Capítulo Siete
Priya
R econstruir el mahal era un buen punto de partida.
Ella era capaz de romper la tierra con un soplo ligero, pero inclinar los árboles para que soportaran el peso de un techo abovedado o cerrar las grietas de las columnas que sostenían el techo con savia espesa y raíces era un trabajo que requería una concentración absoluta.
Su cerebro estaba lleno de Bhumika cuando no estaba trabajando, del hambre de los yaksas , de su propia angustia y todos esos sentimientos se anudaban dentro de ella como raíces podridas hasta que no podía respirar.
Concentrarse en el mahal lo alejaba todo.
A veces, después de un día de trabajo, no sentía nada. Solo una calma tan inmensa como las aguas inmortales, que la convertían en algo nuevo y hueco. Era pura dicha.
Pronto pasó a la tarea de reforzar las defensas de Hiranaprastha.
Nuevas trampas en el bosque, nuevos muros de espinas, de raíces y nuevos pozos llenos de maderas afiladas como lanzas para mantener a raya a los enemigos.
Las defensas que necesitarían contra Parijatdvipa —contra Malini— eran enormes: conocía su terquedad y su astucia.
Le dolía el pecho y enterró el pensamiento de Malini.
Pensó en pedir ayuda a Ganam o a alguno de los otros guardamáscaras, pero decidió no hacerlo.
Sabía lo que era la fuerza de los que habían nacido solo una o dos veces.
No era nada comparado con su propio poder de tres veces nacida, e incluso menos que nada, en cierto modo, comparado con la fuerza que Mani Ara le había dado.
E incluso esa fuerza no era suficiente.
“Mani Ara”, rezó mientras caminaba descalza sobre el mármol tocado por el sol, mientras las hojas y las flores que crecían y se marchitaban sobre su piel se volvían hacia la luz.
“ Yaksa mayor, si soy tu sacerdotisa háblame. Si soy tu sacerdotisa dame la fuerza que me ofreciste cuando levanté un río y asesiné a un ejército. Dame la fuerza para destruir a mis enemigos una vez más. Déjame mantener a Ahiranya a salvo”.
Pero, aun así, cuando buscaba a Mani Ara, cuando rezaba, no encontraba nada. No importaba lo que hiciera, el resultado era el mismo: sus manos y su magia buscaban y buscaban, se esforzaban por alcanzar un poder que no podían tocar.
Kritika no dejaba de seguirla.
A través de pasillos repletos de enredaderas, por un estrecho camino con una alfombra viviente de flores verdeazuladas que ondulaban como el agua, a través de un vestíbulo con columnas de árboles centenarios.
La anciana seguía a Priya con la determinación de un general que va a la batalla contra las fuerzas enemigas.
—Hay gente que necesita hablar contigo —decía de nuevo—. La cosecha y el suministro de grano son cosas de las que debes preocuparte, tienes que asumir las responsabilidades del liderazgo.
Priya se pasó una mano por la frente, era mediodía y el calor era implacable. No podía sumergirse en su magia con Kritika parloteando, ahora estaba sudorosa y molesta, y muy dispuesta a reclamar que la dejaran en paz.
—Ayúdame con la cosecha entonces, ayúdame a dirigir. ¿Cuántas veces tengo que decirlo, Kritika? No soy Bhumika. Necesito que hagas lo que sea necesario.
—Los yaksas te han hecho lo suficientemente fuerte para asumir las responsabilidades de tu posición —dijo Kritika. Había un tono quejumbroso en su voz, como si quisiera asegurarse de que Priya en verdad se había convertido en una líder perfecta.
Bueno, era difícil.
“No me han hecho para eso”. El pensamiento era una voz que florecía dentro del cráneo de Priya. Era casi ajena.
—Tal vez me hicieron lo suficientemente inteligente como para delegar —dijo secamente.
Kritika murmuró algo desagradable en voz baja como respuesta.
—¿Qué has dicho? —preguntó Priya, porque claramente había anhelado la muerte.
Kritika dijo lenta y firmemente en lugar de responder:
—Los guardamáscaras solo podemos actuar y servir a Ahiranya si conocemos la voluntad de los yaksas .
—Entonces pregunta a los yaksas .
—¡Tú eres la mayor suprema! —estalló Kritika—. Solo tú puedes hablar en nombre de ellos. Son grandes espíritus, mayor Priya: solo piden adoración, solo miran a través de nosotros, como si no fuéramos nada. Pero a ti… —Se le entrecortó la voz, ahogada por el sentimiento.
—¿A mí qué? —preguntó Priya.
—A ti te miran —dijo Kritika al cabo de un momento— y te hablan, así que debes guiarnos. ¿Lo entiendes? —Le tembló la voz—. ¿Qué ocurrirá si los enfadamos?
Priya tragó saliva.
—Dime lo que crees que hay que hacer y cómo hay que hacerlo y yo… me aseguraré de que sea la voluntad de los yaksas —dijo finalmente—. Y trae a los nobles aquí. Sé que se esconden asustados pero podemos usarlos, tienen oro, provisiones y soldados. Pronto los necesitaremos.
Kritika suspiró con fuerza.
—Los nobles no están en posición de ayudar —respondió.
Priya vaciló antes de dar el siguiente paso, sintió frío en el estómago y una parte instintiva de ella reconoció lo que significaba aquel suspiro y aquellas palabras.
—¿Están todos muertos? ¿O solo la mayoría?
