Capítulo Cuatro
Bhumika
S intió como si la arrastrara el agua. Su cuerpo se bamboleaba sin control, le costaba respirar y, cuando recobraba el aliento, gritaba y suplicaba por algo o alguien que había perdido.
El dolor de la pena se abría en ella como un abismo y la voz que la hacía callar, cada vez más frenética, no era la que ella buscaba.
Le dolía la cabeza, era una tormenta en la coronilla.
—Respira —dijo la voz. Era la voz de un hombre. El hombre le suplicó—: Dime qué te duele.
“Le puse el nombre de una flor. Le puse nombre. La abandoné. La abandoné. La abandoné…”
—Fiebre —dijo la voz del hombre. Y luego hizo un ruido que podría haber sido un sollozo ahogado—. Mierda —dijo. Y volvió a maldecir. El mundo se inclinó cuando lo hizo y ella sintió un aliento en el pelo. El agua sonó de pronto en sus oídos como el latido de un corazón.
Se dio cuenta de que no se la llevaba el agua. Era alguien de carne y hueso que la guiaba, la acunaban unos brazos. El viento rugía y le mordía la cara, era doloroso.
—Aguanta —dijo él—. Aguanta mi señora.
Ella aguantó. Incluso cuando las aguas subían, cuando la tormenta intentaba tragársela, ella aguantó. Pasó el tiempo y volvió a quedarse quieta; el quejido de los insectos resonaba en sus oídos.
—Por favor. —Oyó la voz del hombre, rasgada por el cansancio—. Amiga, necesito ayuda, mi mujer está enferma.
Consiguió abrir los ojos con gran esfuerzo. Su visión era una media luna, un suave borrón de cielo gris oscuro que se desvanecía en la tierra negra. Delante de ellos, enmarcada por una puerta, había una silueta encorvada. Cabello plateado, un sari.
—Eres ahiranyi —dijo la figura con recelo.
El hombre la estrechaba entre sus brazos.
—De nacimiento —respondió él. Sonaba arrepentido. Desesperado—. Pero vinimos a vivir a Srugna hace años, mucho antes de casarnos. Nos expulsaron de nuestro pueblo, por favor, amiga, no nos eches tú también.
—¿Qué te hace pensar que serás bienvenido aquí?
—La esperanza —respondió—, no tenemos la podredumbre. Te lo prometo, por favor.
Finalmente, la mujer le dijo que podían dormir detrás de la casa. El hombre le dio las gracias.
Sintió que le ponían un chal por encima. Agua en los labios. Tierra dura a su espalda; algo blando que unas manos cálidas metían bajo su cabeza. Después nada durante mucho tiempo.
Perdía y recuperaba la conciencia. Oía fragmentos de conversación desconocidos para sus oídos, marañas absurdas, cada vez que emergía de las aguas del sueño.
—Es un asunto lamentable. —La ira de la anciana había desaparecido y su voz solo contenía compasión—. Familias partidas en dos, padres separados de sus hijos y sus ancestros por el mal que ha cambiado las fronteras de Ahiranya. ¿Habéis perdido a alguien?
—A su hermano y a su hermana. —La voz conocida del hombre—. Eran su única familia.
Un suspiro.
—Ahiranya está maldita. Siento haber sido tan desconfiada con usted y con su pobre esposa, pero espero que comprenda…
—Le agradezco mucho.
Sintió una mano en la frente. Un pulgar que peinaba hacia atrás su cabello húmedo de sudor.
Se durmió.
Esta vez, cuando despertó, las aguas de su mente y de su corazón se habían calmado a su alrededor. Antes se estaba ahogando pero ya no, podía respirar, no se estaba quemando. Abrió los ojos legañosos por el sueño y la enfermedad, era de noche.
El hombre estaba sentado contra la pared de la casa, erguido, con las piernas cruzadas.
Dormía con una espada sobre las rodillas y ella oyó su respiración tranquila.
