Capítulo Diez
Priya
L a luz del amanecer amenazaba más allá de las ventanas enrejadas. Khalida rondaba a Priya mientras ella se vestía y se recogía apresuradamente el pelo en un moño bajo.
—Deja que los niños sigan descansando —murmuró Priya ante el rostro ansioso de Khalida—. No necesitan ver lo que se avecina.
Khalida desvió la mirada hacia Rukh y Padma.
—Se despertarán cuando oigan el ruido —replicó. Como si fuese una respuesta se oyó el sonido rítmico de pasos en el exterior. El ruido aumentó y luego desapareció.
Priya meneó la cabeza.
—No te preocupes por eso.
No se despertarían. Los tres habían dormido mal.
Últimamente Rukh y Padma compartían la cama con ella, ambos acurrucados como gatitos.
Rukh seguía insistiendo en que solo él podía cuidar de Padma, pero cuando la pequeña se había despertado en mitad de la noche llorando y alterada como solía estar en las horas más oscuras, Priya había apoyado a Rukh una mano en la cabeza para que no se levantara y él no se había resistido demasiado.
“Yo haré que vuelva a dormirse” le había dicho Priya.
Y él había protestado una vez, solo una vez, y luego había vuelto a dormirse.
Tenía ojeras profundas. Era demasiado joven para semejante responsabilidad.
Priya había contado a Padma un cuento tonto para calmarla: algo sobre pájaros que usaban botas. Padma era muy pequeña para que le importara una mierda si la historia tenía sentido o no, seguramente. Eso esperaba Priya.
Cuando esa estrategia falló, Priya había distraído a Padma haciendo crecer flores en las palmas de sus manos y dejando que la pequeña las examinara con sus torpes deditos para apreciar la forma de los pétalos y las raíces.
Padma había fruncido el ceño con seriedad, cómicamente estudiosa bajo su mata de rizos despeinados por el sueño.
Después, había empezado a arrancar y estrujar las flores hasta convertir en pulpa lo que quedó.
—Qué destructiva —había murmurado Priya con cariño, y sintió en su propia voz un eco del amor de Bhumika hacia su hija.
La ola de dolor que se había abatido sobre Priya la había mantenido despierta mucho después de que Padma volviera a dormirse en su regazo.
Los soldados parijatdvipanos se acercaban.
Y a pesar de que Ganam y ella habían creado patrullas y racionado las armas, a pesar de que habían vaciado los almacenes del mahal en busca de cualquier cosa que tuviera un extremo afilado y cualquier cosa que pudiera lanzarse, Ahiranya no estaba preparada para el poder de un imperio.
Necesitaban el poder que solo Mani Ara podía darles.
La idea de que el fuego y las flechas tocaran a su pueblo la enfermaba.
Bajó la máscara de corona del estante alto donde había resuelto esconderla.
—Si alguno de los guerreros viene a buscarme, dile que vaya a ver a Ganam o a Kritika —dijo Priya mientras sentía cómo las oleadas del poder de la máscara le bañaban las yemas de los dedos—. Tengo que ir al Hirana.
Priya se puso la máscara de corona mientras la piedra del Hirana se abría a sus órdenes.
Desplegó su conciencia hacia el verdor y sintió cada centímetro de su hogar: cada raíz y cada rama que se mecía, los insectos que se agitaban bajo la tierra y la removían constantemente para darle nuevas formas.
Las aguas inmortales se extendían ante ella. Priya se adentró en su propio camino oscuro y avanzó hacia ellas.
Priya se arrodilló y rezó en el suelo blando que bordeaba las aguas inmortales. Lo hizo en silencio, con las manos juntas. Respirando despacio se sumergió en el sangam dentro de su mente. A través de los ríos verdes y de oro rojo, buscó a Mani Ara, siempre a Mani Ara.
No supo cuánto tiempo permaneció allí.
El dolor le crujió en la piel. Se mordió la lengua por reflejo ante la agudeza y la forma en que estallaba sobre ella como una ola, irradiando desde el cráneo hacia el exterior.
Se arrancó la máscara de corona y vio cómo caía al suelo un reguero de flores. Se tocó la cara y sintió nuevos capullos que amenazaban con brotar bajo su piel.
“Mierda”.
¿Qué aspecto tenía? Ya no lo sabía. Ya había visto el horror y el asombro en las caras de la gente. Y había sido capaz de ignorarlo todo, más o menos, hasta ahora. Pero si cada vez se veía más extraña…
Fue un impulso tonto pero no lo resistió; caminó de rodillas hasta el borde de las aguas inmortales y se asomó.
