Capítulo Treinta
Priya
—¿ Cuánto tiempo quieres que corran en círculos? —preguntó Khalida—. ¿Les ayudará esto a ser mayores del templo?
Los niños corrían en círculos por el huerto. Priya y Khalida los observaban desde la sombra con Padma a sus pies y Rukh en cuclillas a su lado.
Khalida parecía dudosa, lo cual era justo. Uno de los más pequeños estaba tumbado en el suelo, boca abajo, con las extremidades abiertas como las puntas de una estrella.
—Uno de los yaksas me dijo que funcionaría —respondió Priya encogiéndose de hombros—. Al menos, los mantiene distraídos.
—Están preocupados por la ceremonia de más tarde —dijo Khalida en voz baja.
—Entonces, quizá los haga correr un poco más. Si corren, no pueden pensar.
—Deberías hacerles trepar a los árboles —comentó Rukh. Tenía los codos apoyados en las rodillas y la barbilla entre las manos—. Jeevan me hacía treparlos porque era bueno para mi equilibrio.
—Entonces, ¿por qué no te subes ahora?
La miró con los ojos brillantes.
—¿Puedo enseñarles? —preguntó Rukh con impaciencia—. ¿De verdad puedo?
Otro niño se había desplomado en el suelo. Los demás flaqueaban salvo Ashish, que seguía corriendo a paso firme.
—¿Por qué no? —dijo Priya, cediendo al impulso del caos—. ¡Eh, oíd todos! —gritó. Los niños se detuvieron a trompicones—. Rukh dirigirá hoy el resto de vuestro entrenamiento. Cuando llegue la hora de prepararse, Khalida os avisará.
Hubo gemidos pero ninguna protesta. Rukh le sonrió y corrió hacia el grupo gritando órdenes.
—Mantenlo vigilado —pidió Priya a Khalida.
—Has liberado a un monstruo —respondió Khalida secamente—. Pero haré todo lo posible por controlarlo.
Sinceramente, a Priya le habría gustado correr en círculos, tal vez trepar a un árbol o dos, pero no podía: faltaba poco para el viaje a través de las aguas inmortales. Ella tenía un deber que cumplir con los guardamáscaras.
Encontró la habitación de Kritika, llamó a la puerta y la abrió sin esperar respuesta.
La anciana se estaba peinando el cabello plateado y aceitado en una trenza. Al entrar Priya, la saludó con la cabeza. Kritika tenía los labios apretados, enmarcados por arrugas de tensión. Llevaba un salwar kameez blanco y tenía cuentas de madera enhebradas en el pelo.
—Parece que ya estás preparada —dijo Priya.
—Lo estoy, mayor —dijo Kritika con rigidez—. Estoy preparada.
Priya cruzó la habitación hacia ella.
—No hay que avergonzarse de tener miedo —le dijo.
—No tengo miedo. Tengo fe en los yaksas .
Priya asintió. No estaba allí para señalar los defectos de la fe de Kritika, sino para ser amable.
—Yo también iré —agregó en voz baja—. Velaré y rezaré por todos vosotros, sois fuertes y lo superaréis.
—Fuerte —repitió Kritika. Las arrugas que tenía alrededor de la boca se acentuaron—. He intentado ser fuerte.
Extendió una mano. Sorprendida, Priya dejó que Kritika le tomara la suya y la mirara con los ojos brillantes de fervor, de fe.
—Hoy Ganam y yo nos convertiremos en dos veces nacidos —dijo Kritika con determinación—.
Y tengo la esperanza de que los dos veces nacidos sobrevivamos al tercer viaje.
Pronto tendrás ayuda de verdad, mayor Priya, compañeros mayores.
Y los yaksas escucharán más voces además de la tuya, no estarás sola, salvaremos a Ahiranya juntos.
Había verdadera esperanza en la voz de Kritika pero también miedo. Priya le apretó la mano.
—Lo sé —dijo.
Llegó el crepúsculo y anocheció. Los niños del templo se alinearon para la ceremonia.
Priya y los guardamáscaras habían acordado intentar que el viaje a través de las aguas inmortales fuera lo más tradicional posible: los niños vestidos de blanco, mantras cantados en voz baja, lámparas encendidas y las efigies de los yaksas rodeadas de flores.
La luna que brillaba sobre ellos no era más que una astilla, una hoz contra el negro cielo nocturno.
Priya mantuvo la mirada fija en los guardamáscaras.
Los nacidos dos veces, nerviosos, con los rostros demacrados por el miedo, intentaban parecer fuertes.
Ganam había vomitado en un patio justo antes de que iniciaran la marcha hacia el Hirana, pero nada en su porte delataba sus nervios.
La pequeña Pallavi había corrido a las cocinas y le había llevado agua, que él le había agradecido.
Después le había dicho a Priya, en un murmullo:
—Hubiera preferido licor.
—¿Acaso no lo preferimos todos? —había dicho ella; sentía ese deseo hasta los huesos.
Ahora estaban juntos ante el Hirana, esperando.
