CAPÍTULO VEINTINUEVE
ALINA
Uno me sujetó los brazos, el otro las piernas mientras luchaba e intentaba escapar.
Me negué a llorar por el dolor insoportable de mi espalda golpeando el suelo. Abrí los ojos con dificultad y vi al moreno subirse encima de mí y rasgar el camisón fino, exponiendo mi cuerpo. El bastardo sonrió.
Lo miré a los ojos fríos y le escupí en la cara cuando intentó besarme.
Su puñetazo me giró la cabeza hacia un lado y calentó la piel sensible de mi rostro.
Los dos monstruos hablaban en español, y fingí no entender.
Agradecí cuando el calvo reprendió a su amigo y le advirtió que el jefe había ordenado una paliza y no estaría contento si se atrevía a tocarme.
El moreno, que ahora sabía que se llamaba Xavier, se puso de pie y me arrastró del pelo hasta una habitación de abajo. Me ataron los tobillos con una cuerda, y mi cuerpo fue suspendido como si fuera un animal a punto de ser sacrificado.
Boca abajo, usando solo ropa interior, Xavier me golpeó con un látigo, marcándome innumerables veces, indiferente a mi dolor y humillación, hasta que me desmayé.
Cuando desperté, intenté moverme sin éxito. Seguía atada, con las mismas piezas blancas ahora manchadas de rojo.
Mi sangre.
El olor era nauseabundo e intenso.
Miré alrededor y no reconocí el lugar. Había una cama, ganchos de distintos tamaños y formas a lo largo de las paredes, una cinta de correr y un biombo abierto.
No sabía qué hora era ni cuánto tiempo llevaba allí.
Con el cuerpo herido y sin fuerzas para luchar por mi vida, cerré los ojos sin pensar en nada y me rendí a la oscuridad.
—Despierta, zorra.
Me atraganté con el agua que me entraba por la nariz. Tosí varias veces, asfixiándome por la dificultad de respirar. El frío hizo que mi cuerpo temblara y se agitara cuando levanté la cabeza, y otro cubo de agua fue arrojado sobre mí.
—Levántate y dúchate para quitarte ese hedor.
Xavier me desató y me arrastró del pelo hasta el baño.
—No tardes. El jefe quiere verte en diez minutos.
La puerta se cerró, y quedé sola dentro del cubículo estrecho. Apoyé las manos en la pared para meterme bajo la ducha. El agua tibia sobre las heridas abiertas me arrancó lágrimas furiosas. Corrieron por mi rostro, mezclándose con la sangre seca que cubría cada parte de mi cuerpo.
El odio me dominó.
El ardor hería mi alma jodida, pero no me rendí al dolor ni al desaliento. Xavier dijo que su jefe quería verme. Bien. Yo también quería ver a su jefe para que su imagen me diera fuerza e invocara a la asesina que había sido entrenada para convertirme.
La mafia me había criado, pero la vida se había encargado con esmero de hacerme la mujer que la mafia siempre había esperado que fuera.
Y los mataría a todos.
Usé champú para lavarme el pelo y me quité las lentillas oscuras. Mis ojos me agradecieron el alivio. Respiré hondo, buscando la concentración, la calma, la paciencia y la inteligencia que necesitaba para salir de aquí.
Y saldría.
Xavier entró al baño sin llamar y ordenó furioso que saliera y me preparara para su jefe. Cerré la ducha y busqué algo con lo que secarme, pero no encontré nada. La puerta fue abierta de golpe otra vez, y Phil me miró serio.
—Ven. Es hora.
No apartó la mirada de mis ojos ni un segundo, ignorando mi desnudez. Mi pelo mojado dejó un rastro detrás de mí mientras lo seguía de vuelta a la extraña habitación.
—Quédate detrás de esto y haz exactamente lo que te diga. Ponte esto.
susurró, entregándome una máscara y señalando el biombo de madera.
—Es mejor que obedezcas, Diana, o pasarás más tiempo del que quieres en manos de ese animal.
—¿Por qué hace esto? —pregunté antes de cubrirme el rostro.
—Solo sigo órdenes.
Sin decir más, Phil me dejó atrapada entre el objeto y la pared.
Pasaron unos minutos. Las piernas me flaquearon por la falta de energía.
Me ardía la piel. Me dolían los músculos y los huesos.
La cabeza me palpitaba. El vacío en mi estómago no era mayor que el de mi corazón, pero la voz de Vincent al otro lado funcionó como una carga extra aplicada a una batería agotada.
—¿Dónde está? —preguntó.
—Aquí, jefe. Como ordenó —respondió el conductor con firmeza.
—Bien. Quiero ver a mi perrita acostada en la cama.
Sus palabras me insultaron y me agredieron más que el látigo. El biombo fue arrastrado a un lado, pero el hombre de confianza de Vincent no se acercó a mí.