El agua brillaba azul. No debería haber reflejado su rostro como un espejo, pero cuando apoyó las manos la superficie reluciente se aquietó y oscureció, y se onduló como una lámina de plata.
Priya miró a los ojos a su propio reflejo.
No era vanidosa, nunca lo había sido. Sabía que tenía la nariz torcida y que su cara no era nada notable, que era pequeña y fuerte y que no era especialmente guapa, pero nunca había necesitado o querido ser guapa. Se sentía cómoda en su propia piel.
Creía haber aceptado lo cambiada que estaba. Después de lo de Malini había vuelto a casa, a Ahiranya, con flores que le crecían en los pies, savia que circulaba como sangre por su piel y pétalos que se le desprendían del pelo. Pero la mujer que vio frente a ella…
No tenía podredumbre, eso estaba claro, había algo cruel y retorcido en la podredumbre. Aquello en lo que Priya se había convertido parecía natural, como si le perteneciera.
Aún tenía el pelo lacio pero le brotaban mechones de hojas oscuras entrelazadas. Sus ojos seguían siendo sus ojos, pero el blanco estaba salpicado de fragmentos verdes como algas que se disipaban al parpadear y volvían a aparecer.
En su rostro, en los lugares donde el hueso se asentaba más cerca de la piel, había un fino rastro de flores, pequeños pimpollos de color rosa pálido y rojo intenso por igual. Se le movían cuando tensaba la mandíbula, se marchitaban y cobraban vida cuando ella se obligaba a sonreír.
Casi parecía uno de los yaksas . Casi.
Se tocó el cuello con las yemas de los dedos.
La marca de la quemadura aún era un tajo de color purpúreo y brillante sobre su piel morena.
Quizá su piel brillara como la corteza o la tierra, y quizá su boca tuviera el color intenso de una flor magullada, pero aquella cicatriz era pura carne y puramente humana.
Había soñado varias veces con lo que había sentido cuando Malini la había quemado. El roce de las manos desesperadas. El dolor y el olor de su propia carne. Ahora, cuando se tocaba la cicatriz, no sentía nada. La piel no tenía nervios.
Su reflejo parpadeó para dejar caer pétalos de caléndula, lágrimas doradas. Pero Priya tenía los ojos secos. Se tocó la mejilla con los dedos y no sintió nada.
“Retoño”, dijo su reflejo.
Priya respiró hondo y se puso la máscara de corona de madera sagrada en la cara, que le secó la piel una vez más.
“ Yaksa ”, dijo a su vez. “Mani Ara”.
Priya salió del Hirana a la luz del sol y ante un mar de peregrinos que se apartaron mientras ella caminaba. Muchos se inclinaron en reverencia.
Ella no los miró; no quería hacerlo. No eran nada para ella. Un mar de caras, un mar de carne.
Ella no era como ellos.
Algunos de los guardias del mahal se habían reunido y la esperaban.
Ganam estaba a la cabeza, vestido para la batalla y con una guadaña enganchada a la espalda.
Abrió los ojos de par en par al verla pero no dio ninguna otra señal de sorpresa.
Bajó la cabeza rápidamente e hizo una reverencia como habían hecho los peregrinos.
—Mayor Priya —dijo—. Estamos listos.
Ella tragó saliva. Le costaba hablar.
—Lucharé desde aquí —dijo. Su voz era un chirrido.
Ganam asintió con la cabeza para indicar que comprendía. El arma de Priya era su poder. No una espada, sino lo que había dentro de ella misma.
—Confiamos en ti mayor suprema.
—Sí —reconoció ella. Sabía que habría dicho más palabras si se hubiera sentido más ella misma y un poco menos vacía.
Se quedó quieta; el suelo cuajó como la leche bajo sus pies mientras sus soldados ahiranyis se alejaban. Trazó un perímetro alrededor de sí misma: un caparazón espinoso, lo bastante afilado como para mantener a raya a los curiosos.
Se metió en la espesura verde y sintió lo que sabía que vendría y temía.
Soldados parijatdvipanos. Se acercaban. Y entre ellos…
Algo tiró del esternón de Priya. Un dolor fantasma. Una pérdida.
De repente volvió a ser ella misma, no vacía sino llena, con el corazón palpitante y los pulmones doloridos; el miedo y la ira treparon por su columna vertebral. Era la criatura fea y humana que amaba a Malini y que debía enfrentarse a ella siempre y para siempre.
Sabía quién se acercaba. Sabía quién estaba dolorosamente cerca del suelo de Ahiranya y quién venía a matarla a ella y a todo lo que le importaba.
“Malini” pensó. Y sintió que podía tocar, a través de la espesura y la tierra, un horrible anhelo y un horror que se abría paso en su interior.
“Malini. Estás aquí”.