El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Uno
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Capítulo Uno

Priya

L a hicieron arrodillarse el primer día.

Allí, en la base del Hirana, se postró sobre la tierra cargada de flores. Sus ropas ya estaban sucias por el largo viaje, no importaba que el suelo las ensuciara aún más. El yaksa que tenía el rostro de su hermano le había dicho que se arrodillara y así lo hizo.

El yaksa se inclinó sobre ella. La rodearon las hojas, era como estar bajo las ramas de un gran árbol.

—Priya —dijo—. Espera aquí. ¿Esperarás?

¿Qué otra cosa podía hacer? Había llegado hasta allí, ¿no? Si un yaksa quería que se arrodillara lo haría. Si querían que volviera a caminar —caminar y caminar hasta que le sangraran los pies, llegar al borde del mundo y aún más allá—, lo haría. ¿Qué otra cosa podía hacer sino obedecer?

Estaba demasiado cansada.

—Sí —dijo débilmente—. Lo haré.

Crujieron las sombras de las hojas como puntos de fría oscuridad sobre su piel. Se alejaron y la dejaron bajo la luz del sol.

Ahora estaba sola, en silencio, pero el verdor era un grito en sus oídos: el susurro de todo lo que crece. El crujido agudo y brillante como la savia de lo que surgía de la tierra, jadeante, en busca de la luz. Toda Ahiranya bajo sus rodillas, dentro de ella, a su alrededor.

Alguien se acercaba.

Volvió a levantar la cabeza pero la figura no se alzaba sobre ella. Este fantasma era pequeño, delgado, no más que un niño. Tenía los ojos plateados y planos, y le brotaban pétalos suaves de los hombros.

—¿Nandi? —La boca de Priya pronunció su nombre sin que ella pudiera evitarlo. Su hermano pequeño del templo. Un recuerdo la golpeó como una campana cristalina: la risa de Nandi, los hoyuelos de sus mejillas.

Nandi, muerto en el suelo de una habitación en llamas.

Este Nandi sonreía. Demasiados dientes afilados.

Priya tocó el suelo. Bajo los pies descalzos de Nandi crecía el verde; el mundo desde ese ángulo era todo de tierra vibrante y hojas caídas del color de la luz de la luna. Él dobló los dedos de los pies y ella oyó el chasquido de la madera.

—Tú no eres Nandi —dijo ella—. Lo siento. —Se inclinó, o intentó inclinarse, como siempre había hecho ante las efigies de los yaksas , con la frente pegada al suelo y las manos debajo de ella. Pero su cuerpo tenía otras ideas y aprovechó ese momento para desplomarse. Se le llenó la boca de tierra.

Sintió unas manos que la tomaban de los antebrazos y la levantaban hasta volver a ponerla de rodillas. El yaksa que tenía la cara de Ashok era quien la sostenía.

—Estás cansada —dijo Nandi—. Ven con nosotros.

—¿Dónde está Bhumika?

—Ven con nosotros —repitió, y ya no era una suave exhortación, era una orden. Y como era una orden el cuerpo de Priya obedeció. Se incorporó, se puso de pie y caminó.

Siguió a los dos yaksas hasta el Hirana. Allí, frente a ella, estaban las tallas tan conocidas. La piedra que conocía tan bien, erosionada y antigua. Sintió un dolor: una punzada de nostalgia, de regresar a casa.

Nandi apoyó una mano en la piedra, se movió y se apartó para abrirles el paso. El túnel era oscuro pero Priya sintió que la llamaba. Oyó una canción en su interior.

“Mi retoño”.

Se adentró en la oscuridad. Caminó y caminó, y la oscuridad se abrió, suavizada por la luz azul. Y ante ella aparecieron las aguas inmortales, y, ante ellas, cuatro siluetas más. Vistas a contraluz carecían de rostro, de carne, no eran más que sombras.

Un miedo repentino le apretó el corazón como un puño. Un yaksa dio un paso adelante; tenía el rostro de Bhumika. Bhumika vacía, con los ojos florecidos y una sonrisa de madera, Bhumika desaparecida…

Después, el otro dio un paso adelante y era Sanjana.

Era mejor, terrible pero mejor y cuando Sanjana le dijo que volviera a arrodillarse, Priya lo hizo sin quejarse, con algo casi parecido a la gratitud.

La mayor Chandni y el mayor Sendhil la siguieron y, por un breve momento, Priya se preguntó desesperada si estaba muerta. ¿Cómo era posible que se reuniera con los muertos si seguía viva?

