El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Catorce
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Capítulo Catorce

Bhumika

S emanas de viaje bajo un calor abrasador de día y un frío intenso de noche, durmiendo a la intemperie con un chal sobre el torso para protegerse de los mosquitos.

Semanas de comidas compartidas y agua bebida de una sola cantimplora.

Semanas sin más compañía que la de Jeevan, que la vigilaba por la noche, sable en mano, la despertaba con voz suave al alba para otro día de caminata.

Tenía que recordarse a sí misma que solo Jeevan estaba realmente allí, porque sus otros centinelas regresaban una y otra vez, empapados de agua, con sus cuencos en alto.

Desaparecían tan rápida y extrañamente como habían llegado y Jeevan no los veía.

Por supuesto que no los veía. Estaban enredados en el conocimiento urgente que ella guardaba dentro, aquel insistente tamborileo que la impulsaba a avanzar.

En cada lugar por el que caminaban o descansaban Jeevan y ella, sentía que su conocimiento la llamaba.

“Alguna vez los yaksas anduvieron por aquí. Alguna vez marchó un ejército por esta aldea”.

El dolor en el cráneo la despertó una noche. También le dolía la espalda. Una piedra se le clavaba en la cadera. Se quitó el chal que le cubría el cuerpo y se incorporó; la columna vertebral le crujió de manera inquietante.

Había luna llena y su luz se reflejaba en el metal brillante del sable de Jeevan. Él estaba sentado con las piernas cruzadas, la espalda recta y el sable sobre el regazo. Tenía los ojos cerrados, se había dormido montando guardia.

Ella se levantó. Él se despertó sobresaltado cuando la maleza crujió bajo sus pies. Aferró con fuerza la empuñadura del sable y luego la soltó. Levantó la cabeza para mirarla a los ojos.

—Bhumika —dijo con la voz ronca por el cansancio—. Duerme.

Ella se arrodilló a su lado.

—Duerme tú —dijo—, yo puedo vigilar.

Él negó con la cabeza. No dijo nada pero ella pudo ver la obstinada negativa en la forma de la mandíbula, en los ojos ensombrecidos. ¿Cuánto había dormido durante el viaje? ¿Había intentado mantenerse despierto todas las noches, dormir solamente cuando su cuerpo lo obligaba?

—Si vienen los yaksas no los detendrá un sable —dijo ella con amabilidad—. Pero no van a venir.

—Aún así puede que vengan —replicó él en voz baja—. Y me temo que el sable es lo único que tengo.

Unos destellos de conocimiento de las aguas cósmicas ondularon detrás de los ojos de Bhumika. La magia zigzagueaba desde las aguas y le atravesaba la piel.

El conocimiento que Bhumika guardaba dentro de sí había sido robado de un mar más grande, nacido de esas aguas cósmicas. Ella misma había nacido de esas aguas cósmicas y de toda la magia que contenían. En eso radicaba la respuesta de por qué ningún yaksa la había seguido.

“No pueden encontrarme. No hay nada que encontrar”.

—No soy nada para ellos —dijo—. Si pudieran hallarme, si me estuvieran buscando, ya me tendrían en su poder. Pero para ellos estoy muerta. Solo soy una cáscara.

—No los recuerdas —dijo él, aguzando su mirada cansada.

—Pero los conozco, el conocimiento es todo lo que poseo.

Él no dijo nada. Ella movió la cabeza.

—Yo vigilaré contigo si no quieres descansar —le dijo.

Aquella noche no quiso moverse de su lado. Finalmente volvió a dormirse.

Cuando despertó estaba amaneciendo y Jeevan dormía apoyado en su hombro.

A partir de entonces se turnaron para vigilar por la noche y el cansancio de él disminuyó visiblemente.

Centró sus esfuerzos en asegurarse de que se mantuvieran lejos de otros viajeros.

Había mucha gente que se iba de Ahiranya, algunos hacia Alor y otros en cualquier dirección.

Las fronteras de Ahiranya se habían cerrado y los árboles crecían cada vez más afilados y crueles.

Las aldeas cercanas a la frontera con Ahiranya se habían infectado de podredumbre, sus cosechas habían sido destruidas, sus gentes enfermaban y las flores les brotaban de la piel.

Era difícil evitar a aquellos forasteros, pero Jeevan lo hizo con cuidado, alejando a Bhumika de los caminos y senderos principales.

Le contó su difícil situación con palabras sencillas, con los ojos distantes.

Ella sabía que a él le dolía verlos. Pero no sintió por ellos lo mismo que él hasta que se cruzaron con una familia que había acampado junto a un río.

Uno de los adultos, un hombre ahiranyi con la columna vertebral invadida por la vegetación, acunaba a un bebé.

El bebé gritaba con los puños furiosos apretados y llanto lastimero.

Jeevan la tomó del brazo y la empujó hacia los árboles. Pero Bhumika se había quedado helada. La embargaba un sentimiento que no podía comprender. Parecía dolor. Se alejó con la sangre latiéndole en los oídos y acabó arrodillándose río abajo, en el agua.

Hundió las manos en el río como si intentara extraer algo de él. En algún lugar había otro río que contenía lo mejor de ella: contenía el ayer .

