El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Diecisiete
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Capítulo Diecisiete

Rao

R ao volvió a sus antiguos aposentos después de ver a Malini. Se bañó, intentó comer y dormir pero solo logró bañarse.

Se sentía herido y no se había esforzado lo suficiente como para ocultarlo. ¿Todo el mundo sabía cuánto bebía? ¿Desconfiaban de él por eso?

Se conformó con encender una pipa y sentarse en la galería, donde podía ver el sol bajar en el cielo y el oro del crepúsculo desangrarse sobre Harsinghar hasta teñir de rojo la ciudad blanca.

Quedarse y luchar en la guerra que se avecinaba o volver a casa.

Malini ni siquiera había considerado la idea de que él volviera a Alor.

Rao podría haber suplicado pero no lo había hecho, se daba cuenta cuando no se podía conmover a la emperatriz.

Pero ahora, mientras exhalaba el humo de la pipa, pensó en irse de todas maneras.

Simplemente marcharse a caballo sin decir palabra, sin llevarse nada. Era dulce pensar en ello.

Volver a Alor, al lugar que había abandonado de niño. O ir a Dwarali, como Malini había ordenado, para perseguir un mito.

Quería volver a casa.

Dwarali no le sería desconocido, había vivido un tiempo breve en Lal Qila, cuando empezó la guerra de Malini contra Chandra.

Conocía cómo se extendía la nieve en una pesada gasa blanca sobre los montes lejanos y sabía que el aire helado golpeaba incluso más que el frío nocturno que había conocido en Parijat.

Pero él no había nacido en Dwarali sino en Alor y no se había criado en Dwarali sino en Parijat.

Antes habría escuchado la llamada de la fe sin nombre. La visión que lo había asaltado en las habitaciones de Sima —nieve blanca, montañas ensangrentadas— era un claro mensaje de su dios: “Ve a Dwarali”.

Pero no había sentido nada de amor por el dios sin nombre desde la muerte de Aditya.

Esa era la verdad que no podía admitir ante nadie y que lo había detenido, como una mano en la garganta, cuando había intentado entrar en el monasterio de Harsinghar en busca de la guía amable de un sacerdote de la fe sin nombre, en aquellos primeros y crudos días después de la muerte de Aditya.

Había solo un sacerdote en el que Rao había confiado para que lo guiara en realidad. Un sacerdote gentil, de túnica azul, con una sonrisa en los labios y una mirada penetrante en los ojos grises, profundos y seguros. Y ese sacerdote había muerto.

La fe de Rao había muerto con Aditya, esa era la verdad que reconocía ahora.

La fe sin nombre había guiado cada paso de Rao; había forjado su destino, le había dado una profecía con su nombre, había puesto sus pies en el camino que lo había llevado a la posición que ocupaba en el presente como general de la emperatriz.

Pero la guía de la fe sin nombre también había matado a su hermana Alori y había provocado que Aditya se suicidara.

El dios sin nombre había dejado a Rao completamente solo.

“No tengo más fe que darte” pensó, sin hablarle a nada más que al vacío de su corazón herido, “me niego”.

Empezó con el arrack. Una mala elección, era repugnante y sabía a leche agria, pero no dejó que lo detuviera el sabor. Bebió más.

Ya había oscurecido cuando la bebida acabó por sumergirlo. Más oscura aún era la noche cuando abrió de golpe los ojos y emergió de sus profundidades.

Era como debía sentirse estar en el mar: su cabeza nadaba, sus miembros eran ligeros y pesados a la vez, y su dolorido corazón finalmente estaba en calma.

Sintió en su interior un tirón que no provenía de la fe sin nombre sino de sí mismo. Se levantó, tambaleante, y comenzó a caminar.

Conocía bien el mahal. Había corrido por los pasillos de niño, cuando llegó por primera vez a Parijat para ser el compañero del príncipe Aditya; había luchado con él en el campo de entrenamiento que ahora veía a través de las ventanas que estaban a su izquierda.

Las mismas ventanas con celosías a las que su hermana Malini y su amiguita Narina se habían asomado alguna vez para ver los combates, con sus ojos de pájaro, brillantes y curiosos.

También conocía el camino al templo imperial, aunque nunca había tenido ningún motivo especial para ir allí de niño.

A veces, los lugares en los que no has estado son un hueco, una ausencia con forma. Rao siguió el camino del vacío.

El templo imperial estaba tranquilo.

Quizá simplemente tenía suerte. Debería haber encontrado sacerdotes barriendo los escalones o encendiendo los faroles que iluminaban el templo durante toda la noche.

Pero los faroles brillaban en sus candeleros y Rao supuso que quizá se había perdido el momento en que los sacerdotes habían recorrido el templo para revisar que las llamas estuvieran encendidas y para depositar flores frescas a los pies de las Madres.

Estaba completamente solo, rodeado de un silencio algodonoso mientras entraba al templo con pasos pesados.

La noche era fría y las cortinas que cubrían el oratorio central se movían.

Al final de la sala pudo ver las estatuas doradas de las Madres.

Se había emplazado una nueva estatua a su izquierda. Masculina, alta, sonriente, con las manos abiertas en señal de bienvenida.

Aditya.

Rao se acercó a él. Estaba tallado en madera y en las sombras de la noche, en la oscuridad donde el resplandor de las antorchas lo iluminaba suavemente, su forma de madera podría haber sido de carne y hueso, podría haber estado vivo.

—Aditya —dijo. Se le quebró la voz al salir de la garganta y derramó lágrimas que no quería derramar.

No hubo alivio ni liberación, solo una fea oleada de dolor que lo invadía como el fuego.

Se adelantó y abrazó suavemente ese rostro, ese frío rostro de sonrisa fija, y pensó: “Debería haber hecho esto cuando aún vivías”.