—Priya —dijo Sanjana suavemente. Se colocó detrás de ella y la tomó del pelo, un contacto casi tierno. Lo recogió entre sus manos—. Estás en casa.

Priya sintió que las yemas de los dedos de Sanjana subían hasta su cuero cabelludo: diez puntos de contacto agudo, diez semillas listas para echar raíces.

—¿Por qué estoy aquí? —preguntó—. Yaksas , mayores, ¿por qué aquí, junto a las aguas inmortales? Estaría mejor si descansara en una cama.

Se oyó algo parecido a una carcajada.

—Tu alma necesita descansar más que tu cuerpo —dijo el yaksa que no era Sendhil.

El que tenía el rostro de Ashok se arrodilló ante ella.

—Llevas algo precioso dentro de ti —le dijo en voz baja. Aferró sus manos y les dio la vuelta. La luz azulada de las aguas inmortales se reflejaba en su piel y transformaba el color moreno de sus palmas en un suave gris—. Queremos protegerte.

Priya sintió que el sangam se derramaba sobre ella, cósmico y ondulante, y se mezclaba con la luz de las aguas inmortales que tenía ante sí.

Exhaló casi sin reconocer sus pulmones y sintió que las uñas de Sanjana presionaban más profundamente contra su cuero cabelludo; puntos de enraizamiento, puntos de dolor.

“¿Esto es sanación?”, pensó Priya. “¿Esto es descanso?”.

Desde luego no lo parecía. Pero ella había apuñalado a Malini y había visto cómo el terror y la traición le llenaban los ojos.

Había dejado abandonada a Sima. Y Bhumika, dondequiera que estuviera, no podía ayudarla.

—Descansa —insistió Nandi.

Y Priya… Priya cerró los ojos.

El segundo día tuvo un sueño.

Estaba en el sangam . Totalmente sumergida en ríos profundos de color verde, oro y rojo sangre.

Y a su alrededor estaban los yaksas . Los cinco, completamente inhumanos, con escamas de pez, ojos de flores, piel de líquenes empapada por el agua del río y los huesos de los dedos adornados de savia nacarada.

Ella los amaba un poco o tal vez mucho, después de todo los había adorado toda su vida.

Pero también les temía y eso le causaba amargura, era como una espina afilada bajo su lengua.

—¿Estás vacía? —le preguntaron los yaksas —. ¿Eres total y absolutamente nuestra?

—¿Eres de ella?

Sí, les dijo. Sí y sí. Al fin y al cabo ella se había arrancado el corazón. Si ellos podían ver su alma seguramente también podían verlo, sus costillas de madera sin ningún corazón humano dentro de ellas.

La hurgaron. La destrozaron. Le preguntaron una y otra vez.

—¿Se puede confiar en ti?

—¿Te quedarás? ¿Nos servirás?

—Sí.

—Ella no es suficiente. No está preparada. No es lo suficientemente fuerte.

Esas palabras no eran para ella y, de todas maneras, la atravesaron como flechas de plata.

—¿Serás lo que debes ser? ¿La buscarás? ¿Podrás encontrarla? ¿Puedes romperte los huesos, el corazón y la mente para servirla? ¿Puedes rendirte?

—Ríndete a ella, Priya, mi amada. Ríndete.

—Sí, y sí, y sí, y sí…

Al tercer día dejó de contar.

Alguien le acercó agua a la boca. Bebió.

Durmió. Soñó con la guerra: el ruido de las ruedas de los carruajes, los guerreros saketanos que la rodeaban y avanzaban a toda velocidad a lomos de sus caballos, y Sima que sostenía un escudo para protegerla.

Más agua. Punzadas de hambre en el estómago.

Estaba entrando en la corte imperial. Insertaba un cuchillo entre las costillas de Malini. Besaba a Malini aunque no la había besado cuando la apuñaló. Besos que sabían a sangre, a sal. “Lo siento, lo siento. Ódiame, puedes odiarme”.

“Ódiame y vive”.

Se despertó. Volvió a su cuerpo respirando dolorida, tendida en la tierra. De las muñecas le crecían flores que enterraban sus corolas en la tierra. Los yaksas seguían allí. Los sentía incluso antes de verlos, arrodillados como ella se había arrodillado, como si la cuidaran, como si la adoraran.

Estaba mareada de hambre y le dolía el cuerpo.

—¿Dónde está Bhumika? —Se le quebró la voz—. ¿Dónde está mi hermana?

Silencio.

—Padma, entonces —dijo Priya, cuando no hubo respuesta—.

¿Dónde está? —Se incorporó sobre los codos, apartó las flores y sintió cómo la tierra vibraba con su presencia—.

