El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Veintinueve
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Capítulo Veintinueve

Rao

L a Señora Asma se tomó demasiado en serio la tarea de cuidar de Rao.

Ella y su multitud de sirvientas y guardias eran como un enjambre de mosquitos, siempre presentes.

¿Quería descansar el príncipe Rao? ¿Quería pasear?

Seguro que no. Un paseo por las murallas sonaba bastante peligroso.

¿Querría el príncipe Rao un entretenimiento más suave?

Tal vez le gustaría ver la biblioteca; de hecho, ella necesitaba ayuda con la biblioteca y ¿acaso no había sido él el asistente de la escriba favorita de la emperatriz? Sí, la biblioteca era ideal.

En un momento dado, cuando él protestó, Asma lo condujo con una mano aferrada a su brazo. Era una cabeza más baja que él, pero se movía con la determinación de una gata madre que sujeta a un gatito entre sus fauces.

—Vamos príncipe Rao —dijo alegremente decidida—. Los libros te proporcionarán un buen consuelo.

Ya había visto cosas así antes: jóvenes nobles recién llegados al poder que ejercían su autoridad con torpeza, sin la sutileza ni la moderación que habían cultivado sus mayores.

Las manipulaciones de Asma en su posición de señora de Lal Qila eran poco sutiles; su defecto más evidente era la inexperiencia.

Si la Señora Raziya hubiera estado allí habría recorrido con él los pasillos de la fortaleza y organizado comidas con otros señores visitantes; lo habría engatusado para que la ayudara en alguna tarea laboriosa pero interesante, más adecuada a su talento que organizar los antiguos tomos dwaralis con los eruditos de la casa pendientes de él por temor a que arruinara su duro trabajo.

Si la Señora Raziya hubiera estado allí, Rao habría tardado días o incluso semanas en darse cuenta de que lo estaban vigilando y manipulando cuidadosamente. Se había dado cuenta el primer día tal como estaban las cosas. Sin embargo, eso no le había facilitado pasar inadvertido ante Asma.

Y, además, ¿para qué intentarlo? Ella no se comportaba con malicia.

Cuando lo miraba, había preocupación genuina en sus ojos.

Estaba claro que su madre le había enviado mensajes advirtiéndole que la emperatriz tenía en alta estima a Rao, insistiéndole en la necesidad de cuidarlo.

Prácticamente había entrado en pánico cuando él recorrió los caminos trazados dentro de los límites de la fortaleza.

Rao no tenía motivos para estar allí. Sin muchas ganas, intentó preguntar por un rubí y recibió como respuesta un ceño fruncido y una larga explicación de lo que podía encontrarse en las minas, tan aburrida que prácticamente se puso bizco al escucharla.

Así que se dio por vencido y se quedó en la biblioteca para leer y dormir siestas. Por las noches, después de las incómodas cenas con la familia, pasaba tiempo con Sima.

Volvió a preguntarle si huiría y ella dijo que no.

—Todavía no —le respondió—. No he terminado con esta aventura.

—Hemos estado encerrados en esta fortaleza —señaló él.

—Exactamente —dijo ella con una sonrisa—. No consentiré huir hasta que hayamos hecho algo que merezca la pena.

Algo cambió súbitamente y comenzó con una pequeñez: una bandeja de plata con fruta y copas de sherbet .

La Señora Asma charlaba amablemente con él mientras ordenaba a un criado que cortara un manjar nuevo y lo colocara en la bandeja que tenían ante ellos.

Rao observó cómo el criado pelaba la corteza de un pálido gajo de fruta y esparcía ligeramente sal sobre su superficie.

—¿Qué clase de fruta es esta? —preguntó.

—Una especie rara —dijo ella—, parecida a una calabaza. Disfrútala. —Le acercó la bandeja y lo invitó a probarla.

Lo hizo. Era suave y dulce, desconocida, tenía una corteza que ella le advirtió que no comiera.

—¿Dónde crece esto? —preguntó Rao sin ninguna curiosidad en particular, simplemente para entablar conversación—. No lo había visto antes.

