Capítulo Veintiuno
Priya
L os guardamáscaras trabajaban incansablemente para mantener a Ahiranya en funcionamiento, pero Kritika se las arreglaba para no estar demasiado ocupada para localizar a Priya y regañarla.
Priya no se sorprendió, lo había estado esperando.
Era difícil no ver a los recién llegados después de todo; habían ocupado cuatro dormitorios.
Y Priya, en un esfuerzo por terminar con el sermón de Kritika, se había refugiado en el estudio de Bhumika.
Estaba hojeando con desgana unas páginas llenas de cifras incomprensibles cuando la puerta se abrió de golpe.
—Forasteros. —La voz de Kritika sonaba furiosa—. Parijatdvipanos. ¿Por qué les permites entrar aquí? ¿Qué te ha llevado a esta locura?
Priya soltó los papeles.
—Ellos lo pidieron —dijo simplemente—. Quieren estar aquí, no tienen otro sitio adonde ir. ¿Qué otra razón necesito?
—Son unos mentirosos —se burló Kritika. Entornó los ojos; leía a Priya como un libro—. ¿No crees que esto es un truco de tu emperatriz? —preguntó—. ¿Personas que aparentan ser inocentes enviadas para destruirnos desde dentro?
Floreció un recuerdo dentro de su cabeza. Malini prisionera, frágil; sus ojos enormes, su mente capturada en una trampa. Siempre había admirado la mente de Malini: su inteligencia, su lenta astucia. Pero esto no parecía algo que hubiera planeado ella.
Malini quería quebrar ella misma a Priya.
—¿Estás escuchando? —insistió Kritika.
—Lo intento —dijo Priya—. Pero ya sabes cómo soy Kritika. Si te fijas bien, puede que veas que tus palabras me entran por un oído y salen por el otro.
Kritika susurró algo, seguramente algún insulto.
—¡Estamos en guerra, mayor Priya! —murmuró después entre dientes.
—¿Estamos en guerra? Pues entonces di a los yaksas que me envíen con un ejército a luchar. Eso sería una guerra de verdad.
—No seas tonta.
—Bien —dijo Priya; finalmente había perdido la paciencia—.
Digamos que esto una guerra, entonces. ¿Por qué no?
Si es una guerra, fuimos nosotros quienes mutilamos a esa gente, Kritika.
Fueron nuestros yaksas , nuestro poder. Nosotros fuimos quienes los cambiaron.
Destruimos sus hogares, sus cultivos, sus posibilidades de supervivencia.
Son víctimas de la guerra. Deberíamos sentirnos mal por lo que han sufrido y hacer todo lo que esté en nuestra mano para ayudarlos.
—Son nuestros enemigos —dijo Kritika con firmeza.
—No. Ellos tienen la podredumbre, Kritika. Fueron moldeados por los yaksas . Eso los hace iguales a nosotros. Se alimentarán con nuestro grano y se les dará trabajo, y te prometo que si intentan hacerles daño a los nuestros los mataré yo misma.
Kritika abrió la boca, pero un sonido furtivo en el pasillo y una serie de fuertes golpes en la puerta la hicieron callar. Priya ya se había acercado antes de oír una voz conocida que la llamaba por su nombre.
Rukh estaba doblado en dos, jadeando. Se notaba que había corrido y Padma seguía adherida a su cadera, aferrándose a él con una mirada ligeramente alarmada y azotada por el viento.
—Rukh —dijo Priya—. ¿Qué pasa?
—El yaksa —dijo él, con voz temblorosa—. Él… El que tiene la cara de Ashok. Trajo niños. Otros niños. Hablé con uno de ellos… Oí que van a ser niños del templo.
Priya cruzó furiosa el mahal.
Había estado evitando al yaksa que tenía la cara de Ashok, pero ahora siguió su eco en el sangam .
Sabía, incluso mientras caminaba por el mahal mientras las enredaderas le rozaban la cara, mientras los pasillos la rodeaban de espeso follaje y flores tan grandes como sus puños, que le dolería verlo.
“Vuelve atrás”, parecía decirle el verdor.
“Tu insensato corazón te trae aquí, tu pena te trae aquí, pero no encontrarás en él lo que buscas”.
Priya siempre había sido demasiado tonta e impulsiva para su propio bien y no iba a cambiar ahora.
Él no estaba con los niños que había traído al mahal. Ellos estaban esperando en la base del Hirana. Priya le había dicho a Rukh que los cuidara mientras ella se ocupaba de él.
La habitación donde esperaba el fantasma de Ashok brillaba con luz propia.
Las ventanas se habían roto bajo el peso de las raíces, dejaban entrar los rayos del sol y el canto de los pájaros entre las hojas de esmeralda y jade.
Había polillas de grandes alas en las ramas altas de los árboles que sujetaban el techo.
Podía ver los colores de sus alas: oro y ámbar, rojo y cornalina lustrosa.
El yaksa yacía en una enramada de su propia creación.
Miraba hacia atrás y las oscuras hojas de su cabello le cubrían el rostro.
Priya alcanzó a ver la inclinación de su hombro.
Una pierna colgaba de la enramada, casi tocando el suelo agrietado bajo sus dedos.
Pequeñas flores blancas se abrían paso a través de la piedra y trataban de salir a su encuentro.
Tenía un aspecto totalmente inhumano y, por lo tanto, no se parecía en nada a su hermano. Y, sin embargo, Priya no pudo evitar detenerse de pronto, con una pena que le subió horrible y rápidamente a la garganta. Era el pensamiento de los niños lo que le había hecho esto. “Ashok. Ashok”.
