Capítulo Seis #2
En el centro del patio había diez hombres arrodillados.
Todos eran de alta alcurnia y vestían sus mejores galas: turbantes de seda adornados con joyas, túnicas con fajas.
No llevaban armas. Habían perdido ese privilegio junto con el de una larga vida.
Llevaban las manos atadas con cadenas, cada cadena unida a las esposas del siguiente hombre, para mantenerlos a todos presos en su sitio.
Las ejecuciones habían sido un espectáculo en tiempos del padre de Malini.
Había un gran campo de ejecución y un público mixto (plebeyo y de alta alcurnia) que se reunía para ver el desfile de traidores y su justa muerte: bajo docenas de flechas, por el peso de una pata de elefante en el cráneo o por el corte limpio de una cuchilla en el corazón o la garganta.
Malini nunca había presenciado esas ejecuciones, nunca se había considerado apropiado que una mujer imperial educada con delicadeza viera tales cosas.
Pero una vez había preguntado a Aditya cómo era.
Él se había mostrado dolido, un poco atormentado, pero ella lo había presionado hasta que, a regañadientes, le había contado:
—Era terrible —había dicho—. Terrible y no se me permitía apartar la mirada. No entiendo cómo la gente lo miraba voluntariamente, por diversión.
Hoy ella no pediría a sus aliados que miraran por diversión, ni tampoco a los hombres que estaban destinados a morir.
Malini había asegurado privacidad y una espada afilada para sus traidores. Malini había asegurado, para ella, la galería a la sombra y la presencia de sus consejeras más cercanas. Raziya, Deepa y Lata estaban a su lado.
Malini asintió con la cabeza.
Uno de sus oficiales carraspeó en señal de respuesta y, con voz clara, anunció los crímenes de los traidores arrodillados y su destino.
—Ser leales a un falso emperador. Asesinar a mujeres parijatis. Negarse a servir a la emperatriz justa, la elegida de las Madres. Traición a la patria. Traición.
Solo podía haber un castigo.
Malini miró sin pestañear mientras un guerrero se adelantaba y, sin más ceremonia, degollaba al primer traidor.
Se suponía que sería una muerte limpia, pero la muerte nunca era limpia y, desde luego, nunca faltaba sangre. Se oyó un sonido áspero y húmedo cuando el sable atravesó el cuello del hombre. La sangre brotó a borbotones de la herida de la garganta y el cuerpo se desplomó con un ruido sordo.
Los dos hombres arrodillados a su lado estaban empapados en su sangre, con los ojos cerrados y los rostros grises. Uno de ellos se inclinó hacia el suelo al sentir arcadas pero no vomitó. Ella no había ordenado que le negaran la comida, pero tal vez se la había negado él.
El guerrero se dirigió al segundo hombre. Siguió otro ruido sordo. Luego el tercero.
El cuarto fue el primero en quebrarse. Se lanzó hacia delante, sin prestar atención a sus cadenas, arrastrando consigo a los demás traidores de alta cuna, vivos y muertos.
—Emperatriz —gritó, con voz desdichada—. Emperatriz por favor, perdóname. Perdónanos.
El guerrero se acercó a él. Malini levantó la mano. El verdugo se detuvo.
—Señor Sushant —dijo ella. Su voz era hueca, no tranquila sino serenamente vacía—. ¿Por qué crees que deberíais ser perdonados?
—Nos comportamos según lo que creímos correcto —balbuceó tembloroso, con la sangre como una mancha de color bajo el sudor y los ojos humedecidos por las lágrimas—. Intentábamos ser buenos hombres de alcurnia. Emperatriz por favor…
—Y, sin embargo, actuasteis en contra de la voluntad de las Madres señor Sushant —lo interrumpió Malini—. Yo soy la elegida de las Madres. ¿Lo niegas?
—N-no, emperatriz, no, nunca.
—Mis generales, mis consejeros y los guerreros que lucharon en mi nombre murieron por culpa del falso emperador Chandra —dijo Malini con esa misma terrible calma—. Pagaron con sangre y con dinero. Muchos de sus parientes pagaron con sus vidas. ¿Deben sufrir sin justicia?
