Capítulo XXIII #2
La brutalidad desatada por las tropas republicanas en Pasto no fue espontánea ni caótica: fue una represalia programada.
Según detalla el historiador ecuatoriano Francisco Núñez del Arco, en Quito fue España: Historia del Realismo Criollo , el ataque respondió directamente a la derrota sufrida por los patriotas en Genoy —un suburbio de Pasto— donde el paisanaje indio-mestizo humilló a las fuerzas de Sucre veintidós meses antes.
La Navidad Negra fue, pues, una venganza cuidadosamente diferida, una devolución multiplicada del escarnio sufrido.
La masacre se prolongó durante tres días ininterrumpidos.
Más de 400 civiles —en su mayoría mujeres, niños y ancianos— fueron asesinados sin juicio ni registro.
Las escenas descritas son de una violencia sin disfraz: un anciano sacristán fue degollado en la pila bautismal por el oficial Apolinar Morillo; las tropas entraron a caballo en los templos profanando imágenes, arrastrando cadáveres, destruyendo altares; las violaciones de mujeres, adolescentes y niñas fueron sistemáticas.
No se salvó la sacralidad, ni la infancia, ni la vejez .
El horror dejó huella en la lengua misma. En Pasto quedó la expresión popular «el tiempo de los Rifles» —en alusión al batallón ejecutor de la matanza— como sinónimo de catástrofe absoluta. No era un recuerdo histórico: era una herida viva en la memoria colectiva.
La violencia ejercida no aplacó la resistencia: la radicalizó.
Según Núñez del Arco, la ferocidad desatada por Sucre y legitimada por Bolívar prolongó la guerra de independencia por dos años más, al galvanizar el rechazo y la insurgencia popular en la región.
Lo que pretendía ser un acto de disuasión terminó siendo un detonante del rechazo popular y de la prolongación del conflicto.
Otro doctor, Roberto Botero Saldarriaga, refiere que:
«…degollaron indistintamente a los vencidos, hombres y mujeres, sobre aquellos mismos puntos que tras porfiada brega habían tomado.
Al día siguiente, 400 cadáveres de los desgraciados pastusos, hombres y mujeres, abandonados en las calles y campos aledaños a la población, con los grandes ojos serenamente abiertos hacia el cielo, parecían escuchar absortos el Pax Ómnibus, que ese día del nacimiento de Jesús, entonaban los sacerdotes en los ritos de Navidad».
El doctor Leopoldo López Álvarez nos informa que:
«Ocupada la ciudad, los soldados [de Sucre] del batallón Rifles cometieron toda clase de violencias. Los mismos templos fueron campos de muerte. En la Iglesia Matriz aplastaron la cabeza con una piedra al octogenario Galvis, y las de Santiago y San Francisco presenciaron escenas semejantes».
Otro galeno, el doctor Ignacio Rodríguez Guerrero nos asegura que:
«Nada es comparable en la historia de América, con el vandalismo, la ruina y el escarnio de lo más respetable y sagrado de la vida del hombre, a que fue sometida la ciudad el 24 de diciembre de 1822 por el batallón Rifles, como represalia de Sucre por su derrota en Taindala un mes antes, a manos del paisanaje pastuso armado de piedras, palos y escopetas de caza».
Encarnaban con su sola existencia a la gran España mestizante y universal, y fueron leales a su rey hasta el final.
Los pastusos fueron unos de los primeros en oponerse al separatismo republicano.
Tan temprano como el 29 de agosto de 1809, la alcaldía de San Juan de Pasto publicaba un visionario comunicado que rechazaba el infame proyecto y preveía con precisión las razones de su fracaso:
«¿Con qué otros [impuestos] podrá soportar sus erogaciones la nueva soberanía?
Registradlo en todas las combinaciones de vuestra discreción y no las hallaréis (…) [Los] veréis echarse sobre las temporalidades de los regulares y venderles sus fundos, reduciéndolos a intolerable mendicidad; y últimamente: [los] veréis recargar los tributos con nuevas imposiciones que constituyan sus vasallos en desdichada esclavitud…
(…) Esta es la felicidad pomposa a la patria que nos proponen.
Nos halagan con palabras vacías de objeto, y luego se verán en la necesidad de arrojar el rayo tempes tuoso sobre los miserables que han tenido la inconsideración de someterse a su dorado veneno».
Inútil señalar que esto fue exactamente lo que pasó con todas las repúblicas resultantes del asalto al continente por la revolución mantuano-británica.
La próspera provincia de Pasto, con su población casi enteramente indio-mestiza, fue la primera urbe realista resistente y la más dura de vencer.
Su indoblegable líder resistente, Agustín Agualongo, indio del ejército realista póstumamente ascendido a general, venció varias veces a los ejércitos de Bolívar y recuperó tres veces la ciudad después de la «Navidad Negra».
