El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Veinticuatro
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Capítulo Veinticuatro

Bhumika

U n hombre que conducía un carro lleno de grano tirado por bueyes les ofreció transporte.

Era barbudo, tenía la nariz y las mejillas enrojecidas por el sol.

Ni siquiera miró a Bhumika, pero se mostró bastante sociable y conversador con Jeevan.

Bhumika se acomodó como pudo en la parte trasera del carro y el hombre instó en cambio a Jeevan a sentarse cerca de la parte delantera, entre los sacos de grano, para hablar con él.

—Parece que te has metido en algún lío amigo —dijo el hombre azuzando a sus bueyes hacia delante.

—Bandidos —explicó Jeevan. Tenía la cara violentamente magullada—. Creyeron que teníamos dinero.

—¿Y tenéis?

—Ya no.

El hombre se echó a reír.

Bhumika, con el dinero atado con un paño a su muslo, mantuvo la cabeza baja y observó cómo se desdibujaban los campos a su lado.

Jeevan no era precisamente encantador y la conversación entre los dos hombres languideció enseguida, pero Bhumika ya se lo esperaba.

Esperó a que el silencio fuese especialmente incómodo y, entonces, se permitió hablar moldeando su voz para adoptar un tono tímido, curioso.

No pasó mucho tiempo hasta que el hombre empezó a ablandarse y a hablarle a su vez.

En primer lugar consiguió convencerlo para que le hablara de sus nietos; en la limitada experiencia de Bhumika, hasta los hombres que tenían en muy poca estima a sus esposas e hijas se mostraban cariñosos con sus nietos, y aquel hombre no era la excepción.

Le habló con orgullo de sus cuatro nietas y sus cinco nietos.

—¿Y tú, tienes hijos? —preguntó él.

La pregunta podía estar dirigida tanto a ella como a Jeevan. Bhumika vio que los hombros de Jeevan se ponían rígidos. Sin querer, sin saberlo, el desconocido había tocado una herida.

Pensó en la forma de su propio cuerpo, el trazo plateado de las marcas que tenía en el vientre y los pechos, y luego, prudentemente, no pensó más en ello. Su cuerpo recordaba cosas que ella no, y pensar en ellas era una invitación a la locura.

—Un día, si el dios sin nombre lo ha escrito en mis estrellas, me gustaría dar una familia a mi esposo —dijo Bhumika; el hombre aprobó sus palabras con un murmullo.

Jeevan no la miró. Ella se dio cuenta porque lo miraba.

El hombre hablaba en confianza con Bhumika sobre los problemas a los que se enfrentaba Alor cuando llegaron a un destartalado conjunto de puestos al borde del camino que servían té y comida a los viajeros: sobre los hombres que habían ido a la guerra en nombre del rey y la manera en que la podredumbre había destruido campo tras campo.

Aún no lo suficiente como para preocuparse, pero ella estaba segura de que, en uno o dos meses, o bien el hombre no tendría grano que transportar o bien tendría que contratar guardias para protegerlo en su viaje para vender su cosecha.

Había logrado conquistarlo de tal manera que los invitó a ella y a Jeevan a comer y rechazó cualquier intento de ellos de negarse.

—Dijiste que no teníais dinero —dijo bruscamente—. ¿De qué serviría moriros de hambre? ¿Cómo va a tener hijos tu mujer si se muere de hambre? —reprochó a Jeevan.

Jeevan inclinó la cabeza y Bhumika tuvo que darle las gracias tímida pero efusivamente. La comida era buena, no se arrepintió de aceptarla.

El hombre vaciló al levantarse para volver al carro. Miró a su alrededor y dijo:

—Podría llevarte más lejos. Hay otro caravasar más adelante.

Bhumika rozó con una mano el brazo de Jeevan.

—No podemos —respondió él—. Pero te lo agradezco, amigo.

—El monasterio… —El hombre se interrumpió y movió la cabeza—. Un lugar así no es para gente como nosotros. Os rechazarán. Pero, ah, si quieres la bendición de un dios para tu matrimonio, ¿qué puede decirte este anciano?

—¿El monasterio? —repitió Jeevan.

—¿A qué otro lugar podríais ir? —bufó—. Aquí no hay nada más que valga la pena, amigo. No soy tonto.

La lluvia comenzó a caer de nuevo, salvaje e intempestiva, en cuanto el carro desapareció en un recodo del camino. Bhumika suspiró, sintió el agua resbalar por su cara y a través de su ropa con un humor resignado.

—Solo era un poco tonto —murmuró.

—Fue amable con nosotros.

—Solo después de que lo halagáramos. —Hizo una pausa—. Sí, fue amable.

Se refugiaron bajo el toldo de una caseta. Casi no los cubría pero era suficiente. Desde allí miraron caer la lluvia; las gotas de agua atravesaban como flechas los parches de la lona y caían en el suelo a su alrededor.

—El monasterio.

La pregunta no estaba en la voz de Jeevan, sino en la forma en que giró la cabeza hacia ella.

No dijo “Hemos pasado por una docena de monasterios del dios sin nombre”, pero ella lo entendió.

Consideró que él estaba tan sometido como ella a las idas y vueltas de su conocimiento.

Pero él no lo sentía latir, gritar, retumbar en su cráneo como ella lo sentía en el suyo.

