El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Veinticuatro #2
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Capítulo Veinticuatro #2

—¡Alto! —ordenó una voz atronadora. Bhumika levantó la cabeza.

Encima de ellos, en las escaleras, había un hombre mucho mayor vestido con una túnica azul; llevaba el pecho desnudo y el pelo largo peinado hacia atrás.

—Todos vosotros, bajad las armas —dijo el líder del monasterio. Y Jeevan lo hizo, lentamente. Los guardias que los rodeaban apartaron sus propios cuchillos. Bhumika, con su daga aún guardada en la manga, se inclinó ante él detrás del muro de guardias.

—Gracias, sacerdote —dijo, con la gratitud adecuada en su voz.

El sacerdote la miró con severidad, sin compasión.

—No sé por qué has traído historias de yaksas a mi monasterio —dijo—. Si buscas comida y cobijo no podemos proporcionártelos. Si tratas de sacar dinero a mis jóvenes sacerdotes con sollozos y falsedades, no lo permitiré. Pero todo será perdonado y olvidado si os marcháis ahora.

Hizo un gesto con la mano y los guardias se apartaron, dejando un hueco para que Bhumika y Jeevan se retiraran del monasterio.

Ninguno de los dos se movió.

—¿Creéis que soy una mendiga que hila falsedades? —Bhumika negó con la cabeza—. Sacerdote, si buscara tu compasión, te prometo que contaría una historia mejor. Si mintiera por dinero, habría huido en cuanto llegaron tus guardias. Solo la verdadera convicción me hace enfrentarme a sus espadas.

—Estás loca —dijo él.

—Decidida —corrigió ella—. Y dispuesta a quedar a merced de tu misericordia y sabiduría.

Uno de los guardias hizo un sonido de fastidio y se acercó a ella para tratar de animarla a alejarse. Ella se arrojó al suelo en una profunda reverencia, con las manos apoyadas en la tierra, y al hacerlo se liberó de las manos del guardia.

—Perdóname. Eres el sacerdote principal del mayor monasterio de Alor —dijo Bhumika en voz alta—.

Los hombres pueden olvidar por qué tu monasterio es importante y grandioso.

No saben lo que fuiste tiempo atrás. Pero tienes un gran propósito sagrado: escuchar, como te pide la fe sin nombre.

Así que te ruego que me escuches: vengo a traerte una manera de salvaros de los yaksas .

Llevo ese conocimiento en el recipiente vacío de mi cuerpo y mi corazón.

Si te sientas conmigo, si me quitas esta carga y dices a tus compañeros sacerdotes…

—¡No te dirijas a nuestro sacerdote principal, mujer! —exclamó otro guardia.

Ella cerró los ojos. Detrás de los párpados, los vio de nuevo: sus centinelas sostenían cuencos de agua que se derramaba sanguinolenta, verde y dorada. Su cuerpo estaba rebosante de verdad, pero aún le quedaba más.

“¿Quieres beber?”

“Aún no”, pensó. “Todavía no”.

—Esto es lo que sé. —El conocimiento rugía como un tumulto de agua en su cráneo.

Y ella, debajo de él, era una piedra desgastada y lisa solo para su propósito.

La voz salió de su boca sonora, extrañamente cargada de poder—.

Una mujer vino aquí hace mucho tiempo, cuando tu monasterio era un tugurio, un mero caparazón de piedra.

Y se arrodilló, rezó y suplicó por una manera de ver muertos a los yaksas , y algo le respondió.

”Divyanshi, la primera de las Madres de las llamas, vino aquí y aprendió cómo pueden morir los yaksas . Ese conocimiento se fue con ella; la voz que ella buscaba no ha regresado.

”Pero, aunque la puerta al vacío se haya roto y perdido, un rastro de su magia permanece aquí.

Así que tú y tus sacerdotes, que vivís y respiráis en este lugar, que buscáis al dios sin nombre, debéis saber que hablo con la verdad.

Debéis oír la verdad en mi voz. Tienes la autoridad y el poder para difundir mi conocimiento.

Para ser escuchado. ¿No escuchas la verdad que traigo dentro de mí, sacerdote?

Busco a alguien que lleve mi carga. ¿Eres tú? Debes ser tú.

Bhumika levantó la cabeza.

—Déjame mostrarte cómo puedo ayudarte a matar a los yaksas . Déjame ayudarte a liberarnos a todos, a Parijatdvipa y Ahiranya por igual.

