Capítulo Quince
Priya
U na inhalación profunda, una exhalación.
Se había ido el fuego del bosque, la sensación de las manos de Malini también se había ido.
Priya ni siquiera podía sentir el eco de su tacto.
No había dolor. Solo el sonido del agua, un burbujeo alrededor de las orejas, solo la sensación del líquido que se escurría entre los dedos, solo unas manos desconocidas en su pelo, frías como el limo.
—Shhh. —Una voz susurrante—. Estás conmigo pequeña, estás a salvo.
Priya abrió los ojos. El sangam no se parecía en nada a ese sueño febril, a esa máscara de fuego, a esas manos furiosas. A su alrededor había agua y un cielo sinuoso y extraño, moteado de estrellas. Y sobre ella, mirándola, estaba Mani Ara. Por fin Mani Ara.
—Los parijatis usaron fuego —dijo Priya temblorosa, con la esperanza de que, si se concentraba simplemente en ese recuerdo, el sueño en el que había caído con Malini pasaría inadvertido—. Fuego como antes.
Incluso en su yo de sombra, allí dentro del sangam , las cicatrices de su cuerpo se veían lívidas.
Eran de un oro feroz que le ardía en la garganta donde Malini la había quemado, y en el costado donde el fuego falso la había tocado en la batalla contra Chandra.
Alcanzaba a verse reflejada en los ojos de Mani Ara, que eran como aguas profundas o como un espejo.
— Yaksa —suspiró Priya—. ¿Dónde has estado?
—Aquí —murmuró Mani Ara—. Siempre aquí. —Las manos suaves se posaron sobre ella—. Pero ahora eres demasiado débil para sostenerme. Incluso el fuego casi te lleva.
El fuego del bosque de Ahiranya. El fuego de la espada de Malini y de los árboles de Ahiranya.
Ella pensó en el fuego. En cómo lo había sentido arder y había retrocedido ante él y luego había aparecido en un sueño, con Malini de pie junto a ella.
—Puede que haya más fuego —dijo Priya presa del pánico—. Quemarán los árboles. Si llegan a Hiranaprastha…
—Su fuego no es tan fuerte como creen —respondió Mani Ara con indulgencia—. No es el fuego de las Madres, no puede matarme.
—Pero sí matará a nuestra gente —dijo Priya—. Yaksa , Mani Ara, por favor… Ahiranya y su gente están en peligro, por favor protégelos, si no detenemos al imperio todo arderá.
Un dedo le tocó la boca para hacerla callar.
—Por supuesto que la gente de Ahiranya morirá si no se detiene al imperio. —Mani Ara no parecía asustada—. Pero somos más fuertes que el imperio.
La yaksa que llevaba la piel de Sanjana había dicho lo mismo. No sirvió de nada para calmar el pánico de Priya.
—No puedes dejar morir al pueblo ahiranyi —dijo. Pero incluso mientras lo decía sabía que los yaksas lo harían. Lo sintió como una vibración que la recorrió por completo—. Deben importarte —insistió con voz ahogada—, son tus devotos, te aman.
—Su amor es dulce —dijo Mani Ara—, pero no se han sacrificado por mí. Solo son mortales querida mía. —Acarició con ternura la mejilla de Priya—. Que maten a mil ahiranyis, siempre y cuando tú vivas —dijo sonriendo.
Priya movió la cabeza bajo la mano. Debió de decir algo, debió de dejar escapar el “no, no, no” que le atenazaba la garganta, porque Mani Ara se echó a reír, no sin malicia.
—Si tanto la amas puedes salvar Ahiranya —le dijo—. Hazte fuerte antes de que el imperio pueda prender fuego a tus seres queridos, eso es lo único que tienes que hacer.
—Soy fuerte —insistió Priya, aunque se sentía débil, enferma del corazón y pequeña bajo las manos de Mani Ara—. ¿Acaso no te he encontrado por fin? Soy lo suficientemente fuerte.
Mani Ara se inclinó sobre ella. La yaksa respiró, una inhalación y una exhalación contra su pelo, tan ligeras y poderosas como el viento en aguas tranquilas.
—Aún eres imperfecta —murmuró Mani Ara.
—¿Cómo puedo hacerme más fuerte?
—Sigue buscándome pequeña, sigue vaciándote hasta pertenecerme por completo, eso te hará fuerte.
Palabras inútiles. Priya se había arrodillado en el Hirana y en sus profundidades, junto a las aguas inmortales, y había rezado y rezado para recibir la fuerza de Mani Ara.
Había llevado puesta la máscara de corona durante tanto tiempo y había llegado tan hondo que había cambiado, se había vuelto cada día más yaksa , con flores en la piel y venas verdes.
¿Por qué no era suficiente? ¿Qué más podía hacer?
A los yaksas no les importaba nadie. Ni Padma ni Rukh, ni ningún otro niño de Ahiranya.
Tampoco les habría importado Priya pero necesitaban lo que ella era: una hija del templo nacida tres veces, casi lo bastante vacía, casi lo bastante fuerte.
Y no había nada que ella pudiera hacer para cambiar sus corazones.
Debería haberse sentido impotente al darse cuenta. Perdida.
En lugar de eso, la ira se le encendió en el pecho. No podían despreciar tan fácilmente a todo y a todos los que a ella le importaban. No después de lo que le habían hecho hacer, no después de todo lo que ella había dejado de lado por ellos.
