El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Veintiocho
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Capítulo Veintiocho

Varsha

A Vijay le encantaba la luz del sol. Por la noche estaba irritable, lloraba y lloraba, y sus gritos eran tan insistentes que lo único que Varsha podía hacer era llorar con él.

Solo se calmó cuando su criada Parul sugirió encender lámparas de aceite para iluminar la habitación y atraer a todos los insectos voladores a las paredes.

Así que Varsha empezó a pasearlo por todo el mahal, a todas las galerías, azoteas o jardines que encontraba.

Nunca se había movido libremente durante el reinado de Chandra —estaba demasiado asustada como para arriesgarse a enfadarlo—, pero la emperatriz le había dicho que podía ir adonde quisiera dentro del mahal.

Le había dicho que formaba parte de la corte imperial.

Pues bien, Varsha lo comprobaría.

Descubrió que uno de los lugares favoritos de Vijay era el jardín del templo imperial. Allí, la luz era suave, tenue, matizada por los altos muros del templo y por los árboles bajos de ramas anchas que parecían estar constantemente perfumados y floridos.

Estaba en los jardines (sentada en un banco bajo un árbol) cuando se le acercó un sacerdote.

—Señora Varsha —le dijo. Se inclinó hacia delante, mirando a su hijo. Entornó los ojos y sonrió—. Es un buen chico, mi señora. Un verdadero vástago del linaje de su padre.

No dijo que se parecía al padre, pero ella se preguntó si esa era su intención.

Se le revolvió el estómago. Había mirado a Vijay una y otra vez, y había buscado a su padre en su rostro.

El bebé tenía la nariz del hermano, las orejas del padre y las pestañas de la madre de Varsha, y la boca era igual a la suya.

Él era ella, pero tal vez se equivocaba.

—Gracias sacerdote —dijo y bajó la mirada.

Él se sentó a su lado.

—¿Puedo bendecirlo mi señora? —preguntó—. Simplemente un mantra para su buena salud.

—Por supuesto.

¿Qué más podía decir?

—Si tu doncella pudiera darnos intimidad… —dijo cordialmente. Varsha levantó los ojos para mirar a su criada. Parul, gris de terror, asintió, hizo una reverencia y se alejó.

El sacerdote tocó con la punta de los dedos la frente del bebé dormido y empezó a murmurar un mantra. Ella abrazó a su hijo y escuchó la cadencia de la oración esperando a que terminara.

—La emperatriz morirá, Señora Varsha —dijo el sacerdote.

Su tono, su cadencia no se alteraron; podría haber seguido rezando—.

Ella arderá, como las Madres exigen que lo haga.

Un día ella verá que debe ascender a la pira.

No puede ser una aliada para ti; por el bien de tu hijo, debes aliarte con nosotros.

Confía en el sacerdocio, Señora Varsha, así podrás criar a tu hijo para la gloria de su reinado.

Ella no podía mirarlo. Su doncella no estaba lejos y su hijo empezaba a moverse.

—Vuelve aquí mañana —dijo el sacerdote poniéndose en pie—. Y hablaremos tú y yo.

Aquella noche, a la luz de la lámpara, Varsha meció a su hijo y meditó sobre sus opciones.

El sacerdote aseguraba que la emperatriz moriría. Tal vez fuese cierto si él lo decía, Y cuando ella no estuviera, su hijo quedaría bajo un nuevo poder: el del sacerdocio.

No serían amables con Varsha si se les oponía.

“Son todos iguales”, pensó amargamente. “Los que ejercen el poder”. Y no era la primera vez que ella ansiaba lo que no tenía: poder propio.

Se reunió con él al día siguiente. Inclinó la cabeza con devoción, ella sabía cómo jugar a ser sumisa.

—Sacerdote —le dijo—, dime qué debo hacer.

Él le sonrió con una sonrisa amable y gentil.

—Mi nombre es Mitul, Señora Varsha —dijo— y todo lo que el sumo sacerdote os pide, mi señora, es información.