Se oyó un crujido, casi un suspiro, cuando el árbol se estremeció y se movió el suelo, y los yaksas surgieron como de la nada, simplemente de la oscuridad nocturna. Todos ellos estaban allí.
Fue Arahli Ara quien dio comienzo a la ceremonia, quien susurró a través del verdor e hizo que el Hirana se abriera para ellos, proporcionándoles un sendero hacia su corazón.
—Id —dijo Priya—. Volveos dos y tres veces nacidos y ocupad vuestro lugar como mayores.
Sudaba, se sentía incómoda en su túnica. No parecía en absoluto una mayor del templo orgullosa y segura de sí misma. Los guardamáscaras pasaron junto a ella y entraron en el túnel, siguiendo a los yaksas en la penumbra hacia la oscuridad.
Priya miró a los niños.
—Quedaos aquí —les dijo. Aún no era su momento.
Asintieron. Ashish miraba hacia el túnel, con el rostro demacrado y decidido. Él, más que el resto, parecía temer el destino que le aguardaba.
Priya se adentró en el túnel y siguió la oscuridad hasta que, finalmente, la luz azul empezó a derramarse dentro y vencer las sombras que la rodeaban. Las aguas inmortales estaban delante de ella. Había llegado el momento.
Una mano la aferró, húmeda de sudor.
—Priya —dijo Kritika. Su voz era un grito ahogado, puro miedo. Priya se volvió hacia ella y vio su rostro quebrado por la sombra: la boca temblorosa, los ojos muy abiertos. El terror, la esperanza y la fe en toda su crudeza—. No sé si sobreviviré.
Pensó en decirle que estaba a tiempo de dar marcha atrás, pero sabía que Kritika no lo haría por mucho que quisiera. Priya tenía un nudo en la garganta y otra vez sintió náuseas. Aferró con fuerza la mano de Kritika.
—Ninguno de nosotros lo sabe —le dijo en voz baja—. Pero no irás sola.
—Kritika —llamó otra voz más adelante. Era Ganam, que las esperaba con expresión resuelta. Extendió la mano.
Hubo un instante de vacilación. Después, con un grito ahogado, Kritika se separó de Priya. Adoptó un gesto firme en la boca, enderezó la columna, tomó la mano de Ganam y caminó hacia las aguas.
Tal vez Priya debería haber dicho o hecho algo más. Pero lo único que podía hacer era quedarse parada con los pies sobre la tierra húmeda; la luz azul del agua brillaba en las paredes del túnel. Solo podía mirar mientras Chandni decía con su melodiosa voz:
—Id. Os esperamos.
Los dos veces nacidos —un puñado, solo tres guardamáscaras— se adentraron en el agua.
Sus túnicas blancas se hincharon a su alrededor.
Priya los vio hundirse: primero los torsos, luego los cuellos, después las cabezas; las cabelleras se extendieron como nubes hasta que también se desvanecieron y no quedó nada más que la luz del agua, ni siquiera quedó la forma de los cuerpos.
Ganam y Kritika entraron juntos.
Y después silencio.
Se extendió y se extendió. Ella esperó, contando los latidos de su corazón. Pero eran demasiado rápidos e inestables para ser una medida razonable del tiempo. Dio otro paso adelante, otro, y sintió que los dedos de Nandi —Avan Ara— le aferraban la túnica para sujetarla.
—El agua no es para ti —susurró—. Espera.
Esperó; tenía la mente vacía, en blanco. No podía pensar. Si pensaba, sentiría el miedo no solo en su cuerpo, sino también en su mente, y entonces no podría estar allí de pie con una yaksa aferrada a sus faldas, esperando a que los vivos o los muertos salieran del agua.
El primer cuerpo en emerger se elevó como una flor, una extremidad por vez: primero los pies, luego el torso y, finalmente, la cabeza, la boca abierta, los ojos ciegos.
Avan Ara la soltó y le permitió quedarse de pie en la orilla húmeda de las aguas para sacar el cuerpo. Era una mujer, una de las guardamáscaras. No había nacido tres veces.
Priya pensó que vomitaría.
Silencio de nuevo. Priya sintió un dolor constante y seguro que comenzaba a surgir dentro de ella. Había pasado demasiado tiempo: no habría nadie más, no habría sobrevivientes, solo si tenían suerte, habría cuerpos que enterrar.
Y entonces, una sombra, algo se alzó. Alguien ancho, fuerte; a Priya se le retorció violentamente el estómago al verlo. “Muerto, muerto, todos mis aliados han desaparecido…”.
Ganam se levantó con un grito ahogado y un insulto, se abalanzó sobre la orilla y salió gateando. Ella corrió hacia él, lo ayudó y lo arrastró por los hombros. Lloraba como una niña y no le importaba una mierda.
—Estás vivo —sollozó.
—¿Ves? —dijo él, castañeteando los dientes, chorreando agua del pelo—. P-Priya, ¿ves? No eres la única que logró sobrevivir.
