El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Cinco #2
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Capítulo Cinco #2

—¿Has aprendido carpintería en el imperio? —inquirió Ganam enarcando las cejas. Khalida tosió con hipo y se tapó la boca a toda prisa.

Eso estuvo bien. Un poco de picardía, un poco de humor, significaba que aún la reconocían como ella .

—No puedo empeorar las cosas —dijo y ensayó una sonrisa. No cuadraba con su rostro, se sintió rara. La dejó desvanecerse rápidamente—. ¿Qué más hay que hacer? Si crees que puedo hacerlo, dímelo.

Hubo una larga pausa y, de repente, todos empezaron a hablar a la vez.

—Las despensas no alcanzan para alimentar a todos los peregrinos, ni hablar de la ciudad, y los nobles están acaparando…

—Si vamos a hablar de los peregrinos…

—… es imposible conseguir todas las materias primas que necesitamos ahora que las fronteras están cerradas…

Ahora que les había preguntado se arrepentía de haberlo hecho. Las palabras le golpeaban el cráneo. De pronto se sintió débil. Estaba con los suyos y casi, casi a salvo. Fue suficiente para que todo el cansancio que había estado conteniendo la invadiera en una oleada.

—Empezaremos mañana —dijo—. Descansaré hoy y esta noche pero mañana haremos el trabajo de los yaksas y el nuestro. Y sobreviviremos.

Se desplomó en la cama de su antigua habitación.

Durmió acurrucada de lado, con las rodillas pegadas al pecho.

Incluso enredada en su propio sari manchado de suciedad, podía ver el brillo de la vida verde bajo su propia piel y sentir el pulso de Ahiranya que latía como la sangre en sus venas.

Se obligó a cerrar los ojos e intentó, oh, claro que intentó, soñar sueños humanos.

Su cuerpo tenía un cansancio animal pero el resto de ella era vasto, flotaba a la deriva…

—Priya —dijo una voz. Era joven, vacilante.

Abrió los ojos. Era de día, hacía un calor luminoso. Vio una figura y la conoció, lo conoció incluso antes de que saliera de las sombras y entrara en la luz que llegaba desde la ventana.

—Rukh —dijo. El chico llevaba un bulto en sus brazos; una cabeza pequeña con rizos oscuros se apoyaba en su hombro. Priya se enderezó en la cama, súbitamente despierta—. ¿Es…?

—No puedes tenerla en brazos —dijo él con recelo.

¿Era porque ya no era humana? ¿Temía que fuera una yaksa ?

—No lo haré —dijo Priya. Terminó de incorporarse y se sentó sobre sus pies.

Se le aceleró el corazón a pesar de sus temores de no ser del todo humana.

Temblaba por la intensidad de ver a Rukh, de ver a Padma a salvo y entera en brazos de él.

Tal vez un poco de sueño había sido suficiente para restaurar todas las partes de sí misma que eran capaces de sentir ternura y terror.

—Mírala —murmuró, con la voz un poco entrecortada—. Está tan grande… ¿Cómo está?

Rukh guardó silencio durante un largo rato, con los ojos muy abiertos y vigilantes. Había en ellos demasiados sentimientos que ella no podía leer ni entender.

—Ya no es tan gritona como antes —dijo finalmente Rukh, con un temblor revelador en la voz mientras miraba a Priya y abrazaba a Padma fuerte, muy fuerte—. Pero supongo que es normal, teniendo en cuenta todo lo que pasó.

¿Cómo había podido Bhumika abandonar a Padma? Priya no comprendía nada de eso. La pregunta en sí le dolía.

Bhumika tenía que estar muerta.

—No la tocaré —agregó—. Te lo prometo. Pero puedes venir y sentarte a mi lado si quieres. Debe de ser pesada.

Rukh vaciló de nuevo. Lo vio tragar saliva, mecerse de un pie al otro, como si no supiera si quedarse o huir.

—No sé si eres… tú —dijo.

—Eso tiene sentido —admitió Priya, y pensó en el horror lloroso de los ojos de Khalida y en la esperanza decidida y enérgica de los de Kritika—.

Pero ¿por qué acudiste a mí, Rukh? Si crees que soy algo que hicieron los yaksas o si crees que soy uno de ellos…

—Exhaló y sintió el susurro de las flores que crecían en el lecho debajo de ella.

Las apartó. “Marchitaos”—. Sé que te arriesgarías por curiosidad —continuó—.

Así eres tú, no me sorprende. Pero ella… Ah, Rukh, tú no eres así.

—No podía dejarla —estalló él—. Y quería saber…

tenía esperanzas. Tenía que saber si era estúpido tener esperanzas.

Y si eres uno de ellos, si eres una yaksa que se parece a Priya, entonces ningún lugar está a salvo de ti.

Y si eres Priya, entonces ningún lugar es más seguro que aquel en el que pueda estar contigo.

Así que… —Tragó saliva de nuevo y ella vio las lágrimas que surcaban su cara abatida—. Es la esperanza. Es por eso.

—Soy yo —dijo ella con suavidad; se tragó las lágrimas—. Tendrás que decidir por ti mismo si puedes creerlo o no, Rukh. Pero hasta donde sé, sigo siendo yo, Priya, una mayor del templo y lo suficientemente humana. Así que siéntate. O no. Lo entenderé.

—¿Lo harás?

—Por supuesto. O puedes esperar a mañana, quizá confíes en mí entonces, o tal vez pasado mañana. No voy a volver a irme a ninguna parte.

Se quedó quieto durante un largo, largo momento. Pero Padma le pesaba, Priya lo notó. Y él quería creerla.

