El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Nueve
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Capítulo Nueve

Malini

M alini visitó por fin a su cuñada el día que abandonó Harsinghar.

El sumo sacerdote la había bendecido ese amanecer para la batalla, poniéndole guirnaldas mientras los sacerdotes cantaban plegarias por ella.

Victoria para Parijatdvipa; el favor de las Madres para su imperio; victoria para la emperatriz de las llamas.

La guirnalda de jazmines frescos aún le rodeaba la garganta.

Tenía que simular devoción, así que las flores permanecerían alrededor de su cuello hasta el crepúsculo.

En el pasillo que conducía a los aposentos de Varsha reinaba un silencio sepulcral.

Malini podía oír el sonido de las flores cuando crujían contra su garganta.

Incluso su propia respiración parecía tan ruidosa como el batir de un tambor.

Se recordó a sí misma que no estaba nerviosa, no había motivos para estar nerviosa.

Ella era quien tenía todo el poder allí.

Los guardias abrieron las puertas y anunciaron la llegada de Malini. Ninguna voz la saludó desde dentro, pero ella era emperatriz y ese era su mahal. Era su derecho entrar así que entró.

Las habitaciones de Varsha no eran una prisión; eran las mismas que le habían concedido cuando se casó con Chandra: recámaras amplias y espaciosas, con cálidos suelos de losas de marfil y alfombras de nudo de seda, fuentes de agua para refrescar el ambiente y cortinas de gasa salpicadas de flores bordadas.

Eran aposentos confortables, muy apropiados para la esposa de un emperador.

Pero ahora que Chandra había muerto y caído en desgracia, las paredes de esas habitaciones se habían convertido en una mortaja.

Varsha se había negado a asistir tanto al innoble funeral de Chandra como al más grandioso de Aditya. Sus criadas, que dependían directamente de Deepa y Lata, aseguraban que ni siquiera exploraba el jardín que se le había concedido para su uso privado.

—Es callada, por lo visto —le había dicho Lata a Malini—. Permanece sumida en su dolor. Casi no habla con nadie. Se preocupan por ella. No causará problemas.

Pero no necesitaba esforzarse por causar problemas. Llevaba los problemas —y las posibilidades de que ocurrieran— dentro de sí.

Varsha vestía ropas tan cegadoramente blancas como las de Malini como era apropiado y de esperar para una viuda reciente.

Aunque le habían anunciado la visita de Malini, no se había levantado para saludarla con una reverencia.

Estaba sentada, mirando los pájaros por la ventana; había desmenuzado un poco de roti y esparcido las migajas por el alféizar para atraer a los pájaros, y observaba cómo sus pequeños cuerpos revoloteaban de un lado a otro y picoteaban el pan a través de la celosía; sus sombras parpadeaban contra la piedra como la luz de una lámpara en la brisa.

Llevaba el pelo recogido en una larga trenza floja, visible bajo la vaporosa dupatta blanca.

—Hermana —dijo Malini, y vio cómo Varsha volvía la cabeza y trataba de ponerse en pie con desgano—. No hace falta. Siéntate.

—Gracias emperatriz —dijo Varsha con voz ronca, acomodándose. Ahora se le notaba la barriga hinchada.

El hijo de Chandra. Un heredero, tal vez, para el imperio.

Una oportunidad o una amenaza.

—Espero que me perdones por perturbar tu luto —dijo Malini acercándose a ella. No intentó sentarse frente a Varsha. Se quedó de pie, con las manos juntas detrás, la espalda recta—. Partiré a la batalla en Ahiranya.

Hubo un latido de silencio.

Malini no sabía cuánto sabía Varsha de los cambios políticos que habían sacudido Parijatdvipa. Ella se lo habría contado si Varsha hubiera preguntado.

—Oraré para que estés bien —dijo Varsha en cambio.

—El sumo sacerdote y yo rezamos esta mañana —dijo Malini—. Él y yo hicimos ofrendas a las Madres de las llamas. Les pedimos que me guíen en la guerra que se avecina. Las siento cerca de mí; sé que volveré sana y salva.

Había adquirido práctica en mentir sobre su propia fe y el fervor de su corazón. Pronunció las palabras sin sentirse culpable, con total convicción, y observó atentamente el rostro de Varsha mientras hablaba.

—Me alegro emperatriz —dijo Varsha en voz tenue pero firme. Tenía la mirada baja y las manos entrelazadas sobre el vientre, no exactamente como protección, sino como si pudiera crear un círculo inviolable con sus manos y su cuerpo, una línea que Malini no pudiera cruzar.

Malini no quería que Varsha la temiera o la odiara. Había cosas que podía hacer, tal vez, para ganarse su confianza e incluso su amistad. Pero la sola idea de hacerlas le inundaba la lengua de un sabor amargo. Sabía cómo era estar prisionera, conocía la dignidad de la ira.

Y lo que era peor, Varsha tenía razón al temerla, Malini sabía de lo que era capaz.

—He conseguido una médica para ti —dijo—.

También las comadronas. No importa cuánto dure esta campaña, no importa cuánto tiempo esté fuera, estarás protegida.

—Suavizó la voz—. Hay mujeres que te aconsejarían y consolarían si tú lo permitieras —agregó—.

Muchas se han unido a mi corte en las últimas semanas.

