Capítulo XXIV
El dictador de los Andes: traición y despotismo en el Perú
Simón Bolívar llegó al Perú sin patria ni bienes.
No traía consigo más que una reputación tallada en los boletines de sus propias campañas y el respaldo moral de haber doblegado a la Nueva Granada.
Para muchos peruanos, su entrada no fue una liberación, sino un enigma: ¿quién era realmente ese hombre que se erguía como árbitro del destino sudamericano, sin haber nacido ni combatido en sus tierras?
Había quien lo saludaba como el enviado de la providencia; otros —más atentos— veían en su presencia un anticipo del despotismo.
«Algunos oficiales peruanos miraban con recelo la autoridad de Bolívar —anota el general Miller— considerando que su permanencia en el poder podía degenerar en una dictadura extranjera».
Ese juicio, aún tímido al principio, se transformaría pronto en certeza amarga.
La salida de San Martín dejó un vacío que Bolívar supo llenar con rapidez.
Su prestigio, fabricado con retórica y pólvora, le precedía.
Pero su poder no emanaba de una nación agradecida, sino de la superioridad armada que representaban sus tropas granadinas, venezolanas y extranjeras.
Entró como «salvador», pero ya desde el primer instante comenzó a comportarse como amo.
En el trasfondo de su llegada se encontraba una verdad indecible: el Perú no se había levantado como otras regiones.
Su población indígena y mestiza no se había rebelado contra el orden virreinal con el fervor que los criollos exiliados esperaban.
Fue por eso que la independencia se impuso desde fuera —y por la fuerza— con ejércitos ajenos, con armas forasteras, con intereses no siempre confesados.
Lo advertía Augusto Zamora, siglos después, sin tapujos: la independencia del Perú no fue obra de los peruanos, sino una imposición externa ejecutada por San Martín y Bolívar, ambos apoyados por Inglaterra.
El propio Bolívar lo sabía. Por eso, al llegar, no se dirigió al pueblo, sino al poder.
Alineó los resortes de la élite, buscó el respaldo del Congreso, y pronto impuso condiciones que ningún virrey se habría atrevido a exigir.
Era el principio de una dictadura envuelta en discursos de libertad.
El forastero que venía a redimir al Perú traía, en realidad, la soga con que se le ataría el cuello.
Una vez en Lima, Bolívar exigió poderes extraordinarios.
No los pidió: los impuso. El Congreso, sitiado por la fuerza moral de su presencia y por la presencia real de sus tropas, lo proclamó dictador sin necesidad de ceremonia.
Más aún, lo declaró Presidente Vitalicio, consagrando jurídicamente una autocracia sin precedentes en la historia del Perú.
Los colegios electorales, cuenta Riva Agüero, firmaron el decreto bajo la amenaza muda de las bayonetas extranjeras: «Los colegios electorales, viendo espejear sobre su pecho las espadas extranjeras, y consolándose con hacer, como hicieron, una protesta secreta contra aquel acto eminentemente criminal, violento y atentatorio contra su independencia y libertad, firmaron la esclavitud de su patria».
La dictadura se disimulaba en proclamas y panegíricos, pero su sustancia era inequívoca.
Bolívar gobernaba por la fuerza, cancelando la voluntad popular bajo el pretexto de salvarla.
Para consolidar su dominio, envió a su lugarteniente más fiel: el general Sucre, estratega eficaz y obediente servidor del caudillo.
Sucre no traía consigo la concordia, sino la división.
«El verdadero objeto de la misión de Sucre fue dividir al país, desacreditar a sus instituciones y preparar el terreno para la dictadura personal del Libertador», escribe Riva Agüero con lúcida amargura.
Nada había más efectivo para cimentar esa dictadura que romper los vínculos entre la clase dirigente criolla local y las esperanzas populares.
Las montoneras —esas guerrillas rurales que, con mayor o menor claridad ideológica, resistían la ocupación militar foránea— fueron tratadas no como adversarios políticos sino como bandidos, y exterminadas con una violencia que no conoció contemplaciones.
El general John Miller, testigo de esos hechos, anotó sin ambages:
«Varias montoneras fueron aniquiladas sin ceremonia, y sus cabecillas pasados por las armas, lo cual, aunque eficaz para el dominio, sembró el resentimiento entre los indígenas».
El resentimiento crecía en silencio. La población, que no había pedido a Bolívar ni lo entendía como propio, comenzaba a ver en sus tropas más un castigo que una esperanza.
En ciudades como Puno, donde el ejército patriota fue inicialmente recibido con entusiasmo, el entusiasmo se deshizo pronto ante los desórdenes, los saqueos y la soberbia militar. Miller lo confirma:
«Cuando los patriotas entraron en Puno, fueron recibidos con entusiasmo por los habitantes, pero muy pronto el desorden de las tropas provocó la indignación de la población».
