El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Veinte
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Capítulo Veinte

Arahli Ara

T aru Ara lo llamó a través de las flores.

Sembró capullos de da tura por las paredes del Hirana y el mahal; se veían como destellos de blanco en la periferia de su visión.

Una flor se abrió paso, puntiaguda y agresiva, a través de su palma derecha.

Creció ennegrecida y los pétalos, moribundos.

Sintió a Taru Ara en ellos. La comprendió.

“Tú”, decían sus flores. “En secreto. Los demás no”.

Se alejó fácilmente de los demás. Estaban distraídos, exultantes.

Priya había pronunciado sus nombres; Priya había esgrimido la voz de Mani Ara, una perla lustrosa en la fea cáscara de su cuerpo.

Él siguió el sonido de su pariente mientras celebraban.

Taru Ara lloraba lastimeramente: un sonido de madera aserrada, una rama crujiente con el viento.

La encontró en una galería alfombrada de enredaderas; estaba tumbada de lado, con el torso desnudo a la luz del sol.

Su llanto se calmó cuando sintió que él se acercaba, cuando él le dio sombra con sus hojas a las curvas de su cuerpo, donde estaba su herida.

Tenía el estómago abrasado. La quemadura era un agujero del tamaño de un puño, con ampollas de calor y pus y la lividez de la carne muerta. Bajó una mano hacia ella.

—Cuando luché contra los parijatdvipanos, me atraparon con una llama —dijo con la voz fina como un junco—. La llama no era nada y, sin embargo, me atrapó.

—Lo ocultaste —murmuró él—. ¿Por qué?

—Los nuestros no lo entenderían. Tendrían miedo.

“O pensarían que soy débil”, pensó Taru, pero no lo dijo.

Pero Arahli Ara conocía su naturaleza y la dureza de sus parientes.

—¿Y crees que yo lo entiendo?

Ella torció el cuello y lo miró.

—Lo que queda de Sanjana debe de estar dentro de mí, pudriéndome desde dentro —dijo mientras él le palpaba los contornos de la herida—. Tienes que decirme cómo dejaste de lado a Ashok. No puedo cargar con esto.

—Ashok se fue de forma natural, con el tiempo —respondió Arahli Ara. Le recorrió un escalofrío al recordar lo falsa que era esa afirmación. Ashok seguía aferrado a él de muchas pequeñas maneras.

Ella respiró hondo, el pecho subió y bajó, y luego volvió la cabeza.

—¿Qué es lo que siento Arahli?

Los recuerdos de Ashok surgieron y lo atravesaron. Ashok había sabido bastante de esto.

—Dolor —respondió.

—No recuerdo el dolor —dijo ella y se miró el estómago sin comprender—. La última vez, cuando fuimos obligados a arder por la mujer parijati, cuando nos arrastramos bajo la tierra, cuando el suelo de Ahiranya nos dejó dormir… no recuerdo haber sentido dolor.

—Yo sí lo recuerdo —murmuró él. Aplicó fuerza a la herida con la palma contra el torso de ella. Su propia mano tenía vetas de madera; era yaksa hasta la médula.

—No eres como nosotros, Arahli —dijo ella con una risa que era pura amargura—. Tu savia es prácticamente roja.

“Y la tuya también” pensó él mientras sus dedos trazaban la forma de la hendidura en el vientre de Taru. Tal vez ella no entendía en qué los estaban convirtiendo sus sacrificios. Pero él sí lo sabía.

Necesitaban a los mayores de su templo. Sintió que el conocimiento golpeaba un tambor dentro de su cráneo. Tiempo atrás, habían poseído muchos: mayores, nacidos tres veces y leales, bendecidos y amados; niños del templo, pequeños, fuertes y fáciles de moldear. Qué fácil había sido amarlos antes.

Nunca debería haber dejado ir a Bhumika.

Oh, sus parientes se rieron con indulgencia de su locura. Qué desperdicio, decían, confiados en que la amada de Mani Ara sería suficiente.

Pero ellos no entendían cuán grande había sido el valor de Bhumika.

Él sí lo había sabido. Arahli siempre había sabido sopesar la valía de un niño del templo por los latidos de su corazón y su terquedad, por su tolerancia ante el dolor y por su ferocidad.

Ashok había sabido del valor de Bhumika a pesar de que la había odiado tanto como la había amado.

Por eso la había llenado de conocimientos que podían matarlos a todos ellos y la había enviado lejos.

Había sido la última locura de Ashok: destruir a su hermana por una frágil esperanza mortal.

Arahli Ara no era Ashok. Pero Taru Ara tenía razón: él tampoco era como los suyos. La mortalidad que descomponía la carne de Taru lo había estremecido al principio, pero ahora solo contribuía a fortalecer su determinación.

Dejó a su familia. Atravesó la ciudad que rodeaba al Hirana sembrando la podredumbre a su paso.

Muchos ahiranyis habían huido de la podredumbre y de sus aldeas lejanas para asentarse en Hiranaprastha.

Las calles estaban abarrotadas de una mezcla de tiendas improvisadas y casas antiguas, con el barniz de las galerías descascarado y las celosías de las ventanas que ocultaban a duras penas a las personas encogidas en su interior, reducidas a fragmentos de dedos y ojos que miraban a través de la madera.

Pronto encontró a la primera niña. Una pequeña escondida entre las faldas de su madre a la sombra de un edificio en ruinas. Pero había fuerza dentro de ella; la sintió, como la había sentido tantas veces en el pasado cuando había llevado a un niño al templo.

Vata Ara se había burlado de él una vez. Cuando eran jóvenes, llenos de savia verde y fresca vida, cuando la Era de las Flores recién había brotado. En aquel entonces, Vata Ara se daba fácilmente a la risa. Y se había reído al ver a Arahli acunar en su regazo a un niño del templo dormido.

—Pasas mucho tiempo con esos niños mortales —había dicho Vata Ara—. ¿Lo disfrutas?

—¿La humanidad? No. —Arahli recordó su antigua voz, sus manos más fuertes, llenas de verdor y de poder—. Lo hago por nosotros.

Ahora la madre de la niña temblaba. La niña no. Miró fijamente a Arahli, con ojos feroces.

Arahli Ara sonrió.

—Tu hija ya no es tuya —dijo—. Tu hija nos pertenece.