Capítulo Veintiséis
Rao
T uvo dolor de cabeza durante toda la primera semana de viaje hacia Dwarali, un dolor punzante y ardiente que se le instalaba en las sienes y detrás de los ojos, y se negaba a desaparecer.
La sola luz del día le resultaba dolorosa y cuando cerraba los ojos había más luz: brasas brillantes detrás de sus ojos y el fantasma vacilante de Aditya, rodeado de un halo de fuego, humo y montañas lejanas, blancas, que derramaban sangre brillante.
Cada conversación le crispaba los nervios, incluso el golpeteo de los cascos de los caballos le molestaba.
Había intentado prepararse para su viaje llenándose la cabeza con las particularidades de la trama política de Dwarali: el anciano sultán y su falta de herederos; el poder relativo de Lal Qila, una fortaleza rica en oro que protegía las fronteras del imperio; las innumerables tribus y clanes jagatay y babure que asediaban la fortaleza luchando por los escasos recursos de las montañas más allá de Lal Qila y que se enfrentaban en cruces tan complejos que solo Lata había sido capaz de explicarle con sensatez.
Pero todo aquello se derramaba ahora de su memoria como el agua y no lograba retener nada.
Tal vez el dios sin nombre aún le tuviera algo de cariño aunque no le correspondiera, porque sus compañeros de viaje lo habían dejado prácticamente solo.
Sus hombres eran obedientes pero no conversadores, y los jinetes dwaralis estaban, al parecer, felices de poder cabalgar libremente a cielo abierto.
Estaba claro que la vida en Harsinghar, la capital imperial, no les había sentado bien.
La Señora Raziya se mostraba educada y amable; lo miraba pensativa pero también respetaba su claro deseo de soledad.
Solo Sima parecía interesada en romper el aislamiento autoimpuesto de Rao y eso lo sorprendió. Después de todo no tenía motivos para caerle bien. ¿Acaso no la había dejado sola, abandonada en su prisión?
Sima se presentó una noche en su tienda por sorpresa. Se deslizó dentro, tranquilamente, como si tuviera todo el derecho a estar allí.
—¿No te han visto mis guardias? —preguntó Rao.
—Les dije que habías preguntado por mí —respondió ella encogiéndose de hombros.
Rao hizo silencio y decidió no pensar en qué suposiciones habrían hecho aquellos hombres acerca de que su prisionera llegara sola a su tienda en la oscuridad nocturna. Mejor no contemplarlo.
Ella se le acercó y se sentó con las piernas cruzadas frente a él. Por un momento pareció contentarse con ver cómo Rao se servía el vino en un vaso pequeño.
—Bebes demasiado.
—Gracias por señalarlo —dijo él lentamente—. Dejaré de hacerlo.
Ella soltó una carcajada. Sus ojos se tornaron serios mientras lo observaba beber.
—¿Te ayuda? ¿Anula todo?
—Sí y no —dijo él.
—Déjame beber contigo entonces, príncipe Rao.
Él dudó.
—Deberías irte —dijo finalmente—. Habrá rumores.
—¿Y qué me importa? No estoy tratando de encontrar un buen matrimonio con un buen hombre parijatdvipano —arrugó la nariz— o con un agradable ahiranyi. Además soy una prisionera. Ya se ha ensuciado mi reputación.
—Prisionera por ahora —corrigió Rao.
Ella le dirigió una mirada que luego desvió. Tomó la botella de vino y un vaso, se sirvió y bebió. Él también, sin detenerla.
—Entonces, ¿cómo debería hacerse? —preguntó ella—. Me refiero a mi supuesta huida.
Su mirada era cautelosa, tras el borde de la copa levantada. Lo estaba poniendo a prueba. No estaba dispuesta aún a confiar en él y Rao se daba cuenta.
—¿Me escabullo cuando no estés atento? ¿O me preparas tú el escenario? ¿Deberíamos tener algún tipo de señal?
—No lo sé —respondió él. Ella lo miró con el ceño fruncido.
Volvió a intentarlo—. Si decides escabullirte, no puedo impedírtelo.
Pero… —Hizo un gesto vago a su alrededor, no para abarcar la tienda sino para sugerir el gran tamaño y la actividad del campamento, y la imposibilidad de escapar sin ser vista. Ella asintió; comprendía.
—Enséñame a jugar al catur —dijo—. O a otra cosa. Cualquier cosa que te guste, es aburrido beber en silencio así que enséñame.
Él dudó de nuevo, pero ¿qué daño podía hacer?
—Déjame buscar el tablero—, dijo.
Jugaron con regularidad después de ese día. Parte de la cautela abandonó los ojos y la postura de los hombros de Sima. Empezó a surgir entre ellos algo inquietantemente parecido a una amistad.