—No —dijo Kritika—. No han muerto, mayor, esperan tu guía como les ordenaron los yaksas .
El pavor roía a Priya el corazón como larvas en una fruta madura.
Se quedó en silencio quizá demasiado tiempo, porque Kritika soltó un suspiro.
—Ignoras muchas cosas —dijo la anciana.
¿Cómo iba a ser menos ignorante si nadie le decía lo que no sabía?
¿Cómo iba a arreglar nada si Kritika se pasaba todo el tiempo arengándola en lugar de ayudarla?
La rabia se apoderó de ella. Sería fácil hacer que Kritika se arrastrara y pidiera perdón.
Actuaba como si supiera lo que era Priya, pero no lo sabía en absoluto.
Priya era la elegida de Mani Ara. Había más savia que sangre dentro de ella, más crueldad que bondad.
No le costaría nada enredar una liana alrededor de la garganta de Kritika y romperle el cuello.
La boca se le llenó de saliva y la fuerza de la rabia la abandonó de golpe. Se sintió asqueada por sus propios pensamientos.
—Lo estoy intentando —dijo cansada—. Créeme, lo intento.
Ahora no podía mirar a Kritika pero oyó el leve suspiro de la anciana.
—Debes gobernar muchacha —dijo Kritika lentamente, y su voz se suavizó hasta convertirse en algo real, algo que reconocía a la Priya que tenía delante, con todas sus partes destrozadas y cosidas, todos sus dientes al desnudo y su dolor.
También había cansancio en su voz—. Creas lo que creas de ti misma, no hay nadie más.
Priya encontró a Ganam. Estaba asomado a un balcón mirando hacia el campo de entrenamiento, donde un puñado de soldados practicaba con hoces de mano.
—He oído que estás al mando de los guardias ahora que Jeevan se ha ido —le dijo apoyándose en el balcón junto a él.
—¿Has oído? —repitió Ganam—. ¿A quién le has preguntado, a los árboles?
—La gente aún me habla —respondió Priya a la defensiva—. Algunos sin duda piensan que soy una yaksa .
—Ayer vi a Khalida huir de ti —dijo Ganam complacido.
—Pero otros son más sensatos —remató Priya. Frunció el ceño y Ganam esbozó una sonrisa—. ¿Tú eres más sensato?
—Sigues siendo Priya —dijo él—, no te pareces en nada a la mayor Bhumika pero te las arreglarás.
Salió de ella una risa irregular.
—Sí —dijo Priya—. Tendré que hacerlo, ¿no? Tengo que hablarte del ejército de Parijatdvipa; sus soldados vienen a por Ahiranya y tenemos que estar preparados.
Él respondió pacientemente a sus preguntas sobre el armamento y el número de guardias, sobre la gente que había huido del mahal cuando Jeevan desapareció y sobre los que se habían quedado.
Pero había una ligera tensión alrededor de su boca que no desapareció cuando ella le dio sugerencias para defender la ciudad.
—¿Tan absurdos son mis pensamientos? —preguntó Priya—. Vamos, sé sincero.
Él negó con la cabeza.
—No eres una experta pero lo haces bastante bien —dijo.
Hizo una pausa—. Kritika confía en los yaksas y la mayoría de los guardamáscaras siente lo mismo, pero yo…
cuando pienso en la guerra… —se interrumpió, luego, con voz llana, dijo—: hago lo que es necesario pero me parece que los yaksas pueden defender Ahiranya sin nosotros, ya han convertido nuestros árboles en una jaula.
¿Para qué nos necesitan? Ellos son dioses, nosotros solo somos de carne y hueso.
—No —dijo Priya meneando la cabeza—, nos necesitan.
No habrían atendido y torturado a Priya bajo el Hirana si ella no fuera vital para ellos. Pero necesitaban más que solo ella: necesitaban a Ahiranya, necesitaban a los enfermos de podredumbre, a los nacidos una vez, necesitaban…
Ella estaba al borde de una especie de conocimiento vasto, de algo pesado que no podía enfrentar o tocar. La verdad se le escapaba cada vez que intentaba alcanzarla.
Deseó que Bhumika estuviera allí. Bhumika habría sido capaz de entender.
—Es la voluntad de los yaksas que estemos listos para luchar —dijo Priya—. ¿Me ayudarás?
—Por supuesto que lo haré —respondió él—. Eres la mayor suprema.
Los guerreros estaban guardando sus armas debajo de ellos. Priya alcanzó a oír sus voces que subían y bajaban, aunque no distinguía las palabras. Desaparecieron por una de las entradas del mahal.
Ganam se reclinó hacia atrás y carraspeó.
—Tengo algo para darte —dijo—. Es de la mayor Bhumika, lo dejó para ti.
Metió la mano en su túnica y extrajo un papel doblado. Priya lo tomó y lo desdobló.
Reconoció inmediatamente la letra de Bhumika.
La carta le temblaba en la mano. Priya tardó un momento en darse cuenta de que era ella la que temblaba, no el papel.
—¿Dónde encontraste esto? —preguntó en un susurro.
—En su estudio —respondió Ganam—. Rompí la puerta. Supuse que, si volvías, la querrías. Y si no… —Flexionó la mano; un espasmo de sentimiento—. Quizá algún día Padma querría tenerla —añadió en voz baja—. Eso fue lo que pensé.
—¿La has leído?
—Sí.
—Está bien.
Priya no podía leer la carta. Las palabras flotaban ante sus ojos.