No pensó. La bebida, la pipa y la pena lo dominaban. Fue muy sencillo acercar la boca al rostro tallado, a la boca siempre sonriente.

Estaba fría bajo sus labios y no se entibió. Ya no podía.

Más tarde no recordaría haber salido del templo ni haber cruzado los terrenos del mahal, ni siquiera recordaría haber elegido conscientemente el sendero.

Lo único que recordaría sería el frío de la madera contra su rostro al apoyar la frente enrojecida por el vino contra la puerta de los aposentos de Sima.

El ruido sordo que hizo su puño al golpear y su propia voz, que salió de su garganta como un graznido:

—Sima, soy yo, lo siento. —Hizo una pausa—. ¿Puedo pasar?

Uno de los guardias que estaban junto a la puerta pasó el peso de su cuerpo de un pie al otro y dijo en voz baja:

—Ella no puede impedírselo, mi señor. Si la prisionera ha hecho algo…

—No entraré a menos que me digas que puedo —dijo Rao en voz alta y clara; la ira le avivaba la voz.

Silencio. Quizá duró solo unos segundos o quizá mucho tiempo más. Rao no se dio cuenta, en el estado en que estaba. Pero sintió cuando una mano golpeó la puerta desde dentro y cuando una voz firme habló a través de la madera.

—Adelante príncipe Rao —dijo Sima.

Rao abrió la puerta y entró.

Sima tenía el mismo aspecto que la primera vez: cansada, arrugada y recelosa. Pero esta vez no llevaba un arma improvisada, lo cual era bueno. Lo miró de arriba abajo y apretó los labios.

—Estás borracho príncipe Rao —dijo—. Tus soldados deberían llevarte de regreso a tus aposentos. Aquí no conseguirás lo que buscas.

—No vine aquí a buscar nada —dijo estúpidamente y cerró la puerta tras de sí. Se apoyó en ella. No estaba mareado sino débil—. ¿Qué crees que estoy buscando?

Ella frunció los labios y luego dijo:

—Dime qué necesitas de mí, mi señor.

El agotamiento florecía, negro, en los límites de su visión. Parpadeó para alejarlo.

—Me voy a Dwarali —respondió—. Voy a acompañar a la Señora Raziya al mahal del sultán y después iré a Lal Qila. Y… me quedaré allí por un tiempo. Sima, he venido a preguntarte si quieres ir conmigo.

Ella lo miró sin comprender.

—Ir contigo —repitió.

—Sí.

—Si dices que debo hacerlo, lo haré —dijo—. Y si decides dejarme aquí de nuevo en esta habitación… bien. Entonces, ¿qué se supone que debo hacer? Tus hombres lo han dicho: soy una prisionera. Voy adonde tú decides. ¿Por qué me preguntas lo que quiero?

Rao no podía desmayarse allí de nuevo. No culparía a Sima por matarlo si lo hacía, no había hecho más que crear problemas a ella, a Lata y a sí mismo.

Pero podía hacerle este favor.

—Dwarali está lejos de Harsinghar —dijo en voz baja—. Lejos de Parijat, de la emperatriz y de todos los asuntos imperiales. Y algunos dicen… que Lal Qila está en el borde del mundo. A una mujer que desapareciera allí… creo que, aun si ella quisiera, nunca se la hallaría.

Sima lo miró en silencio con una terrible emoción que surgía en su rostro cansado.

—No trates de engañarme —dijo con desdicha—. Si estás intentando averiguar si soy una traidora… Soy ahiranyi, no puedo evitarlo ni lo haré así que deja que tu emperatriz me ejecute si eso es lo que quiere.

—No —dijo Rao enérgicamente, alarmado—. No, Sima, por favor, cálmate.

—No me digas que me calme. —Temblaba; subió la voz, pero como intentaba desesperadamente no gritar, el tono se volvía vacilante y estrangulado—.

¡Puedes afligirte y beber e irte a cualquier parte y hacer lo que quieras, pero a mí no se me permite afligirme por todo lo que he perdido!

¡Y tengo que quedarme en esta puta habitación hasta que muera!

Yo… —Se tapó la boca con la palma de la mano para apagar su propia voz y cerró los párpados con fuerza.

Rao tragó saliva, se obligó a enderezarse y dio un paso con dificultad hacia ella.

—Sima —dijo. No obtuvo respuesta—. Sima, lo siento.

Yo… —Otro paso—. Hay gente en Parijat que incluso ahora se preocupa por ti.

He sido un mal aliado y un peor amigo, pero soy…

soy una de esas personas que te desean lo mejor, que confían en ti.

No estoy tratando de engañarte o de tenderte trampas, te estoy ofreciendo un camino a seguir.

Lo que hagas con él… eso te lo dejo a ti.

Sima respiraba entrecortadamente. Después dejó de taparse la boca para frotarse los ojos con la mano y respiró hondo otra vez.

—¿Quién más? —preguntó.

—¿Qué?

—¿Quién más se preocupa por mí y me desea lo mejor?

—Uno de los hombres del príncipe Ashutosh vino a hablar conmigo en tu nombre —respondió Rao—. Romesh.

—Oh —dijo ella—. Bien.

—Y Sahar, la nueva guardiana de la emperatriz —añadió.

Ella asintió una vez y lo miró con ojos llorosos.

—Iré a Dwarali contigo. —Había determinación en su voz. De alguna manera, en aquel paroxismo de sentimientos, había tomado una decisión. Luego, como si le arrancaran las palabras, susurró—: Si me quedo aquí más tiempo, no sobreviviré.

—Dwarali, entonces —dijo él—. Y un futuro en el que vivirás, eso es lo que te prometo.