El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Doce
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Capítulo Doce

Arahli Ara

E l bosque ardía y Arahli Ara no tenía miedo, estaba exultante.

Ser yaksa era formar parte de la vegetación —enredarse en los árboles, el agua, las raíces más profundas— y, sin embargo, era algo aún más grande.

Se arrodilló en el cenit del Hirana con los suyos y la luz del sol los pintó con una luz dorada.

Pero su voluntad, su yo, se extendía mucho más allá de los límites de su cuerpo.

Él no era las hojas que le aureolaban el cráneo, ni las estrías de madera lustrosa que trenzaban sus huesos.

Tampoco era los árboles ahiranyis que se resquebrajaban y astillaban por el calor cuando las flechas envueltas en fuego se les clavaban en las ramas.

Pero él vigilaba a través de esos árboles mientras ardían, escuchaba a través de las ramas caídas y la madera podrida los gritos de los hombres mortales.

El ejército parijatdvipano se agolpaba en la frontera de Ahiranya, tan insignificante y anónimo como las hormigas.

Le causaban mucha gracia.

El fuego no podía herirlo, ni a él ni a los suyos. Se habían reído cuando sintieron acercarse a los parijatdvipanos con sus carros con ruedas bamboleantes y con su fuego falso.

—Los parijatis ya no son lo que eran —había susurrado su pariente Taru Ara días antes, cuando sus devotos se inclinaron ante ellos en el Hirana, apretando sus rostros contra la piedra fría, ofreciéndoles regalos de flores, frutas y monedas de oro, rogándoles que los protegieran del ejército que se acercaba—.

Incluso nuestros devotos son menos que antes.

Mira cómo se arrastran, querido mío. Mira, dulzura, cómo suplican.

Ella le había estrechado la mano. Su piel se había sentido fría, calmante como la savia.

—Ya no saben cómo matarnos.

Ella tenía razón. Él y los suyos habían cambiado bajo la tierra y habían vuelto más fuertes, mientras que los humanos solo se habían hecho más pequeños.

Ahora podía sentir el poder compartido de los suyos, rico en el sangam , rico en su interior.

Mani Ara los había hecho lo bastante fuertes para sobrevivir a cualquier cosa.

Pensar en Mani Ara lo llevó de vuelta a Priya, tan fácilmente como cualquier vegetal que busca el sol enraizado en la tierra.

La sentía moverse ahora por el bosque con su magia, en el mismo verdor que lo sostenía a él, deshaciendo las trampas que había colocado en el suelo para atrapar a los guerreros incautos.

Rompía miembros y gargantas con facilidad y belleza.

Se movía como lo había hecho Mani Ara, tan aguda como un cuchillo, tan fuerte como una tormenta.

“Qué despiadada es Priya” pensó. “Pero siempre ha sido así. Incluso cuando era pequeña…”

Aplastó ese pensamiento como a un insecto. No era suyo y no tenía lugar en su cráneo ahora.

Él no era Ashok.

Se encontró con los ojos de Taru Ara y, por un momento, fue la visión de Ashok la que nubló la suya. El rostro de Sanjana le devolvió la mirada. Su boca se perfiló en una sonrisa.

—Querido —dijo, y no era la voz de la difunta Sanjana sino la de Taru Ara. Vio la solidez de su rostro, las curvas de madera y piedra, y se sintió reconfortado. No era de carne y hueso—. Se está haciendo más fuerte.

—El miedo es un gran maestro —comentó. Su otro pariente escuchó sin un parpadeo de sus ojos líquidos.

— Yo soy una gran maestra —corrigió Taru Ara.

Taru Ara era a quien Priya había acudido desesperada, temerosa, a rogar que le diera fuerzas para proteger a Ahiranya.

Fue el miedo —y el amor— lo que hizo que Priya estuviera dispuesta a buscar a Mani Ara, a reconstruirse.

Fue Taru quien le había dado la máscara de corona para que Priya siguiera cambiando, fortaleciéndose, alimentada por su magia.

No podía negar el papel que había desempeñado en hacer de Priya más de lo que había sido.

Arahli inclinó la cabeza en señal de asentimiento. La sonrisa de su pariente se hizo más profunda.

—La próxima vez que ella necesite orientación te la dejo a ti —dijo Taru indulgente—. Sé cuánto amas a tus niños del templo.

Él no quería que Priya quedara bajo su cuidado pero no lo dijo.