Dentro de la casa ardía una lámpara. En la hierba y los árboles que los rodeaban se oía un ruido, un goteo rítmico y constante de agua. Giró la cabeza lentamente.
Había gente mirándola. Tenían los rostros cubiertos con telas empapadas que caían en pliegues al suelo, a sus pies. Llevaban cuencos en las manos, cuencos que vertían agua de ríos desconocidos al suelo. Agua verde, dorada y roja.
La cantidad de personas cambiaba a medida que ella los observaba: una docena, luego diez, después un borrón de rostros, demasiados para que pudiera contarlos con rapidez. Pero vio adultos, niños.
—¿Quiénes sois? —susurró. Su voz salió como un graznido. Estaba sedienta, agotada.
Silencio. Entonces, con un suspiro, una niña con velo de agua se adelantó y se arrodilló. Le tendió su cuenco verde.
—¿Quieres beber?
Ella miró el agua. La invadió una extraña sensación: un conocimiento. Una parte de ella yacía en el agua que se arremolinaba en aquel cuenco: un conocimiento que su cráneo, ya dolorido, atormentado, no podía abarcar sin ayuda.
Si bebía, sabría algo enorme y terrible.
Extendió una mano y el hombre se movió detrás de ella. Las figuras habían desaparecido.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó—. ¿Necesitas agua? ¿Comida?
Ella lo miró fijamente. Cabello oscuro, mandíbula afilada bajo la sombra de la barba incipiente, parecía cansado.
—¿Quién eres?
—Soy Jeevan —respondió él en voz baja.
Ese no era el nombre que le había dado a la anciana que los había auxiliado.
—No eres mi esposo —dijo ella; bajó la voz para igualarla a la de él. No quería que nadie la oyera.
—No, mi señora —confirmó él.
“Mi señora”. La sacudió como un golpe en los huesos, tan extraño que casi no parecía dolor.
—Si le has dicho a esta gente que eres mi esposo, no debes volver a llamarme así —dijo—. ¿Cómo me llamo?
—Bhumika.
Bhumika. El nombre no le sonaba a nada. No encajaba en su corazón. Ella no sabía quién era Bhumika.
—Llámame así entonces —dijo.
El hombre barrió y limpió los escalones de la casa de la anciana por la mañana. Le llevó leña y le dio las gracias de corazón; la mujer se había ablandado con él.
—Tienes un buen esposo querida —le dijo a Bhumika—. Espero que encontréis un hogar seguro juntos.
—Yo también —respondió ella.
La anciana juntó las manos.
—Siento lo de tus hermanos —agregó compasiva—. Rezaré a las Madres para que nuestra emperatriz los libere algún día de Ahiranya.
Le latía la cabeza. Pensó en los centinelas con sus velos.
—Gracias —respondió—, no habría sobrevivido sin ti.
El hombre llamado Jeevan se alejó del bosque con ella, a través de la maleza, bajo el sol pálido del amanecer. Se volvió hacia ella.
—¿Adónde irás?
Ella tenía que encontrar a alguien.
Ella era un recipiente de conocimiento y necesitaba a alguien que lo llevara por ella, alguien que pudiera ver lejos, alguien con el poder de ser escuchado.
En ese remolino de conocimiento dentro de ella había una imagen: un lago.
Un lugar sagrado que entrenaba a su gente para escuchar voces que estaban más allá del mundo mortal.
Allí era donde un buscador había aprendido cómo poner fin a la Era de las Flores y matar a los yaksas hacía mucho tiempo. Un buscador regresaría allí.
Se volvió hacia los centinelas que estaban a lo lejos. El camino de tierra que conducía hasta ellos brillaba como un río: zigzagueante y atrayente. Señaló con una mano hacia ellos. Su boca sabía a limo, a piedra redondeada por el agua. El sabor del conocimiento robado.
—A Alor —dijo.