El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Veintidós
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Capítulo Veintidós

Malini

E speró noticias durante toda la noche. Las lámparas de aceite parpadeaban.

Swati bostezaba discretamente, apoyándose en la pared cuando creía que nadie la miraba.

Deepa languidecía en su asiento, con la cabeza apoyada en un brazo y los ojos entreabiertos, aunque se levantaba de un salto cada vez que se abrían las puertas y alguien traía una nueva bandeja de té y la colocaba sobre la mesa.

Solo Lata permanecía tan despierta como Malini.

No parecía apropiado jugar a los dados cuando una mujer y su niño estaban entre la vida y la muerte. Lata se ofreció a jugar un juego de canciones.

—No tienen por qué ser canciones obscenas —dijo cuando Malini enarcó una ceja—. Podríamos cantar canciones para la buena suerte, para que nazcan niños sanos.

—Pero a ti se te da muy bien cantar canciones guarras —replicó Malini con una sonrisa.

—Si los juegos de dados no son apropiados…

—… entonces las canciones guarras tampoco lo serán, lo sé. —Malini suspiró—. Me temo que no conozco ninguna canción para la buena fortuna.

—Sahar te enseñaría si se lo pidieras.

—No lo creo —dijo Malini—. Ha aprendido demasiado sobre el comportamiento adecuado para una guardia desde que dejó el servicio de Raziya. Una lástima.

—Dale la oportunidad de aburrirse, mi señora, y estoy segura de que volverá a estar lista para hacer travesuras.

Se quedaron en silencio. Malini solo oía el crepitar de las llamas de las lámparas y el suave resuello de la respiración de Deepa cuando inclinaba la cabeza hacia delante, casi un ronquido.

—¿La despierto? —preguntó Lata.

—No. Déjala dormir. —Miró a Deepa, a Swati y a Lata—. Debería dejaros ir a la cama, puede que tarde mucho.

Lata dudó y luego dijo:

—Yo podría ir a la sala de partos.

—Ya tengo suficientes ojos y oídos ahí dentro. No.

—Podrías haber estado con ella, mi señora —dijo Lata en voz baja.

—Ya sufrirá bastante en su vida —replicó Malini en el mismo tono, pensativa—. No necesito verla en su momento más vulnerable. Me parece una crueldad excesiva.

Se oyó un ruido sordo de pasos en el pasillo. Sahar abrió las puertas y entró.

—Emperatriz —dijo. Había un atisbo de sonrisa en su boca, a pesar de las sombras de cansancio bajo sus ojos—. El bebé ha nacido sano y salvo.

—¿Y la Señora Varsha? —preguntó Malini.

—Se encuentra en buen estado de salud —dijo Sahar—. Si quieres hablar con el médico, emperatriz…

—Más tarde. —Malini se levantó—. El bebé… —empezó a decir.

—Un niño —completó Sahar, comprendiendo la pregunta implícita en la voz de Malini.

Un hijo. Un príncipe.

No sabía si sentía alivio.

Un heredero era un futuro y una herramienta que le permitiría evitar el matrimonio y la maternidad. Un hijo sería más fácilmente aceptado como heredero por la corte que una hija. Eso tenía sus ventajas.

Pero también era un arma que podía usarse en su contra. Era la promesa de que, incluso si Malini moría, su linaje y las promesas vinculadas a él, que unían al imperio, la sobrevivirían.

Razón de más para dejar que Malini ardiera.

Sus instintos lucharon en su interior.

—Quiero verlo —dijo.

La sala de partos estaba bulliciosa: las criadas entraban y salían, y el médico estaba junto a la cama. Los asistentes se inclinaron cuando entró Malini.

Varsha observó a Malini desde la cama. Su piel era de una palidez grisácea.

Tenía el pelo lacio y los ojos apagados, pero aferraba el bulto que se retorcía entre sus brazos como si aquellas mantas de seda y algodón contuvieran el mundo en su interior.

Malini solo podía ver una mano pequeña, arrugada, escandalosamente pequeña, que aferraba entre espasmos la nada.

—Un niño, emperatriz —dijo el médico con orgullo, sin esperar a que Varsha hablara—. Un saludable príncipe.

¿Tenía que valorar más a un príncipe que a una princesa?

Malini se acercó un paso más y vio un poco más. Pelo negro. Cara arrugada. Parecía estar durmiendo. No se parecía al hermano de Malini, ni a Varsha, ni a nadie. Era demasiado nuevo en el mundo como para arrastrar ecos y deudas, tal vez.

—Felicidades hermana —murmuró al encontrarse con los ojos de Varsha—. Te deseo una pronta recuperación y salud para tu hijo.

—¿Habrá celebraciones, emperatriz? —La voz de Varsha era un junco delgado y vacilante.

Siempre había celebraciones por el nacimiento de un vástago imperial.

Se repartían dulces y monedas por toda la ciudad y se fabricaban obsequios para el infante: brazaletes de cuentas para alejar el mal, o de plata para conmemorar la forma de las pequeñas muñecas, una pluma que se colocaba en el catre del niño para que tuviera dulces sueños.

Varsha lo sabía. Preguntaba, a su manera, si su hijo sería reconocido.

—Es un príncipe real —dijo Malini—. Un príncipe imperial de Parijat. Se celebrarán todos los ritos apropiado, se realizarán plegarias y ofrendas. Por supuesto, haré todo lo que debo y todo lo que corresponde.

El bebé emitió un hipo.

Varsha se estremeció y cerró los ojos cuando Malini se inclinó más cerca. Todas sus defensas se habían derrumbado y la expresión de su rostro era cruda, cansada, asustada y horriblemente resignada.

Se hizo el silencio en la habitación.

Malini no dijo “No te quitaré a tu hijo”, aunque las palabras surgieron sin querer en su garganta. Debería haberle horrorizado que todos lo esperasen y, sin embargo, no fue así.

Habría sido lo más sensato. Tomar al único heredero y hacerlo suyo; moldearlo a su imagen, hacer que la amara, ponerlo fuera del poder de su madre. Era lo bastante lúcida y fría de corazón para saber que sería un camino sabio.

Pero quería hacer algo mejor que lo que había hecho Chandra. No quería limitarse a representar sus antiguas crueldades.

Malini tocó ligeramente con la punta de los dedos la frente del bebé.

—Es hermoso —dijo en voz baja—. Tu hijo. Se parece a ti, Varsha. Y un poco a mi padre, el emperador.

Eran mentiras pero aliviaron la tensión del rostro de Varsha.

—Elige para él un nombre fuerte —dijo Malini, moldeando su boca en una sonrisa—. Críalo bien. Pero por ahora, hermana, descansa. Me aseguraré de que se lleven a cabo todos los ritos apropiados.