El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Once
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Capítulo Once

Malini

A hiranya era una presencia oscura e imponente ante ellos.

Al frente de su ejército, en su carruaje de guerra, Malini lo absorbió todo: la vasta franja de árboles.

El silencio absoluto que rodeaba el bosque, un silencio sin cantos de pájaros ni voces humanas que lo interrumpieran, incluso el sonido de su ejército —las ruedas de los carros que gemían, los cascos pesados de los caballos, los pies enfundados en las botas— parecía extrañamente amortiguado.

La primera vez que había llegado a Ahiranya había sido como prisionera. No había visto gran cosa al llegar, solo lo que había podido vislumbrar al descorrer la cortina de su carruaje. Pero incluso sus recuerdos triviales le bastaron para ver lo mucho que había cambiado Ahiranya desde entonces.

El camino polvoriento, rodeado de casas y árboles destruidos, había desaparecido engullido por un bosque verde. Había inmensos troncos de árboles hendidos y afilados como cuchillas, que rodeaban el bosque más profundo como murallas.

Todo decía “Alejaos”, “Idos de aquí”. Igual que una serpiente venenosa llevaba sus colores en la carne. Igual.

Sintió un susurro en los oídos: una brisa o su nombre. Resistió el impulso de estremecerse. Se sintió observada.

—Haz avanzar a los hombres —dijo a Mahesh. Él levantó una mano como señal y una fila de soldados a pie caminó con paso ligero hacia el bosque, sables en mano.

Malini se sintió inquieta. Era de esperar: había visto las tripas y las entrañas de ese bosque. Lo había atravesado y había sobrevivido a él; había besado a Priya bajo una cascada, en algún lugar profundo del corazón de ese bosque.

Sabía que había suficientes motivos para temer.

Lo que no esperaba era el otro sentimiento que la recorría. No era emoción: era como una estrella guía que tiraba de su sangre como la marea arrastra el mar. Los árboles y las espinas eran una advertencia pero no dejaban de atraer a Malini, quería caminar entre ellos, adentrarse en ellos.

Qué extraño. Qué extraño y estúpido. Le palpitaba el pecho lleno de cicatrices. Se oyó un grito cuando un soldado de a pie cayó en picado y desapareció en el suelo. Cayó otro más atrapado en una trampa.

Trampas, por supuesto.

Uno de sus generales hizo un gesto y otro grupo de soldados se puso en marcha para localizar todas las trampas que pudieran. Se arrancaron cuchillas del suelo. Otro hombre encontró un foso y lo marcó.

La siguiente línea de soldados de a pie fue enviada hacia el bosque una vez terminado ese laborioso trabajo.

Malini y sus generales observaron sombríos cómo los soldados se deslizaban entre los árboles y se fundían en la oscuridad.

Ella aferró la empuñadura de su sable. El frío peso del metal la tranquilizó.

Se hizo el silencio en el aire. Pasó un latido, otro más. Después comenzaron los alaridos en el bosque, gritos y luego silencio.

—El bosque es realmente impenetrable —murmuró Mahesh.

Malini asintió una vez. El sacrificio de sus soldados lo había demostrado, ahora solo tenía que probar sus llamas contra el bosque.

—Organiza a tus arqueros —ordenó a Khalil—. Asegúrate de que estén preparados.

—Estarán atentos a mi señal —respondió él.

—Señor Mahesh —llamó ella. Mahesh se giró sobre su caballo e inclinó la cabeza—. Trae a tus hombres.

Los sacerdotes guerreros, que antes habían sido sus enemigos, avanzaron a pie. Llevaban sus armas. Ante cada uno de ellos había un cofre negro, estaban preparados.

Solo quedaba la propia Malini.

Prakash carraspeó lentamente. Malini lo miró. Estaba en el carruaje junto a ella y se leía la preocupación en su rostro.

—Emperatriz —murmuró—, sigo sugiriendo precaución.

Los ahiranyis tendrán ventaja sobre nosotros entre los árboles.

Aun si los árboles no fueran… así como son, ellos conocen mejor el terreno.

Entrar allí es caminar en la oscuridad, donde tal vez nos esperen las cuchillas y también la magia.

Incluso una sola flecha podría destruirte.