Deseó tener ese extraño conocimiento que la había invadido en el borde de Ahiranya, cuando de pronto supo dos de los nombres de los yaksas . Pero ahora no se le ocurría ningún otro nombre.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó el yaksa sin volver la cabeza. Las hojas de la enramada crujieron al oír su voz. Se volvieron hacia ella buscándola, como si fuera la luz o la lluvia.
—Niños —soltó Priya—. ¿Por qué traes niños aquí?
—Ya lo sabes —respondió—. Para crear más mayores del templo.
—Me tienes a mí. No los necesitas.
—Aún eres imperfecta —dijo él.
—Me estoy fortaleciendo —replicó Priya acaloradamente—. He llegado hasta Mani Ara. Tengo su poder, he aprendido los nombres de tus parientes.
—Los nombres no son nada. —Volvió la cabeza con un crujido y un susurro de madera—. Siempre hemos tenido muchos mayores del templo. Nunca tuvimos solo una, no puedes estar sola.
—Los guardamáscaras son una y dos veces nacidos —dijo Priya enseguida—. Son suficientes.
—Volverán a pasar por las aguas, pero se necesitan niños. Los niños son más fáciles de moldear y de vaciar —dijo él, y la rabia creció en ella como el fuego. Luchó por controlarla.
—No dejaré que se conviertan en hijos del templo —dijo Priya con firmeza—. No dejaré que sufran como yo sufrí. Como sufrió Ashok.
El yaksa no se inmutó.
—Y, sin embargo, debes hacerlo —dijo—. Es nuestra voluntad.
—Yo soy las manos de Mani Ara. Si vas contra mí, vas contra ella.
Esas palabras fueron un error.
Se movió, repentino y veloz. En un abrir y cerrar de ojos se levantó de la enramada y la aferró de ambas muñecas. Su tacto era inflexible, su boca un erizamiento de espinas. Sin embargo, su voz era demasiado humana. Tenía la crueldad de un humano.
—Mani Ara me perdonaría por romperte la mano —dijo. Un giro, un apretón en las muñecas. Ella no se inmutó. Había sufrido cosas peores—. Mani Ara se fabricaría una mano mejor. Mani Ara no sentiría dolor —continuó—. Tú sí, Priya.
“Solo eres de carne y hueso”.
Ella entendió el mensaje claramente.
—No trates de asustarme —dijo—. Conozco mi valor.
—¿De verdad?
—Sé que me necesitan. No romperás lo que necesitas.
La aferró con más fuerza. Ella apretó los dientes para no gritar y sintió el sabor de su sangre.
—No puedes romperme así —se forzó a decir—. Ashok lo intentó y no funcionó.
La soltó. Sus muñecas ya estaban moradas. Ella ignoró el dolor palpitante.
—Sus familias me los han entregado —dijo el yaksa con el rostro inexpresivo e inhumano de nuevo, sin crueldad—. Los criaré para que sean mayores del templo. Crecerán fuertes y vacíos, y atravesarán las aguas. Esto está decidido, Priya, no se puede cambiar.
—Dámelos —dijo ella.
—Tu tarea es acercarte a Mani Ara.
—Los niños del templo deben ser criados por los mayores del templo —insistió Priya—.
Por mí, es mi derecho. Yo los entrenaré, los criaré.
—“Los protegeré del dolor que tú y los tuyos podrían infligirles. Les daré a alguien que los defienda”, pensó—.
No es posible que quieras criarlos tú mismo, yaksa .
—Yo crie a los primeros niños del templo —dijo él—. Y a muchos otros después.
—Los niños humanos… son desordenados. Gritan, lloran, se pelean, se mueren. —Vio que él se estremecía o eso creyó—. Dámelos —instó—. Yo los moldearé bien. Sé lo que se necesita para ser fuerte.
Silencio. Después, él dijo:
—Lo haré, si realizas un acto para mí. Una prueba.
—Cualquier cosa.
—Nombraste a mis parientes —dijo—. A Avan Ara y Vata Ara. Los llamaste. Los conocías. Dime mi nombre mayor Priya.
Ella negó con la cabeza.
—No lo sé yaksa .
—Nómbrame y podrás tenerlos. Permanece en silencio y sabré que no hay suficiente del espíritu de Mani Ara dentro de ti para que puedas criarlos. ¿Cómo me llamo?
El pánico zumbó en el cráneo de Priya. Pero era testaruda, siempre lo había sido. Apretó las manos con fuerza, aspiró lentamente y cruzó el pánico hasta las aguas del sangam y al verdor que habitaba dentro de ella.
Las aguas se llevaron su pánico y no dejaron nada atrás, solo una inmensidad que se desplegaba en su interior.
—Arahli Ara —dijo finalmente. Su voz tenía una aspereza fluvial forzada, de agua sobre piedra—. Ese es tu nombre.
Él respiró, una exhalación de óxido verde, e inclinó la cabeza en señal de reverencia. Priya había pasado la prueba.
—Mayor suprema, amada de Mani Ara —le dijo—.
Los niños son tuyos, entrénalos bien. Y recuerda: tú eres valiosa pero los que amas no.
No para mi familia. Podría quitarle los ojos al niño Rukh, o la lengua, o una mano.
Podría robar a la hija de Bhumika y dejar que la tierra se la trague. Y yo soy el más amable de los míos.
No había levantado la cabeza. Su voz era suave.
A Priya se le hizo un nudo en el estómago que le dio náuseas.
“No es mi hermano de verdad”, pensó.
—Usa los dones de Mani Ara con cuidado —agregó él—. Son un cuchillo que podría cortar gargantas y no dejarte más que pena.
—Lo haré, yaksa —prometió ella. Inclinó la cabeza—. Gracias.