—Aquí crecen muchas cosas que no crecen fácilmente en el resto de Parijatdvipa.

—Tu madre y tu padre deberían comerciar estas frutas —dijo para halagarla.

Ella sonrió débilmente.

—No lo creo. Son un cultivo poco fiable, mi señor, muy difíciles de cuidar.

Rao sintió que lo recorría la chispa de un recuerdo: tinta sobre papel que él había hojeado en las horas en que había estado atrapado entre los libros.

—En tus libros se habla de la agricultura de las tribus que habitan más allá de las fronteras de Parijatdvipa —dijo Rao como al pasar—.

Leí que cultivan y cosechan en vastas extensiones de tierra y viajan con las estaciones.

¿Qué decía ese libro…? —Frunció el ceño y chasqueó la lengua—.

¡Ah, sí! “Las tribus babure y jagatay transportan melones cantalupos a través de las colinas, una dulzura que intercambian en los fríos inviernos”.

—No comerciamos con ellos —aclaró la Señora Asma—. Esas tribus son enemigas nuestras. —Movió la cabeza—. Antes se hacía pero fue durante la Era de las Flores, mi señor, antes de que fuéramos un imperio.

Su copa de sherbet medio vacía tintineó contra la mesa.

—Quizá lo pases mejor fuera de la biblioteca, príncipe Rao. ¡Pensar que has terminado leyendo sobre agricultura!

“Muy poco sutil”, pensó Rao. Tal vez el tiempo mejoraría sus habilidades en la política.

Asintió con la cabeza, aceptó y bebió.

Ahora que miraba más de cerca, se fijó en lo que tal vez no querían que viera: telas que no podían proceder de Dwarali, ni mucho menos de ninguna otra parte del imperio, hechas con pieles de animales desconocidos; fruta y carne que también era obvio que provenían de otra parte.

Había pasado horas rastreando provisiones de todas las ciudades-estado de Parijatdvipa durante la guerra contra Chandra. Sabía que esos artículos no se comerciaban en Dwarali y ciertamente tampoco provenían de Srugna, Parijat, Saketa o Alor.

Todos esos años de proteger las fronteras… no sería de extrañar que hubiera existido algún tipo de comercio entre los habitantes de Lal Qila y la gente que vivía más allá de sus muros. Lo sorprendente habría sido que no hubiera ocurrido.

Algo acerca de este asunto parecía llamarlo; no sabía si era la fe sin nombre o su propio instinto, pero no podía dejarlo pasar.

Era una noche tranquila y pidió a un sirviente un cuenco de agua.

Si hubiera estado en un templo de la fe sin nombre habría contado con la guía de un sacerdote. Habría contemplado un estanque de aguas profundas y buscado la guía de su dios.

El agua del cuenco que tenía delante no era lo bastante profunda para volverse oscuridad.

Podía ver la cerámica, ligeramente agrietada.

Había buscado activamente la fe sin nombre con alegría y esperanza tiempo atrás.

Ahora miraba hacia abajo y esperaba, contemplando la oscuridad con una sensación sombría de resolución.

Sabía lo que le esperaba: una visión. Una visión que lo había estado esperando todo ese tiempo en el fuego que ardía detrás de sus ojos.

Lo único que tenía que hacer era dejarla salir.

Transcurrió un largo momento de nada y miró tontamente su propio reflejo. Después se dio la vuelta disgustado, se sirvió un trago y se acercó a la estrecha ventana, que no dejaba entrar nada más que una rendija de cielo.

El cielo estaba oscuro, salpicado de estrellas.

Le ardían los ojos otra vez. Volvió a ver nieve ensangrentada. Y luego, una joya que brillaba como el fuego y se apagaba hasta convertirse en cenizas. Y el rostro de Aditya, vacilante. La mano que atravesaba el fuego…

Volvió en sí, estaba sudando, con los ojos húmedos de lágrimas, su bebida había caído al suelo. Con una manga se limpió la cara y respiró con toda la firmeza que pudo reunir.

