El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Trece
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Capítulo Trece

Malini

L a trasladaron a la retaguardia del ejército, al muro de tiendas, detrás de una defensa de caballería de elefantes y caballos, y de hombres armados. A salvo.

Prakash se arrodilló ante ella apesadumbrado.

—No deberías haberte arriesgado tanto emperatriz —le dijo—. Si mueres, ¿qué será de Parijatdvipa? Eres la última de tu familia, el imperio se levanta y cae contigo.

Raziya y Lata miraban a Malini con caras de desaprobación y preocupación.

—Mi padre, el emperador, habría liderado a su ejército a la batalla —dijo Malini con crudeza—. Tal como lo habría hecho su padre antes que él debo estar a la altura de su ejemplo, no esconderme detrás de mis guerreros.

Intentó ocultar el mareo. Le palpitaba el pecho, el dolor se había desplazado dentro de ella y había subido hasta llenarle el cráneo con una niebla tan espesa que le empañaba los ojos y se los nublaba como una taza llena de agua hirviendo.

—No se puede negar el poder maldito de Ahiranya —dijo el Señor Narayan con voz insegura—. Y aunque nos hemos enfrentado a la derrota, nosotros…

—La batalla no estaba perdida —le dijo Malini.

—Emperatriz…

—A estas alturas tienes que reconocer que sé de qué se trata la guerra.

—Ella rodeó sus palabras con una sonrisa y le imprimió fe absoluta al tono de su voz.

Se alegró de que fuera un día luminoso, con el cielo azul en toda su extensión y la luz del sol que doraba las partículas de polvo del aire.

Le resultaba más fácil sonar segura e impasible ante lo que se habían encontrado y la manera en que había respondido a ello—.

Sabíamos que probablemente el fuego no nos salvaría, Señor Narayan.

Teníamos que movernos rápidamente para probar su fuerza.

Ahora lo sabemos y estamos preparados para la guerra que nos espera.

Él inclinó la cabeza pero su expresión aún se veía preocupada.

Malini no esperó a que hablara. Ya conocía las formas de sus temores: el fuego de las Madres, los yaksas y las batallas o emboscadas que podían caer sobre ellos en cualquier lugar, en todas partes. Movió la cabeza y le dijo:

—Basta. Ya tendrás ocasión de expresar tus opiniones cuando celebre el consejo. Por ahora, ocúpate de tus hombres.

—¿Cuándo nos reuniremos, emperatriz?

—Esta noche —respondió mientras se volvía—. Así que prepárate. Hablaremos después.

Raziya y Lata se dispusieron a seguirla pero ella los detuvo negando con la cabeza.

—Más tarde —les dijo. Algo de su dolor debió de filtrarse en el tono de voz o su expresión, porque Lata aguzó la mirada. Asintió y tocó con una mano el brazo de la Señora Raziya, para acallar la protesta que ya se estaba formando en sus labios.

No podía alejar a Sahar y a sus otras guardias hasta que estuviera a salvo en su propia tienda, así que ellas estaban allí cuando Malini por fin entró en la fresca sombra de la tela y el agotamiento la golpeó como una flecha en el estómago.

Comenzó a sentir el entumecimiento y el fuego en el abdomen; después se irradió hacia el exterior. Le flaquearon las piernas.

—Dejadme —les dijo a Sahar y a Swati, que la habían estado esperando—. Voy a descansar.

Swati y Sahar se miraron, pero la doncella solo asintió y Sahar dijo:

—Me quedaré al otro lado de la cortina emperatriz.

Entonces Malini se quedó sola.

La cama. El olor a cedro a su alrededor y la dulzura ascendente del sándalo, del incienso que Swati había dejado encendido. Había cortinas delgadas a su alrededor, nubes de blanco espumoso.

Cerró los ojos y sintió el frescor de las sábanas. Cerró los ojos y se sintió arrastrada al sueño. Caminó hacia él.

Soñó que cruzaba de nuevo el patio del mahal imperial.

El mármol estaba más frío que la cama y, de repente, dio paso a la humedad.

El agua corría por el suelo y ablandaba la piedra hasta convertirla en arena.

El techo había desaparecido sobre ella y la había dejado rodeada de cielo, árboles y tierra.

El fuego seguía ardiendo en el corazón del patio, brotaban sus flores de fuego. Y Priya yacía junto a él, con el pelo suelto como zarcillos oscuros abiertos en abanico a su alrededor, saturado de agua.

“Tal vez en este sueño la mate antes de que ella pueda matarme a mí” pensó Malini y sintió una extraña indiferencia. Se acercó a Priya observando su silueta: las líneas de su cuerpo, el brazo extendido, la cabeza inclinada.

