Capítulo Nueve #2
Rao era imprevisible. Malini pensaba que dependía de cuánto había bebido la noche anterior, y eso podía ser tan cambiante como el viento. No se compadecía de él.
Rao mientras cabalgaba acercó su montura a la distancia de un grito del carruaje de ella, le hizo una señal y gritó por encima del ruido de los cascos de los caballos y las ruedas sonoras:
—Podemos intercambiar caballos en la finca de un señor noble si necesitamos viajar más deprisa…
—No es necesario —interrumpió Malini—, no vamos a correr a Ahiranya.
Hubo un susurro de atención por parte de los generales: giraron las cabezas, se encorvaron los hombros.
Ella sabía que sus generales, al igual que Lata, creían que se precipitaba al combate sin suficiente preparación, que era una imprudencia. Pero lo que le había dicho a Lata iba en serio: el fuego era la única arma que sabía que podía funcionar contra la magia de Ahiranya.
El fuego había quemado a Priya cuando había apuñalado a Malini. Malini aún recordaba visceralmente el olor de la carne, la visión del rostro de Priya, traidor y amado. El dolor que contenía.
—Hay otros guerreros que se nos unen para la batalla —continuó ella—. Debemos darles tiempo para hacerlo.
Rao apretó los labios, asintió y, con un respetuoso murmullo, se alejó de ella cabalgando hacia el horizonte azul que tenían delante.
Su distancia física produjo a Malini una extraña punzada.
No se había permitido ver con claridad cómo el dolor que compartían los había forjado de maneras diferentes y los había separado.
Él se había sentado junto a su cama mientras ella estaba convaleciente, había llorado con ella, con el aroma del licor en la piel y el pelo, la boca retorcida por el dolor.
Pero no habían intercambiado ninguna palabra importante, ninguna palabra de verdadero duelo o culpa y el licor permanecía, mientras que la cercanía se había desvanecido.
Ahora parecía que ya no les quedaban palabras que tuvieran algún valor.
El polvo se alzaba en una nube alrededor de su ejército cambiando de gris a dorado a medida que devoraba la luz del sol en su ascenso hacia el cielo. Malini vio a Rao desaparecer dentro de la nube.
Soñó con Priya cuando llevaban cuatro noches en el camino, soñó con Priya de pie en el patio del mahal imperial; soñó que la luz del fuego le arrojaba flores sobre el rostro, la garganta.
Soñó que el fuego goteaba como oro, que perforaba la garganta de Priya como a una calabaza mientras ella lloraba y lloraba.
“No tuve elección, Malini. Malini, lo siento, no tuve elección…”.
Le dolía el pecho como si el cuchillo se le volviera a clavar, como si el cuchillo hubiera dejado algo allí dentro, hubiera sembrado algo.
Priya estaba en su cabeza, en su herida, no podía buscar ayuda, no podía hablar de ello. Pero en Ahiranya, por las Madres —y por su propia puta furia—, Malini descubriría la verdad.
La quinta noche se paseó por su tienda hasta que todo el campamento se quedó quieto, acallado por el profundo silencio nocturno.
Se paseó hasta que oyó el ruido de los soldados que se levantaban para cambiar turnos de guardia y el aire se llenó de voces bajas y apagadas y del ruido sordo de las botas.
Se durmió porque el agotamiento la arrastró a un lugar negro y sin sueños.
Si Priya la siguió hasta allí no lo sintió.
Los soldados que esperaba se reunieron con ella dos semanas después del inicio del viaje, en un camino soleado que conducía como una flecha a Ahiranya.
Uno de sus propios guerreros los anunció: no hizo sonar su caracola, lo que habría alertado a sus fuerzas del peligro, sino que gritó, un grito agudo y penetrante que atravesó la lenta procesión de caballería.
—¡Parijatis adelante!
—Envía un jinete y arqueros —ordenó Khalil—. Luego informa.
—Mi señor —respondió uno de los soldados dwaralis. Hizo una reverencia con la cabeza y cabalgó rápidamente.
Malini no tuvo que esperar mucho en su carruaje hasta que llegaron las noticias: los soldados que iban delante de ellos eran, efectivamente, parijatis. Eran los hombres que ella había estado esperando. La invadió la alegría.
—Así que el Señor Mahesh finalmente se une a nosotros —murmuró. Se volvió hacia Rao—. ¿Ya tenemos que acampar?
—Antes del anochecer —dijo él—. Si tú lo ordenas podríamos viajar unas horas más.