El ayer le estaba prohibido. Ella lo sabía, igual que sabía lo que eran el hambre, el cansancio o el dolor, era un conocimiento que vivía en su carne.

El ayer era solo un recuerdo, un desgarro.

Y después del desgarro, un conocimiento que vivía dentro de ella.

Que le dolía en el cráneo, en los dientes y en el corazón.

El conocimiento era lo que ella llevaba consigo y lo que ella era, y no podía descansar hasta que lo compartiera con una persona apta para ejercerlo.

Su reflejo en el agua era ondulante, fracturado. En su brillo oscuro vio rostros velados que goteaban agua como lágrimas.

Había retrocedido ante ellos y sintió que las yemas de los dedos de Jeevan se posaban en su hombro.

—Bebe —la instó, inclinándose para ofrecerle una botella de agua—. Es limpia, segura. Te sentirás mejor.

Ella la tomó de sus manos y se fijó en ellas: aquellos dedos fuertes, llenos de cicatrices y callos, mucho más grandes que los suyos; la franja de piel más pálida justo debajo de la manga de su túnica, que el sol no había tocado. Se fijó en cada pequeño detalle, enraizada en su propio cuerpo.

Se llevó la botella a la boca y lo miró.

El rostro de Jeevan seguía inclinado hacia ella, lo que le permitía mirarlo con tranquilidad.

Su rostro, los ángulos duros, el vello erizado de la mandíbula que no llegaba a ser una barba sino algo más desaliñado, como si estuviera acostumbrado a una pulcritud que había tenido que dejar de lado.

¿Estaba bien afeitado cuando empezaron el viaje? Ella no lo recordaba.

—Hoy no iremos más lejos —dijo Jeevan—. Déjame preparar algo de comida, debes descansar.

Se alejó un poco de ella. Luego se puso en cuclillas, bajó su bolsa y empezó a preparar un fuego.

Ella salió del agua, incómoda, con la falda empapada y se sentó a la sombra de un árbol cercano. Se alegró de que no la hubiera persuadido a salir. Le había dejado espacio para experimentar aquel sentimiento grande y horrible.

Bhumika no sabía cocinar o al menos sus manos no lo sabían. Jeevan y ella lo habían descubierto pronto, con un mínimo efecto. Se le ocurrió, mientras observaba acuclillada, que tal vez ella podría enseñar a sus manos si quisiera.

Comieron achaar guisado con roti. Después él empezó a recogerlo todo y apagó el fuego con polvo y su bota.

—Espera —dijo ella. Jeevan se detuvo.

—¿Pasa algo? —Arrugó la frente y la miró fijamente; Bhumika se levantó y caminó hacia él.

—¿Puedes ser sincero conmigo? —le preguntó.

—Siempre he sido sincero contigo —respondió.

—Dime por qué te importo —dijo Bhumika—. Dime por qué viajas conmigo.

Él guardó silencio durante un largo momento y apartó la mirada para ocultar su expresión.

—No debería haber preguntado —dijo ella—, lo siento.

Se volvió y se preparó para continuar el viaje.

Hubo otra pausa y, después, los pasos de él empezaron a hacerse eco de los de ella.

—Una vez te ganaste mi lealtad —dijo con voz grave detrás de ella—. Me salvaste la vida, le diste un propósito.

—¿Por eso me proteges? —preguntó Bhumika.

Una pausa, un latido de silencio cuando él detuvo sus pasos; después volvió a caminar.

—Sí —respondió.

Al menos ahora Bhumika sabía cómo sonaba cuando mentía.

—Tengo una herida —dijo—, supongo que lo sabes. Pero me doy cuenta de que estoy constantemente buscando en mi naturaleza algo… —Crispó las manos a los lados del cuerpo. Le dolía el pecho. Dolor. Eso era lo que había estado sintiendo—. Algo que dejé atrás —terminó.

Jeevan se colocó a su lado. Mientras él permanecía allí, sin tocarla ni mirarla, Bhumika se dio cuenta de que tenía lágrimas en los ojos. Se las secó con los nudillos. Él le ofreció un paño, una venda limpia sacada de su bolsa que parecía no tener fondo.

—Gracias —murmuró un poco rígida. Volvió a enjugarse los ojos.

—No tienes por qué sentir dolor —dijo él con brusquedad. Ella lo miró, su rostro severo se había suavizado a través del borrón de las lágrimas—. Prometí hace tiempo que cargaría con tu dolor por ti, así que déjalo en mis manos.

“Entonces sí tengo algo por lo que afligirme”, pensó Bhumika.

—Gracias —respondió. Arrugó la venda entre sus manos.

Una frase de agradecimiento tan pequeña no abarcaba la ternura que se le alojaba en el pecho, ese latido agradecido y herido de su corazón que lo conocía, que confiaba en él como la tierra reseca confiaba en el bálsamo de la lluvia—. Gracias Jeevan —volvió a decir.

Alor estaba delante de ellos. Bhumika se obligó a dejar de llorar y reanudó la marcha con determinación. Su conocimiento latía a cada paso. A su alrededor, entre los árboles, sus fantasmales centinelas se movían con ella y los pasos de Jeevan coincidían con los suyos, sólidos y fiables.