El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Seis
8%

Capítulo Seis

Malini

L ata llevaba días visiblemente preocupada. Cuando ella y Malini cruzaban el recinto del mahal habló de lo que pensaba por fin.

—Creo que el camino de la guerra es imprudente —dijo Lata. Su voz era suave como un susurro pero firme.

Malini hizo un gesto con la mano a los asistentes que las rodeaban. Las doncellas que llevaban sombrillas se retiraron. Los guardias (con cascos dorados y sables) inclinaron la cabeza y retrocedieron, dejando a Lata y a Malini en relativa intimidad.

El sol les calentaba los hombros sin la sombra. Malini miró a Lata a los ojos, entornando los suyos ante la luz.

—Continúa —la instó.

—Tus aliados han sobrevivido a una guerra terrible.

Tu victoria contra Chandra tuvo un coste muy alto para ti y para ellos.

Volcar ahora tu fuerza contra Ahiranya, arrastrar a tus aliados a otra batalla…

—Lata negó con la cabeza—. Arriesgas su lealtad —continuó— y arriesgas la supervivencia del imperio.

—¿Qué quieres que haga entonces?

—Esperar —dijo Lata— y darles tiempo. Darte tiempo a ti misma. Todavía no sabemos realmente qué te amenaza desde Ahiranya. ¿Por qué no reúnes fuerzas y esperas a tener más información?

—¿Más información? Cada día recibo mensajes que me advierten que la podredumbre se extiende.

Cada día me dices que el imperio pronto estará al borde de la hambruna si la podredumbre devora nuestros cultivos antes de la cosecha.

Dices que la guerra es imprudente, pero ¿cómo puedo arriesgarme a esperar para saber más?

Lata bajó la mirada y susurró:

—No hemos visto a ningún yaksa digan lo que digan los sacerdotes. ¿Llevarás a tus seguidores a luchar contra fantasmas? ¿Contra los árboles? ¿Qué dirán cuando lleguen a Ahiranya y no encuentren enemigos? Los ahiranyis no tienen ejército.

—Ningún ejército que hayamos visto —corrigió Malini, pero sabía que lo que decía Lata era cierto.

Cuando Malini había llamado a Priya para que se uniera a ella en la lucha contra Chandra, Priya solo había llevado un séquito escaso y ella misma, su amiga, un puñado de hombres. Ahiranya tenía una milicia débil.

Pero los ahiranyis no necesitaban un ejército para ser un enemigo temible. Priya había levantado un río entero con sus manos, había agrietado y removido la tierra.

Malini había visto cuánto poder poseía una mayor del templo. No podía ni imaginar lo que un yaksa , con más poder aún, sería capaz de hacer a su pueblo.

—Mis súbditos hallarán enemigos —dijo con certeza—.

Tanto si encontramos a los yaksas como si no, nos enfrentaremos a algo en las fronteras de Ahiranya, de eso estoy segura.

—Un toque de humor matizó su voz—. Además, harías bien en no subestimar los árboles de Ahiranya, Lata.

Son más eficaces que muchos soldados armados con espadas.

La broma no pareció hacer ninguna gracia a Lata y frunció los labios en gesto de preocupación.

—Si te equivocas…

—No estoy equivocada —dijo Malini—. No descarto tus consejos, confío en tu guía, pero no puedo evitar este camino.

Solo puedo prepararme para él. —Estaba bastante segura de que sus criadas y sus guardias no estaban tan cerca como para oírla, pero aun así bajó la voz—.

Tenemos un arma que puede matar a los yaksas , solo una.

—El recuerdo del fuego en el campo de batalla, ese fuego extraño, antinatural, le recorrió el cráneo—.

No habrá necesidad de prepararse para una guerra prolongada si podemos arrasar Ahiranya con las llamas. Parijatdvipa estará a salvo.

Lata levantó la cabeza.

—¿Y si el fuego no es suficiente? —preguntó. Había miedo en su rostro.

—Entonces al menos lo sabremos —dijo Malini—. Y aprovecharemos el tiempo que tengamos para prepararnos y encontrar otra forma de ganar. —Su voz se templó como el acero—. Ganaremos Lata.

Lata asintió pasados unos segundos.

Malini esperó y empezó a caminar de nuevo cuando Lata guardó silencio. Estaba otra vez bajo las sombrillas un instante después. Sus guardias caminaban a su lado, un muro de acero y armaduras.

Entró en el templo.

Su verdadero dolor se había replegado. Se había permitido llorar y temblar de debilidad el día del funeral de Aditya, pero eso ya había pasado. Se había asegurado de ello.

Todos los días se vestía de blanco: un sari de color marfil, bordado de hilo blanco y plateado.

Sus joyas eran de oro pálido con piedras lunares y perlas.

Cada mañana rezaba como su madre le había enseñado y ponía guirnaldas a los pies de las estatuas de las Madres de las llamas.

Rezaba con las manos juntas, recitando sus nombres sobre las piedras de oración: Nanvishi, Suhana, Meenakshi, Ahamara.