Se sintió tentada. Solo al llegar a Ahiranya pondría fin a las pesadillas que la atormentaban. Pero los ojos de Rao estaban ensombrecidos por las ojeras e incluso el Señor Khalil se veía agotado en su montura.
—Envía la orden —dijo—, descansaremos hasta el amanecer. Y haz que traigan ante mí al Señor Mahesh.
Armaron su tienda con rapidez pero cuando Malini entró aún estaba desordenada. Su criada Swati se apresuró a encender unas lámparas. Las mujeres de la guardia se dispusieron discretamente alrededor del perímetro de la tienda, medio ocultas en la sombra del interior.
Malini permaneció de pie, con las manos entrelazadas, y esperó a que se levantara la puerta de la tienda y se anunciara el nombre del Señor Mahesh.
Este entró e inmediatamente hizo una profunda reverencia. Tenía la armadura manchada del polvo del camino; el cuello desnudo y las manos estaban quemados por el sol y enrojecidos por la exposición al viento y la arena.
—Ponte de pie —le dijo Malini. Y él lo hizo, mirándola brevemente a los ojos antes de volver a bajar la vista.
—Emperatriz —dijo—. Me llamaste.
—Pensé que te reunirías antes con nosotros —comentó ella.
—Hubo problemas en el camino emperatriz —explicó él—. Te pido disculpas.
—¿El fuerte del gran príncipe está a salvo en manos de los saketanos?
—Sí —respondió con tono pesado—. Mi trabajo en Saketa ha terminado. Pero te serviré en lo que requieras emperatriz.
Mahesh había regresado a Saketa para custodiar el fuerte del difunto gran príncipe en nombre de la emperatriz tras el final de la guerra por el trono de Malini.
Ella lo había enviado allí, reacia a mantener a su lado a un noble que la había traicionado.
Pero él había ido de buena gana y, según había oído ella, había levantado allí un santuario en memoria de Aditya.
Mahesh había estado presente cuando Aditya ardió. Lo había visto morir; lo había visto y le había jurado devoción.
“Tengo la intención de cumplir mis votos emperatriz”, le había escrito. Lata había leído la carta a Malini con los ojos entornados, críticos y pensativos mientras repetía sus palabras: “Lo juro por mi fe”.
Por eso, a pesar de la aversión que sentía por él, no podía acabar con su vida. Él y los soldados que habían visto morir a Aditya habían difundido voluntariamente y con fervor la historia de la muerte de su hermano y de la promesa que Aditya les había arrancado.
“El príncipe Aditya murió por Parijatdvipa. Y en el momento de su muerte, le juramos que serviríamos a la emperatriz Malini, la verdadera heredera de Parijatdvipa. Así lo juramos. Y así deberían jurar todos los habitantes leales de Parijatdvipa”.
Malini no descartaba lo que le era útil.
No tenía que gustarle Mahesh para utilizarlo.
El mito que había crecido alrededor de ella —ese mito inquebrantable, que respiraba como si tuviera sus propios pulmones— había comenzado con él.
Era mejor que viviera para compartirlo y no que muriera para la mezquina satisfacción de Malini.
Pero aún así… Aún así…
—Antes juraste servirme Señor Mahesh —dijo Malini—.
Lo juraste cuando el príncipe Rao se arrodilló, me nombró y me reveló mi destino y, aún así, al final me diste la espalda.
No eras el general que mi ejército necesitaba, ni el general leal que yo necesitaba.
¿Cómo puedo estar segura de que realmente has cambiado?
—El príncipe Aditya —dijo simplemente. Sus ojos eran claros, su mirada directa—. Puedo ser sincero ahora, emperatriz, como no podría haberlo sido en aquel tiempo de guerra. Deseaba que el príncipe Aditya subiera al trono. Deseaba servirle a él.
—¿Y ahora? —preguntó Malini.
—Ahora comprendo la verdad. Ahora veo lo que entonces no veía: que las Madres guiaron mi corazón hacia el príncipe Aditya porque deseaban que yo fuera testigo de su ascenso a la inmortalidad y llevara conmigo su mensaje.
Mi traición nunca fue verdadera traición —le dijo ferviente, serio—.
Me llevó a luchar a su lado. Me llevó a presenciar su muerte.
Me llevó a hacer un voto verdadero, profundo e inquebrantable.
Lo amo, emperatriz, como amo a las Madres.
Y por ese Hijo de las llamas te serviré hasta mi muerte y más allá.