Mientras tanto, sectores mestizos y mulatos que no se veían representados en el nuevo orden optaban por integrarse a las filas realistas.Y no por nostalgia del virreinato:
«Muchos mestizos y mulatos se unieron a las filas realistas por considerar que la independencia no les ofrecía mejora social alguna», observa Miller con franqueza.
Esta fisura social y étnica, negada por los partes oficiales, era una herida abierta.
El nuevo régimen republicano, lejos de integrar a los marginados, reforzó los privilegios criollos, extendió la miseria indígena y concentró el poder en manos de un dictador foráneo. La república nacía sin ciudadanía.
A veces, la verdad histórica se resume en una escena.
No en una cifra, no en un tratado, sino en una imagen viva, simbólica, desgarradora.
La entrada de Bolívar a la ciudad de Potosí —convertida en rito de sangre— contiene toda la esencia de su paso por el sur andino.
Allí no hubo batalla, ni conspiración, ni enemigo a la vista. Lo que hubo fue una bienvenida.
Los naturales del lugar, fieles a las costumbres heredadas de los tiempos virreinales, salieron al encuentro del nuevo jefe con trajes festivos, músicas locales y danzas rituales.
No era un acto de rebeldía, sino de respeto.
No se trataba de provocación, sino de adhesión simbólica.
Pero Bolívar, cegado por la impaciencia, irritado por lo que no comprendía o despreciaba, respondió con violencia.
Riva Agüero dejó testimonio de este crimen con una claridad que no admite interpolaciones:
«Sin duda que estos hechos parecerán exagerados y aun se harán increíbles en el mundo civilizado; pero son en realidad muy verdaderos, y viven centenares de testigos fidedignos y respetables que los comprueban.
Por esta razón es interesante para la historia, que ciertos hechos que podrían ponerse en duda, si los testigos no existiesen ya, como acontecería si se relatasen cuando estos hubiesen fallecido, sean publicados inmediatamente en las Memorias que deban servir para que se escriba la historia de la independencia del Perú.
Por el caso que vamos a referir, se vendrá en conocimiento de la ferocidad y locura de Bolívar.
Al llegar éste a Potosí, hicieron allí para celebrarlo que los indios formasen sus danzas acostumbradas.
Una de estas bailaba en la calle a tiempo que Bolívar venía con la comitiva que le acompañaba; y al ver a estos indios que cantaban y bailaban, mandó a los lanceros de su escolta que los cargasen y lanceasen.
Tres o cuatro de estos quedaron muertos en el acto y otros lo fueron después, porque todos ellos recibieron heridas o golpes y pisoteadas de los caballos.
Esto aconteció a vista de un gran concurso del vecindario de Potosí y con asombro y espanto de tan horrible atentado.
De los crímenes y excesos ya referidos, y de la impunidad que estos han tenido, ¿podía esperarse otra cosa que la desaparición del orden social en el Perú?
¿Que el perecimiento del patriotismo y de toda virtud y justicia?
¿Que la ruina de la nación, y el exterminio de sus más ilustres ciudadanos? ».
Si bien es posible que este episodio refleje una exageración o incluso una invención con fines políticos —Riva Agüero fue un adversario amargo de Bolívar y no se encontraba necesariamente presente en Potosí durante los hechos que relata—, lo cierto es que el propio autor deja constancia de que lo publica cuando aún vivían múltiples testigos directos del suceso, invitando implícitamente a su desmentido. Esa desmentida jamás se produjo.
Tampoco se ha encontrado, en cambio, una corroboración documental independiente. El hecho, pues, permanece en un terreno incierto entre el testimonio y la sospecha.
Sin embargo, no es en modo alguno inverosímil si se considera el historial de violencia del propio Bolívar, desde la Guerra a Muerte hasta las represalias en Pasto, pasando por la sumisión impuesta a sangre y fuego en diversas provincias.
Existen, además, precedentes documentados de atrocidades aún más graves.
En 1817, 18 frailes capuchinos y dos enfermeros fueron degollados sobre una laja cerca de Caruachi, incinerados y lanzados al río Caroní.
El oficial a cargo de esa tarea, Jacinto Lara, muy poco después fue ascendido por Bolívar a general.
Tres años antes de eso, en 1814, el «Libertador» ordenó la triple matanza de los prisioneros españoles y canarios en La Guaira, Caracas y Valencia.
La escena narrada por Riva Agüero —aunque brutal— no desentona con el temperamento exaltado y la lógica de terror político que acompañaron al dictador de los Andes en su paso por el Perú.
Si ocurrió, no fue un exceso de guerra, ni una confusión táctica. Fue una decisión, como otras: deliberada y con carga simbólica.