Se coló en la habitación de Sima antes del amanecer. Ella se incorporó en la cama y apartó las sábanas con un insulto. Lo miró perpleja. En el transcurso de su viaje juntos, Rao ya había perdido el poder de asustarla. Qué bien.

—Estás planeando algo —dijo Sima—. ¡Por fin!

—¿Qué te hace pensar eso?

—Tus ojos se veían así antes —respondió—. Cuando venías a mi habitación, cuando estabas borracho, tus ojos eran como el oro, solo había luz en ellos.

Rao tragó saliva.

—Iré más allá de los límites de Lal Qila —dijo—. Seguiré una visión de la fe sin nombre. Mis hombres te cuidarán, pero si quieres irte puedo llevarte a un caballo ahora. Lo que necesites.

Ella resopló con delicadeza y luego dijo:

—No seas absurdo. Voy contigo.

Él negó con la cabeza.

—No querrás seguir una visión conmigo —dijo pesadamente—. Nunca acaba bien.

—Seguí a Priya por mucho menos que una visión, ¿no? Y ya veo que es algo real—. Señaló los ojos de Rao—. Esta es la aventura que queríamos, Rao.

—Yo nunca quise una aventura.

Ella resopló y no le hizo caso. Empezó a hacer su equipaje y se puso su cálida chaqueta larga sobre la túnica.

—¿Cómo vamos a salir de aquí?

—Tiene que haber salidas —dijo él—. Se supone que Lal Qila es impenetrable, pero si hay intercambios de frutas o telas es porque tiene que haber una salida.

—Oh —dijo ellas sonriendo—. Conozco una de esas.

Ante la mirada estupefacta de él, agregó:

—¿Crees que he estado escondida en esta habitación todo el tiempo?

Cuando no estoy contigo tengo que encontrar algo que hacer.

—Se encogió de hombros—. Acordamos que ya no soy una prisionera y aquí nadie me vigila tan de cerca como en el palacio de la emperatriz.

He visto dónde van los guerreros cuando quieren comerciar o fumar donde sus superiores no puedan verlos.

—Muéstrame —dijo Rao—. Por favor.

Sima lo condujo a un estrecho pasillo que desembocaba en un vestíbulo justo detrás de las cocinas que utilizaban los sirvientes. Le hizo un gesto para que guardara silencio y le mostró una puerta.

Más allá de la puerta, se veían las montañas cubiertas de blanco. Rao dio un paso hacia el exterior. La nieve caía sin cesar.

—No parece seguro salir —advirtió Sima nerviosa.

—Tengo que hacerlo —dijo Rao—. Tú deberías quedarte aquí pero yo debo ir.

El fuego y la nieve le nublaban la vista y, a través de ellos, vio una figura, quizá Aditya, de pie entre las llamas. Aditya extendía una mano…

Oyó gritar a Sima pero era demasiado tarde. Ya estaba caminando con confianza hacia el frío, hacia un viento blanco que lo oprimía como el agua fría, pero sin la humedad de la lluvia.

Una mano le aferró la túnica. Sima lo seguía a trompicones.

—He cambiado de opinión —jadeó—. No seguiré tu visión y creo que tú tampoco deberías, eres un completo idiota.

—Te dije que no vinieras.

—Pero sabías que lo haría, ¿no?

A Sima le castañeteaban los dientes. Rao se volvió para mirar detrás de ellos, pero el camino había desaparecido, engullido por el blanco. Maldijo para sí.

—Nunca había visto la nieve —dijo ella—. Pensé… que sería diferente. —Hizo una pausa—. Es como en casa.

—¿En qué se parece esto a Ahiranya? —preguntó Rao.

—Oh, en que es hermosa, pero capaz de matarte —respondió. Él no pudo evitar reírse.

—Supongo que no tenemos otra opción —dijo Sima—. No hay vuelta atrás, ¿verdad? Sigamos tu visión y veamos adónde nos lleva.

