El ídolo que devoró a su pueblo Capítulo XXV
86%

Capítulo XXV

El idioma que nos sostiene

No fue la sangre la que nos unió. Fue la palabra.

La sangre se derramó. Fue mezclada, traicionada, olvidada. Pero la palabra permaneció. Escondida, herida, viva. Como una raíz secreta bajo el polvo de las ruinas.

Hablamos como quien respira. Sin pensar.

Sin agradecer. Sin saber que cada palabra que pronunciamos tiene siglos de historia, de amor, de dolor, de esperanza.

Que decir «mañana» es invocar a los que antes miraron el alba.

Que decir «madre» es repetir un temblor que viene de Santa Teresa y de nuestras abuelas.

Que decir «soledad» es recitar a Quevedo sin saberlo.

No hay lengua neutral. Cada idioma es una visión del mundo. Y el español, el nuestro, es un idioma fundado en la cruz y en el oro, sí, pero también en la ternura. En el desgarro. En la épica. En el barroco que abraza, en la claridad que consuela .

Nos arrebataron la historia, pero no la lengua. Y mientras la hablemos, algo de la verdad original seguirá vibrando en nosotros, aunque no la sepamos nombrar.

El idioma fue lo único que no pudieron fragmentar. Bolívar dividió la tierra. Los caudillos levantaron fronteras. Los patriotas de papel cambiaron escudos, himnos, constituciones. Pero no pudieron romper la lengua.

Ni Sucre ni San Martín ni Artigas abolieron el español. Todos siguieron hablando en la lengua de los frailes que les enseñaron a leer. Todos firmaron sus decretos con vocablos que olían a Castilla, a Salamanca, a los siglos.

Por eso, cuando un argentino habla con un mexicano, o un andino con un caribeño, se entienden sin traductor. Porque entre ellos hay una melodía compartida, una cadencia fraterna, una resonancia común.

Y eso —eso— es más político que cualquier bandera.

Decir que el español es sólo un medio de comunicación es como decir que una catedral es sólo un refugio contra la lluvia.

El español no sirve sólo para entendernos: sirve para elevarnos.

Para decir lo que de otro modo sería inefable.

Para nombrar la nostalgia, la pasión, el dolor, la mística, el sentido del tiempo.

Es un idioma que canta incluso cuando maldice, que reza incluso cuando duda, que seduce incluso cuando acusa.

Y eso no es casualidad. Eso viene de una tradición que no fue sólo literaria, sino espiritual.

De una lengua que se forjó entre teólogos y soldados, entre pastores y sabios, entre místicos y mendigos.

De una lengua que sabe arrodillarse, pero también burlarse.

Que sabe hablarle al amado y a Dios, al verdugo y al muerto.

Cervantes lo supo. Nadie como él le dio al español esa mezcla de alma popular y genio universal.

En boca de su hidalgo errante puso la ternura y la ironía, el idealismo y el desencanto.

Cuando don Quijote dice que prefiere «la locura que sana a la razón que enferma», no está hablando sólo por él: habla por toda una civilización.

Y cuando, en su lecho de muerte, afirma que «el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho», está regalando al mundo entero el programa vital de nuestra lengua: leer, andar, ver, saber. Es decir: vivir con hondura.

Quevedo miró a la muerte de frente y no bajó los ojos. Su lengua era una daga y una plegaria. Y cuando escribió este soneto, dejó al español rozar lo eterno:

«Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra que me llevare el blanco día,

y podrá desatar esta alma mía

hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte en la ribera,

dejará la memoria en donde ardía :

nadar sabe mi llama la agua fría,

y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,

venas que humor a tanto fuego han dado,

médulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrá sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado».

¿Hay en otra lengua polvo que ame? ¿Ceniza que piense? ¿Muerte que no apague?

Santa Teresa. Castellano puro. Candor y fuego. Mujer sin latinismos, sin pretensiones, sin academia, que le hablaba a Dios como quien habla a un amigo o a un niño, y que escribió como quien respira:

«Nada te turbe,

nada te espante,

todo se pasa,

Dios no se muda.

La paciencia todo lo alcanza.

Quien a Dios tiene

nada le falta.

Sólo Dios basta».

San Juan de la Cruz, éxtasis y sombra, encarnó en verso lo que ni la filosofía se atreve a pensar:

«Al atardecer te examinarán en el amor».

O aún:

«¡Oh llama de amor viva,

que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!

Pues ya no eres esquiva,

acaba ya si quieres;

¡rompe la tela de este dulce encuentro!».

Y en su «Cántico del alma que se goza de haber llegado al alto estado de la perfección, que es la unión con Dios» :

«En una noche oscura,

con ansias en amores inflamada,

¡oh dichosa ventura!,

salí sin ser notada,

estando ya mi casa sosegada…».

Esa noche oscura no es sólo del alma. Es de un continente. Es de nosotros. Y esa voz, en la lengua que aún usamos para preguntar cuánto cuesta un kilo de arroz, es capaz de nombrar el silencio de Dios.

Juan Rulfo. Hijo del polvo y del eco. Prosa de viento, prosa de páramo. Su español no es barroco, es cortante, mineral. Pero allí también tiembla el alma hispánica:

«El llano está tan seco que las palabras se mueren apenas se dicen».

Ortega y Gasset lo resumió con claridad:

«El idioma no es sólo un modo de hablar. Es un modo de sentir. El castellano es el alma de una historia: la nuestra».

Hay momentos en que el alma de un pueblo se resquebraja porque pierde sus propias palabras. Deja de llamar al pan «pan» y lo llama «recurso alimentario». Deja de llamar a la patria «madre» y la llama «territorio». Entonces, incluso sin cadenas visibles, es ya esclavo.

El idioma es más que un legado: es un arca de salvación. Cuando todo lo demás ha colapsado, el idioma permanece como casa sin paredes, como patria sin aduanas.

Y entre todos los que lo han manejado como orfebres, Cervantes es el patriarca:

«El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada».

O también: «No hay cosa que más presto se acabe ni que más tarde se enmiende que la vida».

El idioma puede salvarnos. No hay redención sin verbo. La descomposición de Hispanoamérica es lingüística. Hemos dejado de decir las cosas como son.

Y por eso, para sanar, no basta con líderes nuevos. Hace falta recuperar la palabra.

Una lengua que ha sido rezada por Santa Teresa, maldecida por Quevedo, filosofada por Ortega, encarnada por Cervantes, cantada por pastores, llorada por llaneros, aún hablada por millones de almas, no es una lengua cualquiera.

Es una lengua que tiene cicatrices.

Y las cicatrices, bien vistas, son la prueba de que algo ha sido amado.

Un idioma no es un código. Es un cuerpo. Tiene respiración, memoria, huesos. Y cuando se lo honra, el idioma devuelve la dignidad a quienes lo habían perdido sin saberlo.

Muchos creen que lo que une a un pueblo es el territorio. Otros, la raza. Otros, la economía. Pero ninguno de esos lazos resiste una guerra civil. Sólo la lengua resiste.

Y si Hispanoamérica ha de volver a encontrarse alguna vez, será porque aún puede decir «hermano» y que esa palabra suene igual en un niño de Guatemala que en uno de Arequipa, de Mérida o de Cádiz.

Quizá ha llegado el tiempo de volver a mirar a nuestra lengua como lo que es: el hilo sagrado que aún no se ha roto, la patria secreta que no necesita visas, ni presidentes, ni constituciones .

Una patria que se dice.

Que se canta.

Que se reza.

Una patria donde, al final, podremos reconocernos sin odio y sin máscaras.