El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Siete #2
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Capítulo Siete #2

—Tal vez deberías ir a un lugar tranquilo —dijo él, con cuidado de fijar la vista lejos de ella. Dejó que Priya se frotara la mano con vehemencia contra las mejillas para secarse las lágrimas inoportunas.

—De acuerdo —dijo ella con disimulo—. Tal vez debería hacer eso.

Fue el único lugar que se le ocurrió ir.

A los viejos aposentos de Bhumika se los llamaba antes El palacio de las rosas.

Ahora eran más ruinosos que cualquier otra parte del mahal.

Una hazaña impresionante. Las grietas del techo dejaban pasar la luz, Priya alcanzaba a oír a los pájaros trinar y arrullar en los nidos que habían hecho dentro de los huecos dejados por la piedra caída y llena de fisuras.

Priya leyó por fin la carta allí, entre el canto, el silencio y la decadencia de las recámaras de Bhumika.

Priya:

Quizás estés muerta y te hayas ido.

Sé que si estás viva…

La piedra comenzó a fracturarse en grietas finas como cabellos bajo los pies de Priya. Se le nubló la vista, húmeda y vacilante.

Espero que puedas perdonarme por haberte abandonado.

La hermana que ella había conocido nunca habría huido de Ahiranya, nunca habría abandonado a su propia hija.

Y Priya quería creer que Bhumika lo había hecho por un buen motivo pero toda la fe que tenía en ella se había deformado.

Priya ya no era la misma mujer de antes, la que se creía capaz de curar la podredumbre y de ayudar a Ahiranya a tener un futuro, tal vez incluso tener uno para sí misma.

Priya había dejado de lado la esperanza, o eso creía.

Pero debía de mantenerla viva en algún lugar dentro de sí, porque su cuerpo se sentía pesado y le dolía el corazón. Se tambaleó, se dejó caer de bruces contra la pared, apoyó la cara en el hueco del codo, se mordió la piel y gritó, gritó, amortiguando el sonido lo mejor que pudo.

No supo cuánto tiempo lloró, pero el sol se movió, las sombras se desplazaron por el suelo hasta que ella se encontró en un punto de luz solar ardiente.

Inhaló, exhaló y volvió a secarse la cara con la mano como si sirviera de algo.

Le dolía la cabeza de tanto llorar, estaba cansada y enfadada consigo misma y con lo blando que era su corazón.

“Ya basta” pensó y la resolución se le instaló, fría y firme, en los huesos. Se había dicho a sí misma que tenía que proteger a su pueblo, proteger lo que fuera que Ahiranya fuese ahora por el bien de los que vivían allí. Eso no había cambiado, tenía que ser pragmática.

Tenía que pensar en Padma, en Rukh y sostener ese pensamiento como un hilo brillante, algo dorado, más fuerte y valiente que la simple esperanza.

Tal vez al quebrarse y llorar se hubiera derrumbado como un gran árbol, tal vez le hubiera sido imposible seguir adelante.

Pero Priya no era así, nunca había sido capaz de detenerse.

En lugar de eso se enderezó y las enredaderas que rodeaban las paredes de las habitaciones de Bhumika se desenrollaron y se anudaron a su alrededor, como marañas de pelo retorcido por el dolor.

Inspiró con los dientes apretados, giró sobre sus talones y se alejó de los aposentos.

Fue en busca de un yaksa .

Se acercó al yaksa más cercano. Ella podía sentirlos en lo más profundo del huerto: una presencia que era como un pulso, como una llamada.

El huerto había cambiado por completo. Los viejos árboles frutales estaban podridos pero también había árboles nuevos, llenos de vida: corría sangre por sus raíces. Y sentada entre los árboles, con las piernas flexionadas y los tobillos enterrados en el suelo…

— Yaksa —dijo. Hizo una reverencia con la cabeza—. Necesito hablar contigo.

La yaksa que llevaba el rostro de Sanjana levantó la vista del suelo que estaba contemplando; quizá dormía, soñaba o meditaba, Priya no lo sabía.

—Pensé que irías a ver a tu hermano —dijo la yaksa ; su voz era profunda como hojas susurrantes, húmedas por la tormenta.

“Con mi hermano no”, pensó Priya. Y precisamente por eso no había acudido a él.

Si tenía que elegir una herida en la que hurgar, era preferible una herida vieja.

Su dolor por Sanjana era tan lejano como su infancia.

La pérdida de Ashok aún estaba fresca y sangrante, demasiado dolorosa para tocarla, no quería enfrentarse al yaksa que llevaba su piel. Ahora no.

— Yaksa —dijo—. Para enfrentarme a Parijatdvipa necesitaré más fuerza. Tú… bajo el Hirana… Todos vosotros me pedisteis que me sometiera. Os referíais a Mani Ara. Así es como obtendré poder, ¿no es así? Poder para luchar contra Parijatdvipa, para salvarnos.

La yaksa inclinó lentamente la cabeza.

—Pero no puedo llegar hasta Mani Ara —continuó Priya—. Yaksa , por favor. Ayúdame.

—No lo estás intentando de verdad.

—Claro que lo intento.

—He visto dentro de tu alma —dijo la yaksa .

Se puso de pie y caminó hacia Priya; la luz moteada redibujaba los contornos de su rostro y los volvía más suaves y más ásperos mientras miraba a Priya con ojos de sombra. Priya habría calificado la expresión de su rostro como desdeñosa si hubiera sido humana.

—He visto tu ser como si te hubiera desollado.

