Capítulo Veintitrés
Priya
R ukh esperaba con los niños en la base del Hirana; Padma estaba en el suelo junto a él. Había mucha gente alrededor: sirvientes del mahal, soldados y peregrinos. Pero los guardamáscaras estaban más cerca de los niños y los rodeaban en forma de media luna, conteniendo la marea de gente.
—¿Dónde están los yaksas ? —preguntó Priya a uno de ellos.
—Aquí no, mayor —dijo el hombre—. Cuando el que… el que…
—El que se parece a Ashok, lo sé. ¿Los dejó aquí solos?
El guardamáscaras asintió.
—Nos dijo que nos quedáramos aquí cuando se fue. Se nos ordenó esperarte.
Priya estuvo a punto de gritar un insulto.
Él siempre había esperado que Priya cuidara de ellos, ¿no? Ella le había rogado sin necesidad.
Bueno. No importaba si le había dado ventaja o no; ella estaba donde tenía que estar.
Se deslizó entre los guardamáscaras.
Los niños del templo que el yaksa le había traído eran todos jóvenes.
Quince en total. El mayor era un chico alto y dolorosamente delgado, lo que sugería que había pegado un estirón hacía poco.
Algunos vestían ropas desgastadas pero cuidadas: puntadas en las mangas, remiendos en las túnicas.
Otros vestían telas finas, teñidas de azules profundos, rojos, verdes.
—Inclinaos ante vuestra mayor —dijo bruscamente un guardamáscaras; mientras los niños se movían, Priya dijo:
—No lo hagáis, no hace falta.
Algunos se quedaron inmóviles. El niño más alto seguía erguido, con los brazos entrelazados a la espalda, su kurta azul inmaculada. Priya lo miró a los ojos y el chico tensó un poco la mandíbula, temblando de nervios y odio.
—Eres de alta cuna —observó ella. Él asintió bruscamente.
—Sí, mayor.
—¿Cómo te llamas?
—Ashish —dijo.
—Dime cómo llegaste aquí.
Tensó aún más la mandíbula y apartó la mirada.
—El yaksa me trajo, por supuesto —respondió.
El “obviamente, idiota” estaba fuertemente implícito.
Ella se alegró de que él evitara decirlo—.
Mis… mis padres se contagiaron la podredumbre por culpa de los yaksas , por no ser lo bastante leales.
Pero los yaksas los dejaron vivir y están agradecidos.
Son fieles. Así que cuando el yaksa vino por mí me alegré de irme con él.
Tendría que aprender a mentir mejor si quería sobrevivir sirviendo a los yaksas .
—¿Y tú? —preguntó Priya, inclinándose para mirar a los ojos a la niña pequeña que estaba junto al chico.
—No soy de alta cuna —respondió—. Pero mi madre se salvó de morir de podredumbre y me encomendó a los yaksas por ello.
—¿Cuál es tu nombre?
—Pallavi. —El chico le dio una patada para que se corrigiera y ella lo hizo, obediente—: Pallavi, mayor.
Priya conversó con todo el grupo para aprender sus nombres y orígenes. El más joven de ellos no tenía más de cuatro años y no podía responderle correctamente.
Se sintió enferma.
Finalmente se irguió para hablarles.
—¿Sabéis lo que significa ser un niño del templo? —les preguntó, paseando la mirada entre ellos. Se hizo un largo silencio en el que todos miraban en direcciones diferentes.
—Significa que sirves a los yaksas —dijo finalmente Rukh. Priya le lanzó una mirada y él se encogió de hombros.
—Significa ser devotos —dijo Ashish, envalentonado ahora que alguien más había hablado.
—Tener magia y poderes —agregó otro niño con un entusiasmo preocupante.
—Sí —dijo Priya al cabo de un momento—. Es todas esas cosas. Pero, ante todo, significa que me obedezcáis, ¿entendido?
Asintieron.
—Este chico, Rukh, me ayudará a cuidaros —dijo Priya, señalando a Rukh.
—¿Es un niño del templo como nosotros? —preguntó una niña de voz suave.
—No —respondió Priya—. Pero es de mi familia, como lo seréis vosotros, así que podéis confiar en él.
Se negó a mirar a Rukh a los ojos. Familia. Nunca lo había llamado así pero era verdad. La única familia que había valorado la había formado por elección y por las circunstancias, nunca por los lazos de sangre. Era lo único que conocía y lo único que le importaba.
Esos niños eran suyos ahora.
—Os enseñaré el lugar donde dormiréis —les dijo.
Debería haberlos llevado a dormir al Hirana, pero la idea le daba náuseas.
El humo, los ojos muertos de Nandi y el terror sangriento que se agolpaba en su corazón…
no. No los enviaría a vivir allí, ni iría ella misma. Pero los mantendría cerca de ella.
Padma gateó hacia ella, así que Priya se inclinó y la alzó. La bebé no tardó en morderle el brazo. Priya maldijo y se estremeció cuando Padma la pateó.
—Quiere caminar —murmuró Rukh.
—Bien, Padma, si quieres andar, puedes anda. —Priya la bajó al suelo y la sostuvo por el brazo.
Padma se contoneó, presumida, y dio un paso con decisión. Miró a Priya a los ojos y esta recurrió a sus reservas de paciencia y la empujó en la dirección correcta:
—Iremos despacio —dijo y vio que uno de los niños del templo sonreía. Eso era bueno. Un paso en la dirección correcta.