Se acercó a la cama y se sentó. Priya no acortó la distancia que los separaba pero sintió que se relajaba: una tensión desconocida se le desprendía de los hombros, de la columna vertebral.

—¿Cómo estás, Rukh? —preguntó suavemente.

—Oh, todo es horrible aquí —respondió tratando de sonar trivial.

—Pregunto por ti. Sobre lo horrible que ha sido para ti, en particular. Anda, puedes contármelo.

—Te olvidé por un tiempo —dijo Rukh en voz baja.

Acunó a Padma en sus brazos, con la mejilla de la bebé apoyada contra su rodilla. No parecía una postura cómoda, pero Padma seguía medio dormida, con la cara manchada de tanto llorar y los ojos hinchados. Se metía el puño en la boca y lo mordisqueaba suavemente.

—Yo… el yaksa , el que se parecía a Ashok, me hizo algo y fue como… como si tu recuerdo fuera agua, y me sacaron del agua y entonces ya no tuve el recuerdo.

Tragó saliva y bajó la cabeza. Padma emitió un chasquido e intentó arrancar las hojas del pelo de Rukh, pero volvió a quedarse quieta cuando él la meció.

—Pero ahora me recuerdas —dijo Priya.

—Sí —admitió Rukh—. Volví poco a poco, después de que él me dejó ir. Yo solo… solo quería que me comprendieras si no soy el mismo de antes.

Priya ahogó una carcajada. Agitó el brazo delante de sí, dejando que la luz la iluminara: las venas verduzcas, la savia perlada en la punta de los dedos.

—Sí, claro —dijo— porque yo no he cambiado nada.

—Eso no me hace feliz —dijo Rukh con seriedad—. Todo el mundo dice que los yaksas te transformaron bajo el Hirana.

—Me cambiaron antes de eso —dijo Priya—. Pero no importa, prefiero saber de ti.

Rukh se encogió de hombros con cuidado de no mover demasiado a Padma. Ahora la bebé tenía los ojos completamente cerrados.

—Ya sabes todo lo que me ha pasado —continuó—. Eso fue todo.

Priya señaló con la mirada a la niña que él tenía en sus brazos.

—Ah, sí. Nada más ha cambiado —dijo secamente—. ¿De dónde has sacado a Padma?

—Ahora es mía —respondió Rukh—. Los yaksas me la dieron.

—¿Qué? —Priya se enderezó—. ¿Te la dieron ?

—Después de que Bhumika… se fue —dijo con la voz entrecortada—.

Uno de ellos me dijo: “ella es tuya”. Mía, quiero decir.

Así que no puedo dársela a nadie más, ni siquiera a Khalida, aunque ella me ha explicado cómo cepillar el pelo de Padma.

Y Billu me prepara su comida como es debido, toda blanda, para que pueda comerla.

—¿Por qué te la dieron los yaksas ?

—No sé por qué hacen lo que hacen —dijo Rukh—. ¿Y tú?

Priya pensó en el Hirana, en las cosas que había visto allí.

“Tal vez. Puede que sí”.

—Está triste —decía Rukh mirando a Priya con ojos atentos—. Antes correteaba por todas partes, pero creo que tiene miedo. Está muy mimosa.

—No me sorprende. —Era de esperar, después de todo lo que Padma había perdido. ¡Por los espíritus, ella era tan pequeña todavía…! Priya pensó que ella misma nunca había sido tan pequeña como Padma—. ¿Tienes una bolsa canguro para cargarla?

Rukh negó con la cabeza.

—Te haré una —le dijo—, pero por ahora… —Acarició la manta— acuéstate a mi lado. Puedes seguir meciéndola si quieres y yo te contaré cómo me fue allá, en Parijatdvipa. No la tocaré.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Él le contó todo lo ocurrido en Ahiranya mientras ella estuvo ausente.

Le contó cómo se cerró el bosque y los aisló del mundo, y que cada vez escaseaban más la comida y los suministros.

Le contó de los peregrinos, que habían llegado a depender por completo de los yaksas .

Al principio, movidos por la fe y más tarde por la comida, la sanación y la esperanza, que era otro tipo de fe.

Se lo contó todo y, cuando empezó a llorar de nuevo —lágrimas silenciosas y cansadas—, Priya le habló un poco de la guerra.

Solo las cosas más livianas y seguras: le contó sobre el aspecto de Saketa, el azul del cielo, su inmensidad; del río Veri y de los caballos blancos de los jinetes dwaralis; del mahal imperial y de su belleza grandiosa y extraña.

Relato tras relato, cuidadosamente urdidos, hasta que finalmente Rukh dejó de hacerle preguntas.

Tenía la cabeza inclinada hacia delante: se había dormido.

Ella miró su rostro desencajado, las líneas verdes que le cruzaban la piel de la garganta, los ojos cerrados de Padma, las suaves respiraciones entremezcladas de los dos, y sintió que su determinación se consolidaba.

No podía ir tras Bhumika, no podía volver a tener a Malini.

“No sois nada”, dijo a sus pensamientos sobre Malini. “No debéis ser nada”.

Ella podría proteger a la gente de allí. Ella podría proteger a Ahiranya. Ella podría ser su voz. Sin importar lo que los yaksas le hubieran hecho a Bhumika, Priya pertenecía a Mani Ara y era demasiado valiosa para que la destruyeran.

Eso tenía que servir de algo.

Tocó una de las hojas que crecían profusamente en la cabeza de Rukh. La caricia más ligera.

“No eres nada”, volvió a decirle al feo fantasma del amor que aún persistía en su propio corazón podrido de savia.

“Y esto… Esto lo es todo”.