Miró los ojos líquidos de Mani Ara.
—Si mi gente muere —dijo Priya despacio, deliberadamente—, si Ahiranya muere, no seré nada para ti. Llenaré el vacío dentro de mí con dolor y rabia. No habrá espacio para ti.
Algo parpadeó, como un pez oscuro, en los ojos de Mani Ara. Por un momento Priya no supo si Mani Ara reiría dulcemente o si le arrancaría el alma a tiras.
No apartó la mirada.
—Eres mi sacerdotisa —dijo Mani Ara. Había ecos de aguas en su voz—. Mis manos, mi poder son tuyos. Úsalos, si quieres.
“¿Puedo? ¿Puedo de verdad?”
No preguntó. No quería que le arrebataran este poder pero de alguna manera Mani Ara lo sabía y se suavizó su expresión. Presionó con su pulgar veteado de madera la cuenca del ojo izquierdo de Priya, acariciando su forma, lo bastante cerca como para arrancarlo.
—Si no puedes ejercer mi poder, entonces ¿quién más lo hará?
Se inclinó hacia abajo.
—Despierta, retoño —susurró casi besando con su boca la línea del cabello de Priya—. Despierta ahora, crece fuerte y vacía para mí.
Priya abrió los ojos de golpe, se volvió a un lado y vomitó en el suelo.
Se había despertado en una enfermería, rodeada de cortinas para darle privacidad.
Uno de los guardamáscaras se inclinaba ansiosamente sobre ella, pero ningún médico podía hacer nada y mucho menos un guardamáscaras, así que hizo caso omiso de sus preguntas y salió de la habitación.
Detrás de las cortinas había otros cuerpos: siluetas de personas que gemían de dolor y otras en absoluto silencio.
Hiranaprastha olía a humo. Por debajo de ese olor estaba la esencia del verdor, y eso, para los abrumados sentidos de Priya olía a podredumbre.
Los yaksas habían estado ocupados tras su colapso y se habían enfadado.
Los bordes de Ahiranya estaban cubiertos de abundante podredumbre.
Sentía los árboles nuevos, pesados como la sangre, sentía el peso de los cuerpos de los parijatdvipanos clavados violentamente en sus ramas.
El poder que se había vertido en aquellos árboles era un rabioso latigazo de magia astillada y podrida hasta la médula.
Solo la suerte y el estómago vacío impidieron que volviera a vomitar al percibirlo.
Se arrastró por el mahal hasta la armería y encontró a Ganam fuera, con la pipa en la mano. Estaba sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared. Bajó la pipa al verla e inclinó la cabeza con expresión seria, cansada.
—¿Estás mejor?
—Estoy de pie —dijo Priya, que sabía que eso no significaba nada—. Lo siento Ganam.
—¿Por qué?
—Por no haberlos defendido a todos. Confiaban en mí.
—Así fue —dijo—. Pero tú no elegiste lo que te pasó, hubo muchos peregrinos que vieron tu estado.
—El fuego me hizo algo —soltó Priya—. Por eso mi magia no estaba allí, luchando a vuestro lado. ¿Cuánta gente perdimos?
Él movió la cabeza.
—Aún no hemos contado todos los muertos.
—Entonces debería ayudar —dijo ella. Al menos haría algo. Algo mejor que recordar las manos de Malini en su garganta o los labios de Mani Ara en su frente.
—No es urgente Priya. Enterraremos los cuerpos más tarde, tal vez los lloremos. Ven y siéntate, fuma conmigo.
Ella no quería fumar pero sentarse le pareció bien. Se unió a él, apoyó la espalda en la fría piedra y se deslizó al suelo. Era agradable no moverse, quedarse sentada en silencio. Cerró los ojos.
Pero a Priya nunca se le habían dado bien los silencios largos. Pronto se sintió inquieta y las palabras se le agolparon en la garganta. Abrió la boca y dejó salir algunas.
—Vi a Mani Ara. —No abrió los ojos pero percibió la quietud de Ganam.
La sintió, mientras su cuerpo se volvía hacia ella, atento—.
La he buscado todo este tiempo, es lo que los yaksas querían que hiciera y finalmente la volví a ver y hablé con ella, y ahora sé que a los yaksas no les importa si cualquiera de vosotros vive o muere. No les importa en absoluto.
Un instante de silencio.
—Lo sabía —dijo Ganam con pesadez— y creo que tú también lo sabías.
—Mani Ara dijo que yo soy sus manos, que su poder me pertenece, que puedo usarlo.
Así que no importa si a los yaksas no les importa porque a mí sí me importa si alguno de vosotros vive o muere Ganam.
Y yo tengo su poder. —Abrió los ojos y se volvió para mirarlo; vio el escepticismo en su rostro…
y la tímida esperanza—. Los yaksas me necesitan —continuó—, Mani Ara me necesita, no sé por qué pero me necesitan.
Así que se preocuparán por lo que yo me preocupe o no obtendrán nada de mí.
Ganam tragó saliva. Asintió.
—Entonces, todopoderosa Priya, ¿qué es lo que harás ahora? —preguntó.
—Aún no lo sé —susurró ella—. Lo que pueda. Aunque me mate.