Llevó a los niños a sus habitaciones.
Convenció a Khalida y a Rukh para que la ayudaran a colocar ropa de cama nueva y cortinas improvisadas para dividir el espacio. Los niños habían comido y habían recibido algo más de ropa cuando llegó la noche, y los habían enviado a dormir.
En la habitación hacía calor con tantos cuerpos dentro. En los instantes de silencio entre el ruido de los insectos y las plantas que se movían con la brisa, Priya alcanzó a oír sollozos ahogados.
Odiaba aquello. No podía hacer nada más o eso se decía a sí misma. Pero parecía mentira. Era mentira. Podría haberse negado a que los niños se quedaran. Podría haber invocado la fuerza de Mani Ara. Podría haber…
Podría haber dejado que Arahli Ara hiciera daño o matara a la gente que ella amaba. Pero eso no ocurriría de ninguna manera.
Se sentó con las piernas cruzadas en el suelo, junto a la cama donde dormían Padma y Rukh.
Le picaba la piel de rabia contra sí misma, contra los yaksas ; no había ninguna posibilidad de que durmiera esa noche.
Hizo lo único para lo que servía en lugar de eso: se colocó la máscara de corona en la cara e intentó llegar hasta Mani Ara.
Habría sido mejor ir a las aguas inmortales pero esa noche no quería dejar solos a los niños.
Respiraciones profundas y sinuosas. Respiraciones que la envolvían más y más en su cuerpo y a través de él. Las aguas del sangam crecían dentro de ella.
Su cuerpo sombrío dentro de tres ríos zigzagueantes. Su cuerpo de flores. Permaneció allí, en las aguas, mientras las horas se alargaban y se fundían a su alrededor.
No sabía qué más podía hacer para buscar a Mani Ara. Su mente se hundió en la oscuridad.
La firmeza de las manos de Arahli Ara al rodearle las muñecas, el rostro igual al de su hermano.
La caricia de las manos de Malini en su cara y su cuero cabelludo.
La furia y la sal de sus lágrimas. Bhumika se había ido, no quedaban de ella más que fragmentos de palabras y un bebé.
Los había perdido a todos y aún tenía más que perder.
—Pequeña.
La voz de Mani Ara fluyó a través de su cuerpo como el agua que rompe una represa. Priya volvió a meterse en su piel y aspiró hondo, jadeando, antes de cerrar la boca para contener el sonido. La energía la había seguido desde el sangam y estaba mareada. Su visión flotaba.
Habían florecido rosas profusamente a su alrededor.
Intentó apartarlas con torpeza y las sintió marchitarse, pudrirse y convertirse en polvo. Unas manos las apartaron pero no eran las suyas.
Levantó la cabeza. El yaksa que tenía la cara de Ashok, Arahli Ara, estaba en cuclillas junto a ella.
No lo había sentido. La sangre le ardía y su mente era una copa rebosante que derramaba magia y hacía que su visión danzara. Se quitó la máscara de corona, le temblaban las manos.
— Yaksa —suspiró—. ¿Por qué estás aquí?
—Los niños —respondió simplemente—. Deberían estar en el Hirana, cerca de las aguas inmortales y de las estrellas.
—Quería tenerlos conmigo —dijo Priya recuperando el aliento—. Y aquí… —Miró alrededor de su habitación, la antigua habitación de Bhumika—. Aquí es donde quiero estar. ¿Me obligarás a llevarlos allá ahora?
—No. Son tuyos.
—Ya habías decidido que me los ibas a dar, yaksa . Con el debido respeto, me engañaste.
—Decir “con el debido respeto” no hace que tus palabras sean respetuosas —murmuró él. Pero no había nada agudo ni monstruoso en su voz. Había bajado el tono lo suficiente para no despertar a los niños que la rodeaban.
La miraba con ojos profundos y extraños, espejos de la tenue luz de la luna que se filtraba por las ventanas. Pero la oscuridad hacía que el resto de su cuerpo fuese más humano: ocultaba las hojas de su pelo y las vetas de su piel.
—Cuando crie a los primeros niños del templo empecé por su fuerza —dijo finalmente—. Les enseñé a confiar en sus extremidades, a resistir el dolor, a perseverar, a correr y a luchar. Después los llevé la cima del Hirana y les pedí que bajaran.
Un viaje difícil para cualquier niño.
—¿Y después? ¿Qué hiciste con los que no cayeron? ¿Los llevaste a las aguas?
—Es un largo camino hasta las aguas —respondió—, lleva muchos años. Así fue para ti.
Quería que Priya entrenara a los niños del templo para que fuesen fuertes. Ella contuvo la ira y asintió. Pensó en Ashok, en su infancia compartida y el dolor amenazó con desbordarla.
—Después de la fuerza, ¿qué viene? ¿Qué les enseñaste a esos niños del templo?
—Después te enseñé a usar un cuchillo y el poder de tu rabia —respondió con la voz de Ashok.
La atravesó el destello de un recuerdo. Las manos de Ashok sobre las suyas, un cuchillo entre ellas; la enseñó cómo moverse, cómo luchar, cómo cortar.
—Son tuyos, mayor Priya —agregó—. Pero también siguen siendo míos.
“Y tú también”.
—Ashok —dijo ella.
Hubo un susurro de hojas y desapareció.