Capítulo Dieciocho
Priya
P riya sabía que estaba soñando, pero esta vez no estaba tumbada en el suelo con las manos de Malini en su cara y en su pelo. Estaba de pie y Malini también, delante de ella.
Malini le daba la espalda, la rodeaba un halo de luz azul que le dejaba el cuerpo en un velo de sombra.
Pero Priya conocía la forma del cuerpo de Malini, conocía los hombros estrechos, la postura firme y la columna vertebral recta; su altura, su delgadez y la forma en que sostenía la cabeza: altiva, la mirada directa, afilada como una flecha.
Priya lo sabía todo y sabía que no debía acercarse a ella. Lo hizo de todas maneras.
Solo era un sueño, los pies se movían por sí solos sobre el mármol veteado de verde, sobre la piedra fría y granulada por el limo del río que corría por debajo de Priya. Solo era un sueño cuando alargó una mano y presionó con las yemas de los dedos la columna de Malini.
Malini se puso rígida, Priya sintió el movimiento de los músculos bajo su mano. Los afilados riachuelos entre las articulaciones de la columna. Era mármol, marfil y lecho de río. Era una fuerza viva bajo la mano de Priya.
—Priya —murmuró Malini. Dijo su nombre como una maldición.
Empezó a girar la cabeza…
—Mayor Priya.
Priya abrió los ojos. Se sentó en la cama y parpadeó hasta que se le aclaró la visión borrosa. Una guardamáscara, con la máscara enganchada a la cintura, estaba de pie en la puerta. Aún no era de día y la habitación estaba casi a oscuras.
—¿Qué pasa? —preguntó Priya en voz baja. No quería despertar a Rukh y a Padma si no era necesario.
La guardamáscara dio otro paso hacia la habitación, con expresión seria.
—Hay gente, Mayor. Forasteros.
El miedo le recorrió la sangre.
—¿Han encontrado los soldados parijatdvipanos una forma de entrar en Ahiranya? —quiso saber.
La guardamáscara meneó la cabeza frenéticamente.
—No, no. No son soldados, son gente común enfermos de podredumbre; están en la linde del bosque… rogando que los dejemos entrar. No sabemos qué hacer.
Priya la miró boquiabierta. Se sentía como un pez fuera del agua.
—Trajeron ofrendas —dijo la guardamáscara, tan confundida como Priya—. Están arrodillados. Algunos llevan armas pero las han dejado en el suelo, junto a los árboles. Creo… los que estábamos de patrulla creemos, Mayor, que son devotos.
Priya se puso de pie y se tambaleó al tratar de ajustarse el sari.
—¿Devotos? —repitió—. ¿De fuera de Ahiranya? ¿Estás segura de que no son de los nuestros?
—Así es —dijo la guardamáscara—. ¿Qué debemos hacer con ellos?
Más bocas que alimentar. Forasteros. Una voz que sonó claramente como la de Bhumika le advirtió que Hiranaprastha no podía albergar a más gente, y el mahal ciertamente no podía alojar a más peregrinos.
Pero Bhumika no estaba allí y Priya siempre había tenido el corazón demasiado blando y le había faltado sentido común para manejar este tipo de mierda por su cuenta.
—Los veré yo misma —dijo.
Los guardamáscaras que habían estado de patrulla nocturna la esperaban en la frontera misma de Ahiranya, donde crecían espesos árboles llenos de podredumbre y las espinas como lanzas se alineaban en el verde ondulante del terreno que antaño había sido un camino utilizado por los granjeros.
Llevaban puestas sus máscaras pero Priya percibió lo inseguros que estaban.
Volvieron los rostros hacia ella cuando se acercó.
—¿Dónde están? —preguntó Priya.
—Cerca —dijo uno de los guardamáscaras. Señaló hacia fuera.
Priya caminó unos pasos más y los vio. Tal vez un centenar de figuras arrodilladas, algunas jóvenes, otras ancianas; había niños. No llevaban antorchas y los rostros se veían demacrados y temerosos en la semipenumbra.