No todas viajarán a la guerra conmigo. Búscalas.

“Habla con ellas si no quieres hablar conmigo con sinceridad”.

Tal vez Varsha entendió.

—Eres muy amable emperatriz —respondió con una inclinación de cabeza—. Lamento molestarte tanto.

—No es ninguna molestia —dijo Malini en voz baja—. Somos parientes. Tu hijo será mi heredero.

La mirada de Varsha parpadeó. Quizá no se había dado cuenta.

“Ahora estás a salvo”, pensó en decir Malini.

En otro tiempo, en otra vida, habrían sido realmente hermanas la una para la otra, unidas en familia por el matrimonio.

Pero ahora Malini estaba más allá de eso.

Su condición de emperatriz la había convertido en otra y la viudez había hecho lo mismo con Varsha.

En el mejor de los casos eran desconocidas la una para la otra.

Pero Varsha había librado a Malini de la tarea de asegurarse de que Parijatdvipa tuviera un heredero.

La sola idea de engendrar un hijo hacía arder la piel a Malini y, a la vez, le daba escalofríos de puro horror.

No podía, no quería decirlo. No a una mujer en la que no confiaba, con los ojos y oídos de criadas y guardias sobre ambas.

Pero podía darle a Varsha una pequeña garantía de seguridad y poder.

—Esta ya no es la corte de mi hermano Chandra —dijo Malini—, es la mía. Las cosas ya no serán como antes.

Pasó un latido de tiempo y otro, y Varsha exhaló una respiración temblorosa que sonó como un sollozo.

—Gracias —dijo—. Gracias, emperatriz, hermana. —Desvió la vista como si se sintiera abrumada o avergonzada, y se volvió hacia la celosía.

Malini esperó un largo instante, pero Varsha no dijo nada más.

Asintió en señal de despedida y se marchó, sin dejar tras de sí más que el silencio de Varsha y el susurro leve de los hambrientos pájaros cantores.

Su séquito estaba listo para partir.

La guerra contra Chandra acababa de ganarse y se veían las cicatrices en las ausencias de su ejército: los guerreros saketanos, perdidos en el río Veri; la caballería dwarali, muerta en el fuego de las murallas de Harsinghar antes de que el mahal imperial cayera finalmente en manos de Malini.

Cientos de hombres muertos o heridos. Debería haber habido un respiro de la guerra ahora que ella tenía su trono.

Su ejército era una fuerza formidable aun así.

“Si tan solo nos enfrentáramos a un ejército de hombres en lugar de mitos, fantasmas y monstruos”, pensó Malini con un humor amargo que la atravesaba.

Se dirigió a su carruaje rodeada por el muro de guardias que ahora la acompañaban a todas partes con Sahar a la cabeza. Sahar había sido la jefa de la guardia de la Señora Raziya, pero Raziya había insistido en ponerla al servicio de Malini cuando esta se estaba recuperando de su herida.

—Te protegerá como lo haría yo si tuviera la mitad de la fuerza de su brazo o de su habilidad para matar —había dicho Raziya con los ojos brillantes por las lágrimas y una sonrisa en la boca mientras se sentaba junto a la cama de Malini y le estrechaba la mano entre las suyas—. Por favor, llévatela.

Malini se alegró de la firme presencia de Sahar a su lado. Sahar gritó órdenes haciendo retroceder a los guerreros y a los nobles que se agolpaban cerca de su carruaje hasta que Malini se quedó casi sola.

Casi.

Hemanth esperaba junto al carruaje. Ya no tenía la mirada benévola y tranquila que había mostrado en la bendición del alba, tenía el gesto duro y la barbilla levantada. Se rodeaba la pechera negra con los brazos.

—Emperatriz —la saludó, inclinando la cabeza. Sus ojos no se apartaban de los de ella—. Se ha embalado un carro con todo el fuego que queda.

Sostuvo la caja hacia delante como una ofrenda.

—Gracias, sumo sacerdote —respondió Malini con una sonrisa. Tomó la caja de sus manos. La superficie estaba caliente bajo sus palmas.

El rostro serio de Hemanth decía: “Este fuego no ganará tu guerra tonta”.

—Has liberado a los sacerdotes prisioneros —dijo—. Llévalos contigo a la guerra.

No era una pregunta pero Malini asintió a pesar de todo.

—Los sacerdotes cometieron errores pero sé que los miembros del clero son mis aliados naturales —respondió—. Todos amamos a las Madres al fin y al cabo. Debo confiar en su sabiduría.

O todo lo contrario. Él tensó la mandíbula.

Malini subió a su carruaje. Sahar, que cumplía funciones de cochera temporal, tomó las riendas del caballo y lo guio lejos de Hemanth, hacia el corazón del ejército de Malini.

El ejército avanzó a grandes zancadas como una bestia por la extensión de Parijat marcada por la podredumbre.

La Señora Raziya y Lata compartían el carruaje con ella.

Sus generales la acompañaban a caballo o en carros, según sus preferencias.

El Señor Prakash, de Srugna y el Señor Narayan, de Saketa, permanecían generalmente sentados al abrigo de los toldos y se agitaban con el movimiento de las ruedas de sus carruajes mientras sudaban por el calor. El Señor Khalil prefería cabalgar.