guardia personal, no podía eludir la realidad de la presión a la que estaba sometido el territorio de Parijatdvipa.
Se topaban con campos arrasados y aldeas abandonadas a cada paso, y parecía que todos los días tenían que cambiar el rumbo hacia Srugna para esquivar un nuevo afloramiento de podredumbre.
Mientras su ejército se instalaba fuera del haveli, dentro ella y Prakash, Narayan y Ashutosh compartían una jarra de vino.
Hablaron de temas más frívolos que de costumbre, y Malini acababa de convencer a Narayan para jugar al catur cuando un oficial militar srugani los interrumpió; se disculpó e hizo una reverencia al inclinarse hacia Prakash y susurrarle un mensaje al oído.
—Se han avistado incendios en una aldea vecina —dijo el Señor Prakash después de que el oficial saliera corriendo—. Si me disculpas, emperatriz, deseo descubrir la causa.
—Por supuesto, Señor Prakash —dijo ella tras ponerse de pie un segundo después que él—. Permíteme acompañarte.
—Estoy seguro de que no es algo que requiera tu atención —respondió él amablemente—. Por favor, quédate aquí y descansa.
—Ningún emperador que se precie da la espalda a la batalla —dijo ella con una sonrisa firme de labios apretados—. No soy menos que mis antepasados, iré contigo.
El calor era abrasador en la aldea. El incendio era inmenso y pintaba de dorado el horizonte.
Malini se dio cuenta de que se trataba de una gran pira cuando se acercaron. Se le puso la piel de gallina al instante y se aferró al borde de su carruaje.
Había guerreros que acorralaban a un grupo de personas.
Eran demasiados para ser simples habitantes de la aldea y todos tenían algún grado de podredumbre.
Había alguien —un noble, por su aspecto— que gritaba órdenes a los guerreros.
Prakash lo vio y saltó de su carruaje con una agilidad asombrosa para un hombre de su edad.
Cuando Malini se bajó con más elegancia, los dos hombres ya estaban inmersos en una discusión.
Malini se tomó un momento para examinar el rostro de ese nuevo señor.
Lo reconoció. Una vez, ese señor había sido insolente con ella. “Rohit”, pensó. Ahora que lo veía de pie ante ella, sudoroso, con la luz del fuego reflejada en el rostro, no sentía más que repugnancia. Tendría que haberse ocupado de él mucho antes. Su instinto de venganza aún no le había fallado.
—… matando inocentes —decía Prakash furioso—. ¿En qué estabas pensando?
—No eran inocentes —dijo acaloradamente el Señor Rohit—. Están podridos e intentaban robar comida, hacemos un favor a la población al quemarlos.
Malini se acercó un paso. Sus guardias la flanquearon y gritaron:
—¿Así recibís a vuestra emperatriz?
Se hizo un silencio sobrecogedor. Por fin, el Señor Rohit hizo una reverencia.
—Emperatriz —saludó—. No sabía que estabas en Srugna.
—Se nota —respondió ella—. ¿Dices que estas personas son criminales, Señor Rohit?
—La podredumbre convierte a todas las personas en traidoras, emperatriz.
—Sin embargo, en mi ejército hay gente enferma de podredumbre —dijo ella con frialdad—. Los has llamado ladrones.
—No hay lugar para ellos en nuestras aldeas, emperatriz —explicó—. No tienen derecho a comer nuestra comida. —Enderezó los hombros—. Tú lo ordenaste —continuó—. “Nada de podredumbre cerca de nuestros cultivos de grano”. Ese fue tu edicto, ¿no? Mis soldados hacen lo que se espera de ellos.
Eso no era lo que ella había exigido cuando había ordenado a cada ciudad-estado proteger sus cosechas de la podredumbre.
Su intención era defender de la hambruna a la población del imperio, no que los podridos sufrieran hambre y fueran quemados.
Pero la recorrió una oleada de espanto al darse cuenta de cómo se habían interpretado y utilizado sus órdenes, de cómo su propia voz había encendido esa pira.
Debió haber sido más clara, debió haber sido más cuidadosa.
—Señor Prakash, haz que un oficial militar hable con los sobrevivientes —dijo señalando a la gente acorralada y aterrorizada—. Ponle fin a esto inmediatamente, Señor Rohit.
Rohit endureció la mandíbula y se inclinó de nuevo.
—Emperatriz.
Se oyó un grito cerca de la pira. No provenía de la propia pira y no era de horror, sino de alegría.
—¡El fuego de las Madres! —gritó alguien; Malini se volvió hacia él antes de poder contenerse.
La multitud se apartó y ella la vio allí, entre las cenizas, entre las llamas moribundas. Algo brillante que se retorcía, que latía, respiraba, brillaba como el sol.
Una flor de fuego.
—Sahar —dijo, mareada—. Envía a alguien a mis habitaciones, Swati tiene un cofre negro que servirá para trasladarla.
—Sí, emperatriz —dijo Sahar sin aliento. Se volvió y gritó una orden. La mano que empuñaba el sable temblaba y tenía los nudillos blancos.
No era el fuego de las Madres. Era falso, pero, aún así, era más fuego que podían usar. Malini no estaba segura de si sentía malestar o alivio.
Aparecieron más flores de fuego. Dos. Luego, tres. Se recogieron y guardaron todas cuidadosamente.
Malini vio cómo se hacía. Observó con un nudo en el estómago y trató de decidir qué debía hacerse a continuación.
¿Cualquier muerte podría crear esas llamas? ¿Era eso lo único que se necesitaba: la voluntad de marcar ciertas vidas como indignas y colocarlas sobre una pira?