Miró la cara de Priya y… no vio la cara de Priya.

Vio una cara tallada en madera, tan parecida a la de Priya que era casi perfecta. Si Malini no la hubiera conocido, si no hubiera conocido su piel, tal vez se habría confundido. El rostro tallado era apacible, extrañamente bello, aureolado de rosas.

Quizá la persona que yacía en el suelo no era Priya. Tal vez fuera una estatua, tan vacía y carente de vida como la efigie de madera de Aditya que estaba en el templo imperial.

Malini tembló al pensarlo. La figura del suelo se agitó en el silencio.

Se había equivocado o sus ojos en el sueño le habían mentido.

El rostro de Priya no era de madera: llevaba una máscara.

En los bordes se veía su verdadera piel.

Los ojos que miraban a Malini a través de las cuencas de la máscara eran cálidos, castaños, familiares y empañados por el sueño. Se fijaron en ella. Se enfocaron.

—Malini —susurró Priya.

La rabia invadió a Malini como una marea. Se arrodilló sobre Priya, con las rodillas y las manos contra la piedra húmeda. Aquellos ojos la miraban con pena a través de los huecos de madera.

¿Por qué soñaba con Priya triste? Qué mentira cruel se había regalado a sí misma. La hizo enfurecerse más.

—Te sentí en los árboles —dijo Malini, con la voz temblorosa por la ira—. Deberías haberte enfrentado a mí. ¿No es ese mi derecho? Después de lo que me hiciste, después de apuñalarme con un cuchillo de espinas, ¿no merezco el derecho a apuntarte, a cambio, al corazón con un sable de fuego?

—Sí me hiciste daño —dijo Priya. Lo dijo como si quisiera tranquilizar a Malini. Como si cualquier promesa de dolor de Priya pudiera ser un consuelo—. Malini, me heriste. Yo estaba en los árboles y me alcanzaste; tu alma alcanzó la mía, me atravesaste.

Un miedo salvaje recorrió a Malini. Temió haberle quemado la piel. Temió que bajo esa máscara ya no hubiera nada, solo cartílago o flores.

—Muéstrame tu cara —exigió—. No te escondas bajo la máscara. Enséñamela.

Priya se movió demasiado despacio, las manos subieron suavemente, rozando los brazos de Malini. Así que fue Malini quien tomó la máscara.

Le hizo ampollas en los dedos. No era simplemente de madera, ni siquiera de madera sagrada; era una máscara de fuego.

Le quemaban las manos. Gritaba, lloraba y Priya susurraba su nombre: un susurro extraño y dulce que no deseaba y, sin embargo, deseaba terriblemente, que la hería más profundo que cualquier espada por su suavidad, porque era como un bálsamo.

Malini no podía soportarlo. No podía. Dijo más palabras, venenosas y furiosas.

—Tú me hiciste esto —jadeó—. Me has cambiado. ¿Qué podredumbre has metido a la fuerza entre mis costillas? ¿Por qué sueño contigo?

—No lo sé —dijo Priya, tierna, tierna—. No lo sé. Olvídame, Malini. Olvídame…

—¿Cómo podría? —Malini estalló. El corazón le latía con fuerza, un pájaro salvaje enjaulado en su pecho—. ¿Cómo te atreves a estar aquí, en mis sueños, y no bajo mis manos, donde pueda hacerte daño de verdad?

La máscara había desaparecido y ella veía la cara de Priya de nuevo. Los ojos de Priya ya no mostraban culpa ni vergüenza, ni siquiera tristeza, sino una determinación implacable, dura como la piedra.

—Malini —volvió a decir—. Ojalá hubiera habido otra forma, pero no…

Malini apretó una mano contra su boca y su nariz, para silenciarla. Priya forcejeó y le mordió la palma de la mano. El dolor fue tan intenso que Malini exhaló un suspiro y retiró la mano. Priya tenía la boca roja.

—No me arrepiento —dijo Priya, ahora desafiante—. Lo lamento. Te amo. Lo volvería a hacer.

Malini aferró el cuero cabelludo de Priya con sus manos ardientes; la levantó y susurró contra sus labios…

Se despertó.

Aún era de día. Alcanzó a ver la luz del sol que entraba por un hueco en la cortina de la tienda. Oyó la voz de Sahar en una conversación en voz baja a lo lejos. El aire estaba cargado con el calor que se acumulaba y se asentaba después del mediodía. Al atardecer ya no haría tanto calor.

Apretó las manos y se las llevó a los ojos. Oyó su propia voz como veneno.