—Te he escuchado Señor Prakash —dijo Malini con calma—. Pero soy la emperatriz de Parijatdvipa. Debo ser yo quien vaya.

“Debo ser yo”.

No por valentía ni porque la poseyera el deseo de avanzar en la batalla de la manera en que los maestros de sus hermanos siempre los habían instado.

La guerra justa y correcta no le preocupaba.

Las tácticas de batalla que aprendían las muchachas en la corte eran crueles, venenosas, solapadas y, sobre todo, astutas por necesidad.

Pero tampoco se trataba de astucia. A su deseo lo impulsaba una rabia profunda y agria, una rabia que se había hinchado y profundizado después de la traición de Priya.

Si Ahiranya ardía, aunque fuera lo más mínimo, Malini quería ser quien le diera el golpe de gracia. Quería saber si podía arder.

—Sahar, prepara mis defensas —dijo a la jefa de su guardia. Luego, girando la cabeza hacia la izquierda, gritó—: ¡Rao! ¡Ven conmigo!

Sahar asintió desde el caballo que estaba a la izquierda de Malini. Las mujeres que formaban la guardia personal de Malini se desplegaron en abanico a su alrededor con un gesto de su mano.

Rao, que estaba despatarrado y con los hombros encorvados en su propio carruaje, se había enderezado. Sus ojos se encontraron con los de Malini; asintió con firmeza. El cochero de Malini dio un chasquido de su látigo y el vehículo dio un bandazo y avanzó.

Llegaron hasta el límite de los árboles.

Las ramas gruñían amenazantes: tenían hojas frondosas, negras como la sangre; eran extremidades que extendían sus dedos hacia el suelo. El caballo que tiraba del carruaje de Malini relinchaba y se resistía a los tirones de las riendas mientras el cochero intentaba guiarlo hacia delante.

—Detente —dijo Malini. No habló en voz alta; se sentía como un animal depredador y por instinto recurrió a un tono de voz suave para no atraer la atención de lo que había más allá de los árboles. Pero su cochero la oyó y, con un movimiento nervioso de la cabeza, se detuvo.

—¿Qué haces? —preguntó Rao. Ya se había bajado de su carruaje y tenía un chakram preparado en la mano. Era ridículo de su parte preguntar.

Malini no le respondió. Ella también se bajó, sus pies tocaron el suelo con un ruido sordo que no tuvo eco: la tierra y los árboles se tragaron el sonido. Desenvainó el sable y sostuvo la reluciente cicatriz lunar inclinada a su lado, preparada para la posibilidad de una batalla.

Miró a Sahar a los ojos. Si ella no estaba de acuerdo con su decisión no lo dijo.

—Permanezca cerca de mí mi señora —le dijo.

En su mano izquierda, contra la cadera, Sahar llevaba una caja lacada negra.

Solo una caja de fuego falso. Una cosa ardiente, crepitante, robada de la pira en la que había muerto una mujer para proteger a la emperatriz de Parijatdvipa.

Sahar se adelantó.

Hubo gritos de alarma entre sus generales, que todavía estaban a una distancia razonable. Una voz chilló: “¡Alto!”. Rao maldijo en voz baja.

—Malini —empezó a decir Rao. Y sin detenerse, ella dijo con calma:

—¿Me permitirán mis guerreros enfrentarme sola a la furia de Ahiranya, Rao? ¿O avanzarás conmigo?

No volvió la cabeza, pero oyó cómo él y su guardia personal se agolpaban a su alrededor: oyó el ruido metálico y sordo de botas, armaduras y mazas que se levantaban; el sonido cantarín como un látigo de una espada al desenvainarse.

Era absurdo pensar que cualquiera de sus armas pudiera enfrentarse a lo que les aguardaba entre los árboles.

Pero Malini los había llevado hasta allí.

Malini empuñaba su propio sable como una lámpara brillante contra la oscuridad, un escudo contra los horrores.

No podía juzgarlos, siempre y cuando obedecieran, siempre y cuando la siguieran.

Dio un paso más allá de la línea de árboles, solo uno, y sintió la frialdad del aire, pegajoso como la savia, helado como un río profundo.

El dolor que sentía en el pecho se retorció, se abrió como un bostezo.