—Prakash —dijo en voz baja, haciendo señas al señor srugani para que se acercara—.
No quiero que esta noticia se difunda, ¿entiendes?
Sabemos, y hemos visto, que el fuego falso no basta para destruir a los yaksas o a Ahiranya.
No podemos permitir que nuestro pueblo se vuelva contra sí mismo o contra aquellos que creen que merecen morir.
Consideramos sagrado el sacrificio, lo que se ha hecho aquí es una abominación.
Por su crimen, el Señor Rohit debe ser encarcelado en sus tierras.
—“Donde no pueda contar lo que ha visto”, pensó, pero no lo dijo.
Sabía que Prakash lo entendería—. Estas personas deben ser liberadas.
Prakash asintió, pero tenía la mandíbula tensa.
—Emperatriz —dijo en voz baja—. Si estas personas son ladrones, si son criminales…
—Es porque se han visto forzados a ello —dijo Malini—. No quiero a los podridos exiliados y muertos de hambre. Quiero que se envíen mensajes a todo el ejército para instruir a mis guerreros en los términos más enérgicos de que los enfermos de podredumbre también son de los nuestros.
—El Señor Rohit ha asegurado que algunos intentaban huir a Ahiranya.
—Si trataban de escapar del hambre y del fuego, entonces nosotros somos los culpables —exclamó Malini.
Hubo una pausa.
—El fuego —dijo él—. Si se puede utilizar… Si podemos luchar contra los yaksas , emperatriz, hay cosas que debes considerar.
—No repetiré los errores de Chandra.
—No escuchas a tus generales con la misma confianza que les das a tus mujeres, emperatriz —dijo él con pesadez—.
Pero te aconsejo que ahora tengas en cuenta las necesidades de la guerra.
Este fuego, hecho aquí o en cualquier otra parte, con personas ya condenadas por la podredumbre…
—Hizo una pausa, y luego agregó, con dureza—: Si tienen que morir, es mejor que mueran por Parijatdvipa.
El fuego de sus muertes podría salvarnos.
—Crees que debería asesinar a mi propia gente —dijo Malini con tono sombrío—. Te lo aseguro, Señor Prakash: ya lo he hecho antes y lo haré de nuevo si creo que es necesario.
—Es necesario, emperatriz.
—Sí —dijo ella—. Chandra pensaba así, por cierto. Estoy segura de que estaría jubiloso de verme continuar su tarea.
—Cuando la guerra se haya ganado, cuando llegue la paz, haremos el duelo por nuestras acciones, emperatriz.
Honraremos a los muertos y les levantaremos efigies.
Habrá una nueva generación de Madres salvadoras de Parijatdvipa.
Lo haremos todo, emperatriz, te lo prometo.
Pero ahora, debemos dejar de lado el dolor.
¿Lo ves? Seguro que sí. —El tono de su voz era suplicante.
—Murieron tantas mujeres a manos de Chandra que nunca sabremos los nombres de todas, Señor Prakash.
—Malini no sabía cómo podía hablar. Sus emociones eran una lejana estrella de fuego, y ella era el vacío negro que las rodeaba, frío y hueco—.
Podríamos construir un bosque de tallas doradas por todas aquellas mujeres que murieron en contra de su voluntad y, aún así, no serían suficientes. Y, aún así, la podredumbre está aquí.
—Hay mujeres que estarían dispuestas a morir si se lo pidieras, emperatriz.
—Tal vez las haya —dijo Malini—. Pero no son las personas que han muerto hoy en la pira. Gracias por tu consejo, Señor Prakash, pero me temo que ahora debo pasar tiempo a solas en oración. Las Madres deben guiarme en esta situación.
Hubo silencio en el viaje de vuelta al haveli. Cuando Malini llegó a su habitación, Sahar cerró suavemente las puertas tras ella. Sahar tenía los labios apretados y el ceño fruncido. Malini se dio cuenta de que estaba rumiando.
Fue otra de sus guardianas, Sanvi, la primera en romper el silencio.
—No creo que esto deba hacerse, emperatriz. —Le temblaba la voz—. Quemar así a la gente, a gente que no cree, que no está dispuesta… Está mal.
—Silencio —dijo Sahar—. Estás cansada, Sanvi. Ve a buscar agua para todas.
—Pero…
—Ve. — A Malini le dijo—: Lo siento, mi señora.
—No te preocupes —respondió Malini. Todas estaban alteradas.
—Si tu sabia estuviera aquí, te daría consejos útiles —continuó Sahar—. Pero lo único que puedo decirte es… —Suspiró y continuó—. Eres nuestra emperatriz, la elegida de las Madres. Sabrás qué hacer, confía en ti misma.
Malini casi se echa a reír. ¿Confiar en sí misma? Ni siquiera sabía si quería quemar un campo lleno de cuerpos para proteger su propia vida o arrojarse a las llamas. No tenía motivos para confiar en su propio corazón.
Finalmente, hasta sus guardianas la dejaron en paz. Si hubiera tenido fe, habría rezado. En lugar de eso, se tumbó en la cama, cerró los ojos y trató de convencerse de que no podía oler el humo de las brasas.
No podía rezar a las Madres. Pero…
“Alori”, pensó. Fue una llamada, un grito a la oscuridad.
“Narina, Aditya. Si sois más que cartílago y polvo, enviadme un arma que pueda usar. No quiero morir como vosotros. No quiero matar como lo hizo Chandra. Por favor. Dadme un arma por la que no tenga que pagar un precio tan terrible, antes de que no me quede más remedio que pagar con lo que queda de mi corazón podrido”.