Capítulo Tres
Rao
—H abrá guerra por supuesto.
El chasquido de una petaca desde la que se vertía el licor. Su aroma a hierro era penetrante, profundo, tan parecido al de la sangre que Rao tuvo que alejar la cara y mirar fijamente una de las lámparas de la pared. La llama parpadeaba en su interior, naranja y amarilla.
Una llama podía ser azul si ardía lo suficiente. Rao lo sabía ahora.
Guardó silencio mientras murmuraba una voz y luego otra. Guerra, sí, habría guerra. Después de todo, los ahiranyis habían enviado a una asesina a matar a la santa emperatriz de Parijatdvipa. Tendría que haber venganza sin justicia. Los ahiranyis sabrían de la fuerza de Parijatdvipa una vez más.
Una asesina. La palabra resonó extrañamente en la cabeza de Rao.
Priya los había salvado a todos en el río Veri, había luchado por ellos, casi había muerto por ellos, él mismo había arrastrado su cuerpo invadido por las flores desde el lecho del río. La emperatriz no tendría trono si no hubiera sido por ella.
Pero no se podía negar que ella había apuñalado a Malini, al fin y al cabo.
—… fronteras infranqueables —murmuraba otro hombre.
Rao giró la cabeza para seguir el origen de la voz.
Uno de los sruganis. Rao no lo reconoció ni tenía interés en reconocerlo pero, con una mirada desinteresada, notó el sudor que brotaba de la frente del hombre y la tensión de la mandíbula, solo por tener algo que hacer aparte de pensar en llamas, llamas y llamas.
—Enviamos guerreros a Ahiranya pero los árboles los consumieron como los dientes de las fauces de una bestia. No me creeréis hermanos míos pero si se me diera a elegir entre la quijada de un tigre o el bosque de Ahiranya… —movió la cabeza— elegiría el tigre —concluyó con firmeza.
“Le creo” pensó Rao. Había visto cómo era el bosque de Ahiranya con sus propios ojos, había visto lo que la podredumbre podía hacer.
No dijo nada. Los nobles que lo rodeaban se removieron inquietos en sus cojines, se escuchó un tintineo cuando se abrieron más botellas de licor y se compartieron.
El luto consistía en no beber, no apostar y no mantener relaciones sexuales hasta que el ritual hubiera concluido.
La emperatriz y su corte de mujeres leales seguían rezando junto a las cenizas humeantes de las flores.
Él no había asistido al funeral —preferiría haberse sacado los ojos antes que ver arder una pira vacía en nombre de Aditya—, pero había escuchado detalladas descripciones de la noble desdicha de Malini arrodillada junto a las flores, de su rostro gris y de sus ropas de luto blancas como huesos tocados por el sol.
Una plañidera perfecta, incluso había que engatusarla para que comiera.
Y, sin embargo, allí estaban sus hombres, en una habitación a oscuras con los postigos cerrados, las cortinas echadas y las velas encendidas, bebiendo los mejores licores de Parijat y saciándose mientras reflexionaban sobre el destino fatal que les aguardaba.
—Los sacerdotes aseguran que volverán los yaksas —dijo un joven noble parijati. Le temblaba un poco la voz.
Un murmullo de inquietud. Un hombre se rio.
—Imposible —dijo.
—Si los sacerdotes lo dicen debe de ser así —dijo otro hombre.
Hubo una reacción de desacuerdo.
“Los yaksas van a volver”, pensó Rao. Había visto cómo florecía y recobraba la vida el brazo cercenado de un yaksa , una reliquia de la Era de las Flores. Había tenido una visión del dios sin nombre en un estanque de agua. “Un advenimiento. Un advenimiento inevitable”.
Rao había visto los ojos de Aditya cuando le había mostrado el brazo cercenado. Había visto el momento en que Aditya había hecho su elección: cuando había decidido que la fe sin nombre tenía un propósito para él, que era su momento de arder.
Rao se levantó con brusquedad y volcó sin querer una copa de vino. El hombre que estaba a su lado maldijo cuando le cayó en el regazo.
—Discúlpame —dijo Rao. El hombre abrió la boca para decir algo pero la cerró de golpe cuando se encontró con los ojos de Rao.
Rao se volvió y salió de la habitación. Nadie hizo ningún esfuerzo por detenerlo.
Había estado poseído durante días por un deseo vago, pero urgente, de desaparecer en el anonimato de una casa de placer y ahogarse en una cuba de vino barato rodeado de desconocidos, pero el tiempo que había pasado en presencia de sus compañeros de alta cuna le había dejado claro que no estaba de humor para la compañía.
No importaba. Estaría solo en lugar de eso. Sobornó a uno de los guardias para que le diera de beber y siguió caminando.
Había unas cuantas recámaras de techo bajo que daban a un jardín de estanques de lotos.
Subió a la más baja balanceándose con un solo brazo; en el otro sostenía tres petacas de arrack, el licor que menos le gustaba.
En cuanto apoyó las piernas en la piedra firme del tejado, abrió una de las petacas y se la llevó a los labios.
El licor amargo y ardiente le quemó el paladar; tragó rápido, dejó que lo atravesara el fuego.
Quería beber hasta que no pudiera sentir su propia piel, hasta que se convirtiera en un hombre hueco, zumbante y nauseabundo, vaciado de toda la tristeza que llevaba dentro.
Otro trago, y dos y tres. Se apoyó en los codos y miró Harsinghar.
