El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Veinticinco
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Capítulo Veinticinco

Priya

L a noche en que Arahli Ara la visitó, cuando oyó la voz de Mani Ara susurrar de nuevo en su cráneo, comenzó la fiebre de Priya.

Se escondió en el único lugar que encontró: un almacén que estaba en un pasillo dañado. Pero Rukh la encontró de todas maneras.

—Tengo agua y kichadi, y también algunos paños húmedos —anunció al entrar, agitando en sus brazos un número realmente alarmante de objetos—. ¿Necesitas algo más?

—Que me dejéis en paz —gimió ella, pero tomó uno de los paños y se lo apretó contra la cara caliente—. ¿Dónde está Padma?

—La dejé con los niños del templo. Sé que no debería dejarla sola, pero…

—¿Con Ashish?

—Sí.

Ella se relajó.

—Está bien entonces. —Al más grande de los niños del templo se le daba increíblemente bien cuidar de los más pequeños—. Vete.

—No me importa contagiarme —insistió Rukh.

—Bueno, a mí sí me importa —dijo Priya, pero en realidad no tenía valor para echarlo.

Además, estaba casi segura de que la fiebre formaba parte de su magia, un síntoma de ese dique de poder que se había roto en su interior, ese torrente de fuerza que le había empañado los ojos—.

No hace falta que me cuides —agregó en un último intento de librarse de él.

—Tú me has cuidado —dijo él en voz baja, después de un momento—. Todavía lo haces. Es lo justo. Ahora siéntate, Pri, y come.

Volvió a soñar con Malini.

La fiebre ardía en su interior. La fiebre era su poder que crecía y crecía, que florecía a la vida dentro de ella y la transformaba.

Sintió que ese poder se rompía y se expandía en el sueño como un huevo cósmico, una yema dorada.

Exhaló y vio cómo el sueño se fragmentaba a su alrededor.

Los muros del patio del mahal imperial se resquebrajaron.

Se formó una fisura delante de ella y también delante de Malini.

La fractura era un relámpago que atravesaba la piedra. Creció y creció.

Malini no miraba la grieta que tenían delante. Giraba la cabeza para mirar a Priya.

Malini la miraba con astucia, con hambre. Priya sintió un tirón en el pecho, doloroso y fuerte.

—Puedo sentirlo —dijo Malini. Su voz profunda era una mano en la garganta de Priya y la atraía un paso más hacia delante—. El poder. ¿Qué estás haciendo, Priya?

Las paredes del patio del mahal imperial se habían resquebrajado por completo. Deberían haber caído, pero se mantenían en pie; todos sus fragmentos eran como cáscaras agrietadas, la luz rezumaba a través de los bordes deshilachados. Y entre los fragmentos, entre la luz…

Priya dio un paso inseguro hacia el camino que ambas tenían ante sí.

El camino era verde. Olía a lluvia salada, a algún lugar inhóspito donde el mar presionaba la tierra con sus extrañas manos. Priya nunca había visto el mar, solo lo había imaginado. Solo lo había oído descrito en palabras de Malini: inmenso, vasto como un espejo del cielo.

Dio otro paso adelante. Oyó un susurro de faldas a su lado y vio cómo la sombra de Malini se fundía con la suya. Malini se detuvo cerca de ella, con el ceño fruncido; la sangre goteaba de su pecho y marcaba un sendero bajo sus pies.

Priya giró la cabeza. Los ojos de ambas volvieron a encontrarse.

—Dime lo que has hecho —dijo Malini.

—Caminos —respondió Priya—. Malini, creo… creo que de alguna manera he trazado nuevos caminos.

Priya se despertó.

Se adentró en las profundidades del bosque con el pelo aún alborotado, los pies descalzos y la ropa desarreglada. Se dirigió a la enramada de los huesos.

El sendero del buscador estaba ante ella: aquel antiguo camino que atravesaba el bosque, donde el tiempo transcurría de manera extraña y una persona podía perderse durante semanas o llegar a Srugna en un abrir y cerrar de ojos.

Había nuevos senderos visibles entre los árboles. Los sentía, como si ella fuese un árbol y los caminos fuesen sus propias raíces. Por encima de ella, los huesos unidos con cintas a los árboles estaban completamente inmóviles. Allí no había viento. Ningún ruido.

La fiebre estaba bajando. Por fin podía pensar.

Ella no había elegido trazar esos caminos, pero la magia de Mani Ara los había hecho a través de ella. Ella era el medio por el que Mani Ara se introducía en el mundo; era sus manos, su amada. Así, Mani Ara la había utilizado.

Unos pasos retumbaron detrás de ella. Había dos guardamáscaras allí: uno nacido una vez, otro nacido dos veces. Ellos también debían de percibir cómo surgían los caminos.

—Habéis tardado un poco —dijo.

—Fuimos a buscarte, pero el niño Rukh dijo que estabas enferma y cuando fuimos a tu lecho…

—Ya no estoy enferma —dijo Priya—. No os preocupéis. No hace falta que me lo expliquéis. Ahora estáis aquí.