“Puedo hacerte daño. Me encanta hacerte daño. ¿No puedes sentirlo? Lo único que quiero es tener tu garganta bajo mis manos. Un día, me alegraré mucho de verte muerta”.

Eso estuvo bien. Eso, al menos, estuvo bien.

—No puedes comportarte de manera tan impetuosa —dijo Raziya con voz tan calma que era enervante—. El Señor Prakash tenía razón. Si un emperador, en lugar de una emperatriz, estuviera en tu lugar, se le habría ofrecido el mismo consejo.

—En cualquier guerra normal estaría de acuerdo —dijo Malini—. Pero esta no es una guerra normal.

—En la batalla contra tu hermano Chandra permitiste que te convirtieran en su prisionera —dijo Lata tratando de ayudarla—. Podrías haber muerto.

—Esa tampoco fue una guerra normal —dijo Malini.

—Dime qué forma tiene una guerra normal para asegurarme de reconocer una cuando nos encontremos con ella, emperatriz —murmuró Raziya. Se llevó una mano a la frente arrugada y luego la bajó—. Lamento ser descortés, pero no puedes volver a arriesgar tu vida de esa manera.

—La mayor Priya tiene el poder de los yaksas —dijo Malini con calma—. Estaba segura de que me reconocería e intentaría hacerme daño a través del propio bosque. Estaba en lo cierto y eso me permitió infligirle daño también. A veces es necesario correr un riesgo calculado.

Raziya no parecía convencida aún pero ya no había tiempo para discutir. Una de las guardias, una nueva incorporación parijati llamada Sanvi, anunció que todos los consejeros de Malini estaban reunidos en la tienda del consejo, esperándola.

Malini se acababa de sentar en el estrado de la tienda del consejo cuando entró corriendo un soldado.

Sus guardias se movilizaron para protegerla pero no fue necesario; era parijati y vestía sus mismos colores; el blanco de la túnica estaba manchado de humo y sangre con parches de un óxido apagado.

Tenía los ojos desorbitados e inyectados en sangre, respiraba agitada y rápidamente.

Por un momento movió la boca sin emitir sonido alguno. Finalmente, surgieron las palabras.

—Hay cuerpos —dijo—. Y… algo más.

—¿Algo más? —Uno de los asesores militares de Malini arrugó la frente—. Muchacho, ¿cómo que “algo más”?

—Cosas que crecen —dijo el soldado con impotencia—. Por favor. Solo sé lo que vi.

Malini oyó el sonido lejano de una caracola. Se puso en pie.

—Muéstranos —dijo.

Permitió que el Señor Khalil y sus guerreros le proporcionaran una línea adicional de defensa mientras se acercaba al bosque de Ahiranya para tranquilizar a Raziya. Cuando vio lo que les esperaba se alegró, a su pesar, de haberlos llevado.

Los soldados estaban empalados más allá de las líneas de árboles.

Había cientos de cuerpos. No intentó contarlos todos.

Incluso a través de la tierra espesa y las enredaderas crecidas, se veían las armaduras blancas y doradas de los parijatis.

Colgaban ensartados en estacas de madera vivas como banderas de fiesta; ondeaban ligeramente con una brisa que Malini no podía sentir.

Uno de sus comandantes estaba clavado a un árbol cerca del límite del bosque, donde el fuego había astillado varios árboles más hasta dejarlos hechos pedazos.

El cuerpo aún llevaba el yelmo; no se le veía el rostro debajo.

De las cuencas de los ojos le crecían hojas verdes y frondosas; ; había flores de ashoka extrañamente pálidas donde debería haber estado su mandíbula.

—Cuidado —murmuró Khalil. Giró la cabeza bruscamente hacia la derecha. Malini siguió su mirada.

Allí, el bosque había cambiado, se había vuelto más espeso, más oscuro, más extenso.

Ante sus ojos aparecieron nuevos árboles, estrechos y retorcidos.

Incluso desde lejos se podía ver su podredumbre. Eran de carne y madera, y la brisa arrastraba su hedor.

Tocarlos, moverse entre ellos, era cortejar la podredumbre y una muerte terrible.

No podía enviar allí a sus soldados. No estaba segura de que nada pudiera obligarles a ir. Ninguna fe podría borrar el hedor a carroña.

No podían hacer un verdadero asedio a Ahiranya. Con las armas que tenían, no. Evidentemente ningún fuego podría quemar el bosque más rápido de lo que Ahiranya podía hacerlo brotar y crecer nuevamente con violenta rapidez.

Necesitaban armas mejores. Y si Malini quería salvar Parijatdvipa, si no quería arder en una pira de fe, tendría que encontrarlas.