Capítulo Nueve #3
“Hijo de las llamas”. Malini ya había oído antes ese término pero la golpeó como siempre lo hacía: un latigazo en el corazón que la hizo querer aullar.
Y tal vez no ocultó sus sentimientos tan bien como debía porque Mahesh se llevó la mano al sable que le colgaba de la cintura y, mientras las guardias que estaban en las sombras avanzaban, se lo quitó, lo dejó en el suelo ante él y se arrodilló otra vez.
Las guardias retrocedieron ante la aguda mirada de Malini.
—Señor Mahesh —dijo ella—. ¿Qué estás haciendo?
—Emperatriz, si deseas que muera por mis acciones contra ti puedes quitarme la vida.
—Bajó la cabeza y dejó el cuello al desnudo, consciente de lo que hacía.
Las manos descansaban abiertas a los lados del cuerpo, sin tocar el sable que estaba en el suelo.
Era un gesto de pura vulnerabilidad—. No todos los crímenes son perdonables.
Comprendo el peso de las obligaciones que pesan sobre tus hombros, haz lo que debas hacer.
Malini dio un paso adelante y se inclinó para levantar el sable. No era como su estrecha espada, afilada para adaptarse a sus manos y a su fuerza. Era pesado y brutal, engrasado para proteger el filo. Con un suspiro agudo lo levantó y se lo ofreció.
—No te devolveré tus posesiones familiares ni tu antiguo honor —le dijo con firmeza mientras él le tomaba con cuidado el sable de sus manos—.
Tu hija, la Señora Deepa, se los ganó con su valentía y su lealtad inquebrantables.
Pero puedo ofrecerte otro futuro: el de la guerra y el servicio.
Y si me sirves de todo corazón puedo prometerte que serás recordado como uno de los grandes hombres que cortaron de raíz en sus comienzos el florecimiento de una nueva Era de las Flores.
—Emperatriz —dijo, en voz baja y reverente—. Dime qué debo hacer.
—El Señor Mahesh no pierde el tiempo —observó Lata cuando se reunió con Malini al aire libre unas horas más tarde.
El crepúsculo proyectaba una luz dorada sobre el improvisado campo de entrenamiento entre las tiendas.
Malini estaba de pie, sin sombrilla que la cubriera, y observaba a los hombres que entrenaban sus habilidades.
—Quiere demostrar su intención de servir —dijo Malini.
Se llevó una mano a la frente para protegerse los ojos de la luz, mientras observaba cómo Mahesh volvía a levantar el sable y gritaba órdenes.
Delante de él, los sacerdotes guerreros formaban según lo ordenado, con expresiones sombrías talladas por la luz mortecina y los ojos negros y fervientes.
—La Señora Deepa…
—No tendrá que desprenderse de lo que se ha ganado en buena ley —replicó Malini, cuando quedó claro que Lata no iba a decir nada más, que estaba dudando sobre sus palabras—. Pero es muy considerado por tu parte que te preocupes por su bienestar.
—Hemos colaborado estrechamente estos últimos meses —dijo Lata—. Claro que me importa.
Se oyó un ruido sordo cuando alguien empujó a un hombre, que cayó al suelo. Escupió tierra y volvió a levantarse con la mirada fija en Mahesh.
—Has juntado a dos grupos de traidores —continuó Lata. Pero no sonaba acusadora sino pensativa.
—Los deseos del Señor Mahesh lo hacen leal.
—¿Te parece?
—Lo que el Señor Mahesh desea es ser recordado como un gran y leal servidor de las Madres —dijo Malini en voz baja después de un momento—. No riquezas ni un título, entrenará a estos hombres y luchará contra los yaksas por mí, y su nombre será venerado.
—¿Y los sacerdotes? —El tono de Lata era escéptico. Ella no había ocultado sus sentimientos acerca de los sacerdotes guerreros.
—Ah. Quieren matar por su fe —dijo Malini— y morir por ella. Yo puedo darles eso y si se vuelven contra mí Mahesh y sus hombres se encargarán de ellos. No hay confianza allí. Le advertí al Señor Mahesh acerca de su naturaleza. Los verá muertos antes de permitir que me hagan daño.
Todos esos traidores, esos hombres que habían elegido a los hermanos de Malini antes que a ella una y otra vez, ahora la servían a ella.
Debería haber sido una alegría, una victoria absoluta.
Pero la satisfacción estaba apagada. El corazón de Malini estaba frío como el acero.
Se quedó mirando un momento y se dio la vuelta para volver a su tienda.
Lo único que hacía que su corazón se encendiera con algo parecido a un sentimiento la esperaba allí.
Junto a su cama había una caja de piedra negra, vigilada por una guardia que se marchó a la orden de Malini.
Malini puso la mano sobre la superficie de piedra de la caja.
Una caja de fuego. Una para ella; una docena para su ejército. Qué número insignificante. Era lo único que quedaba de los cientos, si no miles, de mujeres que habían muerto en las piras de Chandra.
Pronto vería Ahiranya. Enfrentaría a su ejército contra los bosques de esa tierra, les ordenaría que talaran los árboles, si no otra cosa. Habría una absurda satisfacción en ello.
Si podía, destriparía a Ahiranya. Mataría ella misma a Priya.
Y si no podía… al menos podría probar lo último que tenía del fuego. Las mujeres habían ardido en contra de su voluntad en las manos de Chandra. Ella averiguaría si servía de algo. Lo que pudiera destruir, lo destruiría, sin duda.
Con un suspiro profundo y tranquilo, Malini abrió la tapa.