Volví por mi familia. Por mi gente —continuó Priya—.

Si no me vais a contar de Bhumika, al menos decidme que su hija está a salvo.

—¿Crees que haríamos daño a una niña?

Quien preguntó fue Ashok que no era Ashok. Pero en la mirada líquida e insondable de sus ojos, en la aspereza de su voz, se percibía algo como un juicio de valor.

—Creo saber lo que hace la naturaleza —respondió Priya lentamente. ¿Y qué eran los yaksas , sino la naturaleza?— Sé cómo me criaron y sé… lo que me pidieron.

—¿Crees que tienes derecho a preguntar? —preguntó Sanjana.

—Soy una mayor —dijo Priya—. Soy tres veces nacida. ¿Quién más puede preguntar sino yo?

No dijeron nada pero el silencio contenía una pregunta. A Priya le recordó su infancia, cuando sus mayores le enseñaban y esperaban que ella misma llenara el silencio, que diera una respuesta adecuada.

—Eso es lo que debe ser un mayor —continuó con la garganta irritada—. Alguien capaz de preguntar, no solo alguien devoto. Si me equivoco, yaksas , lo siento.

La mayor Chandni —o el yaksa que la imitaba— se inclinó hacia delante. El pelo oscuro le brillaba por el agua.

—Tu hermana huyó por cobardía—dijo la mayor Chandni— de sus deberes, de su propósito. Mentira, Bhumika nunca habría huido. Pero, aunque estaba agotada, Priya sabía que era mejor no decirlo.

—¿La matasteis por eso? —preguntó. Le temblaba la voz.

—No —dijo el yaksa que llevaba la cara de Ashok con los ojos fijos en la distancia, en nada y en todo—. No la matamos.

¿Eso también era mentira? Hacía tanto tiempo que no veía a Bhumika en el sangam …

Se inclinó de nuevo hacia el suelo, sintió las flores en la cara, el olor de la tierra mojada que se le filtraba entre los labios.

— Yaksas —dijo—. Solo soy una mortal, dejadme marchar, ya habéis visto suficiente de mi alma. Mi cuerpo también necesita descansar, comer y descansar.

“Y necesito encontrar a mi hermana”.

—¿Cuánto tiempo crees que llevas aquí? —le preguntó el yaksa .

Ella giró la cabeza, lo miró y luego miró a través de él, a los riachuelos de agua azul brillante que se abrían paso por el muro de piedra. ¿Cuánto tiempo hacía que corría el agua en ese mismo patrón, sangrando como la luz, para que la piedra tuviera esas cicatrices?

—No lo sé —dijo con voz monótona.

—Si fueras simplemente humana estarías muerta —murmuró Sendhil.

Priya se pasó la lengua por los labios. Casi le parecía antinatural saborear la sal de su piel, sentir la sequedad de su boca. “Simplemente humana”. ¿Qué querían decir esas palabras? Ella sabía que no era simplemente humana.

Pero era lo bastante humana como para tener sed. Le dolían las rodillas y, a pesar de que le habían estado desmenuzando el alma, cada hilo sombrío de sus raíces y de su espíritu, ella era más que su alma en el sangam , más que la savia bajo su piel. Aún estaba hecha de sangre y carne.

—Tenéis mi corazón —dijo Priya—. Mani Ara tiene mi corazón y ya habéis visto todo lo que importa de mí. Dejadme salir de aquí, dejadme serviros como es debido.

—¿Y qué servicio debes prestarnos? —preguntó la mayor Chandni.

Un destello de memoria. Los ojos traicionados de Malini. Un filo espinoso. El tacto de la sangre y la carne. Ella sabía lo que iba a hacer Malini.

—Va a haber una guerra —dijo Priya—. Vendrán los parijatdvipanos y me necesitaréis. Yo estaré a vuestro servicio al igual que lo hicieron los mayores en la Era de las Flores.

Levantó la cabeza y vio cómo la boca de Chandni esbozaba una lenta sonrisa.

—Dejadme ir, yaksas —repitió Priya—. Así podré hacer el trabajo que necesitáis de mí.

Estuvo a punto de volver a pedirlo pero se mordió la lengua. Suplicar no la llevaría a ninguna parte, los yaksas no responderían a las súplicas. Había aprendido algo más sobre ellos durante el tiempo que habían pasado hurgando bajo su piel. Esperó. Esperó.

—El descanso ha sacado algo útil de ti —dijo Chandni con indulgencia—. Ve, entonces, mayor Priya, atiende a tu carne y después nos prepararemos para nuestra guerra.