—Levántate —le dijo ella y le dio una palmada en el brazo—. Arriba, ahora tienes que entrar en calor.
—¿Dónde están los demás? —preguntó él.
—Todavía no salieron —dijo ella—. Pero habrá más.
Ella esperó. Esperó. La alegría se volvió amarga. Su visión se hizo estrecha y pequeña. Su falsa confianza se marchitó y se desvaneció.
Nada ni nadie.
No hubo más sobrevivientes.
Los yaksas hablaban. Sus voces, por encima de ella, eran como árboles curvados por la tormenta: furiosas, temerosas y extrañas.
—¿Cómo es posible?
Un murmullo en respuesta, que ella no entendió.
—Todo ha cambiado demasiado.
—… traicionado —susurró otro—. Necesitamos fuerza. Necesitamos a los que fueron asesinados y deberían haber vivido.
—Solo ella…
Priya no los miró mientras discutían. En la hierba que rodeaba el Hirana, donde los yaksas formaban un círculo alrededor de Priya, ella hacía crecer flores y las arrancaba para tejer guirnaldas y colocarlas sobre los cuerpos que serían sepultados.
Aplicó su magia a la tierra. “Crece”, instó.
“Vive, florece, para que yo pueda coronar a los muertos”.
Los guardamáscaras merecían algo mejor que un funeral de miedo, vergüenza y silencio.
Merecían un entierro reverente. Habían entrado en las aguas inmortales para volverse lo bastante fuertes como para proteger Ahiranya, lo bastante poderosos como para compensar todas las debilidades de Priya, su incapacidad de defender, proteger y gobernar Ahiranya como se merecía.
Kritika había tenido miedo, pero aún así se había adentrado en las aguas.
Lo había hecho por Ahiranya y para que Priya no estuviera sola.
Nunca le había gustado Kritika y a Kritika nunca le había gustado ella en verdad, pero habían llegado a confiar la una en la otra.
“Te necesito aquí”, pensó Priya. “Mereces que se te llore mucho más de lo que yo puedo hacerlo”. Una flor entrelazada con otra, y otra. “Pero puedo darte esto”.
—Yo vivía en esta tierra —decía Sanjana; su voz era como la de un pájaro salvaje, una sierra que cortaba hasta el hueso—. La tierra me comió y yo me la comí en represalia. Hay huesos enterrados dentro de mí y cuerpos ahogados, y os digo esto, parientes míos: no moriré ahora.
—Nunca debiste dejar ir a la otra —dijo Avan Ara—. Bhumika era nuestra. Fuiste demasiado humano, Arahli. Estabas podrido.
—Silencio —dijo Vata Ara, el yaksa que llevaba la cara de Sendhil.
—Necesitamos mayores del templo criados desde bebés —dijo la voz de Chandni. No. La voz de Bhisa Ara. Priya no podía permitirse olvidar lo que eran—. Eso es lo que necesitamos y lo que tendremos. Los que entraron en el agua eran imperfectos. Tendremos otros mejores.
La mano de Priya se detuvo sobre las flores.
—Los niños no están listos —dijo. Silencio.
—Habla de nuevo, niña —dijo Vata Ara—. Si tienes que hablar, habla.
Ella no se volvió hacia ellos. No se inclinó. Solo se sentó, con las manos y el regazo llenos de flores.
—Arahli Ara puede deciros cuánto tiempo se necesita para que un niño esté vacío y fuerte —dijo—.
Si los niños entran en las aguas ahora, morirán.
Dadme años para enseñarles y puede que vivan.
En lugar de usarlos, dadme las aguas inmortales extraídas de la fuente.
Dejadme alimentar a mis guerreros con esas botellas de veneno y fuerza.
Y… dejad que los mejores de ellos, los que demuestren su fuerza, sean quienes prueben las aguas.
Es otra oportunidad para todos nosotros.
Una manera de convertir a los devotos fuertes en mayores fuertes del templo.
Se oyó un sonido de aprobación, un murmullo que recorrió al grupo de yaksas .
—Hablas como una líder —murmuró Vata Ara.
“Hablo como una mujer desesperada”, pensó Priya.
—Las aguas son tuyas —dijo Avan Ara—. Tómalas. Dáselas a tu gente. —Luego, se inclinó y la tomó de la trenza, como hacía Padma tan a menudo, una mano infantil y apremiante—. Ve a enterrar tus cuerpos ahora —dijo imperiosamente.
Caminó de regreso hacia el mahal con las flores alrededor de los brazos y los hombros, como un manto viviente. Tardó un momento en darse cuenta de que Arahli caminaba con ella. Había estado demasiado estupefacta como para preocuparse.
— Yaksa —murmuró.
¿Estaba allí para consolarla o para otra muestra de crueldad? Sus ojos se encontraron con los de ella. Su rostro con vetas de madera era indescifrable.
—Lo has hecho bien —le dijo.
—Gracias.
—Es un plan que tu hermano habría aprobado —dijo Arahli, y ahí estaba: el aguijón, las palabras destinadas a envenenar y cortar.