Capítulo Veintisiete
Malini
E staba celebrando una audiencia cuando llegó un jinete. Fue anunciado y entró dando pasos largos, con su atuendo de viaje aún sucio. Se postró y exclamó jadeando:
—Emperatriz… Hay peligro… Cerca de la frontera con Saketa.
Ella levantó una mano y lo hizo callar. Deepa se acercó y miró a Malini con los ojos muy abiertos; todas las miradas de Deepa eran nerviosas, pero Malini había aprendido a leerlas todas y esta le hizo decir, tajante:
—Hablaré con este hombre a solas. Inmediatamente.
Se puso en pie y salió del salón público en dirección a una sala de audiencias privada. Sus señores y príncipes se inclinaron a su paso.
El jinete, después de la insistencia de Deepa, dio una explicación a trompicones: un grupo de guardias que estaban cerca de la frontera saketana con Parijat habían encontrado algo que no podían comprender.
Algo que había cambiado el paisaje y cortaba como una hoz el arrozal que vigilaban.
No era podredumbre, él estaba seguro de que no era podredumbre.
Uno de sus compañeros de patrulla había investigado y había dicho que parecía un camino.
—Desapareció en él y regresó tras varias horas —dijo el jinete—. Pero, emperatriz, él dijo que había estado fuera durante días. Estaba delgado y sediento, no podíamos entenderlo. Lo echamos a suertes y me tocó a mí partir con mi caballo para venir a verte inmediatamente.
Una imagen reverberó en ella como la vibración de un instrumento de cuerda. Uno de sus sueños terribles e inquietantes: paredes agrietadas, la voz de Priya detrás de ella, un camino que se abría.
La certeza se le instaló en su sangre: había visto algo verdadero una vez más.
Deepa levantó la mirada para encontrarse con la de Malini cuando quedó claro que el jinete no tenía nada más que decir. Malini asintió.
—Gracias soldado —dijo Deepa, retorciéndose las manos y sonriendo—. Lo has hecho muy bien. Si me acompañas, hay un lugar donde puedes descansar.
Sus soldados investigaron. Cuando regresaron, otros jinetes habían llegado a Harsinghar.
Venían de todos los rincones del imperio con noticias de extraños caminos en donde el tiempo se enroscaba y se doblaba.
La peor noticia llegó con un señor de Srugna, que informó pesadamente que Srugna estaba plagada de tales senderos.
—Srugna está infestada de punta a punta —le dijo—.
Nuestro rey te ha enviado una petición de ayuda, emperatriz, escrita de su puño y letra.
Él… —Dudó—. Él teme que nuestra proximidad a Ahiranya haya puesto a nuestro país en grave peligro.
Hay podredumbre por toda la tierra. No importa cuántos guardias hayamos enviado, no se puede detener.
Y ahora la gente asegura haber visto a los yaksas entre los árboles y rostros ocultos bajo máscaras de madera.
Un murmullo recorrió el grupo de sus consejeros. Malini leyó la petición y se la entregó a uno de sus funcionarios.
—Había un camino así en Ahiranya al que llamaban el sendero del buscador —dijo Malini, tratando de no recordar a Priya y su viaje por ese sendero, ese momento de terror y de la alegría más pura que había conocido—.
Fue trazado, según me dijeron, por las manos de los yaksas y conducía a Srugna.
No me sorprende, pero lamento profundamente saber que Srugna ha sufrido tanto a causa de la magia yaksa .
Miró al Señor Prakash a los ojos. El general srugani parecía tenso y profundamente preocupado.
—Iré a Srugna para ser testigo directo de estos nuevos caminos —dijo Malini y vio que el alivio atravesaba el miedo de Prakash—. Para enfrentarme a estos enemigos y ofrecer al rey Lakshan mi ayuda. Señor Prakash, como mi consejero srugani, viajarás conmigo.