—Lo oíste, Diana. Acuéstate en la cama.
Obedecí, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba cuando pasé a su lado. No levanté la cabeza, solo llegué al colchón y relajé mi cuerpo sobre él.
—Puedes irte, Phil.
Oí pasos firmes, luego la puerta abrirse y cerrarse.
—No tengo mucho tiempo, pequeña —jadeó Vincent—. Tan bonita, mi perrita. Si hubiera sabido que te verías así de marcada para mí, te habría castigado antes.
Me concentré en el sonido de su voz, intentando localizar la cámara cuando esta mierda acabara.
—Abre las piernas, Diana. Déjame verte.
Hice lo que ordenó, y pude oír el sonido de su cremallera.
—Dobla las rodillas, pequeña. Quiero recordar lo bien que se siente estar dentro de ti.
Mecánicamente, hice lo que quería.
Los sonidos que oía eran extraños, y tardé un rato en entender que había una mujer con Vincent. El hijo de puta me estaba usando para excitarse con alguna idiota, por eso me había obligado a ponerme la máscara. No quería que ella supiera quién era su prisionera.
—Tócate, pequeña, e imagina que soy yo quien te da placer.
Los ojos de Mikail aparecieron en mi mente.
Me sentí como las mujeres que mi hermano llevaba a la mansión de Rurik para ser usadas, subastadas y vendidas como objetos. El sueño, el frío y el entumecimiento se apoderaron de mis extremidades.
No podía respirar, y se me secó la garganta.
Náuseas. Malestar. Hambre. Sueño.
Tanto sueño.
Apagué mi mente y me rendí a la oscuridad sin prisa por volver.
Una casa con enormes ventanales de cristal, rodeada por un hermoso jardín de rosas rojas.
En el porche de ladrillo, una mujer se mecía en una hamaca, tan cautivada por la playa vacía y el mar azul y tranquilo frente a ella que no podía dejar de sonreír.
El sol pintaba el cielo de naranja, calentando su espíritu desesperanzado y bloqueando sus recuerdos.
No sentía dolor, ni añoranza, ni ausencia mientras estaba allí, cautivada por el paisaje, por el silencio y por la soledad que protegía su corazón de cada decepción y cada herida.
Ya no sentía dolor.
Ningún dolor.
Porque ahora entendía que esa era la única forma de no ser herida.
Los recuerdos de lo que nunca había tenido y siempre había querido eran los culpables de todo su dolor, y cuando desaparecieron, el dolor también desapareció.
La mujer había descubierto el secreto y sabía que ya no sufriría porque había borrado los recuerdos y comprendido que todo lo que la hacía sufrir y la hería no había sido más que ilusiones que nunca habían existido de verdad.
Sufría sola y alimentaba su dolor con recuerdos.
Cuando comprendió que la soledad sería para siempre su única compañía, la mujer dejó de soñar, dejó de recordar y finalmente dejó de sentir dolor.
—Diana. Diana.
La voz masculina cerca de mi oído sonaba como un sueño.
—Está ardiendo, jefe. Creo que tiene fiebre.
Había oído esa voz antes, pero no recordaba dónde.
—Quita las manos de ella y llama a alguna mujer para que vea qué le pasa, maldita sea.
—Pero, jefe…
—Muévete, Phil. Consigue una manta y échala sobre ella. Pídele a Xavier que te ayude a encontrar un médico, curandero, lo que sea. Pero quita las manos de mi mujer y cierra la puerta antes de irte. No quiero a ningún hombre a menos de diez metros de esta habitación.
—Sí, señor.
—Necesita beberlo todo para que le baje la fiebre, o convulsionará.
—Yo le sostengo la cabeza, y tú intenta que trague.
Una punzada aguda en la cabeza me hizo gemir segundos antes de que un líquido amargo bajara por mi garganta. Tenía tanta sed que ni siquiera pensé en quejarme del sabor.
Ya no tenía frío.
—Bébelo todo, Diana.
Era la misma voz familiar.
—Eso es. Ahora duerme…
Quería darle las gracias, pero el agotamiento no me lo permitió, y volví al mejor lugar del mundo.
La oscuridad.
Me apoyé en los codos, intentando ver y entender qué había ocurrido, dónde estaba y quién era el hombre de pie allí, hablando en voz baja con el teléfono pegado al oído.
No reconocí la habitación. Esta era más grande, la ventana estaba abierta y podía ver la luna en el cielo.
Era de noche, pero la brisa que entraba era agradable.
Levanté la sábana solo para confirmar que estaba desnuda, el cuerpo cubierto con una pasta blanca que parecía pomada y olía intensamente a árnica y crema mentolada.
—¿Cómo te sientes?
El hombre vino hacia mí y se sentó en el borde de la cama.
—¿Phil?