—Piedad —gimoteó él—. Emperatriz, tú no eres el emperador Chandra, tu hermano era un monstruo, admito que yo temía contradecirlo, pero tú, emperatriz, debes tener algo de compasión…
—¿Debo?
Algo en su voz lo hizo callar. Soltó un jadeo húmedo y la miró fijamente en silencio.
—No soy ninguno de mis hermanos —dijo Malini—. Soy lo que las Madres de las llamas quieren que sea. Y ellas no quieren la suavidad de la misericordia, no quieren compasión, quieren una líder que pueda enfrentarse al enemigo que nos espera y hombres leales que la sigan.
—Yo puedo ser leal —dijo él—. Yo… yo…
—No se puede confiar en ti señor Sushant. Esto, te lo aseguro, es suficiente misericordia.
Malini hizo un gesto con la mano.
El verdugo blandió su espada y Sushant murió.
Malini dejó a Hemanth la tarea de ocuparse de los cuerpos, insistió en que lo hiciera personalmente. “Tú conociste a estos hombres como conociste a mi hermano Chandra”, le había dicho: “Merecen el honor de tus cuidados”.
Él había aceptado con el rostro contraído en una mueca. Sabía, sin duda, cuánto deseaba ella que él estuviera muerto junto a los otros.
Pero Hemanth tenía demasiada influencia entre los sacerdotes de las Madres para que ella lo hiciera ejecutar sin consecuencias.
Había sido sumo sacerdote desde mucho antes de que Malini naciera.
Y, por supuesto, le había resultado útil.
Después de todo, había legitimado su reivindicación del trono, se había arrodillado ante ella y la había llamado emperatriz.
Y había condenado a Chandra, el hermano al que había amado y servido, y por el que había quemado vivas a innumerables mujeres.
El odio y el pragmatismo se enfrentaban en el corazón de Malini. Pero el pragmatismo fue más fuerte al final. Era mejor mantener a Hemanth vivo y bajo vigilancia donde pudiera serle útil. Era mejor convertir a todos sus enemigos potenciales en armas que ella pudiera utilizar en su propio beneficio.
Lata entró con ella en las celdas del mahal. No se dijeron nada mientras se adentraban en los pasillos tenuemente iluminados, pero la expresión de Lata mostraba un alivio visible ante el agradable frescor y la tranquilidad de la prisión, donde nada olía a sangre: solo a humedad y a piedra.
Las prisiones no eran silenciosas por naturaleza, pero los hombres alojados allí no habían hecho más que rezar desde el momento en que los habían encerrado.
Eran hombres acostumbrados a la disciplina interna y externa.
Se veían sus cuerpos envueltos en sombras a través de los barrotes de sus celdas, todos en postura de meditación con la columna recta, la cabeza erguida y las piernas cruzadas.
Malini se detuvo ante una celda. En el brillo tenue de la poca luz solar que se filtraba y el suave resplandor de una única lámpara de aceite, vio la oscuridad profunda de los ojos de un sacerdote guerrero, que se agrandaron al encontrarse con los suyos.
—Emperatriz —carraspeó.
A su alrededor, desde las otras celdas, se oyó un susurro de movimiento y murmullos de otras voces.
—Sacerdote —saludó ella. Y Lata, con voz aguda, dijo:
—Inclínate ante tu emperatriz.
El hombre se puso de pie e hizo una reverencia. Malini volvió a verle la cara mientras lo hacía y notó que sus ojos ardían de sentimiento. No era exactamente odio, sino un fervor sin destinatario, una fe que no seguía ningún camino ni tenía amarras.
Malini podía darle ese camino si él se lo permitía.
—Sacerdote —repitió—. Levántate.
Él se enderezó.
—No esperaba ser bendecido con la presencia de la emperatriz —dijo el hombre. Su expresión era cautelosa—. Por un momento pensé que moriría sin juzgarnos a mis hermanos y a mí.
Se volvió indiscreto al hablar, tal vez por la oscuridad y el aislamiento de esas cuatro paredes. Ella permaneció en silencio y dejó que él vertiera las palabras como la sangre brota de una herida.