Vio que la sonrisa de Taru Ara titubeaba medio segundo antes de que Arahli sintiera que Priya vacilaba, parpadeante como la llama de una vela. En el bosque, en la médula de un gran árbol, sintió que una hoja de fuego atravesaba la madera y sintió también la agonía de Priya a su paso.

El filo se hundió profundamente en el árbol y la presencia de Priya entre los árboles se extinguió para volver al abrazo del sangam .

Algo parecido a un corazón apretó sus venas gruesas como raíces que latían con savia espesa en el pecho de Arahli.

“Aún es demasiado débil. Demasiado humana”.

Más flechas se clavaron en los árboles y los soldados parijati se adentraron en el bosque y se abrieron paso entre la vegetación. Los guerreros ahiranyis que esperaban quedaron atrapados bajo sus espadas. La sangre enrojeció el suelo y lo ahogó en su abundancia.

Los parientes de Arahli, en su círculo, siseaban disgustados; la rabia se desplegaba dentro de ellos junto a la suya. Estaba enfadado con Priya por huir tan lentamente y con los parijatdvipanos, por su temeridad.

Sintió que la rabia de su familia se extendía por la vegetación, un tumulto furioso de tierra removida y espinas que surgían del suelo para atravesar a aquellos hombres. Ahiranyis o parijatis, no importaba. Taru Ara se puso en pie; ya no sonreía. La mirada de Vata Ara se endureció a su izquierda.

—No lo hagas —dijo Arahli, pero Taru enseñó los dientes; su boca afilada era una advertencia.

—No he conocido la guerra en mucho tiempo —dijo—. Me gustaría tener su sangre solo una vez.

Después desapareció.

No fue la única que huyó. Arahli no tenía intención de hacerlo, no, pero se puso de pie. La boca le sabía a sangre mortal: el sabor del miedo. No podía quedarse donde estaba.

Arahli Ara descendió del Hirana y corrió hasta llegar junto a Priya. Ella estaba acostada en su caparazón de espinas en la base del Hirana. Los peregrinos se apiñaban alrededor de las espinas, pero se escabulleron, haciendo reverencias, cuando él avanzó hacia ellos.

No les hizo caso. Sus dedos de madera y hueso se movieron como un cuchillo en el aire y, en respuesta, el caparazón se astilló hasta abrirse. Arahli se arrodilló.

Priya tenía los ojos cerrados. No reaccionó cuando él la aferró por los hombros y alzó la parte superior de su cuerpo del suelo para apoyarla en su regazo.

No dormía, no soñaba: su alma estaba a salvo en el sangam , acunada por las aguas cósmicas.

Él sabía que era así, pero no pudo evitar llevarle una mano al torso.

Ella había creído, por un momento, que ella misma era el árbol, que la espada le había atravesado el cuerpo e incluso él lo creyó a medias.

Sabía lo que era ser humano. El dolor, la fragilidad de la carne.

La piel que tocó con su mano estaba intacta. Le miró la cara, los ojos cerrados.

“Si me mira, recordaré lo que significa ser de carne y hueso”, susurró una voz en su mente.

El horror lo envolvió en zarcillos apretados.

No se había acercado a Priya desde que ella estaba bajo el Hirana, cuando se había arrodillado y había rezado y se había hecho astillas buscando a Mani Ara. En realidad era por eso por lo que la había evitado: ella hacía que surgiera la mortalidad dentro de él.

Durante un tiempo se había creído Ashok.

Se había reído y había odiado como Ashok, se había comportado de acuerdo con los intereses de Ashok.

Había enviado lejos a Bhumika como Ashok, dotada de sus propios conocimientos, en un intento desesperado de conservar esos últimos hilos de humanidad.

Ahora sabía lo que era en realidad, pero seguía viendo los rostros mortales de sus parientes y sentía a Ashok susurrar en su cráneo; temía lo que aún supuraba en su interior.

Pero no podía eludir sus responsabilidades con Priya o con los suyos.

Tendría que aprender. Tendría que hacerse más fuerte que su patética mortalidad.

Priya era una mayor del templo, la única mayor del templo que tenían y la amada de Mani Ara.

Él la reduciría a nada más que su devoción y sus huesos por los suyos.

Los restos de Ashok que aún quedaban en su interior se desvanecieron una vez más. Volvió a dejar a Priya sobre la hierba, se levantó y se volvió para seguir el camino que había recorrido Taru Ara, hacia los árboles oscuros y el fuego dorado.

Él mismo mataría a unos cuantos parijatis y ensartaría sus cuerpos en los árboles como una guirnalda. Una bienvenida y una despedida adecuada para sus inoportunos huéspedes.