El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Ocho
13%

Capítulo Ocho

Sanvi

E l sacerdote no fue quien la encontró. Había tontos a los que les gustaba pensar que los santos sacerdotes de las Madres arrancaban a las niñas de sus camas y las ataban a las piras, pero Sanvi había sido mejor educada.

El sacerdote no la había engañado, ni la había buscado; ella había acudido a él.

Lo encontró en el altar de su barrio, un pequeño nicho que compartían varios hogares.

Las estatuas de las Madres que había en su interior eran modestas —solo los ojos eran de oro—, pero estaban rodeadas de velas y guirnaldas.

La gente de Harsinghar, la ciudad que los vástagos de Divyanshi habían construido, amaba a las Madres.

Sanvi se arrodilló junto al sacerdote. Su sombra eclipsaba la de él a la luz de las velas.

Era un hombre pequeño, delgado, de hombros estrechos, y ella, una mujer ancha y alta que había aprendido a manejar un sable a los diez años, cuando había seguido a su madre al servicio de una casa de alta alcurnia con la riqueza necesaria para proteger adecuadamente a sus mujeres.

—He oído, sacerdote, que vienes de un templo sagrado lejos de la ciudad —dijo Sanvi, observándolo desde debajo de sus pestañas mientras él oraba—.

Que has venido aquí para servir al sumo sacerdote y he oído que prefieres rezar en un templo pequeño, que buscas muchachas devotas que quieran tener un lugar en el mahal de la emperatriz.

Una pausa.

—Oyes mucho —dijo él.

—Las mujeres hablan sacerdote. Tienes suerte de que ningún espía de la emperatriz te haya oído buscar mujeres respetuosas de la pira.

Los hombros del sacerdote estaban rígidos, cautelosos, pero permaneció arrodillado; el humo del incienso le envolvía el rostro.

—¿Respetas la pira hermanita?

Ella se arrodilló más cómodamente.

—Cuando el emperador Chandra quemó a las mujeres santas, la dama a la que sirvo y vigilo lloró y se escondió en su mansión —dijo Sanvi—. Pero yo lo celebré. Leí el Libro de las Madres y me alegré por esas muchachas. Ahora son inmortales, están con las Madres. ¿Qué mayor alegría puede haber?

”No soy una dama noble —continuó—. No soy apta para arder, para ese tipo de pureza. Pero soy fiel y tengo fe.

—¿Y qué quieres de mí? —preguntó el sacerdote.

—Soy una guardiana de la casa de la Señora Gul —dijo Sanvi—. Es viuda y leal a la emperatriz. El jefe de la guardia personal de la emperatriz se ha puesto en contacto con mi señora. Buscan mujeres capaces de proteger a la emperatriz. Yo misma me ofrecí.

—Ah, ¿sí? —murmuró él. Cruzó su mirada con la de ella. Los ojos del sacerdote eran pálidos, hermosos—. Lo lamento, pero no creo que la emperatriz permita que la proteja una mujer de fe verdadera.

—¿Es por eso que solo buscas sirvientas, mujeres a las que crees que ella no prestará atención?

No debes temer sacerdote, no parloteo sobre mi fe, nadie más que yo conoce mi corazón.

Y ahora, tú. —Se inclinó hacia delante para colocar una moneda en el altar de las Madres—.

Si puedo servir a las Madres de las llamas, si puedo servir al imperio, me gustaría hacerlo —agregó—.

Quiero que mi vida tenga un propósito. Quiero morir por algo que valga la pena y creo que soy la persona que buscas.

—Se inclinó hacia atrás—. Tal vez las Madres me enviaron hasta ti. Eso espero.

Él no dijo nada así que Sanvi se levantó y se tragó la decepción que la ahogaba.

—Volveré mañana por la tarde —dijo—. Si las Madres tienen un propósito para mí, espero que te reúnas aquí conmigo.

Regresó la noche siguiente con el corazón en un puño. Subió las escaleras del pequeño altar, azuladas por la luz mortecina. Dentro, la luz de las velas iluminaba el santuario y brillaba en los ojos de las Madres.

Y allí, ante las Madres, estaba su sacerdote esperándola. Se le aceleró el corazón.

—Soy Mitul —le dijo—. Hermanita, sierva de las Madres, ¿cómo debo llamarte?

—Sanvi —respondió ella—. ¿Qué necesitan de mí las Madres, sacerdote?