Aquello no le quitó a Rao la angustia ni la necesidad de beber para suavizar el duro filo del dolor que se clavaba en él como una navaja, pero lo ayudó a aliviar su peso y hubo noches en las que se durmió más fácilmente en la tienda de campaña que en la cama mullida del mahal imperial.
Acompañó a Raziya a la corte del sultán.
El sultán era anciano, arrugado y delgado, con ojos como perlas negras. Pero aceptó a la Señora Raziya dignamente, como a una hija. No era tonto; sabía cómo soplaban los vientos.
Hubo un banquete de bienvenida en el que Rao se sentó en compañía de un puñado de señores y administradores dwaralis que lo trataron con cortesía y gentileza.
Estaba claro que se había corrido la voz de por qué viajaba a Dwarali: para alejarse cómodamente de la guerra de la emperatriz y del corazón político del imperio.
Por una noche rechazó el licor y se permitió sentirlo todo: dolor y fuego detrás de los ojos, pero también el olor que surgía de los rincones de la sala donde ardían conos de incienso; la melodía de una flauta en manos de un joven músico, sentado junto a otro que tocaba tabla bajo un arco de flores blancas de jazmín, en sutil honor a la emperatriz y al imperio.
Dejó que los cotilleos de los nobles fluyeran también sobre él y los oyó hablar de los ataques de las tribus que vivían más allá de las fronteras de Lal Qila, e indirectamente se enteró de la cada vez mayor fragilidad del sultán.
Guardó toda esa información, tal vez podría ser útil.
Permaneció todo el tiempo que pudo entre los señores y las señoras de Dwarali; luego se disculpó, se levantó e intentó una salida discreta.
Creyó que lo había conseguido. Estaba en la entrada de sus aposentos cuando oyó una voz que lo llamaba por su nombre. Se volvió. Caminando hacia él, con una guardia detrás, estaba la Señora Raziya.
—¿Nos dejas, príncipe Rao?
—Sí, abandono el banquete, Señora Raziya. —Una sonrisa, una inclinación de cabeza—. Pero iré a Lal Qila, con tu permiso, por la mañana. Si hay algo que desees que me lleve…
—No. —Una sonrisa muy suya; una inclinación de cabeza—. ¿Y qué desea nuestra emperatriz que hagas en Lal Qila, príncipe Rao?
—La emperatriz me envía para recuperarme de mi pena —dijo él.
—Lal Qila no es un lugar amable con los enfermos y afligidos.
—Curvó la boca en un gesto divertido y le dirigió una mirada pensativa y penetrante—.
Creo que la emperatriz confía en que cuides a mi familia y también en que ellos te cuiden a ti, pero no me cabe duda de que hay otros motivos que guían sus acciones. ¿Qué te espera allá?
—Nada que os traiga mala fortuna a ti y a los tuyos —dijo él y Raziya se rio.
—¿No lo negarás, entonces? Siempre me has parecido un hombre sincero guiado por estrellas sinceras.
Le puso una mano ligeramente en el hombro.
—Mi hija Asma gobierna en lugar de mi esposo. Ella cuidará bien de ti, te lo prometo. Descansa tranquilo a su cuidado y si necesitas algo de ella o de mi familia para ayudarte, simplemente pídelo.
—Gracias —dijo él.
Raziya lo soltó y se volvió en un remolino de faldas hacia el banquete dejándolo solo.
Se oyó un ruido detrás de él: una tos leve y aguda.
Se volvió y vio a Sima observarlo desde el arco de la puerta. Debía de estar escuchando, silenciosa, fuera de su vista.
—¿De verdad vas al Lal Qila solo a descansar? —preguntó Sima.
—¿Crees que sí?
—Ciertamente la señora no.
—Bueno. Me envían a perseguir una leyenda. —Entró en su habitación y ella lo siguió. Le apetecía distraerse; pensó en Prem con su pipa, en el humo relajante, y por primera vez no deseó el licor, sino la dicha del humo de la flor de la aguja.
En lugar de eso dijo:
—Déjame contarte una historia.
Le contó a Sima lo que Lata le había contado: un cuento en una de las lenguas de más allá de las fronteras de Parijatdvipa. Estaba mal traducido o eso había asegurado Lata con cierto disgusto. “Pero incluso las malas traducciones de más allá de Parijatdvipa son raras como perlas”, le había dicho.
—En la nieve yace el cadáver de un rey —dijo Rao—. Murió por su pueblo cuando los monstruos llegaron y se comieron su tierra. Y de su pecho, tras su muerte, su pueblo le extrajo el corazón. Pero no era un corazón.
—Menudo giro narrativo —dijo Sima con indiferencia. Rao la fulminó con la mirada.