Divyanshi, su propia antepasada. Y después, a diferencia de su madre o de cualquier otra mujer que la hubiera precedido, depositaba guirnaldas a los pies de tres nuevas efigies.

Dos mujeres forjadas en plata: Alori y Narina, sus hermanas del corazón, las mujeres que habían ardido por orden de su hermano Chandra, quemadas cuando Malini se había negado a hacerlo.

Y, finalmente, la estatua de un hombre: Aditya.

La primera estatua de Aditya había sido tallada en oro.

Uno de los mejores artesanos de Parijat se la había presentado, retirando con una floritura la tela que la ocultaba.

Estaba esculpida con habilidad: reproducía la nariz fuerte y particular de su hermano, sus cejas uniformes y serias.

La efigie estaba vestida como un príncipe imperial, con una lujosa túnica que se convertía en llamas a la altura de sus rodillas.

Un símbolo de su muerte y de su inmortalidad.

La estatua no tenía ojos; hasta que no se le tallaran los ojos no se convertiría en un ídolo de culto, completo y sagrado, al que ofrendar guirnaldas e incienso. Solo era oro moldeado.

Malini había mirado el rostro vacío y glorioso, y lo había odiado con todo el rencor que llevaba dentro.

—Derrítelo —había dicho.

El hombre se había inclinado hacia el suelo y había balbuceado sus disculpas, no había querido ofender a la emperatriz. El sumo sacerdote le había pedido que creara un retrato del príncipe. El sumo sacerdote había insistido…

—Destrúyelo —había ordenado de nuevo Malini allí, ante toda su corte, temblando en su trono.

Había temblado, le habían temblado las manos. Las había apoyado en su regazo, una sobre la otra, para obligarlas a quedarse quietas.

—Fúndelo —había dicho nuevamente con una calma tan dura como una espada, una calma amarga por la furia—. Yo seleccionaré a un artesano para que rehaga su estatua.

—Emperatriz… —había empezado a decir tímidamente un consejero. Pero ella no le permitió continuar.

—Era mi hermano. Murió por el bien de mi imperio. Haré que sea honrado apropiadamente.

Y, por las Madres, vaya si lo había intentado. En verdad lo había intentado.

La estatua que estaba ante ella ahora era de madera lacada con un brillo oscuro en lugar de oro.

Madera de un jardín del monasterio del dios sin nombre ofrecida por sus compañeros sacerdotes.

Las estatuas de Alori y Narina estaban en una alcoba privada, cubiertas con un velo blanco.

Pero la estatua de Aditya estaba junto a las de las Madres, muy cerca de su antepasada, Divyanshi.

La efigie era completa y sagrada, y reproducía los ojos suaves y penetrantes de Aditya.

El cabello suave y ligeramente rizado, recogido hacia atrás.

Las cejas como las suyas, la boca sonriente.

Malini no había permitido que esa estatua estuviera ataviada como un príncipe heredero.

En cambio era un sacerdote del dios sin nombre, envuelto en pliegues de tela, con el pecho desnudo y las palmas de las manos abiertas.

Malini se arrodilló y depositó su última guirnalda ante la efigie de su hermano. Cerró los ojos y no pensó en nada ni sintió nada: solo el mármol frío bajo las rodillas y el peso de las joyas en el pelo. Se mantuvo en esa posición un largo rato y después, con una última reverencia, se puso en pie.

—Emperatriz —murmuró Lata detrás de ella y Malini se volvió.

Hemanth la esperaba en la entrada del templo. Tenía la mandíbula tensa y los labios apretados; se inclinó profundamente ante ella.

—Emperatriz —dijo.

—Sumo sacerdote —respondió ella con una suave inclinación de cabeza. Caminó hacia él, las faldas susurraban rozando la piedra—. ¿Están esperando mis consejeros?

—Todo está listo —confirmó él.

—Es un honor contar con tu guía en esta tarea —le dijo ella en voz baja y cálida, como si él le gustara.

—El honor es mío.

“Sé cuánto me odias”, pensó Malini y tuvo que contener la sonrisa que amenazaba asomar en su boca; ese gesto perverso, puro dientes.

En lugar de eso dijo:

—Puedes caminar conmigo.

Chandra había llevado a cabo sus ejecuciones en piras, había quemado mujeres en los jardines del mahal. Las había quemado en su propia corte.

Pero Malini no haría lo mismo que él. Sus ejecuciones serían más limpias.

Se había ocupado un patio de entrenamiento de la guardia imperial y se habían colocado guardias en las entradas para mantener la privacidad.

Sus generales la esperaban más allá de la sombra de la galería reservada a su trono: el Señor Khalil de Dwarali y el Señor Prakash de Srugna; el Señor Narayan de Saketa y el príncipe Rao de Alor, que se negaba a mirarla a los ojos y miraba fijamente a lo lejos; la luz dorada del sol le envolvía el rostro como una venda o una máscara.

Hemanth se unió a ellos, de pie bajo los últimos restos de sombra que proyectaban las columnas de la galería. No le había preguntado si podía permanecer a su lado en la sombra y ella no se lo había ofrecido.