Una orden directa del «Libertador» a sus tropas: lancear a quienes lo honraban a su manera, por haberlo hecho perder tiempo con danzas bárbaras.
No se trataba sólo de un crimen. Era una metáfora perfecta del malentendido histórico que la independencia significó para tantos pueblos originarios: los indios celebraban la continuidad de una autoridad sacra; Bolívar respondía como el tirano de una nueva casta.
Lo que presuntamente ocurrió en Potosí podría haber ocurrido en cualquier rincón del continente: el supuesto redentor matando al pueblo por haberlo saludado a destiempo.
La liberación culminó en saqueo. Bolívar había llegado al Perú sin más riqueza que su uniforme, y no porque una república lo hubiese elegido.
Encontró una nación fracturada, un pueblo ajeno y una élite dispuesta a regalar lo poco que tenía con tal de sobrevivir.
Lo que dejó tras de sí fue una república sin alma, una nobleza humillada, un erario exhausto y un museo de vanidades acumuladas para halagar su figura .
Las ciudades competían entre sí para ver cuál obsequiaba más espléndidamente al Libertador.
El Congreso, al declararlo Presidente Vitalicio, le ofreció también una espada de oro incrustada con más de mil piedras preciosas.
Cusco, arruinado y tembloroso, le entregó una corona compuesta por cuarenta y siete hojas de laurel en oro, doscientas ochenta y tres piedras preciosas, diez cuentas de oro y cuarenta y nueve perlas barrocas.
Todos sabían que el país no tenía cómo pagar sus deudas ni cómo alimentar a su ejército, pero Bolívar no pidió austeridad: pidió gratitud.
Y la gratitud, cuando se impone con sable en mano, se llama botín.
Según diversos testimonios de la época, el gobierno peruano llegó a gastar más de trescientos mil pesos republicanos en regalos personales para Bolívar.
Madariaga, por su parte, menciona que en una sola ocasión se gastaron más de doscientos mil pesos en festejos para una entrada triunfal que Bolívar jamás realizó.
Herbert Morote enumera los objetos recibidos: espadas, joyas, tapices, retratos bordados, títulos, odas.
Ningún virrey había recibido tanto. Ningún emperador europeo habría soñado con semejante tributo.
Pero no todo eran presentes oficiales. Según Riva Agüero, el paso del ejército patriota por los pueblos implicaba casi siempre un saqueo discreto, tolerado por la jerarquía bolivariana.
Iglesias, casas de beneficencia, almacenes estatales: todo era susceptible de «requisas» en nombre de la causa republicana.
La escena se repetía: entrada triunfal, discursos de rigor, recaudación forzosa y salida entre la frustración y el miedo. Riva Agüero lo resumiría así :
«Veía el Perú descolgar, arrancar y encajonar el oro y la plata de sus iglesias y de otros establecimientos públicos, y su generosidad le hacía apartar la vista de todo esto...
Pasaban por su vista los saqueos que por costumbre establecida se hacían en cada pueblo al entrar en él por la primera vez, y los toleraba y aun los disculpaba».
Cuando Bolívar dejó el Perú, no dejó una república próspera, ni una constitución sólida, ni una nación reconciliada.
Dejó un país mutilado. Fue él mismo quien autorizó la amputación del Alto Perú —que históricamente había sido parte del virreinato peruano— y lo convirtió en una república separada, que además llevaría su nombre.
No sólo destruyó el orden político heredado: también fracturó el cuerpo geográfico de la nación.
El Libertador sellaba su paso como fundador de repúblicas artificiales e identidades amputadas.
Y se marchó como había venido: sin patria, pero ahora con riquezas. Lo que en el papel fue libertad, en la práctica fue expolio. Lo que en los boletines fue gloria, en la historia fue ruina.
Así terminó el paso de Bolívar por el Perú: como una conquista disfrazada de redención, como una dictadura legitimada por el miedo, como una celebración sostenida por el despojo.
Fue aclamado por los mismos que temían contrariarlo, coronado por los que veían en su retiro una amenaza, enriquecido por los que sabían que no volverían a ver sus joyas.
Y sin embargo, la historia oficial lo siguió llamando Libertador.
Ningún imperio habría osado tanto, ni saqueado con semejante impunidad, ni impuesto a los pueblos andinos una obediencia tan ajena a su voluntad.
Lo que Bolívar hizo en nombre de la libertad fue instaurar un régimen personalista, violento y devastador.
Lo aclamaron como redentor, y se fue como usurpador.
La república que dejó atrás no era más libre, ni más justa. Era más pobre, más frágil y más dividida. Así quedó el Perú: desangrado, humillado y traicionado, no por el imperio que supuestamente lo oprimió, sino por el «hermano» que vino a salvarlo.