Pensó en explicarle: “Siento en cada hueso y en cada latido de mi corazón que aquí es donde me reuniré con quien estoy buscando. Y si no está en el monasterio, donde las aguas muestran el camino a la fe sin nombre, entonces no sé dónde lo encontraré. No sé si ese ser existe. Los yaksas tienen razón al considerarme nada”.

La tocó un viento suave. Ella giró la cabeza y lo siguió.

En las sombras de los árboles vio a sus centinelas velados, con sus cuencos que derramaban inútilmente agua brillante en la tierra, el éter. Los veía más claramente que nunca; tenían las extremidades moteadas de azul por el frío, los ojos vacíos bajo el agua y la tela.

“Se ahogaron”, pensó. “Se ahogaron y, sin embargo, siguen respirando”.

—Debe de ser este monasterio —dijo en voz baja; tendría que ser suficiente como respuesta.

Se quedaron en el puesto de comida hasta que amainó la lluvia y para que Bhumika pudiera sonsacar información a la mujer que lavaba las tazas y las sartenes. Había estado bastante habladora cuando Bhumika se había ofrecido a ayudarla, aunque se había reído de su torpeza.

—Deben vernos como devotos —murmuró Bhumika cuando se marchaban—. Ese es el único requisito de un sacerdote: servir a una deidad, a un dios, a un espíritu, es ser su portavoz y ofrecer consuelo.

—No todos los sacerdotes lo creen así —dijo Jeevan.

Bhumika tenía la esperanza de que estos sí.

El monasterio de Nimisa era antiguo. Quinientos años habían erosionado su piedra gris y borrado cualquier floritura decorativa hecha por humanos; se confundía con el suelo y el verde que lo rodeaba.

Su vasto arco de entrada, situado sobre escalones curvos como una luna creciente, brillaba como si en sus paredes se hubieran tallado esmeraldas.

Pero lo que lo enjoyaba eran líquenes y enredaderas, no piedras preciosas.

Tenían un brillo tan extraño y hermoso que Bhumika tuvo que hacer una pausa en su camino hacia la escalinata del monasterio para contemplarlo con asombro.

Ella y Jeevan habían caminado por un sendero tallado entre los árboles hacia la escalinata. Los escalones de piedra estaban cubiertos de charcos de agua. Tal vez por la lluvia o la podredumbre, o por la amenaza inminente de Ahiranya, no había fieles esperando para entrar en el monasterio de Nimisa.

Había un joven sacerdote cerca de la entrada fregando los escalones. Levantó la cabeza y los miró confuso, mientras una sonrisa tímida se le dibujaba en la boca.

—Bienvenidos —dijo, con voz baja y amable. Se puso en pie, vacilante—. Perdonadme. En estos tiempos difíciles no recibimos visitas. Somos un… un monasterio de soledad y contemplación.

Bhumika sintió los ojos de Jeevan clavados en ella durante un segundo. Esa era la respuesta que ella daba siempre: “Al fin y al cabo, no todos los monasterios estaban abiertos al culto”. No importaba.

—Sacerdote —dijo—. Debo hablar con el jefe de su monasterio. Traigo un mensaje para él.

La sonrisa del hombre se desvaneció en absoluta incertidumbre.

—Vengo de Ahiranya —continuó Bhumika, sin permitirse titubear—. Conozco la manera de matar a los yaksas . El nombre de Nimisa resuena en lo más oscuro de sus recuerdos por una razón. El jefe de su monasterio sabrá por qué. Llámalo y dile que venga, por favor.

El sacerdote seguía sin moverse.

Ella se acercó un paso más a donde estaba él, luego otro, hasta que pudo ver las pupilas oscuras, el blanco de los ojos.

¿Era lo que deseaba ver, o realmente veía una extraña luz en su mirada, un indicio de alteridad, una señal de que poseía el don que ella buscaba?

Sin duda, si había servido allí, si había rendido culto allí, se habría sentido tocado por la magia de ese lugar.

Bhumika no tenía más armas que sus palabras para convencerlo, así que recurrió a ellas una vez más.

—Que le pregunte al dios sin nombre si lo desea. Su deidad sabe lo que llevo conmigo. —Bajó la voz, seductora—. Tu deidad sabe que lo que digo es verdad. La fe sin nombre habla en tu corazón, ¿sí? Por favor, escucha.

Finalmente, algo titiló en los ojos del sacerdote. Asintió lentamente y se volvió para entrar en el monasterio.

Se ausentó durante un largo rato.

Bhumika sentía dentro de sí un extraño e incómodo deseo de recurrir a algo más para convencerlo plenamente.

Algún poder que hubiera existido alguna vez en su cuerpo: una magia, tal vez, o una astucia de la que la pérdida de la memoria la había despojado.

Pero fuera lo que fuese, ahora carecía de ello.

Se mantuvo erguida, con las manos suavemente juntas frente a ella, e intentó no sentir miedo.

El sacerdote regresó con cinco guardias, que bajaron rápidamente las escaleras para rodear a Jeevan y Bhumika y cercarlos. La mano de Jeevan voló hacia la empuñadura de su sable.

—Deshazte del arma —dijo uno a Jeevan con gesto adusto.

—Apártate y lo haré —respondió Jeevan.

—Bastardo ahiranyi —dijo el guardia y Bhumika sintió que el humor de los hombres que la rodeaban se oscurecía, como si su ira les hubiera dado permiso para sentir rabia también. No iban a dejarse convencer mediante razonamientos—. ¿Cómo te atreves a venir aquí a hablar de tus monstruosos yaksas ?