El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Cinco
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Capítulo Cinco

Priya

P riya caminó despacio hacia el mahal, tratando de ignorar el miedo que se arrastraba en su interior como un gusano. No sabía lo que encontraría.

Los yaksas no la habían acompañado. Se habían limitado a dejarla marchar, a dejarla tropezar de nuevo en el aire frío y brillante más allá del Hirana. Pero podía sentirlos como si estuvieran con ella. Estaban en sus oídos, en los latidos de su corazón, en su sangre.

Al fin y al cabo, el verdor estaba dentro de ella y ellos estaban dentro del verdor.

Antes había sentido a Ahiranya como una extremidad de su cuerpo, todo su verde como una parte poderosa de sí misma que se estiraba. Ahora se sentía como si ella fuese Ahiranya: tan imbricada que, cuando respiraba, los árboles se mecían y el suelo se movía con ella.

También podía sentir el mahal a través del verdor que lo había invadido.

La piedra arenisca, antaño hermosa, estaba agrietada.

El liquen y las enredaderas se habían arrastrado hasta cubrir la roca; las flores que crecían de ellas palpitaban brillantes y respiraban junto a Priya.

Sentía todo, como si pudiera cerrar el puño y desmenuzar el mahal en su totalidad.

¿Podría? Seguro que no. Seguro que no.

Pero Mani Ara había hecho de ella algo nuevo. Priya no conocía los límites de su nueva fuerza.

Entró en el mahal a través de los pasillos que antes le eran familiares.

Los pilares tallados en piedra arenisca, antaño altos e imponentes, estaban rotos; el techo debería haberse derrumbado sin su apoyo, pero a la piedra la habían sustituido los árboles vivos cuyos troncos se alzaban a través del suelo roto; las ramas sujetaban el techo y el follaje colgaba como un cortinado.

“Puedo sostener el techo o destruirlo” pensó fríamente. “Con un movimiento de mis dedos”.

La voz que oía en su cabeza no parecía la suya.

Se obligó a pensar con normalidad: a pensar como un ser humano, con el tipo de compasión práctica y profunda que sabía que también era humana.

“La gente no puede vivir así”, pensó Priya. Y, entonces, se dio cuenta de golpe.

“La gente no puede vivir así, pero los yaksas sí”.

“Yo puedo”.

Pudiera o no vivir así, sin duda la gente estaba haciendo un gran esfuerzo.

Las habitaciones que bordeaban los pasillos se habían convertido en improvisados dormitorios y salas de oración, y había mucha más gente de la que debería haber.

Tardó un rato en contar cuántos llevaban cuentas de madera sagrada en las muñecas y en la garganta.

Los frascos de agua inmortal extraída de la fuente, ensartados en las cinturas.

Devotos. Eran muchos y muchos estaban armados.

Al principio nadie se fijó en ella. Probablemente su aspecto no era diferente del de quienes tenían la podredumbre. Entonces vio a una mujer anciana que caminaba por el pasillo y ahogó una exclamación al reconocerla.

Kritika, la líder de los guardamáscaras, la vio a su vez. Se le tensó el rostro, como si la conmoción y el miedo la hubieran tomado desprevenida, sin que ninguno de los dos ganara ventaja en su expresión, que era más bien un rictus.

—Mayor Priya —dijo con voz ronca—. ¿Eres… eres tú?

Priya asintió en silencio. Sentía los pulmones vacíos, la boca inútil.

Kritika hizo una reverencia. Sus ojos brillaban llenos de lágrimas y su expresión era decidida cuando se levantó.

—Los yaksas te han traído de regreso —dijo con voz temblorosa—. Me alegro mucho mayor.

Qué curioso. Priya creía que no le caía muy bien a Kritika. Pero ahora ella la miraba, esperanzada, ansiosa y Priya… Priya tenía que decir algo profundo, ¿no? Se devanó los sesos.

—Estoy hambrienta —dijo con voz entrecortada.

Billu le dio de comer.

Kritika la llevó a la cocina. La guio como si Priya ya no supiera dónde estaba la cocina, aunque antes la había visitado varias veces al día.

En el patio abierto, junto a los hornos y el caldero de té siempre humeante —era probable que ese caldero sobreviviera más que cualquiera de ellas—, Priya comió de pie y se bebió una jarra casi entera de agua ella sola.

Comía como una fiera, como un animal hambriento, porque su cuerpo era animal y estaba hambriento y no tenía energía para disimularlo.

El personal de servidumbre se reunió a su alrededor: Billu, que gobernaba la cocina; Khalida y las criadas, que se habían convertido en las amas de la casa desde la independencia de Ahiranya; los exguardias imperiales —excepto Jeevan— y, por último, Ganam y los demás guardamáscaras que se agrupaban alrededor de Kritika como niños.

Los reconoció a todos y reconoció que todos la observaban, curiosos y recelosos, como si ella fuera un halcón enjaulado o una serpiente atrapada en la punta de un palo: hermosa pero capaz de atacar si la provocaban.

—¿Dónde has estado? —le gritó por fin un guardamáscaras. Eso rompió la tensión. Una de las lavanderas añadió inmediatamente:

—Estás muy delgada, Priya. ¿Has estado con el ejército de la emperatriz todo este tiempo? ¿Has vuelto aquí sola?

—No te has enterado —dijo Priya insensible. Miró de cara en cara—. Ninguno de vosotros lo sabe. ¿O sí?