La ciudad desde allí era un cielo nocturno tendido sobre la tierra, oscuro, informe y salpicado aquí y allá de luz.
Parecía casi pacífica. Desde allí, no podía ver a los dolientes que seguían llorando y rezando fuera de los muros del mahal.
Tampoco podía oírlos. Era un alivio no oír nada más que el viento, no sentir nada más que el licor y el mordisco agudo de la brisa nocturna en la cara vuelta hacia el cielo.
Pero, ah… si aún podía sentir su cara, entonces tenía que seguir bebiendo.
Así que bebió hasta que la oscuridad se suavizó. Cuando oyó un estruendo y sintió que una piedra le golpeaba la pierna, maldijo sorprendido y la petaca se le escapó de las manos, ya entumecidas por la borrachera. Rodó y se derramó el poco arrack que quedaba.
—¿Rao? —llamó una voz—. Soy yo.
—¿Lata? —Se incorporó—. ¿Por qué has arrojado eso? Sube.
—No puedo subir hasta ahí —respondió ella en voz baja en la oscuridad, pequeña y lejana—. Ya lo intenté. ¿No me oíste?
—No —dijo arrastrando las palabras—. Pero he bebido mucho. Bajaría, pero probablemente me rompería el cuello.
No tuvo que oírla para saber que suspiraba, movía la cabeza y había arrugado un poco la frente como cuando estaba ensimismada o muy enfadada.
—No te vi en el funeral —dijo.
Un puñetazo de dolor en el pecho. El funeral. El funeral.
—¿Se dio cuenta Malini? —preguntó Rao.
—No. La emperatriz estaba… distraída.
Alcanzó a oír el hilo de preocupación en la voz de Lata.
A Malini no se le escapaban las cosas, pero la muerte de Aditya y las acciones de la mayor Priya la habían cambiado.
“Está herida”, le había dicho Lata una vez.
“No solo en la carne. En algún lugar profundo dentro de ella, donde ningún médico puede curarla”.
Rao lo había entendido, conocía esa sensación.
—Bien —dijo.
Pensó en abrir otra petaca, pero algo parecido al pánico burbujeó en su interior. Le temblaban las manos.
—Debería haber ido —continuó—. Pero yo… Lata, no necesitaba ver arder a Aditya. Yo ya…
—Rao —dijo ella. Su voz era espesa—. Lo sé.
De pronto se cansó de no verle la cara, de estar solo en ese tejado con una bebida asquerosa que ni siquiera le gustaba.
Se deslizó hasta el borde y saltó. Cayó con los codos sobre la piedra y la cara pegada al suelo.
Vio a Lata correr hacia él con la falda del sari como una sombra azul sobre la hierba. Lo aferró del hombro.
—Levántate —le dijo—. ¿Qué has bebido?
— Arrack —respondió él.
Otro suspiro.
—¿Puedes levantarte solo o tengo que buscar guardias que me ayuden?
Rao insistió en que podía levantarse y entre los dos consiguieron que se pusiera en pie. Apoyó un poco de su peso en el hombro de Lata y los dos se tambalearon por el jardín de lotos hacia los pasillos del mahal.
—Eres demasiado pesado para esto —dijo ella al cabo de unos minutos—. Apóyate en la pared.
—Deberías haberme arrojado al estanque —murmuró él mientras la soltaba y se sostenía de un candelabro—. Eso me habría despertado.
—O te podrías haber ahogado.
“Eso no habría estado tan mal”, pensó. Pero, gracias al dios sin nombre, tuvo la sensatez de no decirlo.
Normalmente las puertas que daban a los pasillos del mahal estaban cubiertas por cortinas de seda de color verde pavo real y azul brillante, salpicadas de piedras preciosas y bordadas con hilos de plata.
Sus ojos aturdidos tardaron un momento en darse cuenta de que todas las cortinas se habían sustituido por simples telas blancas que colgaban pesadas, demasiado gruesas para ondear con los suaves vientos nocturnos.
Aferró una cortina con las manos. Sintió su peso.
—¿Crees que alguien lo llora de verdad? —se oyó decir como desde lejos.
—Claro que sí —respondió Lata desde algún lugar detrás de él—. La emperatriz lo llora.
Rao tragó saliva con un inexplicable dolor de garganta. Aferró la tela con más fuerza.
—Sí —dijo—. Así es.
Sintió la mano de Lata en el brazo. Un ligero roce. Después, la voz de un hombre desde la penumbra, delante de ellos.
—Príncipe Rao —dijo la voz. La siguieron pasos pesados—. Yo…
La voz se apagó cuando el hombre se dejó ver a la luz de la lámpara.
Romesh era uno de los hombres del príncipe inferior Ashutosh; su túnica de cuello alto y mangas largas, marcada con los emblemas de Ashutosh, ocultaba las hojas podridas que le brotaban de los brazos y la garganta.
Paseó la mirada de Lata a Rao, de la consejera de la emperatriz a uno de sus generales, y después se inclinó y dijo:
—Me marcho.
—No —dijo Lata—, por favor llévatelo. Me temo que ha bebido demasiado.
Se alejó de Rao, caminó rápidamente hacia Romesh y luego más allá de él.
—Llévalo a su habitación —instó—, el príncipe Rao debe descansar. La emperatriz lo necesitará pronto, hay mucho trabajo que hacer.
Trabajo. La guerra, supuso Rao, era trabajo.