—¡Yo no escribí el cuento! —Levantó las manos—. No te hablaré de la batalla con los monstruos entonces. Solo debes saber que su corazón era un rubí con el poder de matar bestias y que esa es la leyenda que me han enviado a perseguir por todo el imperio.
“Podría ser un rubí”, le había dicho Lata hojeando ligeramente el libro, con el ceño fruncido. “O podría ser un error de traducción. La raíz de la palabra en idioma jagai… no importa. Veo que no me estás prestando atención, Rao. Es igual de probable que sea una granada. Eso es todo”.
Aquello no había hecho más que confirmar su temor de que se tratara de una tontería: la búsqueda del rastro de un cuento que tal vez no fuese más que un error de traducción. Una excusa para sacarlo —a él y su embriaguez y su dolor y sus visiones— de la corte.
Sima parecía pensativa.
—¿Confías en mí lo suficiente como para contarme eso? —le preguntó—. ¿La historia de un arma que podrías usar contra los yaksas ?
—Te habrías marchado hace mucho tiempo si quisieras destruir Parijatdvipa. Además, esta historia es un encargo estúpido, ya te lo he dicho —dijo con una sonrisa—. Me envían lejos para que descanse o porque no soy apto para servir a la emperatriz como ella requiere. No importa.
—Bueno, no lo trates como una tarea sin sentido. Trátalo como algo que importa. He visto cosas extrañas en mi vida, he hecho cosas extrañas. Un rubí con poderes mágicos no suena imposible y podría ser una aventura buscarlo. Y si no… —vaciló—. Nunca he estado en Lal Qila. Me gustaría.
Él no pudo ocultar su sorpresa.
—Pensé que…
—¿Qué pensaste?
Rao se dirigió a uno de sus cofres de viaje y lo abrió en lugar de seguir hablando; extrajo una bolsa y se la puso en las manos.
Ella la abrió. Abrió los ojos de par en par.
—La comida era fácil de conseguir —dijo—. El dinero también. La ropa fue más difícil, pero espero que sirva.
Sima tocó el borde de la bolsa con reverencia.
—Realmente quieres ayudarme —dijo.
—Algo bueno —dijo él secamente. Ella levantó la cabeza. Tragó saliva—. Quiero hacer algo bueno en este mar de mierda.
Ella asintió. Cerró la bolsa.
—Iré a Lal Qila contigo —dijo Sima—. No soportaba estar prisionera. Ya no me siento así.
Eso le retorció el corazón.
—Aún lo eres —dijo despacio.
—No, no exactamente. —Aún sostenía la bolsa en las manos—. Pero no puedo volver a casa. Y si puedo elegir dónde voy a estar, bueno…—Se encogió de hombros—. Creo que te vendría bien un amigo, príncipe Rao. Y a mí también.
Él tragó saliva, incapaz de hablar.
—Saca el tablero de catur —dijo ella suavemente—. A menos que estés cansado.
—No —dijo él—. No estoy cansado.
Mientras preparaba el tablero de catur no pensó en Aditya ni en Prem, ni siquiera en su hermana, sino en Lata cuando se había despedido, cuando él le había dicho que no veía ningún valor en perseguir historias tontas y rotas de rubíes y falsas esperanzas.
Ella lo había tomado de las manos. Las suyas eran mucho más pequeñas pero lo sujetaban con firmeza, y sus ojos eran igual de firmes.
—No quiero que la emperatriz arda, Rao —le había dicho—.
Quiero que viva. Quiero una respuesta, una herramienta o un arma que la salve.
Pero también quiero que tú vivas. Ve a Dwarali, lejos de todo esto y aprende a vivir de nuevo.
Después, regresa, entero o roto, no importa.
Nada que esté roto pierde su valor, ya sea un cuento o un hombre.
Una de las guardianas de la Señora Raziya sacrificó un chal y una túnica abrigada para que Sima llevara en el viaje que tenían por delante.
A medida que se acercaban a Lal Qila y a climas más fríos, Sima se cambió de ropa, claramente agradecida.
Llevaba la bolsa a la espalda como un amuleto para la suerte o la seguridad.
Agrandó los ojos con asombro cuando se acercaron al Lal Qila al anochecer; la puesta de sol hacía que la inmensa fortaleza pareciera aún más sangrienta e imponente de lo habitual.
A sus puertas, flanqueada por guardias, los esperaba la Señora Asma.
Se parecía un poco más al Señor Khalil que a su madre, aunque tenía la sonrisa de ella, confiada en su fuerza y en su capacidad de hacer que todos se sintieran bien recibidos.
—Príncipe Rao —dijo—. Bienvenido de nuevo a Lal Qila.