Había soldados parijatdvipanos en un perímetro alrededor de Ahiranya. Priya los había sentido en el bosque; Malini los había dejado allí. No sabía cómo ese grupo de personas había logrado evadirlos y se le hizo un nudo en el estómago al tratar de imaginarlo.
—¿Habéis hablado con ellos?
—Un poco —respondió uno de los guardamáscaras—. Les dijimos que no se acercaran.
Priya tragó saliva.
—Bien —dijo—, hicisteis bien.
La gente del mahal le había dicho que nadie podía salir de Ahiranya. Cualquiera que intentara salir moría atravesado por las espinas o tragado por la tierra.
Y nadie podía entrar tampoco. Entrar en Ahiranya era igual de fatal.
Pero Priya no era como la mayoría de la gente. Respiró hondo y salió de entre los árboles.
Podía sentir a esa gente. Las rodillas pegadas al suelo, las bocas que susurraban oraciones; levantaron la cabeza cuando ella cruzó el límite; algunos retrocedieron jadeando de miedo y otros inclinaron la cara hacia el suelo en señal de reverencia.
Se volvió un instante para mirar a los guardamáscaras que estaban detrás de ella entre los árboles.
Tenían un aspecto espeluznante a la luz de la luna; la madera que ocultaba sus rostros era brillante y sombría a la vez.
Se alegró de no haberse puesto su máscara de corona, que había quedado junto a su cama.
Avanzó un paso hacia una zona más clara y alguien chilló.
Ah. Se había olvidado del aspecto de su piel.
Pero… evaluó los rostros que tenía delante. Hojas, corteza en las yemas de los dedos y en las mandíbulas; una mujer tenía una flor que le crecía en la garganta.
La guardamáscara que la había despertado tenía razón, todos los forasteros estaban enfermos de podredumbre. Su piel no era tan diferente de la de Priya.
Ahora todos la observaban en silencio.
—Os he oído —dijo Priya, obligándose a hablar alto y a continuar—. He oído vuestras devociones. Soy la mayor suprema de Ahiranya. ¿Por qué estáis aquí?
La multitud se movió inquieta. Una de las figuras arrodilladas se puso de pie: un hombre de hombros anchos lleno de cicatrices se adelantó e hizo una reverencia.
—Mayor Priya —dijo—. Venimos a pedirte ayuda.
—Sabéis mi nombre —dijo Priya, sorprendida.
—Tú eres la bruja ahiranyi —dijo él, sin brusquedad—, la que intentó matar a nuestra emperatriz. Todo el mundo conoce tu nombre.
Aquello la estremeció más de lo debido, claro que la gente sabía lo que había hecho. Debería haberlo imaginado.
—¿Qué necesitáis de mí? —preguntó.
—Buscamos un nuevo hogar Mayor suprema. Buscamos seguridad. —El hombre hablaba el idioma zaban con acento marcado.
—Eres de Parijat —dijo ella—. ¿Por qué buscáis un hogar aquí?
El hombre dudó y una de las mujeres detrás de él respondió:
—No hay ningún otro lugar seguro para nosotros —dijo sin rodeos mirando a Priya a los ojos—. Nuestras propias aldeas nos rechazan, nuestra propia gente intenta matarnos, los soldados imperiales nos persiguen, dicen que enfermamos las cosechas. ¿Dónde más podemos ir?
—Hemos oído que, si rezamos lo suficiente, la podredumbre se puede curar —dijo otro hombre lloroso—. Que tal vez no nos mate después de todo. Hemos traído todo lo que tenemos: oro, dinero, comida…
—Basta —dijo Priya bruscamente y los peregrinos hicieron silencio. Un niño lloraba. Oyó que alguien lo hacía callar.
—Por favor —dijo el hombre, con voz vacilante—. Los soldados volverán pronto, no nos dejes aquí.
Priya suspiró.
—Esperad aquí —dijo—. Necesito hablar con los yaksas .
Los guardamáscaras inclinaban la cabeza en Ahiranya. Entre ellos, sentado en el tocón de un árbol podado con las piernas cruzadas, estaba el yaksa que llevaba el rostro de Nandi. La había estado esperando.