Ella dio un paso más cerca de uno de los caminos, lo palpó con los pies descalzos y lo saboreó en la lengua. Lluvia salada. Vientos extraños. Lo había soñado y era real, y Malini también lo había soñado.

Malini formaba parte de eso de alguna manera.

Se oyó una tos detrás de ella. Un inquieto susurro de cuerpos. Se giró y vio a la patrulla de guardamáscaras, expectantes, con una ansiedad palpable.

—¿Mayor? —preguntó uno.

—Ignorad esto por ahora —dijo Priya—. Es obra de los yaksas . No hay por qué preocuparse.

Sus palabras no los tranquilizaron. Tenían los ojos muy abiertos, negros y asustados en el parpadeo de las lámparas y la oscuridad nocturna.

—Seguid patrullando —ordenó ella.

—Deberíamos acompañarte de vuelta, mayor.

Priya resopló y negó con la cabeza.

—No, estaré bien. —Ella no iba a un lugar adonde pudieran seguirla, de todas maneras. Necesitaba ir a las aguas inmortales—. Manteneos alejados de la enramada esta noche —agregó.

—Por supuesto —asintieron con los ojos muy abiertos.

Ella se alejó del nuevo camino, de su sal y de su boca llena de árboles con dientes espinosos y rayas plateadas, que esperaba tragarse cuerpos enteros.

Una voz la llamó por su nombre en el bosque. El verde que la rodeaba se estremeció como si respondiera al llamado.

Yaksas , pensó. Y se giró junto con el bosque.

Encontró a Chandni en un lago dentro de un claro. El verdor la guio hasta Chandni: allí estaba, piel plateada con vetas de corteza, sumergida en el agua.

—Ya casi es luna nueva —dijo Chandni. Su voz era una ondulación plateada—.

Priya, mayorcita. Cuando llegue, di a tus guardamáscaras que mis parientes y yo hemos decidido que es hora de que vuelvan a entrar en las aguas inmortales, donde se convertirán en verdaderos mayores. Diles que los esperaremos.

—Lo haré, yaksa —dijo Priya. Sintió un golpe sordo en el pecho. Así que pronto habría más muertes. Y tal vez, por fin, otros nacidos tres veces como ella. Verdaderos mayores.

—Has abierto caminos —dijo la yaksa —. ¿Adónde deseas ir, pequeña?

—Son los caminos de Mani Ara —dijo Priya—. Iré donde ella desee que vaya, por supuesto.

Se oyó un zumbido musical.

—Entonces debes hablar con ella.

—Lo haré, yaksa .

Priya miró el reflejo de la yaksa en el agua. El reflejo era aún menos humano: plateado, líquido y cambiante. Pensó, no por primera vez, en la verdadera Chandni, que tal vez había sido su madre. Que había matado a sus hermanos y le había dado a ella la oportunidad de vivir.

Había cosas que se agitaban bajo la superficie del agua, cosas que crecían, que florecían en las sombras, que rompían el reflejo de Chandni hasta convertirlo en nada más que tinta.

—Ven al agua —la llamó la yaksa . El agua volvió a ondular como una mano que le hacía señas.

Priya no se molestó en discutir. Había esperado ese momento desde que se había visto arrastrada al claro, bajo el arco susurrante de aquellos árboles. Se anudó el sari para que no se le hinchara y se metió en el agua.

Estaba caliente como la sangre. Intentó ignorar la sensación del limo bajo sus pies, desigual como una dentadura, arrugado como la seda, como pelo enredado. La yaksa le tendió la mano y Priya la tomó.

—Mira —volvió a ordenar Chandni con suavidad. Priya miró la palma de la mano de Chandni y la flor que contenía.

Un loto. Pero no un loto. Una cosa que había florecido a la sombra bajo el agua, convocada por su presencia, su magia, su llamada.

Los pétalos eran perfectos; las raíces, largas y enroscadas.

Estaba podrido, no se podía negar; se notaba en su aspecto arrugado, en la forma en que latían las raíces, como si tuvieran un corazón palpitante.

—Tardamos mucho en volver —dijo Chandni—.

Nos llevó mucho tiempo sacrificar pedazos de nosotros mismos y cambiar el mundo para que se adaptara a nosotros.

Pero mira lo que hemos hecho. Crees que la podredumbre es una maldición, algo horrible.

Tú y todos los de tu especie retrocedéis ante ella.

Pero es hermosa, pequeña mía. ¿No lo ves?

La yaksa le apretó el loto contra la mano. Priya sintió su peso. La sangre corrió entre sus dedos. Miró hacia abajo con una especie de horror distante, muy lejos de su propio cuerpo, aparentemente tranquila.

—No comprendéis la belleza y la fragilidad de vuestros cuerpos —decía la yaksa con una suavidad cantarina—.

Veis la belleza en un árbol antiguo, en una flor, y no la veis en vosotros mismos: en la arquitectura de vuestros pulmones, las venas y los huesos que os dan forma.

¿No ves lo hermoso que es que seamos uno?

Priya debería haber mentido. Pero no podía mover la boca para decir sí, no podía obligarse a asentir. La yaksa cerró los dedos de Priya sobre el loto. Una presión inexorable.

