Capítulo Dos
Malini
T odas las noches volvía a la corte del mahal imperial. No podía evitarlo, sus sueños la llevaban allí.
Todas las noches eran iguales. La piedra azul debajo de ella; la luz de una luna escondida que cubría con su velo el mármol blanco; la pálida arenisca de tonos profundos como el agua.
El oro de una fogata de la que brotaban flores delante de ella.
Caléndulas, ashokas y rosas de un rojo sangriento que caían de las llamas a sus pies. Y allí, esperándola siempre, Priya.
Priya y su pelo enmarañado del que caían hojas suavemente. Priya llorando con rastros de fuego brillante en las mejillas.
Priya ensartando un cuchillo entre las costillas de Malini.
Malini despertó con un dolor agudo en el pecho. Mantuvo los ojos cerrados por un largo momento; después se puso en pie. Se quitó la blusa y presionó su piel con las yemas de los dedos.
Primero la carne lisa y luego las cicatrices: su aspereza fea bajo los dedos, como una cuerda de carne herida vuelta a anudar.
Tocar las cicatrices le recordó que el cuchillo había desaparecido y Priya había desaparecido. El dolor ya no tenía razón de ser.
Volvió a acostarse, le palpitaba el pecho. Una puerta abierta en su cráneo, un fuego y un cuchillo al final.
Salió el sol el día del funeral de Aditya, Ella había creído, a medias, que no saldría.
El cielo estaba aún de un tono rosa pálido cuando las sirvientas arrastraron cubetas de agua calentada al fuego hasta la sala de baño de mármol y la vertieron en la tina. Malini las siguió, a paso lento y apesadumbrada.
Se sumergió en el profundo pozo de la tina; el agua hervía a su alrededor, tan caliente que le escocía y dolía la piel. Cerró los ojos y respiró el vapor mientras una doncella vertía aceite en el agua y otra le recogía el pelo y se lo desenredaba con un peine de marfil y aceite de jazmín.
Las criadas se movían en silencio. El olor del attar de flores, incluso diluido, era casi abrumador. Pero aún así, cuando Malini se levantó de la tina, metió la mano en la jarra que aún sujetaba una doncella y se aplicó el aceite perfumado detrás de la oreja.
Sabía lo fuerte que olía una pira. Mejor oler a flores que a fuego si podía elegir.
La envolvieron con un paño para secarla, le secaron el ungüento del pelo y se lo recogieron en una trenza.
Ese día no llevaba flores en la cabeza ni joyas en las muñecas, la nariz, las orejas o la garganta.
El sari que las sirvientas le enrollaron alrededor del cuerpo era del blanco reservado al luto.
Le dolía el pecho al moverse ante la suave insistencia de sus criadas.
La piel tirante y llena de cicatrices se resistía a sus movimientos.
El dolor era aún mayor porque se negaba a distraerse de él.
En lugar de eso, se concentró resueltamente en su propio cuerpo: el sudor que ya amenazaba con subirle a la piel, el calor desvanecido del agua, el aroma a jazmín y el dolor siempre presente en las costillas.
Los funerales debían celebrarse lo antes posible después de la muerte: había que quemar el cuerpo, rezar y empezar el luto. Pero el de Aditya no era un funeral normal. Él se había sacrificado por el imperio. Había elegido morir en el corazón de un fuerte de Saketa.
Aditya había ardido como las Madres. Aditya había sonreído, o eso decía la gente: había sonreído y había hecho que los guerreros que lo rodeaban juraran servir a Malini antes de que las llamas lo consumieran por completo.
—Emperatriz Malini —había dicho uno de esos guerreros con la cabeza inclinada—. Él te dio una corona eterna en la muerte.
Dejó escapar un suspiro tembloroso; las lágrimas amenazaban salir. Una de sus doncellas emitió un sonido agudo, de resonante simpatía, y agitó las manos. Se ocupó de ajustar el pallu de Malini.
Era extraño llorar cuando sentía tanto peso en el corazón; A veces la pena era dolor y a veces era simplemente ausencia: la herida tomaba la forma de cosas que no podían sentirse, tocarse o comprenderse.
Entró una silueta. Malini se volvió y vio a Lata de pie en la puerta, vestida de blanco y solemne.
—Ya es hora —dijo Lata.
En la primera sala estaban Deepa, Raziya y toda una muchedumbre de nobles vestidos de blanco uniforme.
Algunos ya estaban llorando pero Raziya tenía los ojos secos.
Miró a Malini a los ojos durante un instante e hizo una reverencia, un movimiento amplio que imitaron las mujeres que estaban a su alrededor.
Malini esperó a que se levantaran. El peso de plomo se le había extendido del corazón al resto del cuerpo; no estaba segura de poder mover las piernas pero tenía que hacerlo. No había otra alternativa.
Un paso, después otro. Otro. Y su corte de mujeres la seguía, con sus faldas susurrantes, un murmullo como de pájaros que quieren levantar vuelo.
Salió de sus aposentos, fuera, fuera.
Y allí, esperándola, había un mar de hombres de alta alcurnia. Sus señores y reyes, los gobernantes de su imperio.
Ellos también se inclinaron.
Emergió el sumo sacerdote entre la multitud. Hemanth era el jefe del clero que servía a las Madres de las llamas y, por extensión, a Malini. Estaba destinado a ser su consejero espiritual por su importancia y por posición.
Pero también era el hombre que había convertido a Chandra en lo que había sido. También era el hombre que había quemado mujeres, el hombre que había estado a punto de quemarla a ella.