Priya hizo una reverencia con la cabeza.
— Yaksa —dijo—. Vine a buscarte.
—Lo sabíamos —dijo él—. Los oímos, oímos sus plegarias. Y a ti. —Se oyó el susurro de las hojas, el crujido del cuello de Nandi cuando miró a cada uno de los guardamáscaras y luego la miró a ella—. No pueden entrar —agregó Nandi—, no son bienvenidos. Ahiranya es un lugar cerrado, nuestro lugar.
—Necesitan ayuda por lo que vosotros habéis hecho del mundo —dijo Priya sin pensar. Oyó a uno de los guardamáscaras cuchichear y se contuvo para no soltar una maldición.
Qué ingenua, debería haber pensado antes de decir eso, pero era verdad y continuó.
—Están enfermos de podredumbre —dijo—. Son lo que vosotros hicisteis yaksa . Pertenecen a este lugar así que déjame llevarlos a donde pertenecen.
—Eres una mayor del templo —dijo Sendhil desde algún lugar entre los árboles. Emergió, con su rostro de madera oscura—. No debes cuestionarnos, debes obedecernos.
Priya pensó en Mani Ara y en la manera en que la había desafiado. Mani Ara la necesitaba y los yaksas también.
Pensó en la gente que esperaba su permiso para entrar en Ahiranya, pensó en su terror y en su esperanza.
—Mani Ara me dio el derecho a acceder a su poder —dijo Priya, levantando la cabeza—. Mani Ara me ordenó que lo ejerciera. Esto también es parte de su poder, ¿no? El derecho a ordenar en lugar de a obedecer, el derecho a liderar. Permitiré que se queden.
Los ojos perlados de Nandi eran fríos; su expresión cortante.
—No —dijo—. Eso no lo decides tú.
Sendhil caminó hacia ella. Priya sintió en la nuca sus dedos, de textura áspera, que la pellizcaron hasta hacerle daño. Iba a hacerle bajar la cabeza, iba a demostrar a los guardamáscaras que podía obligarla a obedecer.
La rabia titiló en su interior como la llama de una vela.
Se metió dentro de sí misma y se aferró al poder que guardaba. Sintió la voz de Mani Ara elevarse tras sus dientes, caliente como la sangre.
—No me digas que no, Avan Ara.
Detrás de ella, Sendhil (no, Vata Ara, ahora sabía su nombre, como sabía el suyo propio) se quedó inmóvil. Ante ella, Avan la miraba fijamente con ojos que eran lunas gemelas, llenos de luz.
Dentro del cráneo de Priya, algo se alejó de ella. Nombres y conocimiento, un conocimiento demasiado grande para su propio cerebro o cuerpo. El conocimiento de Mani Ara.
—Suéltame —carraspeó, y Sendhil (Vata Ara) lo hizo. La obedeció.
La emoción era embriagadora.
Oyó el susurro de los cuerpos cuando los guardamáscaras se arrodillaron con reverencia. Los vio bajar como una ola.
Vata Ara se inclinó con ellos, su gran cuerpo descendió con elegancia. Priya se dio cuenta de que se inclinaban ante ella porque había pronunciado los nombres de los yaksas con una voz más grande que su cuerpo, una voz que no era la suya.
Temblorosa, se obligó a mantener la calma. Tenía que usarlo mientras pudiera.
Cruzó la frontera de Ahiranya. Los forasteros enfermos se apresuraron a inclinarse de nuevo.
—Venid —dijo, y sintió que los árboles que había tras ella les abrían camino, que los yaksas se abrían para ellos—. Sois bienvenidos en Ahiranya —agregó—. Si sois leales a los yaksas , tendréis un hogar aquí.
Priya pensó en decir: “Debéis entender que la lealtad significa vaciarse. Que la lealtad puede significar más que vuestra vida”.
Pero no lo dijo, no habría servido de nada, simplemente los guio hacia Ahiranya y dejó que los árboles se cerraran tras ellos.