—Será un bálsamo visitar mi hogar —respondió Prakash—. Incluso en tiempos tan oscuros.
—Señor Narayan, me gustaría llevaros también a ti y al príncipe Ashutosh. Si nos enfrentamos a los yaksas , sus vasallos enfermos de podredumbre estarán a salvo de más infecciones.
Narayan inclinó la cabeza en señal de comprensión.
—Le informaré emperatriz.
—Bien —dijo ella—. No dejaremos que ninguna de nuestras tierras sufra a manos de Ahiranya. Protegeremos a los nuestros.
—No me gusta que viajes sin mí —admitió Lata más tarde.
Estaban en la habitación del bebé, frente a la cuna donde dormía el príncipe Vijay.
Varsha paseaba por los jardines con sus criadas.
En su ausencia, un médico había examinado otra vez al niño y había asegurado a Malini, con los ojos respetuosamente bajos, que el príncipe estaba sano y crecía como debía.
Ahora Malini y Lata estaban solas. Lata acariciaba suavemente el pelo del niño.
—Sahar y las guardianas me mantendrán a salvo —dijo Malini—. Swati se asegurará de que coma, no hay por qué preocuparse. Valoro tu mente, Lata, pero seré lo bastante lista como para gestionar esta incursión en Srugna sin ti.
—Eres una mujer astuta mi señora —dijo Lata, arropando cuidadosamente con la manta al bebé dormido—. Pero nadie puede saberlo todo.
—¿Y tú puedes?
—Sigo siendo una sabia —respondió Lata mirando fijamente a Vijay—. Preferiría guiarte, pero si me dejas aquí cuidaré de Parijatdvipa. Y seguiré buscando la manera de ocuparnos de los yaksas .
“Sin que tengas que arder”. Lata no lo dijo, pero Malini lo oyó igualmente.
Pensó en la magia que le carcomía su propio corazón, indeseada y extraña. Pensó en sus sueños.
Era el momento de contárselo a Lata: “Sueño con Priya y no son los sueños de una amante traicionada. Sueño con ella y su poder, y sueño la verdad. Tal vez las respuestas estén ahí, tal vez sean el poder y el conocimiento de mis enemigos lo que me salve”. En cambio, dijo suavemente:
—Gracias por todo lo que has hecho.
Salió de las habitaciones de Varsha. Con sus guardias siguiéndole los pasos, se dirigió al mahal imperial, perdida en sus pensamientos.
Había sabido de los caminos antes de que llegara el jinete. No había entendido lo que significaba el sueño hasta que él habló, pero aún así lo sabía.
Podía ver a Priya y llegar a ella. Cualesquiera que fueran los sueños, contenían algo de verdad, una verdad que podía utilizar.
Tal vez en sus sueños habitaba algo más que la verdad.
Nadie cuestionó su deseo de orar en soledad otra vez. Echó a sus guardias y se dirigió a la habitación donde yacía el brazo del yaksa sobre el pedestal; encendió una lámpara de aceite y lo miró.
La lámpara parpadeó. Las sombras se aglutinaron a lo largo del brazo: los dedos demasiado largos, las venas doradas y verdosas de la muñeca. A Malini le palpitaba el pecho, la herida cicatrizada.
Dio un paso adelante sin inmutarse y tocó el brazo.
Algo se apoderó de ella en el momento en que su piel rozó esa carne de madera... le recorrió las venas, los músculos, los huesos. Fue una explosión de energía pura que le robó el aliento y la llenó de algo más grande que el aire.
Poder.
Apartó la mano y la apretó contra su pecho; los dedos le hormigueaban al borde del dolor.
—Vuélvete hacia mí —susurró al brazo sobre el pedestal—. Hacia mí.
La muñeca… del brazo… se retorció. Extendió los dedos hacia ella, se estremeció y se quedó completamente inmóvil.
El pecho de Malini palpitaba, el aire olía a flores bajo la lluvia, se cubrió la boca y rio y rio.