—Emperatriz, el alma del príncipe Aditya espera nuestras plegarias —dijo Hemanth. Ella no podía descifrar su expresión, pero contó las nuevas líneas de dolor y tensión que se le habían formado alrededor de la boca. Notó el enrojecimiento de sus ojos. Al menos estaba sufriendo y eso la complacía.
A lo lejos, a través de las altas ventanas y desde pasillos remotos, Malini oyó llantos y canciones.
Plegarias y música, y el redoble de los tambores de luto.
¿Habría sido tan ostentoso el luto si la podredumbre no hubiera florecido por todo el imperio, si no hubieran empezado a extenderse los rumores de que los yaksas habían resurgido y caminaban de nuevo entre ellos?
La gente necesitaba algo en lo que depositar su fe.
—Sumo sacerdote —dijo Malini lo suficientemente alto como para que la oyeran los hombres que la esperaban. Su voz era cristalina como una campana—. Muéstranos cómo venerarlo.
El funeral de Chandra no había sido así.
Había sido rápido y pequeño, innoble. Nadie había querido quemar su cadáver mientras Malini estuvo enferma y para cuando ella se recuperó de la herida, el cuerpo de su hermano ya se había podrido.
Ni siquiera las flores y los perfumes depositados sobre su pira, ni el attar de rosas que los sacerdotes vertían sobre sus restos desde pequeñas jarras de filigrana de plata habían sido suficientes para cubrir el olor.
Así que no hubo ninguna manifestación pública de duelo por la que el pueblo de Harsinghar pudiera lamentarse o vitorear.
Solo habían asistido los miembros del consejo, los sacerdotes, la propia Malini y el cadáver, por supuesto, envuelto en una tela blanca para ocultar su descomposición.
Pero en el funeral de Aditya sí hubo llantos y lamentos.
La gente de Harsinghar había dejado fardos de flores fuera de los muros del mahal y la pira funeraria de Aditya —sin cadáver que quemar— estaba llena de guirnaldas: rosas rojas, el oro intenso y profuso de las caléndulas y el delicado blanco de la flor de aguja.
Malini se arrodilló para postrarse ante la pira sin cuerpo.
Toda la gente que la rodeaba hizo lo mismo y sus plegarias eran un rugido como de olas, una tormenta ondulante en sus oídos.
Su dolor era tan ostensible que más bien parecía una celebración: de la muerte, del sacrificio, de la fe de las Madres.
De Aditya. No como ella lo había conocido, no como su hermano, con todos sus defectos exasperantes, sus ojos amables, su moral inquebrantable, sino como el ente inmortal en que se había convertido.
No en una Madre de las llamas, sino en el hijo de una de ellas: había muerto por el imperio de Malini, por el trono de Malini, por el destino de Malini.
No podía quejarse, ¿verdad? Para cuando pudo levantarse de su lecho de convalecencia la historia de Aditya se había fundido con la suya y había alimentado su poder, incluso cuando la enfermedad debería haberle arrebatado la autoridad.
Así continuó siendo emperatriz, coronada de nuevo en las llamas de la muerte de su hermano.
Malini cerró los ojos cuando Hemanth pronunció su nombre.
—Príncipe Aditya.
No podía recordar lo último que le había dicho. Había buscado en su memoria, la había atormentado. Pero cuanto más pensaba en ello menos podía recordar: más se retorcía el recuerdo evadiéndola. Su mente la castigaba o le mostraba compasión.
Malini abrió los ojos y parpadeó mientras el rostro de Aditya vacilaba ante su mirada flotante.
Hemanth se había callado. Dio un paso adelante y, con reverencia, encendió la pira.
Cuando las llamas prendieron y se elevaron, el sonido de las oraciones se elevó con ellas.
El aceite de jazmín había sido un error, ahora se daba cuenta.
Solo olía a flores: flores podridas, flores ardientes, flores que se convertían en humo, flores en su propia piel y la ausencia de carne quemada era casi más horrible que su presencia.
Se le revolvió el estómago. Casi se tambaleó donde estaba sentada; casi se deslizó como si todos los huesos se le hubieran derretido y no fuera más que carne marchita.
Sintió esa posibilidad en forma de náuseas y vértigo, y la contuvo de algún modo.
Tal vez se resbalaba, perdía el control sobre sí misma, sobre su autoridad; tal vez se estaba deshaciendo.
Se encorvó hacia delante y se le escapó una lágrima. Estaba bien, un poco de pena, una cantidad respetable de dolor, una pena como la devoción, eso podía permitirse. Tal vez podría ser una necesidad.
Sintió la mano de Lata en un brazo y la de Raziya en el otro cuando terminaron las plegarias. La levantaron. Se puso en pie, se movió y la multitud se movió con ella.
Caminó desde el patio hasta una galería con vistas a la ciudad.
El cielo era dolorosamente azul; la falda de Malini comenzó a inflarse, atrapada por una dulce brisa.
Miró la ciudad. A su pueblo, tantas personas que no podía distinguir rostros individuales, solo el movimiento y el vaivén de los cuerpos, todos vestidos de blanco, exultantes, de luto y regocijados en su dolor bajo el sol naciente y palpitante.
“Emperatriz Malini. Madre Malini. Emperatriz, emperatriz, emperatriz”.
Sintió que la historia se asentaba a su alrededor, escrita en el humo y en la muerte.
Y las costillas aún le ardían, ardían y ardían.