—Por tu cara, diría que estás mejor.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a ver cómo estás.
—¿Qué pasó?
—¿Qué recuerdas?
—Nada —mentí.
No confiaba en él, pero prefería que pensara lo contrario.
—Quizá aún tienes fiebre.
Su mano descansó sobre mi frente unos segundos antes de apartarse y ponerse de pie.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
El conductor personal de Vincent era alto, oscuro y calvo.
Fuerte, con rasgos que eran una mezcla indescifrable de razas.
No sabía su nombre completo ni si Phil era un apodo, pero recordaba muy bien haber oído su voz preocupada el día que desperté en aquella habitación con el biombo, cuando me dio una máscara.
—Hoy es tu cuarto día en esta casa.
—¿Qué pasará ahora?
Phil no me miró a los ojos. Su cuerpo fuerte estaba orientado hacia la ventana, las manos metidas en los bolsillos.
—Vincent tiene planes para ti, Diana.
La puerta se abrió, y una mujer entró con una bandeja.
—Traje sopa y tostadas. Sé que debes estar muerta de hambre, pero no aconsejo que comas todo de golpe o te sentirás mal y quizá vomites.
Me sonrió mientras colocaba la bandeja en la cama.
—Tu carita se ve mejor. Volveré pronto para llevarme la bandeja y traer té. Si te sientes bien, puedes ducharte para que vea cómo están las heridas.
Volvió a sonreír, miró la espalda del hombre que seguía admirando en silencio el cielo estrellado y salió de la habitación igual que entró. Su voz era suave, y aunque hablaba demasiado rápido, no dejaba duda de que estaba feliz por mi recuperación.
—Por favor, Phil, dime qué pasará ahora. ¿Qué quiere Vincent de mí?
Prácticamente supliqué con voz llorosa.
—¿Aún no entiendes lo que quiere de ti, Diana?
El conductor se giró y se acercó otra vez. Su cuerpo relajado e indiferente contrastaba con el brillo que vi en sus ojos negros. No sabía exactamente qué sentía ese hombre, pero fuera lo que fuera, tenía que usarlo a mi favor.
Aparté la sábana y, con cierta dificultad, me puse de pie.
Phil era diez o doce centímetros más alto que yo, y sus hombros anchos lo hacían parecer aún más grande.
Me detuve frente a él. Sus ojos no dejaron los míos ni un instante, pero sentí sus músculos tensarse cuando le toqué el pecho con la punta de los dedos.
—Lo único que sé es que no reconozco al hombre que me tiene como rehén estos últimos cuatro días, Phil.
Su respiración se aceleró, y usé el momento para intensificar mi toque, deslizando las manos hasta su cuello ancho y presionando mi cuerpo contra el suyo.
—Extraño sentirme querida, y estoy aterrada por lo que pueda hacerme, a mi cuerpo. Vincent me conoce bien. Sabe cuánto necesito… cariño…
Sentí su erección contra mi estómago cuando atraje su cabeza hacia abajo y besé su boca. Al principio se contuvo, pero permitió que mi lengua jugara con la suya. Esperé con paciencia a que se acostumbrara a mi toque e hice lo que mejor sabía hacer.
Lo volví loco de placer, y aun con el cuerpo débil y dolorido, dejé que sus manos recibieran un adelanto de lo que podía ofrecer si estaba dispuesto a traicionar a su jefe y ayudarme.
Me aparté en el instante en que estaba a punto de perder la cabeza y arrojarme sobre la cama. Jadeaba, excitado. El bulto en sus pantalones era enorme, pero no me excitó. Deslicé el pulgar sobre su labio inferior y usé la otra mano para agarrarlo.
—Piensa en todo lo que podemos hacer cuando Vincent no esté aquí mientras me ducho.
Me puse de puntillas y le susurré al oído antes de deslizar la lengua sobre su lóbulo y dirigirme directo a la ducha.
—Me correré pensando en ti…
Me encerré en el baño y enfrenté mi reflejo en el espejo.
El rostro blanco marcado por el látigo resaltaba el verde de mis ojos.
Líneas gruesas bajaban y se extendían por todo mi cuerpo, cubierto por la pomada maloliente que había hecho un gran trabajo sanándolas estas últimas cuarenta y ocho horas.
Debía haber perdido varios kilos, porque los huesos prominentes de mis clavículas ahora parecían cadavéricos.
Pero lo que más me impresionó fueron las marcas moradas alrededor de mis ojos hinchados.
Tenía una oportunidad de salir de aquí. De hecho, dos.
Si Phil no quería ayudarme, todavía podía intentar con la mujer.
Pero antes de dedicar toda mi voluntad a mi plan de escape, necesitaba recuperarme para enfrentar a mi enemigo y matar a Vincent Sander con mis propias manos, después de contarle, con todo detalle, exactamente cómo su hermanito terminó en el infierno.