El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Veinticuatro #3
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Capítulo Veinticuatro #3

—Debemos encontrar refugio —dijo finalmente, parpadeando para quitarse la lluvia de los ojos—. Descansemos. Tendré que intentarlo de nuevo, pero primero necesito pensar. Si dicen que no una vez más, caminaré hasta Harsinghar y rogaré directamente a la emperatriz de Parijatdvipa que me escuche.

La emperatriz la mataría, por supuesto. Pero al menos Bhumika habría hecho todo lo posible.

La lluvia no cesaba y los árboles no proporcionaban suficiente refugio.

Bajo sus pies, en cuestión de instantes, el suelo se convirtió en fango húmedo y pronto el agua les llegó hasta los tobillos.

Al principio, Bhumika pensó que era otra ilusión de sus centinelas.

Pero entonces Jeevan la aferró del brazo y maldijo.

Ella siguió la inclinación de su cabeza y vio, como él ya había visto, que un río atravesaba los árboles delante de ellos.

Era tan alto que había desbordado sus orillas.

—Tenemos que encontrar un terreno más alto —dijo Jeevan; Bhumika asintió con la cabeza. Se alejaron del río.

El monasterio estaba en un terreno más alto, pero ahora no podían volver allí. En cambio, intentaron regresar al camino.

El agua seguía subiendo cuando oyeron voces que gritaban y discutían.

Voces jóvenes. Bastó un intercambio de miradas para que ambos se giraran y siguieran el ruido, vadeando el suelo empapado hasta que encontraron a dos niños, un chico y una chica, peleando fuera de una choza destartalada.

Al acercarse, Bhumika se dio cuenta de que no discutían entre ellos, sino con una anciana que estaba en la puerta de la cabaña y se sujetaba una manta sobre los hombros con una mano.

La otra mano sujetaba la muñeca del niño mayor.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó Bhumika en alorano, mientras Jeevan se le adelantaba.

La discusión se interrumpió en un abrupto silencio. Tres pares de ojos se volvieron hacia ellos con recelo.

—La vieja tía se niega a venir a nuestro pueblo —dijo la niña al cabo de un momento, lanzando miradas nerviosas entre Jeevan y Bhumika—. Es viuda. Vive sola aquí, pero con el agua… no puede quedarse.

—No quiere dejar su edredón de boda —agregó el niño, aún aferrando con fuerza la mano de la anciana—. Pero debe hacerlo. Intento explicárselo, pero no me escucha.

—¿Cómo se llama?

—Gulnar —dijo la niña.

—Tía —dijo Bhumika—. Tía Gulnar.

Algo en su tono de voz hizo que la anciana la mirara a los ojos.

—Los jóvenes te llevarán tu edredón —dijo; pronunció cuidadosamente las palabras en alorano—. Y el hombre que está conmigo te trasladará sana y salva a tu aldea. —Miró al niño—. ¿Dónde está tu aldea?

El niño tragó saliva.

—Al otro lado del río.

—No es seguro cruzar el río —dijo Jeevan.

—Hay un puente —protestó el chico—. Es bastante seguro. Más que quedarse aquí. Podéis venir con nosotros. Si nos ayudáis, eso sería suficiente agradecimiento, ¿no?

—El agua lo estropeará —gimió Gulnar, todavía envuelta en su edredón que le colgaba de los hombros.

—Se puede lavar y secar —dijo Bhumika con suavidad—. Pero si mueres aquí, tía, nadie lo amará como tú lo amas ahora.

La mujer vaciló y luego asintió bruscamente.

—Que me lleve él entonces.

—Llévale el edredón —ordenó Bhumika. El chico se apresuró a obedecer—. Trátalo con cuidado.

Jeevan levantó a la mujer.

La niña fue quien los guio hasta el puente. Era una estructura esquelética de madera y cuerda, y el agua estaba lo bastante alta como para rozar peligrosamente las tablas. Pero Jeevan lo probó con su propio peso y lo consideró lo bastante fuerte.

—Id adelante —dijo a los niños. Corrieron ligeros sobre la superficie irregular del puente, sujetando el edredón entre los dos. Jeevan alzó a Gulnar y la llevó hasta el otro lado.

Bhumika los siguió un paso por detrás de él. El puente se bamboleaba bajo sus pies. El agua rugía. Por un momento perdió pie en la madera resbaladiza e hizo temblar el puente.

—Bhumika —La mano de Jeevan le sujetó la muñeca y la ayudó a recuperar el equilibrio. La anciana ya estaba en la orilla opuesta—. Ven —dijo—. Iremos juntos al pueblo.

De pronto, se sintió terriblemente agradecida de que él estuviera allí. Le agradecía que la hubiera seguido desde un pasado que ella no podía ver y que aún confiara en ella. Que la mirara y viera fuerza donde ella no la encontraba, y valor donde ella solo veía su propio vacío.

—¿Qué dejaste atrás para venir conmigo en este viaje de locos? —preguntó Bhumika con voz temblorosa.

Él la aferró más fuerte, pero de manera casi imperceptible.

—Todo —respondió—. Igual que tú.

—Todo —repitió ella. Dieron otro paso adelante. Otro. Habría sido muy fácil caer—. ¿Todo esto por el deber? ¿Por una deuda?

Otro paso.

—Te mentí —dijo—. Lo siento. —Su mano la guio hacia delante. El puente se bamboleaba, el agua gemía como una bestia herida—. No te seguí por una deuda.

Ella no le preguntó por qué. No le insistió. Lo miró mientras él la ayudaba a mantener el equilibrio, mientras la guiaba a través del agua negra y agitada sin dejarla caer.

Nunca apartó la mirada de ella.

—Ah —dijo en voz baja. Comprendió.