El joven sacerdote que los había recibido y que había llevado a los guardias para sacarlos de allí la miraba con los ojos muy abiertos, oscuros como los estanques de agua que aquellos sacerdotes utilizaban para buscar al dios sin nombre.

Pero el líder del monasterio, el de la túnica azul, seguía sin sonreír y estaba furioso. Ningún asombro había suavizado su rostro. A Bhumika se le revolvió el estómago. Por mucha esperanza que sintiera o buscara, en esos ojos no se reflejaba nada de aquel oscuro conocimiento.

—Son viejas leyendas de aldeanos —dijo, torciendo la boca con asco—. Vete de aquí, mujer. Lamentarte ante nuestro monasterio no te ayudará.

“Si miras en tus charcos de agua, no se ve nada. Ahora lo comprendo. No me rechazas porque piensas que soy mentirosa. Me rechazas porque no conoces a tu dios sin nombre. No sientes nada, no oyes nada”.

—No oyes la fe sin nombre —dijo ella. No debería haberlo dicho, lo sabía. Pero lo vio estremecerse y, al menos, supo, con amargura, que había dado en el clavo.

Inclinó la cabeza y agregó:

—Volveré, sacerdote. Te lo prometo. —Y después, levantó el sable de Jeevan del suelo antes de que ningún guardia pudiera detenerla, aferró a Jeevan del brazo y se alejó a grandes zancadas, derrotada.

Empezó a llover de nuevo, con un frío glacial.

—Debí saber que no me escucharían —dijo Bhumika.

—Pagaste un alto precio por los conocimientos que posees —comentó Jeevan, sin discrepar—. Debería entregarse a gente agradecida por tenerlo.

—Lo he manejado mal —dijo Bhumika. Estaba enfadada, con ellos y consigo misma—.

No tendría que haber sido tan sincera ni tan directa.

Los hombres con poder no reaccionan bien, sobre todo a las mujeres.

—Cerró los ojos y se serenó, obligó al fuego de su ira a apagarse—.

¿Cómo era yo antes de elegir este camino, Jeevan? ¿Era más sabia?

—Eras cuidadosa con tus palabras —respondió él al cabo de un momento—. Engatusabas. Mediabas. Los hombres poderosos no te escucharon durante muchos años. Así que hiciste que estuvieran en deuda contigo, sabiendo que te ayudarían no por miedo sino por gratitud.

—¿Como lo hice contigo?

—Me alegraba estar en deuda contigo —respondió en voz baja—. Esa era tu fuerza. Hacías que la gente se alegrara de ser gobernada por ti.

La lluvia arreciaba. El agua fría caía sobre ellos, desdibujaba los árboles.

—Sigues siendo la misma mujer Bhumika.

Ella movió la cabeza.

—Ahora no tengo nada que ofrecer a nadie —dijo mirando sus manos vacías y la lluvia que caía sobre ellas—.

No tengo forma de obligar a esos sacerdotes.

¿Qué tengo ahora, Jeevan? Tengo menos poder.

Siento esa ausencia; sé que antes tuve poder.

Pero ha desaparecido y mis conocimientos no son nada si nadie los recibe de mí.

Le tembló la voz al pronunciar las últimas palabras. Después se quedó callada, apretó la mandíbula y se apartó de él.

—Podrías esgrimir tu propio conocimiento —dijo él al cabo de un momento—. Si esa verdad que llevas requiere a alguien poderoso, alguien que sea escuchado, ese alguien eres tú.

—No puedo —negó ella, con la voz quebrada.

Se lo había planteado. Reunir sus propios seguidores, compartir sus conocimientos antes de que la ahogaran.

Pero esos sueños eran los deseos de un fantasma, no podía cumplirlos, no era más que un cráneo dolorido y repleto.

No era más que el dolor de la pena por algo que no podía recordar, no era más que un hueco moldeado por el empuje interminable de una marea antigua.

—No soy nada —agregó.

—Nunca has sido “nada”. Eras capaz de liderar ejércitos Bhumika —le reprochó él, con una voz tan llena de sentimiento que parecía el sol—. Comparte tus palabras y la gente te seguirá. Siempre ha sido así.

Una pena amarga recorrió las venas de Bhumika; sentía celos de la mujer que había sido. Tal vez esa mujer había sido digna de tanto amor.

—Ya no —dijo.

Hizo una pausa mirando a lo lejos. Pensó en los ojos oscuros del joven sacerdote que habían visto su verdad.

Aún había esperanza. Su conocimiento la había llevado hasta allí. Confiaría en él por ahora, no había nada más que pudiera hacer.