Caminaron y caminaron. Una tormenta se cernió sobre ellos: vientos aullantes y más nieve.

—Qué frío hace, maldita sea —comentó ella—. ¿Tu visión te trajo aquí para hacernos pasar frío hasta morir?

—La fe sin nombre me ha hecho cosas peores —respondió él.

—Volvamos príncipe Rao.

—No sé por dónde volver, eres tú quien lo sabe.

—Ah —dijo ella—. Bueno, mierda, yo tampoco sé.

No encontraron refugio pero había un afloramiento de rocas lo suficientemente alto como para mantener a raya el viento. Se acurrucaron juntos, apretados para conservar el calor.

Cada vez estaba más oscuro.

—Rao —dijo Sima en medio del aullido del viento y su silencio—. El príncipe y tú… ¿Qué era él para ti?

—Mi amigo —respondió.

—Su muerte aún te aflige muy profundamente.

—Todo el mundo llora profundamente a sus amigos —murmuró. Se le empezaban a entumecer los dedos de los pies.

—Así es. —Silencio. Ella temblaba a su lado—.

A mí me gustan las mujeres, ¿sabes? —continuó hablando entre escalofríos—.

Si me juzgas no me importa. Sé lo que creen los parijatdvipanos; nosotros, los ahiranyis, no sentimos lo mismo.

Pero yo… —Hizo una pausa y él no supo si fue el frío o el peso de sus propios pensamientos.

Le tomó una mano entre las suyas. Estaba helada.

—Lo siento —continuó ella—, solo quería decirte que, si sientes algo más por él, lo entiendo, puedo escucharte.

Rao tragó saliva. Pensó en la estatua de Aditya, en el beso, en la sonrisa de Aditya.

—Yo sabía que lo amaba —admitió—. Cuando estaba vivo sabía que lo amaba… más de lo que debía. Pero de qué manera… eso era algo que no me permití ver. No lo sabía.

—¿De verdad no lo viste?

—Hubiese sido como mirar al sol —dijo Rao con una risita temblorosa—. Verlo de verdad me habría destruido.

—Daría cualquier cosa por un poco de ese sol ahora mismo —dijo Sima—. Sería tan agradable estar caliente.

—Lo mismo digo. —Cerró los ojos. No había fuego detrás de sus párpados en ese momento. Estaba a solas con su propia mente y eso era casi peor—. ¿De qué habría servido decírselo? —susurró—. ¿O decírmelo a mí mismo? No podríamos haber hecho nada, no podríamos haber sido nada.

—No es trágico amar como amamos nosotros —dijo Sima suavemente—. Ser como somos. Debes saberlo, aunque lamento que hayas sufrido tanto.

Rao volvió a reír, tembloroso.

—Creo que, si no nos estuviéramos muriendo de frío, lloraría —dijo.

Sima resopló, tiritando. Se oyó un crujido y voces.

Rao trepó a la roca. A través de la bruma blanca vio siluetas de personas vestidas con gruesas pieles y telas oscuras. Vio que una de ellas señalaba y gritaba; todas levantaron los arcos.

Le ardieron los ojos mientras el pánico crecía dentro de él como un incendio.

—¡Alto! —Salió tambaleándose y cayó de rodillas sobre la nieve—.

Soy el príncipe Rao —gritó—. Un príncipe sin nombre de Alor, servidor de la emperatriz de Parijatdvipa, y fui guiado hasta aquí por una visión.

—Gritó más fuerte mientras el viento aullaba y aullaba—.

¡Una visión de sangre, nieve, fuego y de un rubí como un corazón! ¡Una piedra arrancada de la tierra!

Las siluetas se quedaron inmóviles. Algunas bajaron sus arcos.

Un hombre surgió de entre ellas. Era delgado y tenía ojos tan agudos como los de un ave de caza; cruzó la nieve iluminada por la luna.

—Príncipe Rao —saludó—. Ya no temas. Soy Ehsan, el kai de los jagatay. Estás a salvo con nosotros.