Cuando finalmente fue capturado y los republicanos ofrecieron perdonarle la vida si ponía su incomparable tenacidad a sus servicios, sin vacilar respondió: «¡NUNCA! ».
Meses después de la Navidad Negra, la masacre aún seguía. Los métodos de exterminio de Bolívar quedan revelados en cartas que sus propios generales le enviaban. Aquí una del general Bartolomé Salom, fechada en Pasto el 25 de septiembre de 1823:
«Hemos cogido prisioneros muchachos de nueve y diez años.
Este exceso de obcecación ha nacido de que [los pastusos] saben ya el modo con que los tratamos en [la batalla de] Ibarra; sorprendieron [o encontraron] una contestación del señor comandante Aguirre sobre la remisión de esposas [o ganchos] que yo le pedía para mandar a asegurar a los que se me presentaran según instrucciones de su Excelencia [Bolívar], y sacaron del Guáytara los cadáveres de dos pastusos, que con ocho más entregué al comandante Paredes con la orden verbal de que los matara secretamente.
De aquí es que han despreciado insolentemente las ventajosas proposiciones que les he hecho, y no me han valido todos los medios de suavidad e indulgencia que he puesto en práctica para reducirlos.
Están persuadidos que les hacemos la guerra a muerte, y nada nos creen».
Pero el propio Bolívar se explayaba, como en esta misiva a Santander, fechada en Quito el 21 de julio de 1823:
«Logramos, en fin, destruir a los pastusos.
No sé si me equivoco como he equivocado otras veces con esos malditos hombres, pero me parece que por ahora no levantarán más su cabeza los muertos…
Yo he dictado medidas terribles contra ese infame pueblo y Ud.
, tendrá una copia para el ministerio, de las instrucciones dadas al general Salom».
Daniel Florencio O’Leary, edecán de Bolívar, dejó constancia de uno de los episodios más atroces, aunque sin mayor comentario moral:
«Los prisioneros fueron a veces atados de dos en dos, espalda con espalda y arrojados desde las altas cimas que domina el Guáitara, sobre las escarpadas rocas que impiden el libre curso de su torrente, perdiéndose sin eco entre los horribles vivas de los inhumanos sacrificadores y el ronco estrépito de las aguas, los gritos desesperados de las víctimas.
Estos atroces asesinatos, en el lenguaje de moda entonces, fueron llamados matrimonios, como para aumentar la tortura de aquellos infelices, tornándoles cruel el de suyo grato recuerdo de los lazos que los ligaron a la sociedad en los días de su dicha .
Declaraciones de sus mismos verdugos han descorrido el velo que debería siempre ocultar estas crueldades inauditas».
Esta cadena de testimonios —extraídos de archivos, cartas, libros, confesiones— constituye una prueba material de que lo ocurrido en Pasto no fue un accidente ni un exceso: fue una táctica, un patrón, una mentalidad.
Y al comprender esto, el lector puede, por fin, regresar a la historia grande sabiendo que la historia pequeña, la del fusilado sin nombre, también tiene voz.
Aunque Daniel Florencio O’Leary —ayudante de Bolívar y su editor moral— dejó constancia de ciertos horrores, como los asesinatos rituales de prisioneros arrojados al Guáitara, su testimonio permanece acotado a episodios puntuales y evita una condena general de la masacre.
Nada dice de las violaciones sistemáticas, del saqueo de templos, ni de las órdenes emitidas desde el alto mando.
Prefiere hablar de «acciones necesarias», de «represalias justificadas», de «pacificación».
Su narración no silencia del todo: selecciona, matiza y encuadra.
El silencio, en su caso, no fue absoluto, pero sí funcional al relato legitimador de la causa republicana.
Tampoco Sucre dejó una explicación moral.
Se limitó a informar que la ciudad había sido tomada y «reorganizada».
Bolívar nunca expresó arrepentimiento. Nunca reconoció públicamente la masacre.
Nunca hizo referencia a los civiles asesinados.
En los registros oficiales, lo ocurrido en Pasto fue una victoria.
El nombre «Navidad Negra» fue atribuido después, por la memoria popular, como forma de recuperar lo que la historia quiso borrar .
A diferencia de otras campañas, Pasto no fue glorificada.
No hubo cuadros ni estatuas. No se enseñó en las escuelas.
No figura en los textos escolares como gesta libertadora.
Porque lo que ocurrió en Pasto no puede ser contado sin fracturar el pedestal.
Porque allí no hubo batalla ni bandera: sólo una población católica masacrada por no abrazar la revolución.
Los historiadores modernos han comenzado a recuperar el episodio. Ángel R. Lombardi Boscán lo presenta como un episodio enterrado bajo la hagiografía bolivariana.