—¿No ves qué cosa tan hermosa hemos hecho de ti, Priya? —preguntó la yaksa con una ternura enorme y terrible.

Priya suspiró temblorosa.

—¿Qué quieres de mí, yaksa ?

—Que busques aquí a Mani Ara —dijo la yaksa —. Mani Ara ha creado un milagro a través de ti. Ha trazado nuevos caminos. Ha alterado el mundo un paso más allá. Déjala entrar de nuevo. Entrégate.

La yaksa presionó con las manos los hombros de Priya. No tenía la opción de rechazar esa presión ni sus órdenes. Priya cerró los ojos y se dejó sumergir.

El sangam la saludó como a una vieja amiga. La invadió la alegría. No era su propia alegría, lo sabía. Era más vasta, como el viento que sopla sobre la hierba o el sol que se derrama sobre la tierra desnuda. ¿Era así como los inmortales sentían la felicidad?

—Pequeña. —La voz profunda y risueña de Mani Ara—. ¿Puedes sentir lo mismo que yo? ¿Los caminos, el sangam , el cosmos?

Priya no podía ver a Mani Ara pero podía oírla y sentir lo mismo que ella.

Cierta vez había sentido así a sus hermanos en el sangam .

Ahora sentía a los guardamáscaras y la herida abierta en el lugar en donde había estado Bhumika y los mundos que estallaban y se marchitaban…

y algo grande y terrible que acechaba a su familia a través de mil eras.

—Sí —susurró—. Siento todo.

—Bien. Siente lo que hay al final de mis caminos, pequeña. Siente lo que quiero que busques.

Los yaksas , en el sangam , como racimos de estrellas brillantes. Y más allá, más lejos, dormidos en la tierra…

Pasaron las imágenes por su mente. Un anillo de árboles vastos que eran como de piedra. Un lago de flores de loto azules. Dos yaksas .

—Otros yaksas —suspiró Priya—. Durmiendo en el suelo. Despertando en los lugares donde murieron.

—Sí. —Mani Ara estaba exultante.

—Uno en Alor —continuó Priya. Las palabras brotaron de ella—. Una en Srugna. Ella está despertando. La siento.

—Se despertará muy pronto. —Mani Ara estuvo de acuerdo, Le habló al oído, apoyó los labios suaves y las manos en la garganta de Priya—. Ve con ella. Escóltala hacia el mundo para que llegue sin miedo, con sus parientes velando por ella. Ve adonde yo no puedo estar, sé mi corazón, mis manos.

—Tu familia —dijo Priya, aturdida—. Están regresando.

—Nuestra familia —corrigió Mani Ara. Su risa era ondulante, encantada, hasta las estrellas se estremecieron con ella. Tomó a Priya por los hombros, por la garganta y acercó su boca a la de ella.

—Eres exactamente lo que estás destinada a ser —susurró Mani Ara a los labios de Priya, como si soplara un secreto entre ellas—. Un heraldo, una tormenta, mis manos, mis pies, mi espada.

Priya regresó a su piel de pronto, de pie en el agua turbia, meciéndose. Aferrada a un corazón de flor que latía lentamente en su mano.

Unos dedos inseguros le tocaron la mejilla. Había una pregunta en los ojos de la yaksa .

“Bhisa Ara”, pensó Priya. Quería decirle: “Ahora te conozco”.

Quería decirle: “Mani Ara os quiere mucho a todos. Ella os ama de una manera insondable que mi cerebro no puede comprender. Ella os ama como… como se aman los ríos y las montañas y los océanos. Es un amor imposible y antiguo, y no sé cómo seres tan crueles pueden amar tanto”.

En lugar de eso, dijo:

— Yaksa . —Vio cómo se marchitaba la pregunta en el rostro humano de la yaksa —. La he visto. Ya sé qué hacer.

Buscó a Ganam. Él la esperaba en el mahal, tal vez la había sentido llegar. La magia de Priya era ahora un tamborileo rítmico que recorría toda Ahiranya. Era imposible de ignorar.

Con el pelo aún goteando y un loto ensangrentado en el puño, fue al encuentro de Ganam en la entrada del mahal. Él gritó a los guardamáscaras que lo rodeaban la orden de alejarse. Las palabras resbalaron de los oídos de Priya como si fuesen agua. Él la miró a los ojos.

—Los yaksas —dijo ella con voz débil—. Tienen órdenes.

—Priya —dijo él—. Dime qué necesitan los yaksas .

—Tienes que decir a los guardamáscaras que ha llegado el momento —explicó ella—.

Volveréis a pasar por las aguas inmortales, todos vosotros.

Y… —El loto aún latía en su mano todavía jadeante de vida—.

Y cuando eso haya sucedido, los que sobrevivan vendrán conmigo a Srugna. Tú vendrás conmigo a Srugna.

La mirada de Ganam era firme.

—¿Por fin vamos a luchar en una guerra de verdad? ¿Con soldados y espadas?

—No —dijo Priya—. Vamos a ver cómo renace una yaksa .