—¿Saber qué?

—Nuestras fronteras están cerradas —dijo Ganam rotundamente—. Cualquiera que intente salir o entrar muere, sabemos lo que ha pasado en Ahiranya. Nada más allá de eso.

La comida se le revolvió en el estómago y le provocó náuseas. No se habían enterado.

Los yaksas ni siquiera habían hablado de ello directamente.

Había sido la misma Priya quien les había dicho que se había arrancado el corazón.

Lo recordaba ahora, en destellos enfermizos: Malini, la confianza visible en sus ojos negros; la manera en que habían cambiado cuando se quebró esa misma confianza, como una cuerda cortada de cuajo.

—Apuñalé a la emperatriz —dijo Priya con más calma de la que creía ser capaz.

Se hizo un silencio de estupor.

—¿Sigue… sigue viva, mayor Priya? —preguntó finalmente Kritika.

—Sí —respondió. Pero lo que siguió fue un puñetazo de espanto que se apoderó de su corazón, de sus pulmones y empequeñeció el aire a su alrededor.

¿Cómo podía saber si Malini había sobrevivido o había muerto? No había cómo saberlo. Sabía cómo podían supurar las heridas incluso con los mejores cuidados. También sabía del deseo feroz de vivir de Malini. ¿Era suficiente el deseo?

Atravesó sus sentimientos con un suspiro y acalló el miedo. Probó otro bocado de comida. Masticó con fuerza el roti ; el pan se le deshizo entre los dientes y le dio tiempo para recuperarse, para pensar, para guardar silencio.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó una criada.

Priya tragó saliva y dijo simplemente:

—Los yaksas me lo pidieron.

—Entonces era merecido —dijo Kritika con determinación— y era necesario. Debemos confiar en los yaksas —recalcó, como si los demás hubieran debatido antes ese asunto con ella.

No respondieron y Priya tampoco. No estaba segura de necesitar responder. En lugar de eso, bebió un trago de té, que estaba muy caliente.

—Sé que Bhumika no está aquí —dijo. Le temblaba un poco la voz.

—Desapareció. —El rostro de Billu estaba impasible—. Un día estaba aquí, y luego ya no.

Así que nadie sabía lo que le había pasado a Bhumika.

—¿Padma está a salvo? —preguntó Priya—. ¿Y Rukh…?

—Ambos están aquí y a salvo —respondió Billu—. No tienes que preocuparte por Rukh ni por la bebé.

—¿Dónde están los soldados que fueron contigo a la guerra? ¿Y dónde está Sima? —preguntó Ganam con los ojos oscuros y expresión sombría. Como si ya supiera cuál sería su respuesta—. ¿Están a salvo en otra parte?

Se le cerró la garganta.

Ella no sabía, no podía saber qué le había ocurrido a Sima entre los parijatdvipanos. Pero la había dejado allí con la esperanza de que, fuera lo que fuese lo que le esperaba a Priya en Ahiranya, Sima estuviera a salvo.

—Corrimos un gran riesgo en la guerra —dijo. Era y no era en absoluto una respuesta; les dejaría hacer sus propias suposiciones.

—Te han hecho algo —soltó Khalida. Luego se tapó la boca con la mano, con los ojos asustados y desorbitados. Se oyó un inquieto arrastrar de pies y murmullos de voces.

Priya pensó en las enredaderas y las hojas que los rodeaban, que eran como una extensión de sus propios ojos y oídos. Pensó en cómo vivían los yaksas en ellas, cómo veían a través de ellas, cómo sentían a través de ellas, igual que ella misma.

—No te preocupes —dijo—. Aunque los yaksas puedan oírte, ellos saben lo que me han hecho. No les molestará saber que lo has notado.

—La Señora Bhumika no tiene ese aspecto —dijo Khalida con la voz un poco quebrada, mientras señalaba a Priya con una mano temblorosa. Tragó saliva y, cuando volvió a hablar, había una firmeza forzada en sus palabras—. Aún se parece a sí misma.

—Se parecía —corrigió uno de los guardamáscaras con un murmullo.

Priya resistió el impulso de tocarse la cara y no reconocer su piel. Juntó las manos.

—Me alegra que estés aquí para guiarnos —dijo Kritika, con un tono de voz preciso para ahogar los comentarios—.

Necesitamos que una mayor nacida tres veces nos guíe como hicieron quienes nos precedieron en la Era de las Flores.

—Miró a Priya fijamente, como si pudiera convertirla en alguien digno de todas sus esperanzas con solo mirarla—. Todo será mejor ahora.

“No soy Bhumika” quiso decir Priya inmediatamente. “No soy a quien deberías estar buscando para que te guíe. Hice mi trabajo, intenté curar la podredumbre y protegí nuestra tierra de los soldados imperiales pero no fue suficiente. No soy… no soy una líder. No soy lo que estás buscando”.

Pero no podía decirlo. No podía permitirse esconderse a la sombra de Bhumika. Ya no había una Bhumika detrás de quien esconderse.

“¿Dónde estás hermana? ¿Estás viva?”

El personal del palacio estaba en silencio, con los ojos muy abiertos, todos pendientes de su silencio, atentos a sus palabras.

—Podemos empezar a mejorar las cosas —dijo tratando de sonar fuerte y práctica—. Veo que el mahal se está cayendo a pedazos. Me ocuparé de eso.