Sé todo lo que eres. —Su boca se ensanchó.

No era exactamente una sonrisa, sino algo que desbordaba de dientes—.

Y aún no sé por qué Mani Ara te eligió —continuó, con tono suave, venenoso—.

No sé por qué tengo que darte esta lección, ni por qué me haces preguntas tontas cuando la respuesta es clara: esfuérzate más.

Sanjana empezó a alejarse de ella flotando.

—Mani Ara no me responde —dijo Priya en voz baja—. Creo que… Creo que elige no hacerlo.

La yaksa se detuvo y, al mismo tiempo, pareció que los árboles se quedaban inmóviles; sus hojas, congeladas, ajenas a la brisa que intentaba ponerlas en movimiento. Así que Priya insistió.

—La llamé cuando caminaba por Parijatdvipa. Cuando caminaba hacia aquí. A casa. Y ella no respondió. La busqué en el sangam cuando todos vosotros me pusisteis a prueba y me pedisteis lealtad, y ella no estaba allí.

La yaksa giró la cabeza con un chasquido hasta quedar de cara a ella.

Si Priya no lo hubiera sabido, habría pensado que era miedo lo que se reflejaba en el rostro de la yaksa . No había nada de miedo ni de animal un latido después: solo una sonrisa divertida que curvaba su boca.

—¿Crees que la más grande de nosotros obedece tus caprichos?

—No —dijo Priya—. No lo creo.

—Ofrécele tus plegarias. Dale ofrendas. Entrégate a ella de todo corazón y entonces, tal vez, ella te responda. Pero por ahora… —Suspiró—. Puedes sentir todo Ahiranya, ¿verdad?

Priya asintió en silencio.

—Eres la criatura de Mani Ara —continuó la yaksa —.

Más que una simple mortal, más incluso que una hija del templo.

Dondequiera que se extienda la podredumbre se extiende nuestra magia.

La tierra y los árboles cambian para darnos la bienvenida allí donde va.

Donde Mani Ara puede ir, tú puedes ir. Porque eres más que cualquier mayor que te haya precedido: no porque lo merezcas sino porque has sido elegida.

El aliento de la yaksa , la fragancia de la lluvia y de la tierra rozaron la mejilla de Priya. La yaksa la soltó después.

—Extiéndete. Mira.

Priya cerró los ojos. Abrió sus sentidos para percibir todo Ahiranya a su alrededor, sintió aún más allá, se extendió, se extendió…

Se estremeció y un dolor le atravesó el cráneo. La yaksa soltó una carcajada.

—Tal vez esto ayude —dijo—. Gira la cabeza y abre los ojos.

Priya lo hizo como una marioneta obediente.

Detrás de ella, en un lecho de enredaderas, había una ofrenda.

Caminó hacia ella y se arrodilló; el verde crujió bajo sus rodillas.

Era una máscara, bellamente forjada; su madera pulida y oscura emanaba calor.

La máscara de corona.

La tocó con las puntas de los dedos y sintió que la recorría un pequeño escalofrío de energía. Antes de haber nacido tres veces, antes de haber viajado tres veces por las aguas inmortales y haberse arriesgado a morir en cada inmersión, tocar la máscara le habría arrancado la carne de los huesos.

Apoyó todas las yemas de los dedos. Cinco puntos. Luego la aferró y la levantó. Bajo la máscara, las enredaderas que la habían sostenido estaban marchitas y extrañas.

Esa máscara había pertenecido a Bhumika porque había sido la mayor suprema.

Pero Bhumika se había ido y no quedaba nadie más que Priya. Kritika había tenido razón en eso.

—Mantén tu espíritu abierto —dijo la yaksa —. Mantente alerta y mira lo que la fuerza de Mani Ara puede hacer.

—Gracias yaksa —dijo Priya—. Te agradezco mucho.

—La máscara está destinada a una mayor suprema —dijo Sanjana con ligereza—. Deberías haberla reclamado hace tiempo.

Mientras Priya miraba la máscara y sentía su poder, pensó en lo que había dicho Ganam. Que los yaksas deberían ser lo bastante poderosos como para luchar solos.

Pensó en el fuego y en la furia de los ojos de Malini cuando ella la había apuñalado.

— Yaksa —dijo con cautela—. Yo…

—Habla.

—Incluso con el poder de Mani Ara… —Volvió a hacer girar la máscara entre sus manos—. Los parijatdvipanos tendrán fuego, el fuego de las Madres o algo parecido.

Creía, esperaba, que Malini no ardiera voluntariamente. No estaba tan segura de que Malini no fuese a quemar a otros, como había hecho su hermano.

Sanjana soltó una carcajada. Un ruido agudo y fino.

—Tienen la promesa del fuego pero nosotros ya tenemos la podredumbre. Ya nos hemos sembrado en los mundos: en su carne, en sus campos. ¿Lo entiendes? Claro que no.

Los árboles parecían reír con ella, crujir y estremecerse.

—Para destruirnos deben quemar todo lo que necesitan para vivir, deben quemar a los suyos. El mundo ya es casi todo nuestro, solo que ellos aún no lo saben.

“Casi”. La palabra vibró a través de ella.

—Entiendo —dijo Priya—. Gracias yaksa .

Sanjana desapareció con otra de esas risas extrañas y agudas.

“Casi”.

La palabra se posó, por así decirlo, sobre Priya. Bien. No tenía sentido esperar más.

Priya se apretó la máscara contra la cara y sintió que su poder la llenaba hasta el borde.