Si hubiera tenido las manos libres, si no hubiera tenido su sable, se habría apretado el pecho, habría palpado la cicatriz a través de la tela en busca de la herida abierta que sentía en el alma, si no en la carne.

—Emperatriz —dijo Sahar en voz baja y tensa—. ¿Damos media vuelta?

—No. Todavía no.

Ese mismo tirón en el pecho, ese mismo recuerdo de cómo el bosque había susurrado, respirado a su alrededor cuando había escapado de su prisión. Miró hacia abajo y vio cómo se estremecía el suelo. Unas raíces verdes se deslizaban hacia ella. Se movían, se desenrollaban.

Las raíces… vacilaron.

La recorrió una satisfacción lúgubre. El bosque sentía lo que Sahar llevaba consigo y temía hacerle daño.

A medio paso delante de ella había un árbol tallado, cuyas ramas de bordes afilados crecían enrojecidas a lo largo del tronco. Se detuvo ante él y sintió el mismo extraño tirón en el pecho lleno de cicatrices, en el corazón.

“Malini. Estás aquí”.

—La caja —dijo. Sahar se la pasó.

Malini abrió la caja. Encendió su propio sable con el fuego.

“Priya”, pensó y dirigió su pensamiento a los árboles oscuros. A la oscuridad de su propio pecho, al vacío que quedaba allí. “Si estás aquí, espero que el fuego te encuentre. Espero que ardas”.

Golpeó la corteza con el sable. Se hundió en la madera como si atravesara la carne.

Y Malini oyó su propio nombre en la voz de Priya.

Y el dolor.

Era una locura, una completa locura. Priya no estaba allí, pero la cicatriz de Malini era una agonía; su piel era el suelo del que había sido arrancada una raíz.

Se rindió y se llevó una mano pálida al pecho.

Con la otra, retiró el sable y lo arrancó de la madera.

Fue fácil; la corteza cedió con un crujido como de hueso y médula.

Las llamas se extendieron salvajemente.

Dio un paso atrás y otro, con la mano de Rao apretada en su brazo y Sahar sosteniendo su escudo entre ellos y los árboles, y pronto estuvieron de nuevo al aire libre.

El fuego se extendía como una rueda chispeante, una hoz de llamas.

A su alrededor, la madera se ampollaba y ardía; los pájaros levantaban vuelo desde las ramas chillando y todo el bosque ondulaba, vivo y furioso.

Las espinas salían disparadas del suelo.

El aire era denso, vibraba como la cuerda pulsada de un instrumento musical, y con un golpe de presión, un despliegue, el suelo se cerró sobre las llamas y sofocó una vasta franja.

No todo, pero lo suficiente como para que una de las preguntas de Malini tuviera una respuesta segura.

Entonces, el fuego falso de las Madres no era suficiente. No alcanzaba para quemar Ahiranya en un suspiro. No alcanzaba, probablemente, para matar a los yaksas .

Pero sí alcanzaba para comenzar el asalto sobre Ahiranya.

Malini se retiró hacia su carruaje. Sahar subió con ella. El cochero, con evidente alivio, las condujo hacia la línea de hombres.

Los generales que la esperaban, Khalil, Narayan y Prakash, se contuvieron visiblemente de hacer comentarios.

Bastó con que ella asintiera con la cabeza. Khalil se adelantó, levantó una mano e hizo una señal a los arqueros.

Una bandada dorada de flechas se elevó, cada una con la punta encendida con lo que quedaba de las llamas robadas, nacidas de los asesinatos de Chandra.

El bosque volvió a arder y el suelo se estremeció y se agitó.

Los caballos hacían un ruido espantoso, intentando resistirse al control de los cocheros y jinetes; Malini se aferró con fuerza a su carruaje y aguantó.

—¡Señor Mahesh! —gritó. Y sus generales hicieron suyo el grito.

—¡Ahora!

En las brechas que abría el fuego entre los árboles, los guerreros corrieron hacia el bosque, con llamas encendidas en sus espadas.

Malini los vio partir. Sentía sabor a ceniza en la lengua, le dolía el pecho. Era como un latido, un pulso en su interior: un tendón tenso, una cuerda que no podía cortarse.

A medida que el bosque ardía, también ardía algo dentro de ella en el lugar donde la habían apuñalado, donde le habían robado el corazón.

¿Qué le había hecho Priya?